“El canto del cuco”, de Abel Hernández

    «El tsunami del llamado progreso amenaza la existencia misma de estos pueblos. Poco a poco se van quedando como un precioso cascarón vacío para disfrute, en el buen tiempo de los viajeros de la capital, como yo mismo. Hace tiempo que la gente se fue yendo. Cerraron las casas, cerró la escuela y sólo aumentan los vecinos del cementerio.»

Con El canto del cuco: llanto por un pueblo (2014), el periodista y escritor soriano Abel Hernández completa una serie de cuatro hermosos libros escritos desde y con el corazón, en los que no ha tenido que inventar nada y en los que nos habla de su infancia y de su pueblo, Sarnago, un municipio actualmente abandonado en las Tierras Altas de Soria.

En palabras del propio autor, en los tres primeros libros: Historias de la Alcarama (2008), El caballo de cartón (2009) y Leyendas de la Alcarama (2011) «desciende al universo oculto que constituye el alma del pueblo y que pervive bajo las ruinas y los escombros de esa civilización que se acaba». Este último, El canto del cuco, es un diario íntimo que recoge un año entero y recorre un ciclo completo de las estaciones. En él enfrentará la vida del campo a la de la ciudad y nos dará cuenta del contraste entre la vida de hoy y la de ayer. En el epílogo del libro, Abel Hernández escribe lo siguiente: «He ido recorriendo ordenadamente los meses y las cuatro estaciones fijándome en lo que va de ayer a hoy y anotándolo en mi cuaderno gris. He tratado de combinar, en un juego de prestidigitación, sucesos y experiencias de hoy mismo con mis recuerdos de la infancia. A poco que se observe, salta a la vista en todo esto la endemoniada dialéctica campo-ciudad. Yo, anticuado de mí, he tomado partido por el campo, por los pueblos perdidos, por la belleza profundo de sus ruinas, por el silencio, por la luz incontaminada, por la naturaleza escondida y buscada, por los campesinos que resisten y por los que tuvieron que cerrar su casa y huir a la ciudad. Mi memoria y mi corazón, algo alterado, se han ido inevitablemente a Sarnago, la patria de mi infancia, en las Tierras Alta de Soria.»

    «No tardaron los hombres del campo en darse cuenta de que las máquinas les habían suplantado también a ellos. Unas pocas máquinas venidas de fuera se encargaban de todo. Ellos sobraban. Los hijos permanecían mano sobre mano. Por supuesto, nadie quería ir pastor y, además, las ovejas, con la lana por los suelos, que no daba ni para pagar al esquilador, no rendían como antes. Así que lo mejor era vender las tierras o ponerlas en renta o simplemente dejarlas llecas, como querían en Bruselas, vender el ganado, cerrar la casa y marcharse a la ciudad, que era donde fabricaban las máquinas. Había que pensar en el porvenir de los hijos. Con suerte trabajarían en una fábrica o aprenderían un oficio. Algunos incluso podrían estudiar y labrarse un porvenir. Cualquier cosa menos quedarse de destripaterrones, como su padre y sus antepasados.

    Y así fue como los pueblos fueron quedándose vacíos, y las casas abandonadas acabaron derrumbándose. No tardaron en irse los funcionarios. Cerró la casa del médico. Cerró la escuela. Las zarzas invadieron los huertos. Nadie segó ya la hierba de los prados. El ejido se convirtió en hierbazal. Se cayeron las paredes de las herrañes. Los montes, muchos de ellos repoblados de pinos, fueron cerrándose, lo mismo que los caminos del monte, y cundió el temor de que cualquier verano, sin cabras, ovejas y leñadores durante el año, ardieran los pinares en aras del progreso. Será entonces cuando la imagen del pueblo aparecerá por primera vez en el telediario. El progreso había llegado por fin con las máquinas a la Tierras Altas.»

El canto del cuco es un libro magnífico que rescata la memoria de un pueblo y su cultura milenaria. Escrito con un extraordinario dominio del lenguaje, recoge términos, ya en desuso, propios del medio y del tiempo que retrata. Por eso el Glosario que figura al final del mismo puede ser de gran utilidad. Una verdadera obra de arte, que todas aquellas personas que provengan o tengan algún tipo de relación con el medio rural agradecerán. Muy recomendable.

   «Pertenezco a la última generación-bisagra: he pasado del candil a Internet, del arado romano al avión supersónico, de la Edad Media a la tecnológica y a la posmodernidad. Soy testigo directo y privilegiado de una civilización milenaria, la civilización rural, que se acaba y de la que es preciso recoger los despojos para que dispongan de ellos las futuras generaciones.»

Abel Hernández

SINOPSIS

Este Canto del Cuco es un canto a la civilización rural, a la que se ha ido extinguiendo lentamente y a lo que queda de ella. Abel Hernández culmina en estos hermosos diarios la labor que iniciara con sus Historias de la Alcarama, continuada con El caballo de cartón -Premio de la Crítica de Castilla y León- y con Leyendas de la Alcarama. El autor nos invita a recorrer a lo largo de un año y de sus estaciones la evocación de su tierra natal, de nuevo con una prosa magistral, que nos recuerda por momentos a Azorín y a Miguel Delibes, y nos anima a hallar la paz en la vuelta a las raíces y a la civilización rural.

Este diario ofrece a la vez un pretexto para reflexionar sobre lo abrumador de la modernidad que vivimos y la crisis de valores, a la que Abel contrapone el ejemplo sencillo de la vida en el campo, cuyas virtudes glosara el gran fray Luis.

    «Avanzada la primavera, salen las mujeres por los caminos hacia los sembrados. Caminan alegres. No es extraño que se peguen a ellas, si no hay escuela, los niños de la casa, que triscan, inquietos y juguetones, por los ribazos floridos y no se cansan de tirar piedras a los pájaros. Es el trabajo más llevadero del año, casi un recreo, una liberación del luto y del agobio oscuro de la casa. Cubren la cabeza con amplios pañuelos claros y llevan en la mano la azadilla o escardillo. Son las escardadoras. El sol de la mañana va ya alto y ha evaporado la aguada nocturna de los trigales. Con las últimas lluvias el campo es un tapiz y una sinfonía. Prevalecen las distintas gamas de verde, festoneado por la policromía de los ribazos, en los que las distintas flores azules y moradas combinan con el esplendor punzante de las ulagas, el amarillo radiante de los morrenglos, el botón dorado de las tomazas y el rojo pasión de las amapolas. Cantan las calandrias haciendo la torre sobre las esparcetas y los picogordos y verderones, en la rama más alta de los bizcobos y en los espinos de flor blanca; pasan volando parejas de pardillos camino del salegar, se hacen notar los chochines y trigueros, y no faltará en la vereda el vuelo corto de la uñalarga, buscando el refugio del orillo. Falta poco para que resuene el tortoleo de las codornices en celo y el “coreque” de la perdiz en el ulagar del cabezo. El aire perfumado está poblado de un rumor de insectos y el aleteo de cientos de mariposas.»

ABEL HERNÁNDEZ


Abel Hernández (Sarnago, Soria), escritor y periodista de dilatada y reconocida trayectoria en distintos medios, ha sido un destacado cronista de la Transición. Cursó estudios de Filosofía y Letras (Filosofía Pura y Filología Inglesa) y es licenciado en Ciencias de la Información y en Teología. Durante su carrera profesional ha dado clase en la Universidad y ha ocupado puestos relevantes en numerosos medios de comunicación: Jefe de Información Nacional de Informaciones, editorialista de Diario 16, adjunto al director y jefe de opinión de El Independiente, y columnista y director del Ya. Asimismo, fue muchos años redactor-jefe de Radio Nacional, donde creó y fue el primer director de distintos programas, entre ellos 24 Horas y Frontera. Por su labor en la radio obtuvo el Premio Ondas, el Premio Bravo y el Premio Nacional de Información. Es autor de varios ensayos de naturaleza política, entre otros, Crónica de la Cruz y de la Rosa, El Quinto Poder, Conversaciones sobre España, Fue posible la concordia (en colaboración con Adolfo Suárez), La España que quisimos o Suárez y el Rey, premio Espasa de Ensayo 2009. Es autor, asimismo, de tres obras literarias: Historias de la Alcarama (2008), finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León, galardón que obtuvo un año después con El caballo de cartón (2009), y Leyendas de la Alcarama (2011).

    «Donde hubo un árbol puede haber otros.

   Debemos preservar lo poco que queda de nuestros pueblos, proteger el paisaje que es nuestro patrimonio y quizá haya futuro para nuestro mundo rural.»

Abel Hernández

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO

    «Como decía , la noche de San Silvestre era costumbre inveterada en Sarnago echar los novios, que ésta era la expresión utilizada. No pasaba de ser un juego entretenido con una pizca de malicia. En el pueblo muchos hombres y mujeres se quedaban solteros. El juego era elemental: en una bolsa o talego se depositaban las papeletas con los nombres de todos los mozos del pueblo. Se mezclaban los muchachos que hacía pocos años que habían dejado la escuela para hacerse cargo del zurrón y el garrote de pastor, con los que habían vuelto de la mili y hasta con los cojitrancos aquejados de reúma, que cobraban ya el subsidio. Y lo mismo ocurría con el otro talego, que era de distinto color y guardaba las papeletas con los nombres de las mozas. Allí se juntaban todas, desde la nínfula con trenzas a la moza vieja, con moño y toquilla, que podía ser su abuela. La nieve helada solía cubrir las calles y el cierzo jugaba a las cuatro esquinas. A las doce de la noche, cuando San Silvestre salía a recorrer el cielo en silla gestatoria acompañado del rey enero y del poeta Rubén Darío cubierto con la capa azul de las constelaciones, se realizaba el sorteo en la fuente, si no era novche demasiado heladora, o, más frecuentemente, en el “cuartecillo”, bajo el Ayuntamiento, entre el nerviosismo y el jolgorio general. Los emparejamientos podían resultar acertados o estrafalarios y estos últimos daban pie a que las mozas cantaran:
¿Qué haces ahí mozo viejo
que no te casas?
¡Que te estás arrugando
como las pasas!
    (“Ahí “ no se pronunciaba nunca con acento en la í, sino que sonaba “ay”. Y en vez del termino “mozo viejo” solía utilizarse la variante jocosa de “pollo viejo”).
    Por un día todos los solteros del pueblo, hasta los que se apoyaban en la cachava y no tardarían mucho en criar malvas, estrenaban el año con novia, y al revés. Los novios debían hacer un pequeño obsequio a la novia de ocasión y bailar con ella al son de una guitarra. Esa era su dulce o embarazosa servidumbre. A veces el sorteo daba fruto y las parejas cuajaban y llegaban hasta el altar. Y eso daba pie al colorín, colorado…, comieron perdices y vivieron felices, etcétera. Era una forma como otra cualquiera de relacionarse. Ahora se busca novia o novio chateando en Internet, y la boda, si se realiza en el Juzgado, que es algo mucho más aburrido, dónde va a parar.»
[…]
    «Por el camino me he trasladado, como de costumbre, a mi infancia en Sarnago. El pan es el mejor reclamo de la memoria. Era el artículo de primera necesidad, la medida de todas las demás cosas. Lo peor que podía pasar en una casa de las Tierras Altas de la Alcarama es que faltara el pan. Allí el pan sólo se concebía redondo: una hogaza grande, olorosa y crujiente. El padre la apoyaba en el pecho a la hora de comer y partía con el cuchillo grandes rebanadas. Y si el padre había muerto, como en mi caso, se encargaba de partir el pan la madre o el abuelo. Era todo un rito. La abuela, que era muy escrupulosa, si caía al suelo un trozo de pan, lo recogía y lo besaba como si fuera pan bendito y no permitía que la hogaza se pusiera boca abajo. La hogaza era el fruto de los sudores y trabajos de todo el año. Romper la tierra, binar, abonar, rastrillar, sembrar, escardar, cosechar –siempre mirando al cielo por ver si venía la lluvia o asomaba una mala nube–, trillar, aventar, cerner, meter en el granero, llevar al molino, acarrear la támbara, amasar y cocer en el horno. La hornada debía servir para toda la semana.»

FUENTES

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