“Juegos de la edad tardía” de Luis Landero, la novela del «afán»

 

Luis Landero se dio a conocer con Juegos de la edad tardía (1989), su primera novela, que tuvo una gran acogida por parte del público y de la crítica. Con ella consiguió el Premio Ícaro, en 1989, y el Premio Nacional y el Premio de la Crítica, en 1990.

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Landero nos acerca a la historia de Gregorio Olías, principal protagonista de la novela, un personaje de 46 años, casado, con una existencia vulgar, y un trabajo rutinario de oficinista. Gregorio nos va desvelando, poco a poco, los distintos pasajes de su vida, desde que, huérfano, llega a la ciudad para vivir con su tío Félix, un hombre mayor, que será su educador y que le descubrirá los secretos del afán.

   «-¿Qué es el afán, abuelo?

  -El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la pena y la gloria que todo eso produce. Eso es el afán.»

Uno de los momentos culminantes de la novela se produce cuando Gregorio entabla contacto telefónico con Gil, un representante comercial en provincias de su misma empresa. Entre ambos personajes, se establece una curiosa relación, siempre a través del teléfono, y cada vez más intensa. Poco a poco, se despierta en ellos el deseo, el afán, compartido por ambos, de alcanzar los sueños y anhelos de su adolescencia y de su primera juventud. Fruto de esta relación se irá produciendo la metamorfosis de Gregorio en Faroni, personaje triunfador, joven, apuesto, culto, poeta, ingeniero y políglota.

  «Porque la verdad nunca se da pura y necesita siempre de las apariencias, como el ciego del perro. Así que, descontadas las apariencias, yo soy Faroni.»

Hasta que llega el fatídico día en que Gil anuncia su regreso a la ciudad y todo se complica.

Aunque Juegos de la edad tardía es su primera obra conocida, Landero había escrito cientos de poemas, que no se han llegado a publicar. El escritor de Alburquerque ha afirmado, en alguna ocasión, que buena parte de su capacidad narrativa es fruto de la tradición oral. En su infancia, solía escuchar con frecuencia contar historias a sus mayores. Sobre este tema, escribe Landero, en, su última novela, El balcón en invierno (2014): «Todos sabían contar muy bien, porque todos contaban en el molde en que a ellos les contaron, pero la mejor narradora, y la que más cosas sabía, que parecía un pozo sin fondo, era mi abuela Frasca. Mi abuela Frasca había sido pastora desde la niñez hasta el matrimonio y era totalmente analfabeta, pero dominaba como nadie el arte de contar, y eso se notaba enseguida en el tono, en la línea melódica de la voz, en las pausas, en el movimiento acompasado de las manos, en cómo unía entre sí las frases, que parecía que una atraía como un imán a la siguiente…»

Luis y su abuela Frasca hacia 1965. Ilustración de El Balcón en invierno.

Luis y su abuela Frasca hacia 1965. Ilustración de El balcón en invierno.

Buena parte de los personajes y de los temas de Juegos de la edad tardía están inspirados en vivencias que tuvo el propio autor en su infancia y adolescencia. El propio Landero afirmó en una entrevista que «el germen de las historias que uno cuenta suele estar en algún lugar de la memoria. Lo que uno reinventa es, más que lo vivido, lo que la vida nos insinuó, lo que pudimos vivir y se frustró al final.»

En el prólogo de Juegos de la edad tardía, Landero reconoce que en su novela late un «oscuro fondo autobiográfico» y además confiesa lo siguiente:

  «Con razón se dice que a veces uno no elige los temas, sino que más bien es elegido por ello […]

  Mi padre es la figura central de mis demonios literarios. Era un hombre con una profunda conciencia de fracaso […] Mi padre era puro deseo, puro afán. Y puro y absoluto fracaso […] En realidad, él concibió la historia, y años después yo la escribí […] Creo que Gil es en el fondo mi padre, y yo soy Gregorio. Él me llama a la gran ciudad desde su remota provincia (que quizá sea la muerte) y me pide cuentas de lo que he logrado ser en la vida. Ya no me pregunta: ¿Qué quieres ser de mayor?, sino: ¿Qué has logrado ser de mayor? Y yo, Gregorio, desde la gran ciudad mítica que el soñó, le miento y le digo que sí, que se han cumplido sus designios, su mandato, y que ahora soy un gran hombre: ingeniero, poeta, políglota, y no sé cuantas cosas más. Que ya tengo oficio, y no uno sino varios, y en todos ellos soy el mejor. Soy Faroni, el gran Faroni: el hombre que mi padre quiso que yo llegara a ser. Desde luego, lo último que mi padre hubiera sospechado es que yo iba a ser escritor y que él habría de convertirse en mi musa principal.» 

Juegos de la edad tardía es una novela extraordinaria, escrita magistralmente, con un dominio asombroso de la palabra, con una sabia mezcla de realidad y fantasía, con un cierto aire cervantino, con ese toque mágico tan del gusto de su autor, y de la que se desprende cierta añoranza por el paraíso perdido de su infancia y de su tierra. Esa tierra extremeña donde nació y vivió el autor en su niñez antes de marchase, junto a su familia, a la capital, y a la que regresa con los protagonistas de la historia.

  «Tal como había planeado, Gregorio inició la fuga hacia los lugares de la infancia. Quizás alguien allí, algún amigo o conocido de sus padres, le proporcionase un empleo o, lo que era aún mejor, una tierra en arriendo [] Las casas, casi todos bajas y pobres, se agrupaban junto a un castillo en ruinas y desde allí se derramaban dispersas hacia la alameda de un río. Hundiéndose en el barro, Gregorio atravesó unas tierras de labor y luego tomo un camino de asfalto. Un perro famélico, trotando al bies y con el rabo entre las piernas, lo adelantó como para guiarlo y anunciar su llegada. Uno tras otro llegaron hasta las tapias del cementerio y luego entraron al pueblo por una calle larga y empinada.»

La misma tierra en la que los volverá a situar, años más tarde, en su segunda novela, Caballeros de Fortuna.

  «Dos forasteros que habían llegado hacía unos tres años, un tal Gil y un tal Gregorio, y que hablaban mucho de sus correrías urbanas, y de cafés de artistas, y que se jactaban de haber conocido personalmente a un tal Faroni, una de las lumbreras del siglo según ellos.»

Gracias a Juegos de la edad tardía, y a sus novelas posteriores, Landero está considerado como uno de los más destacados novelistas actuales en lengua española.

SINOPSIS

«¿De dónde va a sacar el novelista sus historias y ambientes y personajes sino de la infinita e inevitable realidad?»

Luis Landero

Los anhelos de una vida amorosa e intelectual inquieta que Gregorio alimentó en su juventud se habían esfumado cuando, convertido ya en un oficinista gris, conoce un día por teléfono a Gil, hombre modesto, maduro también, quien, tras largos años de exilio, acabó idealizándolo todo en mitos anacrónicos. Gil necesita a toda costa a un héroe-artista al que adherirse y, lentamente, consigue resucitar en Gregorio sus sueños juveniles y el deseo de convertirse en esa figura simbólica. Y ha lugar la metamorfosis de Gregorio en Faroni, personaje que ninguno de los dos nunca logró ser – ingeniero y poeta, trinfador, culto, políglota, apuesto, audaz en el amor, «progre»–, pero patética caricatura del artista trasnochado. Cuando Gil va por fin a conocer a Gregorio, éste ya no puede volver atrás. Estos dos adolescentes otoñales han emprendido juegos demasiado peligrosos, y fortificando el uno por la fe redentora del otro, ya no pueden sino fundirse para siempre en Faroni.

LUIS LANDERO

Landero_bigLuis Landero nació en Alburquerque, Badajoz, un veinticinco de marzo de 1948, en el seno de una familia campesina extremeña, que emigró a Madrid a finales de la década de los cincuenta. A los quince años escribía poemas, al mismo tiempo que trabajaba como mecánico en un taller de coches y chico de recados en una tienda de ultramarinos. Inició y terminó sus estudios en Filología hispánica en la Universidad Complutense, ha enseñado literatura en la Escuela de Arte Dramático de Madrid y fue profesor invitado en la Universidad de Yale (Estados Unidos). Se dio a conocer con Juegos de la edad tardía en 1989 (Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa 1990), novela a la que siguieron Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz (1998), El guitarrista (2002), Hoy, Júpiter (2007, XV Premio Arzobispo Juan de San Clemente) y Retrato de un hombre inmaduro (2010), todas ellas publicadas por Tusquets Editores. Traducido a varias lenguas, Landero es ya uno los nombres esenciales de la narrativa española. Ha escrito además el emotivo ensayo literario Entre líneas: el cuento o la vida (2000), y ha agrupado sus piezas cortas en ¿Cómo le corto el pelo, caballero? (2004). Absolución, su novela más trepidante, es una delicada historia de amor, una cuenta atrás que no da tregua, y un inspirado relato de aprendizaje y sabiduría a través de un elenco de personajes inolvidables. El balcón en invierno (2014) está basada en hechos y vivencias reales, en la que su autor ha decidido revelarnos la verdadera historia de una parte muy importante de su vida: la de su infancia en una familia de labradores en su Alburquerque natal y la de su adolescencia en un barrio de Madrid. La vida negociable es su última novela.

Su obra sigue entusiasmando a miles de lectores tanto en España como en el extranjero, donde ha sido traducido a numerosas lenguas. Extremadura reconoció su labor con el Premio a la Creación en el apartado de Literatura en el año 2000 y en 2005 se le concedió la medalla de Extremadura.

FRAGMENTOS DE LA NOVELA

   «Cenaron juntos, sin saber de qué hablar, y apenas acabaron preguntó Angelina:
   –¿Te acuestas?
   –Tengo que hacer –respondió Gregorio con voz de nadie.
   –¿A estas horas?
   –Los poetas siempre escriben de noche.
   –Estás tonto. Se te va a quedar cara de mochuelo.
   En cuanto se acostó Angelina, Gregorio se instaló en la sala y deslazó la caja de zapatos. Temeroso quizá de haber perdido el favor de las musas, o de no encontrar, agobiado por la responsabilidad y los años, el ardor de las pasiones juveniles, se concedió una tregua: despejó la camilla, cargó la pluma, aguzó el lápiz agrupó las virutas, numeró las páginas de la libreta –sin caer en la cuenta de que aquellos interminables preparativos eran los mismos que habían enredado a Gil en sus noches de bachiller autodidacto– y quedó sometido a los caprichos de la inspiración..»
[…]
 
  «Tal como había planeado, Gregorio inició la fuga hacia los lugares de la infancia. Quizás alguien allí, algún amigo o conocido de sus padres, le proporcionase un empleo o, lo que era aún mejor, una tierra en arriendo . Pensó que entonces, a espaldas ya de todo afán, cerraría el círculo de su existencia y esperaría a la vejez dentro de aquel tiempo definitivamente clausurado. Y se comparó al artesano que, habiendo puesto término a su obra (un cesto, por ejemplo), se sienta a la puerta a descansar y a contemplar el fruto de su larga y única destreza. En cuanto a los años restantes, querían decir que habían sobrado algunos mimbres y que el cesto podía haber sido más grande o más hermoso, pero era intocable y no admitía ya enmienda. Regresar al principio, cerrar el círculo, descansar del cesto: esto es lo que significaba para él la vuelta al escenario de la niñez.»
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