“Cara de pan”, de Sara Mesa

     Ella no supo que tenía cara de pan hasta el año pasado, cuando Marga se lo dijo delante de las demás niñas, y todas rieron espontáneamente, sin maldad, de modo que no había lugar para el enfado —porque era un comentario cariñoso— ni para otra reacción que no fuese también su propia risa —fingida— y el escrutinio posterior en el espejo. ¿Qué es en concreto una cara de pan? Hay montones de panes posibles, desde bollos bien gordos hasta baguettes finas, y sin embargo ella intuye que cuando Marga le dice cara de pan se refiere más bien a lo primero —la cara redonda, fofa, blanca; la cara como símbolo de todo un cuerpo, de toda una entidad.

Cara de pan es la quinta novela publicada por la escritora madrileña afincada en Sevilla Sara Mesa. En ella nos cuenta la relación que se establece entre dos personajes muy distintos y peculiares: Casi, una niña de “casi” catorce años, de ahí su nombre; y un adulto de cincuenta y cuatro años, al que Casi llama simplemente Viejo.

Casi, que se siente un poco fuera de sitio en el instituto, decide una mañana dejar de ir a clase. Desde ese día pasa las mañanas escondida entre los setos de un parque de la ciudad hasta que llega la hora de volver a casa. Es allí donde se encuentra con Viejo, un adulto con problemas de relación que parece vivir al margen de la sociedad.

     La primera vez la coge tan desprevenida que se sobresalta al verlo. La niña está apoyada en el tronco del árbol, leyendo una revista, cuando oye sus pasos acercándose, el chasquido de las hojas secas al quebrarse, y después lo ve, de pie delante de ella, quizá un poco turbado pero no sorprendido por encontrarla allí, oculta tras los setos. El viejo pide perdón –¡no quise asustarte!, dice– y después le pregunta qué está leyendo, pero entre una cosa y otra –entre la disculpa y la pregunta– a la niña le da tiempo a reaccionar. Esto, responde mostrándole la revista, una revista para chicas.

Casi recibe en su escondite las visitas diarias de Viejo, que le habla de pájaros y de la cantante Nina Simone, y comparte con él algunas chucherías o algún refresco.

Poco a poco el Viejo le va desvelando sus secretos y se va estableciendo una relación cada vez más estrecha entre esta «pareja inadmisible», una relación atípica y sospechosa para la sociedad.

    Hay algo en la manera de hablar del Viejo que Casi, instintivamente, percibe como anormal. Para empezar, no controla el volumen como debiera: a veces habla en susurros y ella tiene que pedirle que repita sus palabras. […] Las rarezas del viejo, piensa Casi, son inofensivas, por desconcertantes que resulten, como desconcertante es, por ejemplo, el contraste entre su rostro de frente y su rostro de perfil, el primero de apariencia inocente y hasta bobalicona, el segundo introspectivo y sabio, como si pertenecieran a dos caras diferentes de dos hombres diferentes.

Con este argumento, aparentemente muy sencillo, Sara Mesa construye una magnífica historia, que cuenta con los elementos de suspense necesarios para mantener en vilo al lector hasta el final de la misma. El resultado es una magnífica novela, que está muy bien escrita y que se lee con gusto. Muy recomendable.

  «Otro libro breve que me ha gustado mucho últimamente. También es una historia muy pequeña, aparentemente muy sencilla. Es una relación entre dos personajes, un hombre mayor y una niña, pero está tan bien contada y es tal el mar de fondo que esa novela tiene, todo lo que no se cuenta, que es una lectura muy recomendable. Está muy bien escrito, me gusta mucho Sara Mesa y esta novela en concreto me parece redonda.»  Jesús Carrasco

EMPIEZA A LEER LA NOVELA

SINOPSIS

«La primera vez la coge tan desprevenida que se sobresalta al verlo.» El encuentro se produce en un parque. Ella es Casi, una adolescente de «casi» catorce años; él, el Viejo, tiene muchos más.

El primer contacto es casual, pero volverán a verse en más ocasiones. Ella huye de las imposiciones de la escuela y tiene dificultades para relacionarse. A él le gusta contemplar los pájaros y escuchar a Nina Simone, no trabaja y arrastra un pasado problemático.

Estos dos personajes escurridizos y heridos establecerán una relación impropia, intolerable, sospechosa, que provocará incomprensión y rechazo y en la que no necesariamente coincide lo que sucede, lo que se cuenta que sucede y lo que se interpreta que sucede.

Una historia elusiva, obsesiva, inquietante y hasta incómoda, pero al mismo tiempo extrañamente magnética, en la que palpitan el tabú, el miedo al salto al vacío de la vida adulta y la dificultad de ajustarse a las convenciones sociales… La ambiciosa carrera literaria de Sara Mesa da un nuevo paso adelante con esta novela sobre dos seres desarraigados cuyos destinos se entrecruzan en un parque, una defensa de la inadaptación y la diferencia.

    Todo empezó una mañana cualquiera. El despertador sonó a la misma hora de siempre, Casi remoloneó unos minutos entre las sábanas, se levantó con desgana, se lavó la cara, se puso el chándal. Cuando bajó, sus padres estaban tomando café; hablaban entre susurros; se callaron al entrar ella en la cocina. Se preparó un colacao, mordisqueó unas magdalenas. Todo normal, dice Casi, nada anunciaba que ese día iba a ser diferente a los demás. Ella no planificó nada, no podía saber que se acercaba el momento culminante, al momento en que todo cambió: cuando salió de casa, enfiló la avenida, apresuró el paso porque iba un poco tarde… y dio la vuelta. Dio la vuelta y se apresuró aún más, pero en sentido contrario. Sin saber bien qué hacer todavía. Sin saber adónde se dirigía.

SARA MESA

Sara Mesa (Madrid, 1976) desde niña reside en Sevilla. Ha desarrollado una notable carrera dentro de la literatura, haciendo gala de una gran habilidad en distintos géneros y formatos. De hecho, Mesa logró un gran impacto en la crítica gracias a los relatos recopilados en las antologías No es fácil ser verde y La sobriedad del galápago. También demostró su buen hacer como poeta en Este jilguero agenda, poemario que recibió el prestigioso Premio Miguel Hernández de Poesía.

Tras la aparición de El trepanador de cerebros, su primera novela, Mesa logró un gran éxito con Cuatro por cuatro, obra que llegó a ser finalista del Premio Herralde de Novela y que supuso su debut en la editorial Anagrama, donde desde entonces ha publicado títulos tan interesantes como Planeta equivocado, Cicatriz, Mala letra, Un incendio invisible o Cara de pan. A día de hoy es considerada como una de las voces más interesantes de su generación.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     ¿Por qué estabas allí, Viejo?, se atreve a preguntar al fin. No cree que no se lo quiera contar; más bien lo da por sabido, como si no hiciese falta explicarlo o hubiese olvidado hacerlo, pero Casi sí necesita que se lo explique, a pesar de que él la mira sin comprender –¿allí dónde?, dice– y ella tiene que concretar –en la clínica, ¿por qué estabas ingresado en esa clínica?–. El Viejo está sentado sobre la toalla, otra vez con su traje clarito, su traje ya limpio recién recogido de la tintorería y el pañuelo que sobresale del bolsillo de la chaqueta bien doblado. La mañana está desapacible, un viento frío agita las ramas de olmo siberiano, caen las hojas sobre ellos –día a día, hoja a hoja, el árbol se les está pelando encima–. El Viejo está pensando y ella se teme que ahora le dé largas, que finalmente no haya sido una cuestión de olvido, sino una ocultación premeditada. Pero el Viejo al fin habla y dice que la culpa fue de los policías de la mente, no suya, él no hizo nada para que tuvieran que encerrarlo. Él estaba feliz haciendo su trabajo, por aquel entonces trabajaba en la reserva de pájaros, ¿se acuerda Casi de la reserva? Pero la policía de la mente no perdona la felicidad a los que son como él, los que no tienen una madre y un padre como todo el mundo, ¡sino una madre y un padre-abuelo en uno!
         […]
       Un día se echa a llorar de pronto, inesperadamente, y el Viejo la toma en su regazo. La intimidad física que se crea en ese momento –repentina, espontánea– es nueva para ellos, y hace que los dos estén incómodos. Sin embargo, permanecen en la misma postura varios minutos, acompasando sus respiraciones, y él le pasa las manos por el pelo –sus primeras caricias– mientras ella deja caer sus brazos en las piernas de él, y su cabeza en la barriga de él. El Viejo no le pregunta por qué llora. Una pregunta así es superflua: uno debería ser capaz de intuirlo. Casi tampoco se esfuerza en dar explicaciones. Sabe que él no las espera. Es esa calma, solamente esa calma, pausada por el canto de un herrerillo –es lo único que dice el Viejo: ¿oyes?, un herrerillo–, y el aire frío, el invierno acercándose, el viento como síntoma de la amenaza.

 

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