“El mozárabe”, de Jesús Sánchez Adalid

«Odia el mal, pero compadece a quien lo hace. El odio es el primer paso para que
 no acaben  los problemas del hombre.»

   El mozárabe, publicada en el año 2001, es la segunda novela histórica del autor extremeño Jesús Sánchez Adalid.

   La trama de la historia nos traslada a la Córdoba de los años finales del primer milenio, un periodo de gran prosperidad para la capital de Alándalus, cuya fama llegó a extenderse por todo el mundo conocido. En la ciudad de los califas conviven pacíficamente las diversas comunidades religiosas: cristianos, judíos y musulmanes.

    «Cuando el gran visir se marchó, Abuámir se quedó invadido por una interior agitación. Subió entonces a la torre, pues era el lugar que escogía para encontrarse consigo mismo. La noche empezaba a caer sobre Córdoba y los faroles lucían ya matizando las esquinas y los rincones de las retorcidas calles. Descollaban los palacios, los alminares y los campanarios. ¡Qué maravillosa ciudad!, pensó él. No había otra como ella en el mundo. En ningún sitio como allí se concentraban la sabiduría, la poesía, el lujo y el refinamiento. »

  Es allí también donde trascurren buena parte de las peripecias vitales de los dos protagonistas principales de la historia, Abuámir y Asbag aben-Nabil, un musulmán y un cristiano respectivamente, cuyos destinos acabarán cruzándose.

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   De la mano de Sánchez Adalid, acompañamos a Asbag en su interminable periplo por los confines del continente europeo, y asistimos al vertiginoso ascenso del joven Abuámir, que acabará convirtiéndose en el temible caudillo Almanzor.

   Según su propio autor, El mozárabe no es un historia de buenos y malos. Se trata de la recreación de un momento histórico especialmente convulso: el final del primer milenio del cristianismo en el mundo, y la compleja situación que provoca el choque de distintas culturas, en especial la cristiana y la musulmana.

   Nos encontramos ante una gran novela histórica, bien escrita, fácil de leer y con un final muy bien logrado. La historia se sustenta en un gran trabajo previo de investigación y documentación histórica y refleja muy bien cómo era la forma de vida en la Europa de finales del primer milenio. Una hermosa novela en la que encontramos una decidida apuesta por la tolerancia religiosa y la convivencia pacífica entre las diversas culturas y comunidades religiosas que convergen en la trama de la historia.

   Resultan de gran interés las frecuentes referencias que aparecen en la novela en torno al mundo de los libros y de las bibliotecas. El propio Asbag comienza copiando e iluminando manuscritos en un taller de Córdoba, donde aprende la técnicas de encuadernación y reproducción de códices, y la pasión y el amor por los libros nunca le abandonarán a lo largo de toda su vida.

  En la nota histórica que aparece al final de la novela, Sánchez Adalid señala que «la biblioteca que reunió al-Hakam II en su palacio de Córdoba era de una riqueza incomparable. Comprendía nada menos que 400.000 volúmenes, y su catálogo, reducido a una simple enumeración de los títulos de las obras y de la mención de los nombres de sus autores, llenaba cuarenta y cuatro registros de cincuenta hojas cada uno. Un verdadero ejército de buscadores de libros, de corredores y de copistas se movía por cuenta del monarca, prosiguiendo sus investigaciones bibliográficas por toda la extensión del mundo musulmán. En la misma Córdoba, un equipo muy numeroso de escribas, de encuadernadores y de iluminadores trabajaba bajo la vigilancia de un alto dignatario y del propio califa, para enriquecer constantemente esta magnífica librería, que contenía verdaderas maravillas.»

    «Detrás de él crujieron unos cerrojos. Se volvió. Una gran puerta se abría empujada por dos criados y apareció ante sus ojos la inmensa biblioteca de Alhaquen: una impresionante nave cubierta por un elevado artesonado dorado y poblado de estrellas azules, como un firmamento de leyenda. Todo era belleza y color; vidrieras, muebles, solerías decoradas con adornos florales armoniosamente combinados. Las luces de las lámparas y los reflejos de los cristales se perseguían matizándose, jugando con los parteluces de mármol y con las talladas hojas de las puertas y ventanas. Y, llenándolo todo, aquella quietud, hecha del reposo pacífico de innumerables libros que, ordenados en los estantes, exhalaban suaves aromas de papiro, vitela, fino papel y pergamino, entre los delicados humos del incienso, sándalo y ámbar que se quemaban en los rincones, acentuando el sacro y misterioso ambiente de aquel templo de sabiduría.

    Asbag se maravilló. Había pasado gran parte de su vida entre libros. Su abuelo fue librero y su padre también. Después de ordenarse sacerdote, el obispo le confió inmediatamente el taller de copia, convencido de que no había otro hombre en la comunidad cristiana tan preparado para dirigirlo. En sus ratos libres Asbag se dedicaba con amor a la biblioteca de la sede; ordenaba los volúmenes, saneaba los que estaban deteriorados, disponía la adquisición de los que consideraba imprescindibles. Nunca imaginó que el destino le iba a deparar alguna vez la suerte de acceder a un lugar como aquel que ahora contemplaban sus ojos.

    Un chambelán le condujo por el pasillo central, a cuyos lados se alineaban numerosas mesas, en las cuales trabajaban copistas y miniaturistas o leían atentamente los numerosos sabios que trabajaban al servicio del príncipe. Al final había una especie de gabinete, donde se arremolinaba un grupo de aquellos afanosos bibliotecarios. Antes de llegar, el chambelán se detuvo.

   –Aquél, vestido de blanco y que lee en el rincón, es el príncipe –le dijo en voz baja–. Espera aquí a que yo te anuncie.»

   El mozárabe es una de mis novelas históricas preferidas, la obra de Sánchez Adalid con la que más he disfrutado y la que me permitió conocer y valorar, hace ya más de 15 años, al escritor extremeño. Muy recomendable.

«Se ha novelado frecuentemente acerca de la convivencia de las llamadas “tres culturas”, en referencia a la coexistencia de comunidades cristianas, judías y musulmanas en la península Ibérica durante la dominación islámica. […] Algunas de estas novelas han llegado a convertirse en verdaderos clásicos, pero el tema mozárabe es un territorio todavía virgen. […] En medio de todo ello, dos personajes absolutamente diferentes, pero unidos por un cúmulo de circunstancias, emprenden sus historias personales para vivir incontables aventuras.»

Jesús Sánchez Adalid

SINOPSIS

   El mozárabe, convertida ya en un auténtico clásico de nuestra literatura histórica contemporánea, nos descubre una visión diferente de la Europa medieval. Más allá de las tensiones entre la Cristiandad occidental y el Islam, en ella se nos manifiesta el esfuerzo de hombres inteligentes y llenos de cordura, que buscan la verdadera paz y el diálogo en un mundo que se acerca con incertidumbre y temor al año 1000.

    En la sorprendente Córdoba califal, al final del primer milenio, se desenvuelven las vidas de dos hombres muy diferentes, que además representan mundos distintos. Por un lado está el joven e intrépido Abuámir, un musulmán de la pequeña nobleza árabe que se empeña con tesón en llegar a lo más alto. Por otro lado, el culto y prudente Asbag, clérigo mozárabe, es llamado a ser consejero privado del califa. En medio de todo esto, una vía nueva y simbólica empieza a ejercer su llamada entre los cristianos de Alándalus: el Camino de Santiago.

   La aventura emprendida por El mozárabe traspasa las fronteras ibéricas y nos lleva a Roma, Cremona, Fráncfort, Bizancio, Sicilia y la Dinamarca vikinga.

   Con una escritura impecable, rica, sugestiva, bella y directa, Sánchez Adalid nos regala el mágico viaje al pasado que ha hecho que su obra sea hoy imprescindible.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     «En la trama del mundo, la vida del hombre es como un sendero, una gran aventura, que supone un crecimiento hacia lo máximo del ser: una maduración, una unificación, pero al mismo tiempo paradas, crisis y disminuciones». Sintió que, ciertamente, la vida era así, como un camino en pos del sentido último de las cosas; pero en todo caso un camino impredecible, con sus peligros, sus incertidumbres y sus retrasos, en el que el hombre tiene que abrirse paso por sí mismo, tomar decisiones por su cuenta y luchar batallas por su propio brazo. En ese momento se alegró de haber emprendido la peregrinación y de no haberse arredrado cuando se atisbaron los primeros peligros. Sí, la vida no es algo fácil, pensó; y el riesgo de la vida es el ejercicio de la Divina Providencia, frente a la incógnita del futuro incierto e indeterminado. Pero lo que cuenta al fin de la vida es el acto humano, la entrega personal, la libre elección. Nunca se había sentido más él mismo que en aquel momento, erguido y sereno en medio de la vida, midiendo el horizonte con la mirada, examinado cada vereda y escudriñando el paisaje, sintiendo en los ojos el reto de los colores y en el rostro la llamada de los vientos. 
                     […]
    –Sí. Vuestra peregrinación ha sido demasiado larga. Salisteis de vuestra ciudad para visitar la tumba de Santiago y Dios os ha llevado por el mundo, como a su pueblo por el desierto en un largo vagar. ¿Os pesa haber sufrido ese itinerario?
   –No, en absoluto –respondió el mozárabe con rotundidad–. Gracias a mi aventura he comprendido que la vida es camino, que somos peregrinos y extranjeros, no vagabundos sin una meta; y que nos falta aún la plenitud suprema del bien y la gloria que es el final de nuestro viaje. Aunque dentro de poco llegue por fin a Córdoba, sé que mi viaje no habrá terminado si Dios no lo quiere así.
   –Efectivamente –asintió Mayólo–. Nuestra verdadera vida permanece oculta en Dios; sólo se nos revelará en el futuro, cuando llegue ese día esperado. Así pues, sólo la parasía traerá nuestra redención completa, el cumplimiento definitivo de las promesas de Dios. Y las metas de este mundo, por muy grandes y felices que sean, se quedan pálidas ante el esplendor de la gloria futura. Mientras caminamos en la vida seguimos expuestos a toda clase de sufrimientos, fatigas y luchas; tenemos que combatir constantemente para no sucumbir al desaliento, puesto que llevamos un tesoro precioso en vasijas de barro. Hay que seguir caminando…
    –¡Ay! –suspiró Asbag–. ¡Cuándo llegará esa meta final! A veces, está uno tan cansado… 
               […]
     Anakefalaiosis –sentenció Asbag–; ésa es la palabra: recapitulación, según la antigua sabiduría de Ireneo.
   –¡Oh, Ireneo de Lyon, claro! –exclamó Gerberto–. Según él, sólo al final desvelará Dios el sentido de la Historia. Ahora todo es confuso, enrevesado; caminamos entre luces y sombras… Avanzamos sin saber lo que hay delante, amenazados por peligros, dificultades, temores, dudas… Pero hay un plan trazado desde antiguo, que se completará en el último día…
    –Sólo entonces será comprendido el camino andado –añadió el mozárabe.
   –¿Crees que ese día está cerca? –le preguntó Gerberto, incorporándose en el sillón y fijando en él unos abiertos ojos llenos de inquietud.
   –¿Por qué me lo preguntas a mí?
  –No sé… Un hombre que ha visto el mundo debe de tener una intuición especial para adivinar los signos de algo tan trascendental…
   –¿Lo dices porque se acerca el año 1000? –preguntó Asbag con serenidad.
  –Bueno, por eso y por las convulsiones que sufre este mundo: violencias, desastres, pestes, guerras… Y, lo peor de todo, clérigos corruptos, falsarios, simoníacos, fornicadores… ¿No son signos de que la Bestia anda suelta?
  –¿Signos? –replicó Asbag–. ¡Esas son las miserias del ser humano! ¿No has leído las Sagradas Escrituras? En todo tiempo hubo pecados.
   –¿Y las estrellas? –repuso Gerberto–. Los astrólogos dicen que los signos hablan de un final.
   –¡Bah! Nosotros no debemos creer en tales cosas. Nada hay escrito. ¿No recuerdas lo que dijo el Señor? «Nadie sabe el día ni la hora…»
   –Entonces –dijo Gerberto aflojando su actitud–, ¿crees que llegado el fin del milenio todo seguirá igual?
   –¡Oh, no! Nada será igual; nada de lo venidero será igual a lo de ahora o a lo de antes; pero el mundo no tiene por qué terminar. Nadie debe pensar eso, y menos nosotros, que pretendemos seguir la verdad revelada. Hemos de pensar que el mundo avanza hacia el encuentro con el Padre Eterno. La vida de cada uno ya es un mundo completo; en el caminar hacia una visión fascinante, arrebatadora, conmovedora, que todos hemos de vivir. Tras un gran dolor o una larga enfermedad, tras un gran temor o un peligro superado, cuando un amor o una amistad termina, cuando perdemos a un ser querido, ¿quién no ha sentido, el menos una vez en la vida, esa sensación de que todo se hundía y se acababa? ¿Quién no se ha visto sucumbir alguna vez? Pero después, también, el escalofrío de la aurora, esa sensación de amanecer, de que algo nuevo empieza y el mundo, a fin de cuentas, sigue… Y de que ese momento es como nacer otra vez…
   Gerberto escuchaba atentamente, conmovido, vibrando ante estas palabras, asintiendo con un sereno movimiento de la cabeza.
   –Veo que tu vagar por el mundo te ha hecho un hombre muy sabio –dijo–. ¿Qué harás ahora? ¡Quédate aquí, en Roma! Se necesitan obispos como tú.

JESÚS SÁNCHEZ ADALID

22894321_1464763953618817_2010764460934034265_nJesús Sánchez Adalid (1962) nació en Villanueva de la Serena (Badajoz). Se licenció en Derecho por la Universidad de Extremadura y realizó los cursos de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Ejerció de juez durante dos años, tras los cuales estudió Filosofía y Teología. Además, es licenciado en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Salamanca. Es profesor de Ética en el Centro Universitario Santa Ana de Almendralejo.

Su amplia obra literaria ha conectado con multitud de lectores, gracias a la veracidad de sus argumentos y a la originalidad de sus descripciones, sustentadas en una profunda documentación. Sus novelas constituyen una permanente reflexión acerca de las relaciones humanas, la libertad individual, el amor, el poder y la búsqueda de la verdad.

La obra de Sánchez Adalid se ha convertido en un símbolo de acuerdo y armonía entre los pueblos, religiones y razas, algo especialmente necesario en un mundo desgarrado por la intolerancia y el fanatismo.

Ha publicado con gran éxito La luz del Oriente, El morázabe, Félix de Lusitania, La tierra sin mal, El cautivo, La Sublime Puerta, El caballero de Alcántara, Los milagros del vino, Galeón, El camino mozárabe, Treinta doblones de oro, Y de repente, Teresa  y La mediadora.

Es también autor de Tras los pasos del abate viajero, una obra de encargo institucional que fue presentada en 2014.

En 2007 ganó el premio Fernando Lara por su novela El alma de la ciudad; en 2012 el premio Alfonso X el Sabio de Novela Histórica por Alcazaba; en 2013 el premio Internacional de Novela Histórica de Zaragoza por el conjunto de sus obra; el premio Diálogo de Culturas y el premio Hispanidad. En 2014 su novela Treinta doblones de oro recibió el premio Troa Libros con Valores.

En Extremadura ha sido distinguido con la Medalla de Extremadura y el premio Extremeños de Hoy. Además, es académico de número de la Real Academia de las Artes y las Letras de Extremadura, cuya biblioteca dirige. También es patrono de la prestigiosa Fundación Paradigma Córdoba, cuyo fin esencial es recordar los ejemplos positivos de convivencia entre las tres religiones abrahámicas: judía, cristiana y musulmana, que ocurrieron en Alándalus, buscando con ello los principios y fundamentos del ecumenismo y del diálogo.

Sánchez Adalid ha colaborado en Radio Nacional, en el diario Hoy y en revistas Historia National Geografic y Vida nueva. Actualmente colabora con Canal Historia (The History Channel), Volcán Producciones y Zebra Producciones.

 

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“Historia de una maestra”, de Josefina Aldecoa

Historia de una maestra es una novela de Josefina Aldecoa publicada en 1990. Es la obra más conocida y leída de la escritora y pedagoga leonesa, que no ha dejado de reeditarse desde su publicación.

Historia de una maestra es la primera parte de una trilogía que se completaría con Mujeres de negro (1994) y La fuerza del destino (1997). En ella Gabriela, una joven maestra, nos cuenta su vida desde el comienzo de los años 20 hasta el inicio de la Guerra Civil española.

«Contar mi vida… No sé por dónde empezar. Una vida la recuerdas a saltos, a golpes. De repente te viene a la memoria un pasaje y se te ilumina la escena del recuerdo. Lo ves todo transparente, clarísimo y hasta parece que lo entiendes. Entiendes lo que está pasando allí aunque no lo entendieras cuando sucedió…

    Otras veces tratas de recordar hechos que fueron importantes, acontecimientos que marcaron tu vida y no logras recrearlos, sacarlos a la superficie… Si tienes paciencia y me escuchas y luego te las arreglas para ir poniendo orden en la baraja…

    Si tú te encargas de buscar explicaciones a tantas cosas que para mí están muy oscuras, entonces lo intentamos. Pero poco a poco, como me vaya saliendo. No me pidas que te cuente mi vida desde el principio y luego, todo seguido año tras año. No hay vida que se recuerde así…

    Para mí, por ejemplo está muy claro el día que di por terminada la carrera. Yo acababa de cumplir diecinueve años. Era un día de octubre de 1923. Lloviznaba. Desde muy temprano había contemplado por la ventana los árboles del parque cubiertos de una gasa tenue y abajo, al final de la ladera, un pozo de luz lechosa, como una nube o un ovillo de hilos enredados que flotaba sobre el suelo.»

Un día lluvioso de octubre de 1923, Gabriela López Pardo da por terminada su carrera de Magisterio en Oviedo. Es el fin de una etapa y el comienzo de un sueño que la llevará a trabajar en varias escuelas rurales en España y en Guinea Ecuatorial en condiciones muy precarias.

Aunque la novela es pura ficción, su autora ha reconocido que está basada en situaciones y experiencias reales de algunas maestras de la República, y en las historias que oyó contar o que vivió al lado de su madre, una de aquellas maestras. Con la II República, la revolución de octubre y la amenaza de la guerra como telón de fondo, Josefina Aldecoa nos acerca a una España rural en la que la ignorancia y la miseria campan a sus anchas.

    «El primer día tenía preparado un discurso pero no me salió. Únicamente dije: “¿Quién sabe leer?” Y un niño menudito y rubiaco dijo: “Yo.” “¿Y los demás?”, insistí. “Los demás no saben”, contestó él. “Si supieran no estarían aquí…” “¿Dónde estarían?”, pregunté estúpidamente. Y él sonrió lacónico y dijo: “Trabajando”.»

Con esta novela, la escritora leonesa rinde homenaje al esfuerzo y al coraje de aquel grupo de maestras y maestros rurales que trataron de acercar la educación y la cultura a los más necesitados en ese momento especialmente complicado y decisivo de la historia de España.

Una historia escrita con sencillez y ternura, y de la que se desprende un profundo amor por la profesión. Muy recomendable.

“En esta novela están los dos caminos que han marcado mi vida; está la experiencia que vi y viví al lado de mi madre. Es un testimonio literario, pero también muy real de lo que fue aquella España”. Josefina Aldecoa

SINOPSIS

Historia de una maestra es un relato en el que la protagonista rememora con serena lucidez la historia de su vida. Entregada a una profesión que la lleva de pueblo en pueblo, en condiciones casi siempre miserables, Gabriela vive su historia personal sobre el telón de fondo de un período decisivo en la historia de España: desde los años veinte hasta el comienzo de la guerra civil. El advenimiento de la República, con sus promesas de grandes cambios y su exaltación del papel de los maestros en la transformación de la sociedad española; la lucha contra la ignorancia y el caciquismo; la revolución de Octubre vivida en un pueblo minero: la violencia y el brutal desgarramiento familiar; la nostalgia recurrente de la única aventura de su vida, su primera escuela en Guinea… Todo ello va conformando la vida de una mujer testigo y protagonista de unos hechos que explican en gran parte los sucesos que vinieron después.  

JOSEFINA ALDECOA

Josefina Aldecoa (1926-2011) nació en La Robla, León. Estudió Filosofía y Letras en Madrid. Durante los años de facultad entró en contacto con un grupo de amigos que luego iban a formar parte de la llamada «generación de los cincuenta»: Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre, Carmen Martín Gaite e Ignacio Aldecoa, con quien se casó en 1952. En 1969 murió su marido y durante diez años permaneció alejada de la literatura, hasta que en 1981 apareció su edición crítica de una selección de cuentos de Ignacio Aldecoa. A partir de ese momento reanudó su actividad literaria y desde entonces ha publicado la memoria generacional Los niños de la guerra (1983); el libro infantil Cuento para Susana (1988); las novelas La enredadera (1984), Porque éramos jóvenes (1985), El vergel (1988), Historia de una maestra (1990), Mujeres de negro (1994), La fuerza del destino (1997), El enigma (2002), La Casa Gris (2005) y Hermanas (2008); los libros de recuerdos Confesiones de una abuela     (1998) y En la distancia (2004); y los relatos recogidos en Fiebre (2001).

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

    «La amenaza del invierno ya estaba empezando a cumplirse. Se habían acabado los paseos a los bosques cercanos, la suavidad del sol de octubre que bruñe las hojas de los árboles. La primera nevada era el anuncio de muchos días grises y era también el aislamiento definitivo. A veces, durante meses, ni las cartas llegaban al pueblo, inaccesible para los caballos y los hombres.

    La escuela sería mi único recurso. Por entonces, ya empezaba a sentir esa profunda e incomparable plenitud que produce la entrega al propio oficio. Me sumergía en mi trabajo y el trabajo me estimulaba para emprender nuevos caminos. Cada día surgía un nuevo obstáculo y, a la vez, el reto de resolverlo. Los niños avanzaban, vibraban, aprendían. Y yo me sentía enardecida con los resultados de ese aprendizaje que era al mismo tiempo el mío.

    Nunca he vuelto a sentir con mayor intensidad el valor de lo que estaba haciendo. Era consciente de que podía llenar mi vida sólo con mi escuela. Cerraba la puerta tras de mí al entrar en ella cada día. Y las miradas de los niños, las sonrisas, la atención contenida, la avidez que mostraban por los nuevos descubrimientos que juntos íbamos a hacer, me trastornaban , me embriagaban. Leíamos, contábamos, jugábamos, pintábamos, nos asomábamos a mundos lejanos en el tiempo y el espacio; nos sumergíamos en mundos diminutos y cercanos que encerraban milagros naturales. Tras el descubrimiento de América, corría veloz el descubrimiento de la circulación de la sangre. Tras la solución de un problema aritmético, la reflexión sobre un poema. Y luego, por qué brillan las estrellas, por qué el hombre ha conseguido volar. Por qué, por qué…

    Yo me decía: no puede existir dedicación más hermosa que ésta. Compartir con los niños lo que yo sabía, despertar en ellos el deseo de averiguar por su cuenta las causas de los fenómenos, las razones de los hechos históricos. Ése era el milagro de una profesión que estaba empezando a vivir y que me mantenía contenta a pesar de la nieve y la cocina oscura, a pesar de lo poco que aparentemente me daban y lo mucho que yo tenía que dar. O quizás por eso mismo. Una exaltación juvenil me trastornaba y un aura de heroína me rodeaba ante mis ojos. Tenía que pasar mucho tiempo hasta que yo me diera cuenta de que lo que me daban los niños valía más que todo lo que ellos recibían de mí.»

 

 

 

“Estampas campesinas extremeñas (ed. 1978)”, de Antonio Reyes Huertas

                                                    ¡Ven a comer jigos de mi jiguera!

En el año 1978, la Editora Nacional publicó el libro titulado Estampas campesinas extremeñas, una selección de estampas campesinas del escritor extremeño Antonio Reyes Huertas, con prólogo de Isabel Montejano y estudio literario de Antonio Basanta.

Reyes Huertas compuso, además de poesías y de novelas, multitud de narraciones cortas: cuentos, leyendas y sobre todo estampas campesinas, que fue publicando en diferentes revistas y periódicos de la época. En opinión de numerosos críticos, es en este tipo de composiciones breves donde Reyes Huertas consigue sus mejores logros como escritor.

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Estampas campesinas extremeñas recoge un total de 25 estampas campesinas publicadas en distintos medios periódicos entre 1936 y 1948.

Según el propio autor, la “estampa” es “actualidad periodística escenificada en los medios campesinos”.

Como señala Antonio Basanta: «En la “estampa campesina” el paisaje deja de ser un mero telón de fondo, para pasar a constituirse como un elemento absolutamente singular, omnipresente, ante el que todo se doblega. El propio autor lo llegó a reconocer, diciendo:

En mis novelas el paisaje está subordinado a la acción. En mis estampas campesinas es la acción la que está subordinada al paisaje”…

El campesinado extremeño había sido el depositario de todo un amplio tesoro folklórico, plasmado en coplas, bailes, romances, dichos, leyendas… Su aislamiento le había permitido guardar con pureza unas costumbres que, aquilatadas con el paso de los siglos, hablaban de su verdadera enjundia. Pero en el presente siglo se impone un cambio total de las estructuras sociales. La técnica avanza a pasos agigantados, derribando en su empuje lo que mimosamente había sido conservado generación tras generación. Y el campesino, ante tal envite, se siente desvalido. Reyes Huertas es consciente del problema, y pone su pluma al lado del más débil.»

«¡Cuán lejos de todos los motivos de la ciudad esta tarea sencilla de tomar el sol! ¡Tantas bibliotecas y tantos millares de volúmenes en Madrid y no saber, sin embargo, que esta hierbecilla que parece una estrella verde con pelusa blanca se llama algamula y que a la primavera echa un tallo coronado de flores moradas donde bordonean con su nota de oro las abejas!»

Como ocurre en sus novelas y en sus cuentos, en estas Estampas campesinas extremeñas, el autor de Campanario nos acerca al modo de vida, y a los usos y costumbres de los campesinos extremeños en las primeras décadas del pasado siglo. En ellas cobran vida multitud de personajes del medio rural que conoció Reyes Huertas, principalmente de la comarca extremeña de La Serena.

En fin… Un buen libro, escrito con una esmerada prosa, y con algunos diálogos campesinos en habla extremeña realmente geniales. Absolutamente recomendable

«Todos los elementos que conforman la «estampa campesina» cobran vida en el lenguaje con que los relatos están expresados. La principal característica de aquél es la continua adecuación al estrato social que en cada momento está presente. Así, en una misma narración, al lado del más pulido castellano que emplea el escritor para transmitirnos los contenidos particulares, encontramos el dialecto extremeño en el que se expresa toda la masa rural».

Antonio Basanta Reyes

SINOPSIS

«Porque Extremadura lo fue todo para él. Y cuando alguien, muchos intelectuales amigos, escritores, le decían que había que dejarse de localismos y escribir más en universal, contestaba: “Si no llego a dar un mensaje universal, será por mí mismo, porque no sabré hacerlo. Pero no porque sitúe los hechos en un pueblo extremeño, en lugar de hacerlo en cualquier lugar de un país extranjero”. Y sí que dio un mensaje universal, precisamente porque lo hizo con una literatura limpia, correcta, elegante, como un reto al desquiciamiento de hoy…

El sabía escribir de muchas cosas, pero terminaba siempre haciéndolo de Extremadura, a la que definió como una tierra fecunda y redentora. Sus estampas campesinas son el mejor testimonio de su amor al pueblo.» Del Prólogo a un hombre de bien. I. Montejano.

«Su afán por mostrar a través de sus obras las peculiaridades de su región natal le vinculan, indefectivamente, al costumbrismo… Toda la extensa obra de Reyes Huertas se halla impregnada de un extremeñismo sincero, pero ninguna de modo tan profundo como aquellas narraciones breves por él denominadas estampas campesinas». Del Estudio literario. A. Basanta

ANTONIO REYES HUERTAS

Antonio-Reyes-HuertasPoeta y novelista extremeño. Nace en Campanario el 7 de noviembre de 1887.

Cursa estudios durante nueve años en el Seminario Diocesano de Badajoz (Humanidades, Filosofía y Teología). Al dejar el Centro, con buen expediente académico, se matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, que abandona definitivamente sin alcanzar la licenciatura. Ejerce de educador en el Colegio de Santa Ana, de Mérida; en 1909, con apenas veinte años, funda la revista «Extremadura Cristiana»; en Cáceres dirige la que lleva por título «Acción Social», y en Badajoz que comienza colaborando en el «Noticiero Extremeño», sucede en la dirección a don José López Prudencio. Colabora en «Archivo Extremeño» y dirige la «Biblioteca de Autores Extremeños». En 1916, en Málaga, asume la dirección del periódico «La Defensa», y en 1920 se establece en Campanario, su pueblo de origen, como secretario del Juzgado Municipal. De nuevo en Cáceres, dirige el diario «Extremadura», y durante un año la corresponsalía del periódico HOY de Badajoz en aquella capital. Después de la guerra de 1936 colabora en la Historia de la Cruzada, en La Gaceta del Norte, en La Estafeta Literaria y siempre en el periódico HOY de Badajoz. Muere en su finca «Campos de Ortiga», cercana a Campanario, el 10 de agosto de 1952.
Nos legó Reyes Huertas una abundante producción literaria: a los catorce años había publicado su primer libro, Ratos de ocio (Badajoz, Uceda Hermanos, 1901). Le sigue un segundo que intituló Tristeza (Badajoz, Uceda Hermanos, 1908). En colaboración con el también poeta de Badajoz Manuel Monterrey (1887-1963) produce un nuevo libro, La nostalgia de los dos. Se decide por fin a dar a conocer sus novelas:

Los humildes senderos, Lo que está en el corazón, y una de sus obras maestras: La sangre de la raza (1920), de la que se dijo que es «modelo de inventiva de estilos, de españolismo y estudio exactísimo de las costumbres de la noble y simpática región extremeña» (Bermúdez Plata); por ella comenzó a ser considerado, junto a Felipe Trigo, el padre de la novela regional extremeña. Sigue ya una larga lista de títulos (La ciénaga, Blasón de almas, Aguas de turbión, Fuente Serena, La Colorida, La canción de la aldea, Luces de cristal, La llama colorada, Lo que la arena grabó, Viento en las campanas), que culminan en Mirta, la mejor de su época de madurez y plenitud, que reprodujo en versión dramática de la que siempre estuvo muy satisfecho y orgulloso. Como intermedios fueron apareciendo las Estampas campesinas, con su variopinta galería de personajes (desde el gobernador al zapatero, camarero, hidalgos, yunteros, sacerdotes, pastores, boticarios, alcaides, mochileros, secretarios, curanderos, cantantes, aceituneros, molineros, merchanes, médicos, loberos, taladores, campaneros, guardias, zagales, timadores, vaqueros, mayorales» en relación de Antonio Basante Reyes), nos brindan las mejores radioscopias de los pueblos y aldeas, del campo y la ciudad de Extremadura, en sus esencias y entornos. Con justicia le granjean la fama de cantor de nuestros campos en prosa lírica, con que ha pasado a la posteridad.
Es esa la nota dominante en Reyes Huertas: la de su extremeñismo total, sin que por ello se caiga en el equívoco de que tales valores relativos le sustraigan al mensaje universal que subyace en todas sus obras.

Cuando se publica La sangre de la raza, se topa con un despectivo silencio de los sectores culteranos que repudian entonces los tintes pintorescos de la literatura localista, pero tal silencio se vio compensado con el indiscutible éxito en los ambientes populares; éxito que se ha querido explicar tanto como secuela de la trama sencilla y asequible del relato, como de la encarnación de sus personajes en el terruño por el que tanto amor siente y transfunde el autor, sin soslayar los dictados moralizantes tan del gusto tradicional en las estructuras de ese tiempo. Hay que añadir la importancia lingüística de su léxico: no se olvide que Reyes Huertas tuvo propósitos fallidos de publicar un Vocabulario extremeño; el recurso constante a las tradiciones y el folklore; a la exaltación y exultación por cuanto viene a valorizar y vigorizar el esquema social que tan acertadamente nos presenta y defiende y al que por entero se debe.
De todo resultan esos tipos, con nombres corrientes en cualquier aldea, con gráficos motes, que se presentan como la más exacta encarnación antropológica de sus modelos vivientes. Se pueden estudiar en las narraciones de Reyes Huertas con la misma inmediatez que en la vida real, con la ventaja incluso de los matices que él sabe captar y descubrirnos; más que creaciones suyas personales son calcos de esos tipos simpáticos, a la vez alegres y dolientes, que el autor se topa, cargados con sus propias vidas, haciéndonos sentir en profundidad el calor de sus problemas o la placidez de sus conformidades en base a su recia filosofía cazurra, aprendida en el tajo, al calorcillo del fuego hogareño o en las conversaciones del corro o la tabernilla; con afirmaciones que bien pudieran figurar en las páginas de un florilegio.

Especialmente las Estampas campesinas sobresalen al ofrecernos así sus personajes. Lo decía el mismo Reyes Huertas: «En mis novelas el paisaje está subordinado a la acción En mis estampas campesinas es la acción la que está subordinada al paisaje.» A esos personajes termina entregándose el lector, porque fueron los que encandilaron al autor.

«Más que las almas tenebrosas y sombrías, me placen las vidas sencillas y transparentes» Todo pudo ser, en explicación de López Prudencio, porque «hay entre las altas dotes de novelista de Reyes Huertas una cosa en que nadie le ha superado.
Es el don de arregazar el alma del lector en el ambiente de los pueblos. Leer una novela de Reyes Huertas es pasar unos días -los que dure la acción- en el pueblo donde ésta se desarrolla, compartiendo sus emociones y viendo, con pena, llegado el momento de abandonar el pueblecito». Pudo ser, en definitiva, porque Antonio Reyes Huertas, hombre de bien, caballero cabal, fue extremeño hasta la, médula, sin otra pretensión al escribir que la de verter al papel las querencias de su tierra, con sus luces y sus sombras, sus dolores y gozos, frustraciones y esperanzas.
Dr. Aquilino Camacho Macías, C. de la Real Academia de la Historia, en la revista Alminar

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO     

    Es la mañana clara y pone sombras azulinas y húmedas en la fila de casas donde abre sus puertas la del «señó José». Este, sentado junto a la jamba de granito de la portada, mira pasar a las mozas que vienen del pilar con suscántaros rezumantes, a los madrugadores que traen ya de las viñas uvas, melones e higos y van como derramando en la calle un olor temprano de vendimia, y a las golondrinas, que, siguiendo esa línea de la sombra, trinan y se alborozan a la caza de hormigas voladoras.
    A estas horas el pueblo tiene ese aspecto matinal, casi doméstico, que le dan los vecinos en sus primeras ocupaciones. Se abren las portaladas, se llevan a abrevar al pilón las yuntas y las buenas amas de casa riegan sus tiestos, echan las granzas a los pollos y airean los doblados. Huele así el pueblo a paja nueva, a grano almacenado y a albahacas maceradas a la sombra. Hay paz, rumores mansos, ecos de alguna esquila de las vacas que abrevan en el pilar, y el «señó José» se siente como arrullado en el regazo blando y fresco de la mañana… Le ha llegado también la época de su descanso. 
(Los pollos tomateros)
[…]
    Seguramente que de los tres árboles genuinos de nuestra flora, el olivo, la encina y la higuera, este último es el que más tradición familiar guarda para nuestros recuerdos. No habréis visto un huertecito extremeño sin que tenga plantada una higuera. La encina es árbol patriarcal que sirve de símbolo de la raza; en el olivo recordamos al abuelo o al padre que lo plantó; pero en la higuera adentramos muchas emociones de nuestra propia vida, porque a la sombra de ese árbol se han deslizado los días más alegres de nuestra infancia. ¿Quién de nosotros no se ha subido de niño a la higuera del huerto familiar o a la del vecino a coger los higos maduros? ¡Y qué tentación los higos para los niños! ¿Para los niños sólo? Otra vez los versos de Gabriel y Galán, en que el Lobato tienta a la borrega con la perspectiva de un manjar que a aquella hora –sería la del alba– tendría trasuntos paradisíacos:
 ¡Ven a comer jigos de mi jiguera!
    Pero hay que saber comer los higos como dice la experiencia de los campesinos: «la higuerá con la vacá»; esto es, a la hora en que mejor pastan las vacas. O al aire del amanecer, cuando todo huele a rocío de madrugada, o al relente tardío de los atardeceres, cuando también se rezuma todo de brisas que empiezan a ser aguanosas.
    Hay que partir entonces los higos con el olor de los crepúsculos y el de las sombras que guardan las hojas, siempre frescas y húmedas, de la higuera. Viéndolos rezumar el néctar, traspasados de aromas, cuajados en miel, con un enjambre posado de bolitas de oro en la blanca pulpa. 
(Higueras extremeñas) 

[…]

    El molinero vino entonces desde una de las piedras:
   –Estamos en confianza, tío Ojitos, y si le parece va usted a echar una mano con nosotros a las migas.
   –Pa mí ya sería repetir, gracias –respondió sonriente el tío Ojitos.
   Cogió cuando dijo eso las tenazas, sacó un tizón de la lumbre y en él encendió una colilla de cigarro, apartándose para chuparla.
    –No crea usted eso de la repetición de las migas –me dijo entonces por lo bajo el molinero–. A lo mejor no ha probao entavía el desgraciao en toa la mañana un cacho de pan.
    Y luego en alta voz al viejo:
    –Bueno, hombre, pero siéntese usté a la lumbre. Esos del porche, como son jóvenes, no tienen frío. Se seguía voy a echar en la tolva la mochila de usté mientras comemos.
    La molinera sabía hacer las migas y parecía deleitarse en su operación: remojándolas bien, picándolas menudamente, volteándolas con habilidad, revolviéndolas con maestría, cuidando de la llama mansa y perenne de la lumbre para darles el punto. De la sartén subía un vaho cálido y apetitoso de buen condumio casero. Luego colocó encima de las migas los pimientos fritos, sacó de la alacena un plato de aceitunas y entregando una cuchara al convidado le instó:
    –Vamos, tío Ojitos, pa luego es tarde.
(Las migas del molino)

FUENTES

  • Basanta Reyes, A. Estudio literario a Estampas campesinas extremeñas. Madrid, Editora Nacional, 1978
  • Camacho Macías, A. Antonio Reyes Huertas, en Alminar. Revista de la Institución Pedro de Valencia
  • Montejano Montero, I. Prólogo a un hombre de bien en Estampas campesinas extremeñas. Madrid, Editora Nacional, 1978s. Campanario, FCV, 1997

 

 

“El secreto del agua”, de Tomás Martín Tamayo

«El mundo también se puede contemplar desde aquí. Nos pasamos la vida remando para llegar a la misma orilla de la que partíamos.»

El secreto del agua es la tercera novela del escritor extremeño Tomás Martín Tamayo, publicada en 2016. La trama de la novela nos traslada a un pueblecito de la Extremadura de los años de la posguerra. Allí, Antonio Godoy, un maestro del pueblo, encabeza la protesta contra la construcción de una presa, que acabará inundando la localidad de Encinares, al haberse construido en un lugar distinto al señalado para no anegar las tierras de los terratenientes locales.

    «Hasta los grillos callaron. La detonación estremeció el corazón colectivo de Encinares, y los perros, asustados, ladraron a la madrugada. Un niño con el sueño quebrado lloró, el mochuelo escondió la cabeza y varias palomas levantaron el vuelo, dormidas, sin saber adónde ir ni dónde posarse. En los corrales las bestias resoplaron temerosas y las gallinas comenzaron a picotear el suelo, nerviosas y ciegas. Poco a poco se fueron iluminando las casas. Se oyó el chirriar de algunos cerrojos, se abrieron puertas, ventanas y postigos, llegaron los primeros siseos y un reguero humano se dio cita en la plaza, camino de la única casa que permanecía a obscuras y de la que salía el ladrido lastimero de un perro. Eran las tres y si algo llama más que la campana de la iglesia, es un tiro en la madrugada, cuando los sueños zurcen los costurones del día y los cuerpos se relajan y buscan la placidez en la isla del descanso reparador.

    Todos se dirigieron hacia la casa de Antonio Godoy, el maestro, un cordobés asentado en el pueblo desde hacía más de veinte años.»

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La novela nos cuenta una historia de ficción, pero se basa en hechos reales. También algunos de los personajes de la misma están inspirados en personas que existieron de verdad.

El autor nació y creció en uno de esos pueblos de la Extremadura rural, y nunca ha perdido el contacto con ese mundo. Conoce bien el terreno que pisa y eso lo agradece el lector. Además, la historia se apoya en un gran trabajo previo de documentación. Martín Tamayo ha señalado que tardó cuatro años en escribir la novela y que en ella «hay mucho desahogo emocional, situaciones y personajes que llevaba dentro y que llamaban para salir. Yo suelo escribir de lo que me indigna y en toda mi producción literaria hay una denuncia de base, aunque la envuelva en el papel de la naturalidad».

Estamos ante una buena novela, bien escrita y bien documentada, y que se lee de un tirón. Muy interesante.

    «El secreto del agua es un texto con mensaje anclado en esta tierra de fronteras, guerras, aventuras increíbles y a un tiempo sendero de caciques y desgracias. En la trastienda de lo que uno lee en el texto de Martín Tamayo, parecen degustarse estampas del disfrute sensual de Reyes Huertas, pero sin caer en el bucólico caldo dulzón cargado de sensualidad del de Campanario. Por otro lado, aunque en un segundo plano, he presentido barruntos de Felipe Trigo y su Jarrapellejos, autor muy bien conocido por TMT del que custodia todos sus libros. Lo cierto es que en esta historia cercana que se nos cuenta, vemos todavía rebufos de aquella sociedad estamental pegada como una lapa al latifundio de la España meridional.

    En ese recorrido, tanto en lo costumbrista como en el de la ingeniería financiera, el autor se ha documentado y ha unido a su información de primera mano cual conocedor de lo popular, su sagacidad para atrapar modelos de vida privilegiados, expuestos aquí con innegable maestría».

Feliciano Correa

SINOPSIS

En la Extremadura de la postguerra, los terratenientes locales lograron que una presa se construyera al margen del proyecto inundando a un pueblo, Pajar de los Encinares. Un maestro exiliado capitaneó la protesta pero, aparentemente, se suicida con lo que la contestación a la presa desaparece.

Treinta años después, un hijo del maestro coge el testigo. Aclarar la muerte de su padre será su objetivo más importante, pero no el único.

Costumbrismos, intrigas, venganzas y asesinatos se dan cita en esta novela, que aporta una visión en pasado/presente del mundo rural con todas sus glorias y miserias.

TOMÁS MARTÍN TAMAYO

Natural de Campillo de Llerena (Badajoz). Maestro y escritor. Fue consejero de Cultura, Educación y Deportes de la Junta de Extremadura. Cofundador del Centro Democrático y Social (CDS) junto a Adolfo Suárez. Diputado autonómico independiente en dos legislaturas.

Tiene catorce libros publicados y una docena de premios literarios, figurando en antologías nacionales e hispanoamericanas. De su antología Cuentos del día a día se han impreso tres ediciones y de El enigma de Poncio Pilatos, se han agotado cinco ediciones, las tres últimas con el sello de la editorial Planeta, distribuido en los países de habla hispana. Colabora en El Mundo, ABC, Público y eldiario.es/Extremadura. Critico literario de El Confidencial. Tiene una columna fija en el diario HOY.

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO

    «Encinares murió. Como Antonio, también fue víctima de aquel tiro en la madrugada.
    Con celeridad, las aguas del pantano escalaron hasta el molino del cerrillo, desde el que se divisaba el pueblo. El paisaje cambió, las encinas se retranquearon hasta desaparecer, el río perdió sus orillas y se fundió con unas aguas que lo engulleron. La carretera que cruza la presa llega hasta Los Riscos del Encinar y se bifurca bajando, mansa, hasta morir en la orilla. El pantano cambió su entorno y adquirió un bullicio diferente. Casetas en las orillas, tiendas de campaña, sombrillas, barcas, niños que reían, jóvenes que cruzaban apuestas para sumergirse y emerger a la superficie con algún resto del pueblo… Encinares pasó a ser un recuerdo lejano y sin eco. Los peces desovaban entre las paredes que fueron testigos del palpitar de muchos suspiros y una vida nueva surgió de la muerte del pueblo.
    El tiempo no ajusta sus pasos a nuestros ritmos emocionales y la naturaleza no se para a contemplar los anhelos que se difuminan como el paisaje. La vida fluye y continúa. Donde ayer había jarales, hoy se mecen los juncos, patos y garcillas desplazaron a perdices y sisones, la tortuga al águila culebrera y el agua vistió las piedras asoladas con su musgo verde.» 

    […]
    «Blas montó en el coche, miró la puerta y la fachada del convento y tuvo una sensación muy parecida a la de aquel día que, en la estación de Mérida, se despidió de su padre y de Inés. Su padre con aquel brillo en los ojos e Inés llorando. Ante la puerta del convento, Blas se dio cuenta de que estaba solo y de que en aquel caserón dejaba enterrado el último eslabón de su familia. La sensación de soledad quebró su entereza y lloró. El conductor miró por el retrovisor disimuladamente, arrancó y salió de la plaza. Al pasar por la puerta del Instituto Zurbarán, rememoró sus días de exámenes como alumno libre y a su padre, que lo esperaba en la puerta aún más nervioso que él. Después atravesaban el paseo de San Francisco y subían por la calle del Obispo hasta la plaza de España. En un bar cercano, pedían un bocadillo de calamares…»

 

Javier Sierra en la Feria del Libro de Badajoz

El escritor turolense Javier Sierra ha firmado ejemplares y ha presentado este sábado, 19 de mayo, en la Feria del Libro de Badajoz, su novela El fuego invisible, con la que ha ganado el Premio Planeta 2017.

Javier Sierra en la Feria del Libro de Badajoz

El fuego invisible es una novela que trata sobre el origen de las grandes ideas, de dónde proviene la inspiración. El propio Sierra reconoce que es una novela muy suya, ya que contiene todos los ingredientes esenciales de sus obras: «misterio, intriga, suspense e historia», pero además, en ella hay «mucha literatura» y ese «elemento extra» fue el que lo animó a presentarlo al premio Planeta.

Según el propio Javier Sierra, la acogida de la novela ha sido extraordinaria. Desde su publicación, en noviembre del pasado año, el autor lleva recorrido 34 ciudades de 5 países y más de 50.000 kilómetros. El libro va ya por la 11ª edición y ha vendido más de 325.000 ejemplares. El único inconveniente que reconoce Sierra es que está promoción de su novela no le permite centrarse en sus próximos proyectos.

El escritor turolense, que ya había venido a Badajoz en alguna ocasión anterior, ha señalado que la ciudad pacense ha sabido construirse como una feria del libro de referencia, junto a otras ciudades como Madrid, Sevilla o Barcelona.

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«David Salas, un prometedor lingüista del Trinity Collage de Dublín, se encuentra, después de aterrizar en Madrid para pasar sus vacaciones, con Victoria Goodman, una vieja amiga de sus abuelos y con su joven ayudante, una misteriosa historiadora del arte. Ese hecho trastocará sus planes y lo empujará a una sorprendente carrera por averiguar qué ha sucedido con una de los alumnos de la escuela de literatura que regenta lady Goodman. Para su sorpresa, la clave parece esconderse en el mito del grial y su vinculación con España.

Remotas iglesias románicas de los Pirineos, colecciones de arte en Barcelona, libros antiguos y extraños códigos en piedra se alinean en una trama llena de intriga que nos hará pensar sobre el origen de toda inspiración, literatura y arte verdaderos.»

Leer el primer capítulo de la novela

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Javier Sierra (Teruel, 1971) es un apasionado contador de historias. Su mirada se detiene siempre en los detalles ocultos, en los misterios que no hemos sido capaces de resolver, y los comparte tanto en su trabajo literario como en radio y televisión. Es autor de diez obras, seis de ellas novelas de gran éxito internacional. Sus títulos La cena secreta, La dama azul, El ángel perdido, El maestro del Prado o La pirámide inmortal se han publicado en más de cuarenta países y es uno de los pocos escritores españoles que han visto sus obras en lo más alto de las listas de libros más vendidos en Estados Unidos.

La clave de su éxito pasa por investigar a fondo los arcanos que aborda y aplicarles la dosis justa de sentido común, imaginación y “visión trascendente”. “Esa que nos convirtió en humanos en la noche de los tiempos y nos llevó a inventar el arte”, asegura.

Conferencia de Javier Sierra en la Feria del Libro de Badajoz

“Estampas campesinas extremeñas (ed. 1997)”, de Antonio Reyes Huertas

   «Bendiga Dios aquel día
  en que yo te conocí,
 y aquella tarde en que a dambos
 nos oyó el cura que sí.»

En el año 1997, el Fondo Cultural Valeria de Campanario publicó el libro titulado Estampas campesinas extremeñas, una selección de estampas del escritor extremeño Antonio Reyes Huertas, con estudio introductorio de Inés Isidoro Rebolledo.

Reyes Huertas compuso, además de poesías y de novelas, multitud de narraciones cortas: cuentos, leyendas y sobre todo estampas campesinas, que fue publicando en diferentes revistas y periódicos de la época. En opinión de numerosos críticos, es en este tipo de composiciones breves donde Reyes Huertas consigue sus mejores logros como escritor.

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Estampas campesinas extremeñas recoge una selección de 45 estampas campesinas, escritas con cuidada prosa, que aparecieron publicadas en distintos periódicos durante el periodo 1927-1936.

Según el propio autor, la “estampa” es “actualidad periodística escenificada en los medios campesinos”.

Como escribe Inés Isidoro Rebolledo en el estudio introductorio del libro, «el hecho de que sean “periodísticas” implica necesariamente su brevedad y ha influido decisivamente en la dispersión de las Estampas.

Al definirlas como “escenificadas”, no se aparta en un punto de la verdad, ya que su utilización de los diálogos dentro de las Estampas Campesinas crea el equivalente a pequeñas escenas teatrales, que añaden una vivacidad y fluidez al relato que recuerdan en ocasiones a los mejores sainetes de la época.

Pero es el hecho de que se desarrollen “en los medios campesinos” y más aún, en los medios campesinos extremeños lo que les confiere la unidad y les da carácter regionalista, entrañable, folklórico en el mejor sentido de la palabra.

La ambientación extremeña nos la da, no sólo por sus descripciones paisajísticas o por los problemas que expone, sino, sobre todo, por su utilización del lenguaje, el cual se mueve entre dos polos. La lengua culta del narrador, con una admirable precisión y riqueza de palabra, entre las que no faltan los vocablos específicos extremeños, y el habla ruda y simple de los diálogos campesinos, con palabras y construcciones lingüísticas rústicas, tomadas de las que oía en los pueblos (Campanario, Quintana de la Serena, Magacela, etc.)

Los relatos de costumbres son pormenorizados y nos detallan unas labores campesinas que ya han caído en desuso, unas canciones y bailes que van desapareciendo, y en general un acervo folklórico que él conocía muy bien y en el que se siente cómodo.»

    «De perdíos al río. Y ya que a usté no le convendrá nunca mi trato amos a ver si me conviene a mí el suyo. Le compro ese peazo de la linda por lo que sea razón. Y cuente usté que el suyo no es como éste. No han de arar en el suyo las yuntas como ararán mañana en este miajón. Se jundirá aquí la reja hasta los orejones y saldrá a cá lao una tierra manteosa que paecerá la han untao de la jugue. Con ese olor que antes les decía a ustés: un olor de condumio sabroso que es talmente el olor de la merienda. No se rían ustés: ustés no saben lo que es merendar a la sementera, al borde del barbecho recién labrao con la blandura de las primeras aguas. La vianda sabe mejor y cuasi no se sabe distinguir si lo que come uno se ha empapao del olorcillo del labrantío, o es el labrantío el que se ha empapao de olorcillo de la fiambrera. Lo dicho; le compro a usté su peazo si me lo vende.»

Como ocurre en sus novelas y en sus cuentos, en estas narraciones recogidas en Estampas campesinas extremeñas, el autor de Campanario nos acerca al modo de vida, y a los usos y costumbres de los campesinos extremeños en las primeras décadas del pasado siglo. En ellas cobran vida multitud de personajes del medio rural que conoció Reyes Huertas, principalmente de la comarca extremeña de La Serena.

«Los diálogos constituyen un factor esencial para crear el ambiente de las Estampas. Crean mini-escenas teatrales llenas de colorido y, a veces, de acción y violencia soterradas. A su vez, éste recurso literario engloba otro, la utilización del lengua popular. Antonio nos hace escuchar frecuentemente a los campesinos para que oigamos sus refranes, sus canciones, su “pronunciación” típicamente extremeña.»

Inés Isidoro Rebolledo

SINOPSIS

El Fondo Cultural Valeria de Campanario quiere con la edición de este libro sacar del olvido a Antonio Reyes Huertas, poeta, novelista, autor de Estampas, etc, ya que sus publicaciones son escasas a pesar de la demanda de sus obras en el mercado literario.

Con esta selección de Estampas campesinas extremeñas se pretende mostrar al fiel público del autor de Campanario la faceta más fecunda de su obra literaria, que mejor le representa, y que supone el fiel retrato de un costumbrismo auténtico como exaltación de su tierra, de su raza, de sus costumbres y de nuestros valores regionales.

De esta manera, se va a remediar una injusticia histórica y se va a permitir al lector recuperar la memoria colectiva de una Extremadura que ya ha desaparecido en buena parte.

ANTONIO REYES HUERTAS

Antonio-Reyes-HuertasPoeta y novelista extremeño. Nace en Campanario el 7 de noviembre de 1887.

Cursa estudios durante nueve años en el Seminario Diocesano de Badajoz (Humanidades, Filosofía y Teología). Al dejar el Centro, con buen expediente académico, se matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, que abandona definitivamente sin alcanzar la licenciatura. Ejerce de educador en el Colegio de Santa Ana, de Mérida; en 1909, con apenas veinte años, funda la revista «Extremadura Cristiana»; en Cáceres dirige la que lleva por título «Acción Social», y en Badajoz que comienza colaborando en el «Noticiero Extremeño», sucede en la dirección a don José López Prudencio. Colabora en «Archivo Extremeño» y dirige la «Biblioteca de Autores Extremeños». En 1916, en Málaga, asume la dirección del periódico «La Defensa», y en 1920 se establece en Campanario, su pueblo de origen, como secretario del Juzgado Municipal. De nuevo en Cáceres, dirige el diario «Extremadura», y durante un año la corresponsalía del periódico HOY de Badajoz en aquella capital. Después de la guerra de 1936 colabora en la Historia de la Cruzada, en La Gaceta del Norte, en La Estafeta Literaria y siempre en el periódico HOY de Badajoz. Muere en su finca «Campos de Ortiga», cercana a Campanario, el 10 de agosto de 1952.
Nos legó Reyes Huertas una abundante producción literaria: a los catorce años había publicado su primer libro, Ratos de ocio (Badajoz, Uceda Hermanos, 1901). Le sigue un segundo que intituló Tristeza (Badajoz, Uceda Hermanos, 1908). En colaboración con el también poeta de Badajoz Manuel Monterrey (1887-1963) produce un nuevo libro, La nostalgia de los dos. Se decide por fin a dar a conocer sus novelas:

Los humildes senderos, Lo que está en el corazón, y una de sus obras maestras: La sangre de la raza (1920), de la que se dijo que es «modelo de inventiva de estilos, de españolismo y estudio exactísimo de las costumbres de la noble y simpática región extremeña» (Bermúdez Plata); por ella comenzó a ser considerado, junto a Felipe Trigo, el padre de la novela regional extremeña. Sigue ya una larga lista de títulos (La ciénaga, Blasón de almas, Aguas de turbión, Fuente Serena, La Colorida, La canción de la aldea, Luces de cristal, La llama colorada, Lo que la arena grabó, Viento en las campanas), que culminan en Mirta, la mejor de su época de madurez y plenitud, que reprodujo en versión dramática de la que siempre estuvo muy satisfecho y orgulloso. Como intermedios fueron apareciendo las Estampas campesinas, con su variopinta galería de personajes (desde el gobernador al zapatero, camarero, hidalgos, yunteros, sacerdotes, pastores, boticarios, alcaides, mochileros, secretarios, curanderos, cantantes, aceituneros, molineros, merchanes, médicos, loberos, taladores, campaneros, guardias, zagales, timadores, vaqueros, mayorales» en relación de Antonio Basante Reyes), nos brindan las mejores radioscopias de los pueblos y aldeas, del campo y la ciudad de Extremadura, en sus esencias y entornos. Con justicia le granjean la fama de cantor de nuestros campos en prosa lírica, con que ha pasado a la posteridad.
Es esa la nota dominante en Reyes Huertas: la de su extremeñismo total, sin que por ello se caiga en el equívoco de que tales valores relativos le sustraigan al mensaje universal que subyace en todas sus obras.

Cuando se publica La sangre de la raza, se topa con un despectivo silencio de los sectores culteranos que repudian entonces los tintes pintorescos de la literatura localista, pero tal silencio se vio compensado con el indiscutible éxito en los ambientes populares; éxito que se ha querido explicar tanto como secuela de la trama sencilla y asequible del relato, como de la encarnación de sus personajes en el terruño por el que tanto amor siente y transfunde el autor, sin soslayar los dictados moralizantes tan del gusto tradicional en las estructuras de ese tiempo. Hay que añadir la importancia lingüística de su léxico: no se olvide que Reyes Huertas tuvo propósitos fallidos de publicar un Vocabulario extremeño; el recurso constante a las tradiciones y el folklore; a la exaltación y exultación por cuanto viene a valorizar y vigorizar el esquema social que tan acertadamente nos presenta y defiende y al que por entero se debe.
De todo resultan esos tipos, con nombres corrientes en cualquier aldea, con gráficos motes, que se presentan como la más exacta encarnación antropológica de sus modelos vivientes. Se pueden estudiar en las narraciones de Reyes Huertas con la misma inmediatez que en la vida real, con la ventaja incluso de los matices que él sabe captar y descubrirnos; más que creaciones suyas personales son calcos de esos tipos simpáticos, a la vez alegres y dolientes, que el autor se topa, cargados con sus propias vidas, haciéndonos sentir en profundidad el calor de sus problemas o la placidez de sus conformidades en base a su recia filosofía cazurra, aprendida en el tajo, al calorcillo del fuego hogareño o en las conversaciones del corro o la tabernilla; con afirmaciones que bien pudieran figurar en las páginas de un florilegio.

Especialmente las Estampas campesinas sobresalen al ofrecernos así sus personajes. Lo decía el mismo Reyes Huertas: «En mis novelas el paisaje está subordinado a la acción En mis estampas campesinas es la acción la que está subordinada al paisaje.» A esos personajes termina entregándose el lector, porque fueron los que encandilaron al autor.

«Más que las almas tenebrosas y sombrías, me placen las vidas sencillas y transparentes» Todo pudo ser, en explicación de López Prudencio, porque «hay entre las altas dotes de novelista de Reyes Huertas una cosa en que nadie le ha superado.
Es el don de arregazar el alma del lector en el ambiente de los pueblos. Leer una novela de Reyes Huertas es pasar unos días -los que dure la acción- en el pueblo donde ésta se desarrolla, compartiendo sus emociones y viendo, con pena, llegado el momento de abandonar el pueblecito». Pudo ser, en definitiva, porque Antonio Reyes Huertas, hombre de bien, caballero cabal, fue extremeño hasta la, médula, sin otra pretensión al escribir que la de verter al papel las querencias de su tierra, con sus luces y sus sombras, sus dolores y gozos, frustraciones y esperanzas.
Dr. Aquilino Camacho Macías, C. de la Real Academia de la Historia, en la revista Alminar

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO

      Y es ya una voz que sale de entre los segadores. Un detalle de arte de la siega. Porque esta operación requiere las prácticas de un verdadero arte. Ni todos los campesinos saben segar, ni es fácil la improvisación en el aprendizaje. Arte en la manera de manejar la hoz y que sería peligrosa sin la ciencia de una buena postura; arte en la costumbre de saber calcular el pan; arte en la habilidad de echar las llaves a la manada con una sola mano; arte en la soltura de hacer con siete manadas iguales el rampojo, y arte, por fin en el modo de llevar el corte entre el manigero y “la burra”, la derecha y la izquierda de los segadores.

    Ellos lo expresan con una terminología que simplifica otras explicaciones y que entienden perfectamente los campesinos:

    –“Abre corte el manigero y siguen los demás con un rampojo de diferencia. Llega el manigero al final, gira la mano, cantea y entra la burra…

    –¿Entendío? –pregunta entonces Zacarías […]

    –A propósito –dice Zacarías–. “Esta es la siega: poco pienso y mucha brega”, queriendo decir eso que no apetece el cuerpo más que cosas frescas y que se come poco y se súa mucho. “Segaor, ¿cuál es tu presa? El barril en la talega”. “Dijo el agua al vino : tú pa la jacha, yo pa el jocino”.

    Y añade con cierto prurito de conservar su prestigio de refranero:

    –Y tocante a lo que dijo aquel segaor, tengo pa mí, que los refranes que creía se me quejaban en el cuerpo son estos respectivos a la siega: “Buen lampojo llena troje y llena ojo”, “Segaor que te agachas ¿cuál es tu senara?” “Ni grano ni paja, que es faramalla”. “Dijo el trigo a la cebá: Dios te dé mala segá”. Porque, pa que usté comprenda, cuando la siembra está mala es cuando hay que segar bajo, y cuando llueve en la siego de la cebá es que el trigo tiene buen tempero pa la granazón […]

    La siega de las leguminosas, como habas, garbanzos y chícharos, la suelen hacer los “mozancos” y las mujeres. El verdadero segador casi se considera humillado con hacer estas faenas, y corre un refrán que es toda una síntesis de la psicología varonil de estos campesinos: “Segaor de grano gordo, pa yerno de otro”

(La siega)

      […]

    Ahora con las luces de la tarde, se contemplaba la campiña toda redonda en el horizonte. Porque se había hecho el cielo más suave y azul y tenía el aire una serenidad cristalina sin las irisaciones y temblores del mediodía.

    La tierra olía a todas las flores que había abierto y caldeado este sol de abril que iba vistiendo de primavera el recio campo extremeño. Y había una menudita flor gualda, con un cerco morado, ante la cual se detenía siempre Amparo preguntando curiosa y vacilante a su marido:

    –¿Es ésta la flor, Turón?

    Turón, el nombre de camarada de la partida de mozos, erguía entonces el busto encorvado sobre la tierra. Sonreía un poco indulgente y acudía a la vera de la mujer adoptando un aire de importancia para aquel menester.

    –Con unas cosas y con otras no vamos a coger ni tres libras de trufas. ¿Pero todavía no conoces la flor? Fíjate: no se confunde con ninguna: la que tiene ese reondal morao, casi negro, en la campanita amarilla. Busca bien, que por aquí hay trufas. Porque casi siempre te salen criaíllas.

    –¿Qué más da? –sonrió Amparo.

    –Eso digo yo: pero la gente prefiere estas criaíllas negras que llaman trufas a las criaíllas blancas, que no son más que criaíllas. Dicen que las trufas son más finas. Yo nunca distinguí el sabor y mira que he comío criaíllas de tierra desde que me salieron los dientes. Lo que sí tienes que ver es que las trufas están más jondas y son más menúas. Las blancas levantan más bulto y cuasi que se ven a flor de tierra.

    Él mismo, haciendo palanca con el cuchillo, lo hincó en la tierra y sacó a la superficie el fruto oculto.

    –¿Lo ves? Blanca. Las negras casi que hay que tener olfato par dar con ellas. Sigue tú aquí a lo que salga, que allí hay un mancho de trufas.

    Ella le sacudió un poco el sombrero manchado de tierra. En silencio y mirándole suavemente a los ojos. Una forma del amor en una limpia mujer campesina. Y el amor que tiene intuiciones hasta en las almas más rudas suscitó en él el orgullo de saberse atendido por la que hacía una semana era ya su mujer.

    –Bueno, que no estamos en ninguna visita pa ver si va uno bien cepillao. ¿Quiés que tenga el sombrero como si fuamos de boa?

    Y era otra forma del amor en Turón el trabajador. Como lo puede expresar un alma varonil acortezada por la reciedumbre del campo. Parco en mimos y hondo en afectos del corazón. Porque para dar un verdadero sentido al diálogo, encorvado de nuevo sobre la tierra, Turón canturreó una copla que pareció colgarse de los flecos azules de la tarde:

    «Bendiga Dios aquel día

    en que yo te conocí,

    y aquella tarde en que a dambos

    nos oyó el cura que sí».

(Trufas baratas)

FUENTES

  • Camacho Macías, A. Antonio Reyes Huertas, en Alminar. Revista de la Institución Pedro de Valencia
  • Isidoro Rebolledo, Inés. Prólogo a Estampas campesinas extremeñas. Campanario, FCV, 1997

 

 

“Feria en el Catálogo monumental de España. Provincia de Badajoz”, por José Ramón Mélida

A principios del siglo XX se diseñó un ambicioso proyecto cultural: el Catálogo Monumental de España. Con él se pretendía inventariar y describir el patrimonio histórico-artístico y arqueológico de cada una de las provincias españolas con objeto de su publicación.

El Catálogo Monumental de España tuvo su origen en el Real Decreto de 1 de junio de 1900, que ordenaba la catalogación completa y ordenada de las riquezas históricas o artísticas de la nación. Por primera vez se comenzaba una recogida exhaustiva de información sobre los bienes culturales, con la fotografía como instrumento de documentación gráfica.

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MÉLIDA, José Ramón
Catálogo Monumental de España. Provincia de Badajoz : (1907-1910) / José Ramón Mélida
 Madrid : Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, [1925-1926]
    3 v. : il. ; 26 cm
   1-2. Texto -- 3. Láminas

Sin embargo, este ambicioso proyecto quedó inconcluso. Fueron iniciados los trabajos de catalogación de cuarenta y siete provincias y concluidos, entre 1900 y 1961, los de treinta y nueve, pero tan sólo los de diecisiete fueron publicados.

Ahora, gracias a una labor conjunta del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Instituto de Patrimonio Cultural de España, los catálogos han sido restaurados y, con la ayuda de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, su contenido ha podido ser digitalizado y puede ser consultado en su integridad en Internet, en el siguiente enlace:

Catálogo Monumental de España (1900-1961)

Entre los catálogos que sí se publicaron se encuentran los de las dos provincias extremeñas: Badajoz y Cáceres, ambos realizados por José Ramón Mélida Alinari.

Mélida realizó el Catálogo Monumental de Badajoz entre los años 1907 y 1910. Le dedicó cinco volúmenes: dos de texto y tres de ilustraciones.

El arqueólogo madrileño debió de recorrer minuciosamente cada rincón de la provincia en el que detectó la presencia de evidencias monumentales que incluían edificios enteros, ruinas, yacimientos o inscripciones epigráficas aisladas. Se valió de la ayuda de los lugareños y estudiosos locales, así como de la tradición oral para acceder a aquellos parajes con interés histórico-arqueológico.

Este catálogo, tal como lo redactó Mélida, una vez restaurado y digitalizado, puede consultarse íntegramente en Internet a través de la imagen o del enlace siguientes: 

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 Catálogo Monumental y Artístico de la Provincia de Badajoz [Manuscrito]

En 1924, tres lustros más tarde de haber sido elaborado por Mélida, el catálogo de la provincia de Badajoz fue publicado por el Ministerio de Instrucción y Bellas Artes en tres volúmenes: dos de texto y uno de ilustraciones.

En el prefacio del tomo I de texto se expresa: «El autor ha tenido en cuenta las historias locales, al examinar sus testimonios retrospectivos; ha tenido también presentes las monografías y estudios anteriores de ciertos monumentos; y atento a que este Catálogo sea tan copioso como se desea ha procurado dar noticia, detallada cuanto le ha sido posible, de lo que ha logrado ver y conocer en sus excursiones y estancias en las varias regiones de la provincia, sin olvidar ni un momento que su misión es solamente de aportar y ordenar elementos sueltos, útiles a los investigadores que en todo o en parte se propongan trabajos generales o particulares de más empeño».

Alcázar de los Duques de Feria (Zafra)

Alcázar de los Duques de Feria (Zafra)

Mélida es también autor de parte de las fotografías que lo ilustran e incluye otras de diversa mano. En el prólogo de esta edición da buena cuenta de la importancia que concedía a la fotografía y de su dedicación a la misma: «Este volumen de láminas, indispensable complemento de los dos de texto, constituye por sí un catálogo gráfico escogido […] Al efecto reprodúcense aquí los monumentos más importantes o curiosos, los más o menos conocidos y muchos inéditos, habiéndose utilizado para ello en la mayoría de los casos las fotografías hechas por el autor, las que le facilitaron otros aficionados y varias que adquirió de profesionales, más algunos dibujos. Para la formación de tan numeroso conjunto gráfico no se reparó en que por dificultades para tomar el punto de vista conveniente, por falta de luz en los interiores y por otras causas, haya resultado alguna que otra fotografía con deficiencias que justificarán las que puedan notarse en ciertas láminas, pues lo esencial era llenar las exigencias de la obra».

Este catálogo puede consultarse también íntegramente en Internet a través de la imagen o del enlace siguientes en la Biblioteca Digital Hispánica:

Catálogo monumental de España. Provincia de Badajoz (1907 1910)

FERIA EN EL CATALOGO MONUMENTAL DE BADAJOZ.

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             Vistas del Castillo de Feria. Mélida

Como ya señalamos anteriormente, el Catálogo Monumental de Badajoz fue publicado, en 1924, en tres volúmenes: dos de texto y uno de láminas. Para su confección, José Ramón Mélida recorrió entre 1907 y 1910 cada rincón de la provincia en el que detectó la presencia de evidencias monumentales. El arqueólogo madrileño pasaría por la villa de Feria en algún momento entre 1907 y 1910. En su Catálogo aparecen dos monumentos de la localidad pacense, descritos y fotografiados, y varios objetos más, solamente descritos. Como señalamos en el punto anterior, este Catálogo, tanto en su versión manuscrita como impresa, puede ser consultado íntegramente en Internet.

VASO IBÉRICO

En el tomo I de texto, dentro del apartado Productos industriales ibéricos de la edad de hierro, incluido en el capítulo titulado Tiempos prerromanos, nos describe un vaso de cerámica ibérico, que se conserva en el Museo Arqueológico de Badajoz, en los siguientes términos:

     Vaso ibérico, de barro, falto de su cuello y con arranque de asas. Es de forma oblonda y de suelo plano. Altura, 0,135 metros. Procede de la dehesa El Álamo, sita entre Feria y Zafra.

Donación de don Francisco Sierra.

Pero es en el tomo II de texto donde podemos encontrar la mayor parte de la información recogida en el Catálogo, sobre la villa de Feria.

LÁPIDA ROMANA

En el capítulo III, titulado Épocas romano-cristiana y visigoda, bajo el epígrafe de Feria, nos da noticia de un fragmento de lápida de mármol, perteneciente a la colección del Marqués de Monsalud, hoy desaparecida:

      Fragmento de lápida de mármol blanco, de 0,18 metros de largo por 0,10 de ancho.

Colección del señor Marqués de Monsalud, en Almendralejo, que lo publica en el Boletín de la Real Academia de la Historia, (t. XLIII, 1903, pág. 248), diciendo:

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«Floren]tia [requiev]it en pace [sub die….. f]ebruarias era d….. [paz t]ecum.

Florencia descansó en paz el día….. de febrero de la era quinientas….. La paz del Señor sea contigo.

Hallada en la dehesa de Los Álamos de dicho término».

En el capítulo V. Épocas de la Reconquista y Moderna, bajo el título de Feria, nos describe el Castillo de Feria y la Iglesia Parroquial de San Bartolomé, además de varios objetos litúrgicos que se guardan en dicha iglesia:

FERIA

     Ganó esta plaza a los moros en 1241 el Maestre de Santiago D. Pedro Gómez Mengo.

El rey Enrique IV de Castilla dio en feudo el lugar de Feria a don Lorenzo Suárez de Figueroa, con el título de Conde, para premiarle sus servicios. Felipe II hizo merced de la villa, con título de Duque a su quinto Conde don Gómez Suárez de Figueroa. Después pasó este señorío al Duque de Medinaceli.

El recuerdo señorial que Feria conserva es su castillo.

CASTILLO DE FERIA

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 Castillo de Feria. Mélida

      Castillo. Dominando la villa por N.O. se levanta y extiende de N. a S. sobre una colina, en la que los peñascos forman defensa natural. Su planta poligonal irregular, por exigencias topográficas, tiende a formar un rectángulo. Constaba de dos recintos; a lo menos hay restos del primero, cortinas y un cubo por S.O. Lo que se conserva mejor es el segundo recinto en cuyo centro se eleva la mole cuadrada, altísima e imponente de la torre del homenaje, que por estar unida a dos cuerpos de fortificación que formando línea de E. a O. terminan en torres redonda la primera u oriental y cuadrada la segunda u occidental, dividen dicho recinto en dos, uno septentrional y otro meridional. Cortinas de 2,50 metros de espesor y torres cuadradas y cubos constituyen las líneas de defensa exterior. Mide el recinto, sin contar las torres salientes, 136 metros de longitud y 51 de altitud. Toda la fábrica es de mampostería. Cerca del ángulo de N.O. hay un aljibe cubierto con bóveda de ladrillo. La parte principal y mejor de la fortaleza es la gran torre de que se ha hecho mérito, casi cuadrada, pues sus ángulos están robados en arco de círculo y mide 0,20 metros de longitud, 17,40 de latitud y 40,00 de altura. Sus ventanas acusan cuatro pisos, no accesibles hoy por el estado de ruina en que se halla la fortaleza; pero debe haber en el interior interesantes cámaras que servirán para dar una idea de la vida señorial. Entre las ventanas que dan al oriente las hay góticas, bien características. Conserva en parte esta torre su almenaje. La fisonomía de este castillo parece ajustarse a la arquitectura del siglo XV, y debió construirlo el citado primer Conde de Feria, don Lorenzo Suárez de Figueroa, de quien hemos de citar otros recuerdos monumentales, especialmente al hablar de Zafra.

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                     Torre del homenaje. Mélida

IGLESIA PARROQUIAL

     Iglesia parroquial de San Bartolomé. Se compone de una nave y capilla mayor de menos altura, con ábside de tres lados; la nave cubierta con dos tramos de bóveda de crucería que forman cada una una estrella y una cruz entrecruzadas y el ábside, con bóveda también de crucería, en figura de estrella.

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 Portada de la Iglesia Parroquial de San Bartolomé. Mélida

La torre es un cuerpo cuadrado, adosado a la nave por su extremo opuesto al ábside. Debe datar esta iglesia ojival de fines del siglo XV o principios del XVI. Sus portadas corresponden al mismo estilo, y la mejor, que es la del lado de la Epístola, es de piedra de sillería, entre dos o pináculos florenzados se ve la puerta de arco rebajado por cuyas arquivoltas corre una faja de adorno en relieve, compuesto de un tallo con hojas y grandes flores, entre las que se ven figuras de centauros con flechas y lanzas, leones, dragones, aves fantásticas y en la clave, de busto, la imagen de San Bartolomé (?), correspondiendo cada motivo a un sillar o dovela. Encima, dentro de una hornacina en arco conopial florenzado y con un grumo por remate está la imagen de San Bartolomé, vestido tan sólo de una piel de león, en pie y hollando con los pies a la serpiente y amenazándola con la espada de fuego que esgrime en la diestra.

En la capilla de San Bartolomé, situada en el lado del Evangelio, hay otra efigie del titular, de talla policromada, del siglo XVII.

De igual época es el púlpito, de hierro, con adorno de roleos.

Los retablos son de estilo barroco, el mayor de dos cuerpos, y dorados.

En el ábside de lado de la Epístola hay el siguiente epitafio:

Sepulcro sin recortar

Se guardan en esta iglesia las joyas siguientes:

COPÓN

     Copón, de plata dorada y repujada. El pie adornado con las figuras simbólicas de Pelícano, Águila, Cordero y León, alternadas con querubines, y la copa de igual modo, en medallones con los emblema de tres cruces, dos azotes o flageladores, tres dados, tres clavos, espigas y racimos de uvas. De igual modo en la tapa aparecen símbolos de la Pasión: lanza y caña, escalera, corona de espinas, el gallo, alternados estos motivos con racimos de uvas y haces de espigas, y por remate lleva la cruz sobre el dragón. Siglo XVII, estilo barroco.

CÁLIZ

     Cáliz, de plata oxidada y dorada. La copa y el nudo adornados con querubines; el pie con la espada de San Pablo y flores de la pureza. Es de estilo barroco, pero de fines del siglo XVIII.

CUSTODIA

    Custodia, de plata dorada, con figuras de ángeles, adorantes, en el pie y querubines; en torno del viril rayos rectos y flameantes alternados. Altura, 0,65 metros.

CASULLA

    Casulla bordada en seda blanca con oro o pedrería; barroca.

JOSÉ RAMÓN MÉLIDA ALINARI (Madrid, 1856 – Madrid, 1933)

Melida.htm.jpgComo otros catalogadores, estudió en la Escuela Superior de Diplomática. Pasó casi toda su vida trabajando en el Museo Arqueológico Nacional, en el que entró en 1881 como aspirante sin sueldo en la Sección de Prehistoria y Edad Antigua. Poco después, ingresó por concurso de méritos en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, pasando a ser jefe de sección en el mismo Museo en 1884. Después de quince años como director del Museo de Reproducciones Artísticas (1901-1916), volvió al Arqueológico como director. Fue asimismo catedrático de Arqueología en la Universidad Central desde 1912 hasta su jubilación en 1916.

Su actividad en el trabajo de campo como arqueólogo fue muy activa. Se trasladaba a las excavaciones siempre que su trabajo en el Museo no se lo impedía, siendo las más importantes, entre las que dirigió, las de Numancia y Mérida, donde descubrió el teatro e impulsó su reconstrucción. Son numerosísimos los actos profesionales en los que participó, algunos de ellos con obligaciones de organización o como presidente: congresos de arqueología, exposiciones, conferencias, etc. Fue uno de los arqueólogos más importantes de los últimos años del siglo XIX y primera mitad del XX, reconocido internacionalmente y pionero en muchas cosas, como también lo fue Cabré Aguiló. Académico de la Real Academia de San Fernando (1899), de la de Historia (1906) –en la que ocupó el cargo de anticuario perpetuo–, San Carlos de Valencia, Buenas Letras de Barcelona y correspondiente de otras extranjeras. Le encargaron los Catálogos de las provincias de Tarragona (1907) –que no pudo hacer por motivos de salud–, de Badajoz (1907) y Cáceres (1914).

FUENTES