“El disputado voto del señor Cayo”, de Miguel Delibes

«Me parece a mí que no vamos a entendernos.»

El disputado voto del señor Cayo es una novela de Miguel Delibes, publicada por vez primera en 1978. El escritor vallisoletano la escribió coincidiendo con las primeras elecciones generales en España tras la dictadura y está ambientada en el final de la campaña electoral.

A un pequeño pueblo casi deshabitado del norte de Castilla llegan tres jóvenes militantes de una formación de izquierdas para tratar de convencer a los aldeanos de que voten a su partido. Allí se encuentran con el señor Cayo, un anciano que vive en completa armonía con el entorno y al que la naturaleza parece que no le esconde ningún secreto.

En El disputado voto del señor Cayo, Delibes nos muestra el profundo contraste entre el medio urbano y el rural y nos avisa de la más que probable desaparición de los saberes, de los usos y costumbres, y de los ancestrales modos de vida del mundo campesino, empujados por el imparable progreso.

    «–¿Sabes qué te digo? –dijo Víctor, de pronto, y su voz se iba caldeando a medida que hablaba–: Que nosotros, los listillos de la ciudad, hemos apeado a estos tíos del burro con el pretexto de que era un anacronismo y… y los hemos dejado a pie. ¿Y qué va a ocurrir aquí, Laly, me lo puedes decir, el día en que en todo este podrido mundo no quede un solo tío que sepa para qué sirve la flor de saúco? »

Unos años antes de publicarse la novela, Delibes ingresó en la Real Academia Española de la Lengua, con un discurso en el que expresaba: “…Posteriormente mi oposición al sentido moderno del progreso y a las relaciones Hombre-Naturaleza se ha ido haciendo más acre y radical… el poder del dinero y la organización terminan por convertir en borrego a un hombre sensible, mientras la Naturaleza mancillada, harta de servir de campo de experiencias a la química y la mecánica, se alza contra el hombre en abierta hostilidad…”

    «Precedidos por el señor Cayo, doblaron la esquina de la casa y abocaron a un sendero entre la grama salpicada de chiribitas. A mano izquierda, en la greñura, se sentía correr el agua. Laly se acercó a la maleza y arrancó una flor silvestre, formada por la conjunción de muchos botones, blanca y grácil, abierta como una breve sombrilla:

   –¿Qué flor es ésta? –preguntó, y la hacía girar por el tallo, entre dos dedos.

    El señor Cayo la miró fugazmente:

    –El saúco, es la flor del saúco. Con el agua de cocer esas flores, sanan las pupas de los ojos.

    Laly se la mostró a Víctor:

   –¿Te das cuenta?

    El señor Cayo, penduleando la escrina, ascendió por la senda, bordeada ahora de cerezos silvestres, y, al alcanzar el teso, se detuvo ante la cancilla que daba acceso a un corral sobre cuyas tapias de piedra asomaban dos viejos robles. En un rincón, al costado, se levantaba un cobertizo para los aperos y, al fondo, en lugar de tapia, la hornillera con una docena de dujos. Dentro de la cerca, las abejas bordoneaban por todas partes. El señor Cayo se aproximó al primer roble, levantó el brazo y señaló a la copa con un dedo:

    –Miren –dijo, y sonreía complacido–: hace más de quince años que no agarro un tetón así.»

En definitiva, una gran novela, magistralmente escrita, con hermosas descripciones del ambiente rural castellano y en la que nos podemos encontrar con numerosas palabras en desuso.

El libro constituye un hermoso homenaje a un mundo rural en vías de extinción y contiene todo un elogio a la vida en contacto con la naturaleza. Muy recomendable.

En el año 1986, la novela fue llevada a la gran pantalla con el mismo título por Antonio Giménez Rico y protagonizada por Francisco Rabal, Juan Luis Galiardo, Iñaki Miramón, Lydia Bosch, Eugenio Lázaro, Mari Paz Molinero, Pilar Coronado y Francisco Casares.

A Rafael, joven diputado socialista, le comunican la muerte de su amigo Víctor Velasco. En el cementerio coincide con Laly, una antigua compañera. Ambos rememoran la personalidad del amigo desaparecido y la historia que compartieron con él durante la campaña de las elecciones de 1977. En uno de los pueblos de la sierra burgalesa conocieron al señor Cayo, un viejo apegado a la tierra, que fue para Víctor como una especie de revulsivo: era la primera vez que escuchaba la voz de la sabiduría popular. (Filmaffinity)

«El disputado voto del señor Cayo tuvo una acogida calurosa. Nacida en época de elecciones generales en España, la novela venía a terminar con un período de tres años de silencio tras el fallecimiento de mi mujer. Me divertí escribiendo este libro, que venía a plantear otra vez, de alguna manera, el problema de las dos Españas: la España campesina y la España culta; la España universitaria, de algún modo la España libresca, que en El disputado voto trata de convencer al único lugareño de un pueblo castellano de que vote a sus visitantes políticos. Es un largo y curiosísimo peloteo de argumentos el que se cruza entre el candidato y el señor Cayo, y que termina cambiando el sentido de la vida de aquél.

Giménez Rico hizo aquí su más hermosa película (entre las sacadas de mis novelas), con un magistral dominio de actores. Hay un monólogo de Paco Rabal (en el papel del señor Cayo) relatando la muerte anunciada del Paulino, un convecino, que es lo más bello que recuerdo de sus interpretaciones. A pecho descubierto, sin recursos ajenos de ningún tipo, nos cuenta la muerte del Paulino con la sencillez y velado dramatismo del hombre que ha vivido y sentido en propia carne aquella dolorosa peripecia. Con el paso del tiempo, el voto del señor Cayo ha quedado como ejemplo o símbolo del voto popular, el voto de la gente sencilla pegada a lo cotidiano, al pan de cada día.»

Nota del autor en la edición de sus Obras completas, Ediciones Destino, 2007

«Es muy hermosa la técnica que usa Delibes para que el lector entienda la grandeza de la soledad de Cayo. Al escritor le preocupa mucho que su Cayo sea un personaje digno, nimbado de la sabiduría de los ermitaños, pero no le da brochazos de mesianismo porque sabe que provocarían una caricatura involuntaria. Como ya ha hecho en muchos otros libros, se vale del lenguaje. Eso es lo que diferencia a Delibes de otros escritores y lo que salva a El disputado voto del señor Cayo de ser un librito con una moraleja simpática. La ciudad está sucia, es ruidosa, llena de humo de tabaco, prisas, espacios pequeños y claustrofóbicos. En cambio, el campo y la montaña llevan mil adornos positivos. La seducción que los protagonistas sienten al adentrarse en el paisaje desierto sería bisoña e inverosímil si no fuera porque se produce mediante un embrujo clásico, el del lenguaje.

Un ejemplo: “La calleja serpeaba y, a los lados, se abrían oscuros angostillos de heniles colgantes, apuntalados por firmes troncos de roble, costanillas cenagosas generalmente sin salida, cegadas por un pajar o una hornillera. […] Salvo el ligero zumbido del motor y los gritos lúgubres de las chovas en la escarpa, el silencio era absoluto” (las cursivas son mías). Y aquí otro, sin abrumar: “Precedidos por el señor Cayo, doblaron la esquina de la casa y abocaron a un sendero entre las grama salpicada de chiribitas. A mono izquierda, en la greñura, se sentía correr el agua”. Mezcla de cultismos, arcaísmos y localismos, Delibes usa su vastísimo bagaje léxico como un druida sus conocimientos botánicos, para preparar una tisana en cuyos vapores el lector se marea un poco. Adormilado, avanza por un mundo extraño que sólo el señor Cayo conoce. ¿Qué gritan las chovas y dónde están? ¿Qué son los heniles? ¿Y las hornilleras? Con un puñado de palabras antiguas que remiten a objetos que los lectores urbanos difícilmente han visto o tocado, el escritor induce a un estado alterado de la conciencia.

Los códigos se han roto, es imposible la comunicación. Para comprenderse de nuevo hace falta aprender el idioma, empezar desde el principio.»

De: La España vacía: viaje por un país que nunca existió, de Sergio del Molino

SINOPSIS

En El disputado voto del señor Cayo, Delibes aborda un tema que es una de las grandes tragedias de nuestro tiempo: el abandono del campo.

A uno de los muchos pueblos prácticamente vacíos y en ruinas del norte de Castilla llega un grupo de jóvenes militantes de un partido político a hacer propaganda electoral. Los recibe el señor Cayo, uno de los dos vecinos que quedan en el pueblo. Su vida es casi robinsoniana, su hablar reposado, lleno de una ancestral sabiduría que infunde un hondo sentido humano de su persona. El lenguaje crudo y desenfadado de los jóvenes que le visitan, cultos a veces, inconscientes otras, es el contrapunto necesario para poner en evidencia la distancia que separa dos culturas, dos formas de vivir y de ver el mundo. Una que desaparece sustituida poco a poco por otra urbana, ruidosa y masificada.

MIGUEL DELIBES

miguel_delibes2_0Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) se dio a conocer como novelista con La sombra del ciprés es alargada, Premio Nadal 1947. Entre su vasta obra narrativa destacan Mi idolatrado hijo Sisí, El camino, Las ratas, Cinco horas con Mario, Las guerras de nuestros antepasados, El disputado voto del señor Cayo, Los santos inocentes, Señora de rojo sobre fondo gris o El hereje. Fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura (1955), el Premio de la Crítica (1962), el Premio Nacional de las Letras (1991) y el Premio Cervantes de Literatura (1993). Desde 1973 era miembro de la Real Academia    Española.

  • Más sobre Delibes y su obra en Fundación Miguel Delibes

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

      «–¿Y por qué se fueron del pueblo?

     El señor Cayo dibujó con ambas manos un ademán ambigüo:

   –La juventud –dijo–, se aburrían.

   –¡Joder, se aburrían! ¿Quiere usted decirme qué horizontes les ofrecía esto?

    Las chovas aleteaban alrededor de los tomos, graznando lúgubremente.

   –Necesidad no pasabanpuntualizó tercamente el señor Cayo.

   –¡Ostras, necesidad! Según a lo que usted llame necesidad.

    El señor Cayo ladeó levemente la cabeza y le examinó un rato con remota indiferencia. Finalmente agarró la azada y siguió cubriendo las remolachas espigadas con cachazuda eficacia. Murmuró:

   –Me parece a mí que no vamos a entendernos.»

[…]

     «¿Qué pasa ahora, Diputado?

    –Pasa –dijo Víctor con una expresión extrañamente reflexiva– que hemos ido a redimir al redentor.

     Rafa estalló en una risotada estruendosa:

    –¡Eso! –dijo–: Hemos ido a redimir al redentor –y, sin cesar de reír, como obedeciendo a una exigencia imperiosa, ladeó ligeramente el cuerpo y se puso a orinar.»

[…]

    «Un momento añadió Víctor–, aún no he terminado levantó las dos manos, pausadamente, sobre la mesa–: Una hipótesis, Dani, todo lo absurda que tú quieras, pero es una hipótesis. Imagina, por un momento, que un día los dichosos americanos aciertan con una bomba como ésa de neutrones que mata pero que no destruye, ¿no? Bueno, es una hipótesis, una bomba que matara a todo dios menos al señor Cayo y a mí, ¿te das cuenta? Es una hipótesis absurda, ya lo sé, pero funciona, Dani. Pues bien, si eso ocurriera, yo tendría que ir corriendo a Cureña, arrodillarme ante el señor Cayo y suplicarle que me diera de comer, ¿comprendes? –casi sollozaba–: El señor Cayo podría vivir sin Víctor, pero Víctor no podría vivir sin el señor Cayo. Entonces, ¿en virtud de qué razones le pido yo el voto a tipo así, Dani, me lo quieres decir?»

 

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