“Vidas a la intemperie, nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino», de Marc Badal

   «Nuestra generación ha visto cómo se marchitaba un mundo. Precisamente aquel de dónde proveníamos.»

En Vidas a la intemperie, Marc Badal nos habla de la pérdida del mundo campesino tradicional. Una desaparición que, según el autor barcelonés, ha supuesto un corte histórico que nos ha dejado huérfanos de nuestro pasado.

    «Una extinción sobrevenida que, no obstante, había sido pronosticada con suficiente antelación. […]

    La injusticia y el abuso han segado la vida de millones de campesinos. También la han hecho tan miserable como la imaginamos. Una existencia pisoteada, una memoria salpicada por episodios de verdadero genocidio. Un modo de vivir a disposición de quienes les explotaban. Un modo de vivir, a pesar de ellos.

    No ha sido la violencia de esta sangría la que ha clausurado su ciclo histórico. El suyo no ha sido un final épico. Los campesinos de nuestro medio rural se han ido en silencio.

    Víctimas de un etnocidio con rostro amable. Han salvado sus cuerpos pero su espíritu no ha resistido el embate del tiempo que nos toca vivir.»

El libro, muy bien escrito y documentado, recoge una serie de notas y reflexiones que Marc Badal ha ido recogiendo en el viejo caserío del Pirineo navarro, donde se ha trasladado hace algunos años. Y nos describe con gran sensibilidad y espíritu crítico la crónica de esa extinción.

Un libro muy recomendable, especialmente para aquellas personas preocupadas por la situación de nuestro medio rural y el peligro de desaparición de su cultura.

    «Los campesinos han morado la tierra civilizándola. Vivimos en el mundo que crearon. No podemos dar un solo paso sin pisar el resultado de su trabajo. Tampoco abrir los ojos sin ver el trazo de su huella. Una obra que es todo lo que nos rodea. Todo aquello que pensamos que es tan nuestro por el hecho de estar ahí. De toda la vida. Los bosques de castaños y las praderas. Los senderos y los puentes. Pero no es sólo el desconocimiento el que nos hace ser tan ingratos. A los campesinos se les pasó por alto un pequeño detalle. Olvidaron reivindicar su autoría.

    A diferencia de los canteros que tallaron las piedras de las grandes iglesias, los campesinos no firmaban sus trabajos.

    La suya es una creación que nos llega de forma anónima. Lo cual no significa que lo fuera en el momento de su materialización.

    Tal vez no creyeron necesario explicarle a la posteridad quién había levantado aquel muro de piedra seca. Quién había roturado el bosque para que pastaran las ovejas.

 Probablemente ni se lo plantearon. Todos los que vivían en ese momento sabían perfectamente quién había realizado el trabajo. Habían visto cómo lo hacía y además llevaba grabada su impronta. La memoria se encargaría del resto. Las siguientes generaciones evocarían el recuerdo del bisabuelo cada vez que pasaran por aquel camino empedrado o cuando en otoño recogieran las nueces del gran nogal de casa.

   La memoria se ha roto. Ha perdido el mundo que la engendró. El mundo al que ella daba coherencia.

   Los nietos de los campesinos viven en la ciudad y no recuerdan nada. O viven todavía en el pueblo y lo han olvidado casi todo.

   Miramos alrededor y no reconocemos la mano de nuestros bisabuelos.»

Los yunteros de Extremadura, documental filmado en la provincia de Cáceres durante la primavera de 1936

SINOPSIS

    A los campesinos les era imposible concebir un espacio «natural» segregado de lo humano. El conjunto del territorio formaba parte del hogar. Ellos no se sentían parte de la naturaleza. Vivían en un mundo sin naturaleza, […] tan íntimo y familiar como la cocina o el desván.

LEER LAS PRIMERAS PÁGINAS DEL LIBRO

Vidas a la intemperie nos habla de la pérdida de un mundo, el campesino, compuesto por muchos pequeños mundos que, como Marc Badal advierte, se han ido alejando de nuestras latitudes en silencio, víctimas de un «etnocidio con rostro amable». El texto defiende la necesidad de recuperar las «ruinas que explican nuestro tiempo», cuestionando la mirada sobre el mundo rural que se produce desde los grupos normativos, aquellos que pueden generar normas y representaciones colectivas con mayor eficacia. Se propone ampliar la perspectiva «urbana desde la que se ha escrito la historia» y que ha definido «lo relevante y lo memorable». En este sentido, nos invita a un viaje al pasado que nos permite comprender un presente en el que nos hemos quedado huérfanas.
Mediante una recopilación de citas e historias, el autor va tejiendo cuidadosamente multitud de voces que nos ayudan a entender los diversos mundos campesinos, haciéndonos transitar durante la lectura entre los «prejuicios y las buenas intenciones», entre barros y edenes.
(Del prólogo de Irene García Roces)

   «Un buen libro actúa en dos direcciones simultáneas. Abre los ojos a la novedad de lo exterior y remueve en la conciencia y la memoria lo que ya estaba dentro de uno, olvidado o latente. Vidas a la intemperie, de Marc Badal, tiene ese efecto sobre mí. Es un libro riguroso y muy bien documentado que está hecho con una factura liviana, una riqueza de erudición y experiencia que sin embargo no pesa. La buena escritura se distingue porque se alza del suelo con una cierta ingravidez». Antonio Muñoz Molina, Babelia.

MARC BADAL

Desde hace más de quince años, Marc Badal Pijoan (Barcelona, 1976) compagina la investigación y la dinamización en el ámbito de la agroecología y el desarrollo rural con las tareas cotidianas en varios proyectos de recuperación de núcleos de montaña abandonados.

En sus textos aborda distintos aspectos vinculados a la cultura rural, la industrialización de las actividades agrarias y las experiencias agroecológicas.

Ha publicado Cuadernos de viaje. Fragmentos y pasajes históricos sobre semillas (Fundación Cristina Enea, 2016); Mundo clausurado. Monocultivo y artificialización (autoeditado, 2016); Vidas a la intemperie. Notas preliminares sobre el campesinado (Campo Adentro, 2014); Fe de erratas. La agitación rural frente a sus límites (autoeditado, 2011) y Los pies en la tierra. Reflexiones y experiencias hacia un movimiento agroecológico [coord.] (Virus, 2006); además de artículos en las revistas Resquicios, Raíces, Cul de Sac, Ekintza Zuzena y Archipiélago.

Actualmente vive en un caserío escondido en la vertiente norte del Pirineo navarro, donde ha puesto en marcha kanpoko bulegoa (“oficina exterior”), un obrador artesanal de pensamiento aplicado en torno a la cultura rural y el territorio.

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO
    «Sus desgracias no importaban a nadie. Mucho menos sus opiniones. Ellos no podían entender las complejidades de la vida. Tan sólo trabajaban sin levantar la vista del suelo. Podían mostrarse orgullosos ante sus iguales pero siempre se sintieron acomplejados ante el conocimiento del letrado. Ellos no leían, y en los libros residía el poder. También en las armas que nunca poseyeron.
   Percibían con nitidez su precaria situación. Su vulnerabilidad. Ante las élites dominantes y ante el caprichoso temperamento celestial. El cielo cubría su existencia con un velo de amenaza que nunca escampaba. Estaban a merced de la ventisca y del granizo, así como de los temporales que provenían del castillo o de la ciudadela. La suya era una vida a la intemperie.
   Por eso los campesinos se veían diferentes. Una especie de “sociedad aparte”. Diferentes a quienes les explotaban. También a quienes vivían en la ciudad y al resto de la sociedad. Ellos no eran obispos ni abogados. Tampoco mineros, marineros ni cómicos ambulantes.»
[…]
   «La desaparición del campesinado puede entenderse como el ocaso de un mundo. Aunque su historia prosigue en otras latitudes, aquí ha escrito su punto y final. Somos los huerfanos de los campesinos pero no lloramos su muerte. Tampoco la celebramos.
    Ninguna referencia nos sujeta al pasado. Un muro de contemporaneidad nos impide contemplar las ruinas que explican nuestro tiempo.
   Y no se puede valorar la magnitud de una pérdida cuando no se tiene consciencia de ella. Por grave que sea.
  Nuestra generación ha visto cómo se marchitaba un mundo. Precisamente aquel de dónde proveníamos.
   El mundo de los campesinos. Un lugar al que no querríamos volver pero que quizás nos ayudaría a resituar el rumbo de nuestra deriva.
  Un mundo que en realidad no era uno solo, sino un sinfín de pequeños mundos. Los pequeños mundos campesinos.»
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