“Los pilares de la tierra”, de Kent Follett

  los_pilares_de_la_tierra-libro Los pilares de la Tierra era una de esas novelas que tenía, desde hacía mucho tiempo, en mente leer, pero que siempre iba dejando para más tarde. Por fin encontré el momento adecuado para disfrutar con su lectura. La he encontrado entretenida y, pese a su tamaño, no me ha resultado para nada pesada. La multitud de personajes y la gran cantidad de giros en el argumento, me han ayudado a mantener la atención y el interés hasta el final.

   Los pilares de la Tierra es la obra maestra de Ken Follett y constituye una excepcional evocación de una época de violentas pasiones. Imprescindible para los amantes de la novela histórica.

  «Parecía el libro menos adecuado; yo parecía el autor menos adecuado, y estuve a punto de no escribirlo. Sin embargo es mi mejor libro, y vosotros lo habéis honrado con vuestra lectura. Os lo agradezco.»

Ken Follett

 

          La novela fue adaptada para la pequeña pantalla dando lugar a una exitosa serie 

SINOPSIS

   En Los pilares de la Tierra, Ken Follett, el gran maestro de la narrativa de acción y suspense nos transporta a la Edad Media, a un fascinante mundo de reyes, damas, caballeros, pugnas feudales, castillos y ciudades amuralladas. El amor y la muerte se entrecruzan vibrantemente en este magistral tapiz cuyo centro es la construcción de una catedral gótica.

   Buena parte de la trama de la novela se desarrolla en torno a los avatares de la familia de Tom Builder, constructor humilde, cuyo sueño es crear una catedral. Y a los del prior Philip, un fraile laborioso e inteligente, cuyo acontecer diario transcurre conforme a la regla de San Benito ora et labora, y que en el libro encontramos con la curiosa forma: “Reza para que se realicen milagros, pero planta berzas.” 

    La historia se inicia con el ahorcamiento público de un inocente y finaliza con la humillación de un rey.

  «Fue entonces cuando el prisionero empezó a cantar. Tenía una voz alta de tenor, muy pura. Las palabras eran en francés, pero incluso quienes no comprendían la lengua podían darse cuenta por la dolorida melodía de que era una canción de tristeza y desamparo.

    Un ruiseñor preso en la red de un cazador

cantó con más dulzura que nunca,

como si la fugaz melodía

pudiera volar y apartar la red.

[…]

Al anochecer, el cazador cogió su presa.

El ruiseñor jamás su libertad.

Todas las aves y todos los hombres

tienen que morir y morirán,

pero las canciones pueden vivir eternamente.»

 

  

  Pedro Samuel Rodz pone música e interpreta esta canción, que aparece en la novela, a la que da el título de “Canción del condenado”.

KEN FOLLETT

facebook.com/KenFollettSpain

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  Ken Follett nació en Cardiff, Gran Bretaña, en 1949 y estudió en el University College de Londres. Tras acabar sus estudios, inició su carrera profesional como periodista. En 1978 publicó su primera novela, La Isla de las Tormentas, llevada a la gran pantalla como El ojo de la aguja, que se convirtió rápidamente en un éxito editorial. Tras su primer logro, Ken Follett demostró que era mucho más que una promesa, obteniendo el favor del público y de la crítica especializada con cada una de sus novelas. Entre su prolífica obra cabe destacar: Los pilares de la Tierra, su muy esperada continuación Un mundo sin fin, Noche sobre las aguas, Una fortuna peligrosa, Un lugar llamado libertad, El tercer gemelo, En la boca del dragón, Doble juego, Alto riesgo, Vuelo final, En el blanco y La caída de los gigantes.

FRAGMENTOS DE LA NOVELA

 
«Tom se volvió hacia Jack.
Ya es hora de que digas algo, zagal. ¿Qué quieres hacer de tu vida?
Jack jamás se había hecho esa pregunta especial, pero la respuesta le vino sin vacilación alguna, como si hiciera ya mucho tiempo que hubiera tomado la decisión.
Voy a ser maestro constructor, como tú. Voy a construir la catedral más hermosa que el mundo haya visto jamás.
El reborde rojo del sol se hundió tras el horizonte, y cayó la noche.»
 
 «Hasta ese momento creyó que él, y las gentes como él, estaban ganando. Durante el medio siglo transcurrido habían alcanzado algunas victorias notables. Pero en esos instantes, al final ya de su vida, sus enemigos le demostraban que nada había cambiado. Sus triunfos habían sido temporales, su progreso ilusorio. Había vencido en unas cuantas batallas pero, en definitiva, no existían esperanzas para la causa. Unos hombres semejantes a los que mataron a sus padres habían asesinado ahora a un arzobispo en una catedral, como para demostrar, más allá de toda duda, que no había autoridad capaz de prevalecer contra la tiranía de un hombre con espada.»
 
 
 
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