“El mozárabe”, de Jesús Sánchez Adalid

«Odia el mal, pero compadece a quien lo hace. El odio es el primer paso para que
 no acaben  los problemas del hombre.»

   El mozárabe, publicada en el año 2001, es la segunda novela histórica del autor extremeño Jesús Sánchez Adalid.

   La trama de la historia nos traslada a la Córdoba de los años finales del primer milenio, un periodo de gran prosperidad para la capital de Alándalus, cuya fama llegó a extenderse por todo el mundo conocido. En la ciudad de los califas conviven pacíficamente las diversas comunidades religiosas: cristianos, judíos y musulmanes.

    «Cuando el gran visir se marchó, Abuámir se quedó invadido por una interior agitación. Subió entonces a la torre, pues era el lugar que escogía para encontrarse consigo mismo. La noche empezaba a caer sobre Córdoba y los faroles lucían ya matizando las esquinas y los rincones de las retorcidas calles. Descollaban los palacios, los alminares y los campanarios. ¡Qué maravillosa ciudad!, pensó él. No había otra como ella en el mundo. En ningún sitio como allí se concentraban la sabiduría, la poesía, el lujo y el refinamiento. »

  Es allí también donde trascurren buena parte de las peripecias vitales de los dos protagonistas principales de la historia, Abuámir y Asbag aben-Nabil, un musulmán y un cristiano respectivamente, cuyos destinos acabarán cruzándose.

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   De la mano de Sánchez Adalid, acompañamos a Asbag en su interminable periplo por los confines del continente europeo, y asistimos al vertiginoso ascenso del joven Abuámir, que acabará convirtiéndose en el temible caudillo Almanzor.

   Según su propio autor, El mozárabe no es un historia de buenos y malos. Se trata de la recreación de un momento histórico especialmente convulso: el final del primer milenio del cristianismo en el mundo, y la compleja situación que provoca el choque de distintas culturas, en especial la cristiana y la musulmana.

   Nos encontramos ante una gran novela histórica, bien escrita, fácil de leer y con un final muy bien logrado. La historia se sustenta en un gran trabajo previo de investigación y documentación histórica y refleja muy bien cómo era la forma de vida en la Europa de finales del primer milenio. Una hermosa novela en la que encontramos una decidida apuesta por la tolerancia religiosa y la convivencia pacífica entre las diversas culturas y comunidades religiosas que convergen en la trama de la historia.

   Resultan de gran interés las frecuentes referencias que aparecen en la novela en torno al mundo de los libros y de las bibliotecas. El propio Asbag comienza copiando e iluminando manuscritos en un taller de Córdoba, donde aprende la técnicas de encuadernación y reproducción de códices, y la pasión y el amor por los libros nunca le abandonarán a lo largo de toda su vida.

  En la nota histórica que aparece al final de la novela, Sánchez Adalid señala que «la biblioteca que reunió al-Hakam II en su palacio de Córdoba era de una riqueza incomparable. Comprendía nada menos que 400.000 volúmenes, y su catálogo, reducido a una simple enumeración de los títulos de las obras y de la mención de los nombres de sus autores, llenaba cuarenta y cuatro registros de cincuenta hojas cada uno. Un verdadero ejército de buscadores de libros, de corredores y de copistas se movía por cuenta del monarca, prosiguiendo sus investigaciones bibliográficas por toda la extensión del mundo musulmán. En la misma Córdoba, un equipo muy numeroso de escribas, de encuadernadores y de iluminadores trabajaba bajo la vigilancia de un alto dignatario y del propio califa, para enriquecer constantemente esta magnífica librería, que contenía verdaderas maravillas.»

    «Detrás de él crujieron unos cerrojos. Se volvió. Una gran puerta se abría empujada por dos criados y apareció ante sus ojos la inmensa biblioteca de Alhaquen: una impresionante nave cubierta por un elevado artesonado dorado y poblado de estrellas azules, como un firmamento de leyenda. Todo era belleza y color; vidrieras, muebles, solerías decoradas con adornos florales armoniosamente combinados. Las luces de las lámparas y los reflejos de los cristales se perseguían matizándose, jugando con los parteluces de mármol y con las talladas hojas de las puertas y ventanas. Y, llenándolo todo, aquella quietud, hecha del reposo pacífico de innumerables libros que, ordenados en los estantes, exhalaban suaves aromas de papiro, vitela, fino papel y pergamino, entre los delicados humos del incienso, sándalo y ámbar que se quemaban en los rincones, acentuando el sacro y misterioso ambiente de aquel templo de sabiduría.

    Asbag se maravilló. Había pasado gran parte de su vida entre libros. Su abuelo fue librero y su padre también. Después de ordenarse sacerdote, el obispo le confió inmediatamente el taller de copia, convencido de que no había otro hombre en la comunidad cristiana tan preparado para dirigirlo. En sus ratos libres Asbag se dedicaba con amor a la biblioteca de la sede; ordenaba los volúmenes, saneaba los que estaban deteriorados, disponía la adquisición de los que consideraba imprescindibles. Nunca imaginó que el destino le iba a deparar alguna vez la suerte de acceder a un lugar como aquel que ahora contemplaban sus ojos.

    Un chambelán le condujo por el pasillo central, a cuyos lados se alineaban numerosas mesas, en las cuales trabajaban copistas y miniaturistas o leían atentamente los numerosos sabios que trabajaban al servicio del príncipe. Al final había una especie de gabinete, donde se arremolinaba un grupo de aquellos afanosos bibliotecarios. Antes de llegar, el chambelán se detuvo.

   –Aquél, vestido de blanco y que lee en el rincón, es el príncipe –le dijo en voz baja–. Espera aquí a que yo te anuncie.»

   El mozárabe es una de mis novelas históricas preferidas, la obra de Sánchez Adalid con la que más he disfrutado y la que me permitió conocer y valorar, hace ya más de 15 años, al escritor extremeño. Muy recomendable.

«Se ha novelado frecuentemente acerca de la convivencia de las llamadas “tres culturas”, en referencia a la coexistencia de comunidades cristianas, judías y musulmanas en la península Ibérica durante la dominación islámica. […] Algunas de estas novelas han llegado a convertirse en verdaderos clásicos, pero el tema mozárabe es un territorio todavía virgen. […] En medio de todo ello, dos personajes absolutamente diferentes, pero unidos por un cúmulo de circunstancias, emprenden sus historias personales para vivir incontables aventuras.»

Jesús Sánchez Adalid

SINOPSIS

   El mozárabe, convertida ya en un auténtico clásico de nuestra literatura histórica contemporánea, nos descubre una visión diferente de la Europa medieval. Más allá de las tensiones entre la Cristiandad occidental y el Islam, en ella se nos manifiesta el esfuerzo de hombres inteligentes y llenos de cordura, que buscan la verdadera paz y el diálogo en un mundo que se acerca con incertidumbre y temor al año 1000.

    En la sorprendente Córdoba califal, al final del primer milenio, se desenvuelven las vidas de dos hombres muy diferentes, que además representan mundos distintos. Por un lado está el joven e intrépido Abuámir, un musulmán de la pequeña nobleza árabe que se empeña con tesón en llegar a lo más alto. Por otro lado, el culto y prudente Asbag, clérigo mozárabe, es llamado a ser consejero privado del califa. En medio de todo esto, una vía nueva y simbólica empieza a ejercer su llamada entre los cristianos de Alándalus: el Camino de Santiago.

   La aventura emprendida por El mozárabe traspasa las fronteras ibéricas y nos lleva a Roma, Cremona, Fráncfort, Bizancio, Sicilia y la Dinamarca vikinga.

   Con una escritura impecable, rica, sugestiva, bella y directa, Sánchez Adalid nos regala el mágico viaje al pasado que ha hecho que su obra sea hoy imprescindible.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     «En la trama del mundo, la vida del hombre es como un sendero, una gran aventura, que supone un crecimiento hacia lo máximo del ser: una maduración, una unificación, pero al mismo tiempo paradas, crisis y disminuciones». Sintió que, ciertamente, la vida era así, como un camino en pos del sentido último de las cosas; pero en todo caso un camino impredecible, con sus peligros, sus incertidumbres y sus retrasos, en el que el hombre tiene que abrirse paso por sí mismo, tomar decisiones por su cuenta y luchar batallas por su propio brazo. En ese momento se alegró de haber emprendido la peregrinación y de no haberse arredrado cuando se atisbaron los primeros peligros. Sí, la vida no es algo fácil, pensó; y el riesgo de la vida es el ejercicio de la Divina Providencia, frente a la incógnita del futuro incierto e indeterminado. Pero lo que cuenta al fin de la vida es el acto humano, la entrega personal, la libre elección. Nunca se había sentido más él mismo que en aquel momento, erguido y sereno en medio de la vida, midiendo el horizonte con la mirada, examinado cada vereda y escudriñando el paisaje, sintiendo en los ojos el reto de los colores y en el rostro la llamada de los vientos. 
                     […]
    –Sí. Vuestra peregrinación ha sido demasiado larga. Salisteis de vuestra ciudad para visitar la tumba de Santiago y Dios os ha llevado por el mundo, como a su pueblo por el desierto en un largo vagar. ¿Os pesa haber sufrido ese itinerario?
   –No, en absoluto –respondió el mozárabe con rotundidad–. Gracias a mi aventura he comprendido que la vida es camino, que somos peregrinos y extranjeros, no vagabundos sin una meta; y que nos falta aún la plenitud suprema del bien y la gloria que es el final de nuestro viaje. Aunque dentro de poco llegue por fin a Córdoba, sé que mi viaje no habrá terminado si Dios no lo quiere así.
   –Efectivamente –asintió Mayólo–. Nuestra verdadera vida permanece oculta en Dios; sólo se nos revelará en el futuro, cuando llegue ese día esperado. Así pues, sólo la parasía traerá nuestra redención completa, el cumplimiento definitivo de las promesas de Dios. Y las metas de este mundo, por muy grandes y felices que sean, se quedan pálidas ante el esplendor de la gloria futura. Mientras caminamos en la vida seguimos expuestos a toda clase de sufrimientos, fatigas y luchas; tenemos que combatir constantemente para no sucumbir al desaliento, puesto que llevamos un tesoro precioso en vasijas de barro. Hay que seguir caminando…
    –¡Ay! –suspiró Asbag–. ¡Cuándo llegará esa meta final! A veces, está uno tan cansado… 
               […]
     Anakefalaiosis –sentenció Asbag–; ésa es la palabra: recapitulación, según la antigua sabiduría de Ireneo.
   –¡Oh, Ireneo de Lyon, claro! –exclamó Gerberto–. Según él, sólo al final desvelará Dios el sentido de la Historia. Ahora todo es confuso, enrevesado; caminamos entre luces y sombras… Avanzamos sin saber lo que hay delante, amenazados por peligros, dificultades, temores, dudas… Pero hay un plan trazado desde antiguo, que se completará en el último día…
    –Sólo entonces será comprendido el camino andado –añadió el mozárabe.
   –¿Crees que ese día está cerca? –le preguntó Gerberto, incorporándose en el sillón y fijando en él unos abiertos ojos llenos de inquietud.
   –¿Por qué me lo preguntas a mí?
  –No sé… Un hombre que ha visto el mundo debe de tener una intuición especial para adivinar los signos de algo tan trascendental…
   –¿Lo dices porque se acerca el año 1000? –preguntó Asbag con serenidad.
  –Bueno, por eso y por las convulsiones que sufre este mundo: violencias, desastres, pestes, guerras… Y, lo peor de todo, clérigos corruptos, falsarios, simoníacos, fornicadores… ¿No son signos de que la Bestia anda suelta?
  –¿Signos? –replicó Asbag–. ¡Esas son las miserias del ser humano! ¿No has leído las Sagradas Escrituras? En todo tiempo hubo pecados.
   –¿Y las estrellas? –repuso Gerberto–. Los astrólogos dicen que los signos hablan de un final.
   –¡Bah! Nosotros no debemos creer en tales cosas. Nada hay escrito. ¿No recuerdas lo que dijo el Señor? «Nadie sabe el día ni la hora…»
   –Entonces –dijo Gerberto aflojando su actitud–, ¿crees que llegado el fin del milenio todo seguirá igual?
   –¡Oh, no! Nada será igual; nada de lo venidero será igual a lo de ahora o a lo de antes; pero el mundo no tiene por qué terminar. Nadie debe pensar eso, y menos nosotros, que pretendemos seguir la verdad revelada. Hemos de pensar que el mundo avanza hacia el encuentro con el Padre Eterno. La vida de cada uno ya es un mundo completo; en el caminar hacia una visión fascinante, arrebatadora, conmovedora, que todos hemos de vivir. Tras un gran dolor o una larga enfermedad, tras un gran temor o un peligro superado, cuando un amor o una amistad termina, cuando perdemos a un ser querido, ¿quién no ha sentido, el menos una vez en la vida, esa sensación de que todo se hundía y se acababa? ¿Quién no se ha visto sucumbir alguna vez? Pero después, también, el escalofrío de la aurora, esa sensación de amanecer, de que algo nuevo empieza y el mundo, a fin de cuentas, sigue… Y de que ese momento es como nacer otra vez…
   Gerberto escuchaba atentamente, conmovido, vibrando ante estas palabras, asintiendo con un sereno movimiento de la cabeza.
   –Veo que tu vagar por el mundo te ha hecho un hombre muy sabio –dijo–. ¿Qué harás ahora? ¡Quédate aquí, en Roma! Se necesitan obispos como tú.

JESÚS SÁNCHEZ ADALID

22894321_1464763953618817_2010764460934034265_nJesús Sánchez Adalid (1962) nació en Villanueva de la Serena (Badajoz). Se licenció en Derecho por la Universidad de Extremadura y realizó los cursos de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Ejerció de juez durante dos años, tras los cuales estudió Filosofía y Teología. Además, es licenciado en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Salamanca. Es profesor de Ética en el Centro Universitario Santa Ana de Almendralejo.

Su amplia obra literaria ha conectado con multitud de lectores, gracias a la veracidad de sus argumentos y a la originalidad de sus descripciones, sustentadas en una profunda documentación. Sus novelas constituyen una permanente reflexión acerca de las relaciones humanas, la libertad individual, el amor, el poder y la búsqueda de la verdad.

La obra de Sánchez Adalid se ha convertido en un símbolo de acuerdo y armonía entre los pueblos, religiones y razas, algo especialmente necesario en un mundo desgarrado por la intolerancia y el fanatismo.

Ha publicado con gran éxito La luz del Oriente, El morázabe, Félix de Lusitania, La tierra sin mal, El cautivo, La Sublime Puerta, El caballero de Alcántara, Los milagros del vino, Galeón, El camino mozárabe, Treinta doblones de oro, Y de repente, Teresa  y La mediadora.

Es también autor de Tras los pasos del abate viajero, una obra de encargo institucional que fue presentada en 2014.

En 2007 ganó el premio Fernando Lara por su novela El alma de la ciudad; en 2012 el premio Alfonso X el Sabio de Novela Histórica por Alcazaba; en 2013 el premio Internacional de Novela Histórica de Zaragoza por el conjunto de sus obra; el premio Diálogo de Culturas y el premio Hispanidad. En 2014 su novela Treinta doblones de oro recibió el premio Troa Libros con Valores.

En Extremadura ha sido distinguido con la Medalla de Extremadura y el premio Extremeños de Hoy. Además, es académico de número de la Real Academia de las Artes y las Letras de Extremadura, cuya biblioteca dirige. También es patrono de la prestigiosa Fundación Paradigma Córdoba, cuyo fin esencial es recordar los ejemplos positivos de convivencia entre las tres religiones abrahámicas: judía, cristiana y musulmana, que ocurrieron en Alándalus, buscando con ello los principios y fundamentos del ecumenismo y del diálogo.

Sánchez Adalid ha colaborado en Radio Nacional, en el diario Hoy y en revistas Historia National Geografic y Vida nueva. Actualmente colabora con Canal Historia (The History Channel), Volcán Producciones y Zebra Producciones.

 

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“Estampas campesinas extremeñas (ed. 1978)”, de Antonio Reyes Huertas

                                                    ¡Ven a comer jigos de mi jiguera!

En el año 1978, la Editora Nacional publicó el libro titulado Estampas campesinas extremeñas, una selección de estampas campesinas del escritor extremeño Antonio Reyes Huertas, con prólogo de Isabel Montejano y estudio literario de Antonio Basanta.

Reyes Huertas compuso, además de poesías y de novelas, multitud de narraciones cortas: cuentos, leyendas y sobre todo estampas campesinas, que fue publicando en diferentes revistas y periódicos de la época. En opinión de numerosos críticos, es en este tipo de composiciones breves donde Reyes Huertas consigue sus mejores logros como escritor.

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Estampas campesinas extremeñas recoge un total de 25 estampas campesinas publicadas en distintos medios periódicos entre 1936 y 1948.

Según el propio autor, la “estampa” es “actualidad periodística escenificada en los medios campesinos”.

Como señala Antonio Basanta: «En la “estampa campesina” el paisaje deja de ser un mero telón de fondo, para pasar a constituirse como un elemento absolutamente singular, omnipresente, ante el que todo se doblega. El propio autor lo llegó a reconocer, diciendo:

En mis novelas el paisaje está subordinado a la acción. En mis estampas campesinas es la acción la que está subordinada al paisaje”…

El campesinado extremeño había sido el depositario de todo un amplio tesoro folklórico, plasmado en coplas, bailes, romances, dichos, leyendas… Su aislamiento le había permitido guardar con pureza unas costumbres que, aquilatadas con el paso de los siglos, hablaban de su verdadera enjundia. Pero en el presente siglo se impone un cambio total de las estructuras sociales. La técnica avanza a pasos agigantados, derribando en su empuje lo que mimosamente había sido conservado generación tras generación. Y el campesino, ante tal envite, se siente desvalido. Reyes Huertas es consciente del problema, y pone su pluma al lado del más débil.»

«¡Cuán lejos de todos los motivos de la ciudad esta tarea sencilla de tomar el sol! ¡Tantas bibliotecas y tantos millares de volúmenes en Madrid y no saber, sin embargo, que esta hierbecilla que parece una estrella verde con pelusa blanca se llama algamula y que a la primavera echa un tallo coronado de flores moradas donde bordonean con su nota de oro las abejas!»

Como ocurre en sus novelas y en sus cuentos, en estas Estampas campesinas extremeñas, el autor de Campanario nos acerca al modo de vida, y a los usos y costumbres de los campesinos extremeños en las primeras décadas del pasado siglo. En ellas cobran vida multitud de personajes del medio rural que conoció Reyes Huertas, principalmente de la comarca extremeña de La Serena.

En fin… Un buen libro, escrito con una esmerada prosa, y con algunos diálogos campesinos en habla extremeña realmente geniales. Absolutamente recomendable

«Todos los elementos que conforman la «estampa campesina» cobran vida en el lenguaje con que los relatos están expresados. La principal característica de aquél es la continua adecuación al estrato social que en cada momento está presente. Así, en una misma narración, al lado del más pulido castellano que emplea el escritor para transmitirnos los contenidos particulares, encontramos el dialecto extremeño en el que se expresa toda la masa rural».

Antonio Basanta Reyes

SINOPSIS

«Porque Extremadura lo fue todo para él. Y cuando alguien, muchos intelectuales amigos, escritores, le decían que había que dejarse de localismos y escribir más en universal, contestaba: “Si no llego a dar un mensaje universal, será por mí mismo, porque no sabré hacerlo. Pero no porque sitúe los hechos en un pueblo extremeño, en lugar de hacerlo en cualquier lugar de un país extranjero”. Y sí que dio un mensaje universal, precisamente porque lo hizo con una literatura limpia, correcta, elegante, como un reto al desquiciamiento de hoy…

El sabía escribir de muchas cosas, pero terminaba siempre haciéndolo de Extremadura, a la que definió como una tierra fecunda y redentora. Sus estampas campesinas son el mejor testimonio de su amor al pueblo.» Del Prólogo a un hombre de bien. I. Montejano.

«Su afán por mostrar a través de sus obras las peculiaridades de su región natal le vinculan, indefectivamente, al costumbrismo… Toda la extensa obra de Reyes Huertas se halla impregnada de un extremeñismo sincero, pero ninguna de modo tan profundo como aquellas narraciones breves por él denominadas estampas campesinas». Del Estudio literario. A. Basanta

ANTONIO REYES HUERTAS

Antonio-Reyes-HuertasPoeta y novelista extremeño. Nace en Campanario el 7 de noviembre de 1887.

Cursa estudios durante nueve años en el Seminario Diocesano de Badajoz (Humanidades, Filosofía y Teología). Al dejar el Centro, con buen expediente académico, se matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, que abandona definitivamente sin alcanzar la licenciatura. Ejerce de educador en el Colegio de Santa Ana, de Mérida; en 1909, con apenas veinte años, funda la revista «Extremadura Cristiana»; en Cáceres dirige la que lleva por título «Acción Social», y en Badajoz que comienza colaborando en el «Noticiero Extremeño», sucede en la dirección a don José López Prudencio. Colabora en «Archivo Extremeño» y dirige la «Biblioteca de Autores Extremeños». En 1916, en Málaga, asume la dirección del periódico «La Defensa», y en 1920 se establece en Campanario, su pueblo de origen, como secretario del Juzgado Municipal. De nuevo en Cáceres, dirige el diario «Extremadura», y durante un año la corresponsalía del periódico HOY de Badajoz en aquella capital. Después de la guerra de 1936 colabora en la Historia de la Cruzada, en La Gaceta del Norte, en La Estafeta Literaria y siempre en el periódico HOY de Badajoz. Muere en su finca «Campos de Ortiga», cercana a Campanario, el 10 de agosto de 1952.
Nos legó Reyes Huertas una abundante producción literaria: a los catorce años había publicado su primer libro, Ratos de ocio (Badajoz, Uceda Hermanos, 1901). Le sigue un segundo que intituló Tristeza (Badajoz, Uceda Hermanos, 1908). En colaboración con el también poeta de Badajoz Manuel Monterrey (1887-1963) produce un nuevo libro, La nostalgia de los dos. Se decide por fin a dar a conocer sus novelas:

Los humildes senderos, Lo que está en el corazón, y una de sus obras maestras: La sangre de la raza (1920), de la que se dijo que es «modelo de inventiva de estilos, de españolismo y estudio exactísimo de las costumbres de la noble y simpática región extremeña» (Bermúdez Plata); por ella comenzó a ser considerado, junto a Felipe Trigo, el padre de la novela regional extremeña. Sigue ya una larga lista de títulos (La ciénaga, Blasón de almas, Aguas de turbión, Fuente Serena, La Colorida, La canción de la aldea, Luces de cristal, La llama colorada, Lo que la arena grabó, Viento en las campanas), que culminan en Mirta, la mejor de su época de madurez y plenitud, que reprodujo en versión dramática de la que siempre estuvo muy satisfecho y orgulloso. Como intermedios fueron apareciendo las Estampas campesinas, con su variopinta galería de personajes (desde el gobernador al zapatero, camarero, hidalgos, yunteros, sacerdotes, pastores, boticarios, alcaides, mochileros, secretarios, curanderos, cantantes, aceituneros, molineros, merchanes, médicos, loberos, taladores, campaneros, guardias, zagales, timadores, vaqueros, mayorales» en relación de Antonio Basante Reyes), nos brindan las mejores radioscopias de los pueblos y aldeas, del campo y la ciudad de Extremadura, en sus esencias y entornos. Con justicia le granjean la fama de cantor de nuestros campos en prosa lírica, con que ha pasado a la posteridad.
Es esa la nota dominante en Reyes Huertas: la de su extremeñismo total, sin que por ello se caiga en el equívoco de que tales valores relativos le sustraigan al mensaje universal que subyace en todas sus obras.

Cuando se publica La sangre de la raza, se topa con un despectivo silencio de los sectores culteranos que repudian entonces los tintes pintorescos de la literatura localista, pero tal silencio se vio compensado con el indiscutible éxito en los ambientes populares; éxito que se ha querido explicar tanto como secuela de la trama sencilla y asequible del relato, como de la encarnación de sus personajes en el terruño por el que tanto amor siente y transfunde el autor, sin soslayar los dictados moralizantes tan del gusto tradicional en las estructuras de ese tiempo. Hay que añadir la importancia lingüística de su léxico: no se olvide que Reyes Huertas tuvo propósitos fallidos de publicar un Vocabulario extremeño; el recurso constante a las tradiciones y el folklore; a la exaltación y exultación por cuanto viene a valorizar y vigorizar el esquema social que tan acertadamente nos presenta y defiende y al que por entero se debe.
De todo resultan esos tipos, con nombres corrientes en cualquier aldea, con gráficos motes, que se presentan como la más exacta encarnación antropológica de sus modelos vivientes. Se pueden estudiar en las narraciones de Reyes Huertas con la misma inmediatez que en la vida real, con la ventaja incluso de los matices que él sabe captar y descubrirnos; más que creaciones suyas personales son calcos de esos tipos simpáticos, a la vez alegres y dolientes, que el autor se topa, cargados con sus propias vidas, haciéndonos sentir en profundidad el calor de sus problemas o la placidez de sus conformidades en base a su recia filosofía cazurra, aprendida en el tajo, al calorcillo del fuego hogareño o en las conversaciones del corro o la tabernilla; con afirmaciones que bien pudieran figurar en las páginas de un florilegio.

Especialmente las Estampas campesinas sobresalen al ofrecernos así sus personajes. Lo decía el mismo Reyes Huertas: «En mis novelas el paisaje está subordinado a la acción En mis estampas campesinas es la acción la que está subordinada al paisaje.» A esos personajes termina entregándose el lector, porque fueron los que encandilaron al autor.

«Más que las almas tenebrosas y sombrías, me placen las vidas sencillas y transparentes» Todo pudo ser, en explicación de López Prudencio, porque «hay entre las altas dotes de novelista de Reyes Huertas una cosa en que nadie le ha superado.
Es el don de arregazar el alma del lector en el ambiente de los pueblos. Leer una novela de Reyes Huertas es pasar unos días -los que dure la acción- en el pueblo donde ésta se desarrolla, compartiendo sus emociones y viendo, con pena, llegado el momento de abandonar el pueblecito». Pudo ser, en definitiva, porque Antonio Reyes Huertas, hombre de bien, caballero cabal, fue extremeño hasta la, médula, sin otra pretensión al escribir que la de verter al papel las querencias de su tierra, con sus luces y sus sombras, sus dolores y gozos, frustraciones y esperanzas.
Dr. Aquilino Camacho Macías, C. de la Real Academia de la Historia, en la revista Alminar

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO     

    Es la mañana clara y pone sombras azulinas y húmedas en la fila de casas donde abre sus puertas la del «señó José». Este, sentado junto a la jamba de granito de la portada, mira pasar a las mozas que vienen del pilar con suscántaros rezumantes, a los madrugadores que traen ya de las viñas uvas, melones e higos y van como derramando en la calle un olor temprano de vendimia, y a las golondrinas, que, siguiendo esa línea de la sombra, trinan y se alborozan a la caza de hormigas voladoras.
    A estas horas el pueblo tiene ese aspecto matinal, casi doméstico, que le dan los vecinos en sus primeras ocupaciones. Se abren las portaladas, se llevan a abrevar al pilón las yuntas y las buenas amas de casa riegan sus tiestos, echan las granzas a los pollos y airean los doblados. Huele así el pueblo a paja nueva, a grano almacenado y a albahacas maceradas a la sombra. Hay paz, rumores mansos, ecos de alguna esquila de las vacas que abrevan en el pilar, y el «señó José» se siente como arrullado en el regazo blando y fresco de la mañana… Le ha llegado también la época de su descanso. 
(Los pollos tomateros)
[…]
    Seguramente que de los tres árboles genuinos de nuestra flora, el olivo, la encina y la higuera, este último es el que más tradición familiar guarda para nuestros recuerdos. No habréis visto un huertecito extremeño sin que tenga plantada una higuera. La encina es árbol patriarcal que sirve de símbolo de la raza; en el olivo recordamos al abuelo o al padre que lo plantó; pero en la higuera adentramos muchas emociones de nuestra propia vida, porque a la sombra de ese árbol se han deslizado los días más alegres de nuestra infancia. ¿Quién de nosotros no se ha subido de niño a la higuera del huerto familiar o a la del vecino a coger los higos maduros? ¡Y qué tentación los higos para los niños! ¿Para los niños sólo? Otra vez los versos de Gabriel y Galán, en que el Lobato tienta a la borrega con la perspectiva de un manjar que a aquella hora –sería la del alba– tendría trasuntos paradisíacos:
 ¡Ven a comer jigos de mi jiguera!
    Pero hay que saber comer los higos como dice la experiencia de los campesinos: «la higuerá con la vacá»; esto es, a la hora en que mejor pastan las vacas. O al aire del amanecer, cuando todo huele a rocío de madrugada, o al relente tardío de los atardeceres, cuando también se rezuma todo de brisas que empiezan a ser aguanosas.
    Hay que partir entonces los higos con el olor de los crepúsculos y el de las sombras que guardan las hojas, siempre frescas y húmedas, de la higuera. Viéndolos rezumar el néctar, traspasados de aromas, cuajados en miel, con un enjambre posado de bolitas de oro en la blanca pulpa. 
(Higueras extremeñas) 

[…]

    El molinero vino entonces desde una de las piedras:
   –Estamos en confianza, tío Ojitos, y si le parece va usted a echar una mano con nosotros a las migas.
   –Pa mí ya sería repetir, gracias –respondió sonriente el tío Ojitos.
   Cogió cuando dijo eso las tenazas, sacó un tizón de la lumbre y en él encendió una colilla de cigarro, apartándose para chuparla.
    –No crea usted eso de la repetición de las migas –me dijo entonces por lo bajo el molinero–. A lo mejor no ha probao entavía el desgraciao en toa la mañana un cacho de pan.
    Y luego en alta voz al viejo:
    –Bueno, hombre, pero siéntese usté a la lumbre. Esos del porche, como son jóvenes, no tienen frío. Se seguía voy a echar en la tolva la mochila de usté mientras comemos.
    La molinera sabía hacer las migas y parecía deleitarse en su operación: remojándolas bien, picándolas menudamente, volteándolas con habilidad, revolviéndolas con maestría, cuidando de la llama mansa y perenne de la lumbre para darles el punto. De la sartén subía un vaho cálido y apetitoso de buen condumio casero. Luego colocó encima de las migas los pimientos fritos, sacó de la alacena un plato de aceitunas y entregando una cuchara al convidado le instó:
    –Vamos, tío Ojitos, pa luego es tarde.
(Las migas del molino)

FUENTES

  • Basanta Reyes, A. Estudio literario a Estampas campesinas extremeñas. Madrid, Editora Nacional, 1978
  • Camacho Macías, A. Antonio Reyes Huertas, en Alminar. Revista de la Institución Pedro de Valencia
  • Montejano Montero, I. Prólogo a un hombre de bien en Estampas campesinas extremeñas. Madrid, Editora Nacional, 1978s. Campanario, FCV, 1997

 

 

“El secreto del agua”, de Tomás Martín Tamayo

«El mundo también se puede contemplar desde aquí. Nos pasamos la vida remando para llegar a la misma orilla de la que partíamos.»

El secreto del agua es la tercera novela del escritor extremeño Tomás Martín Tamayo, publicada en 2016. La trama de la novela nos traslada a un pueblecito de la Extremadura de los años de la posguerra. Allí, Antonio Godoy, un maestro del pueblo, encabeza la protesta contra la construcción de una presa, que acabará inundando la localidad de Encinares, al haberse construido en un lugar distinto al señalado para no anegar las tierras de los terratenientes locales.

    «Hasta los grillos callaron. La detonación estremeció el corazón colectivo de Encinares, y los perros, asustados, ladraron a la madrugada. Un niño con el sueño quebrado lloró, el mochuelo escondió la cabeza y varias palomas levantaron el vuelo, dormidas, sin saber adónde ir ni dónde posarse. En los corrales las bestias resoplaron temerosas y las gallinas comenzaron a picotear el suelo, nerviosas y ciegas. Poco a poco se fueron iluminando las casas. Se oyó el chirriar de algunos cerrojos, se abrieron puertas, ventanas y postigos, llegaron los primeros siseos y un reguero humano se dio cita en la plaza, camino de la única casa que permanecía a obscuras y de la que salía el ladrido lastimero de un perro. Eran las tres y si algo llama más que la campana de la iglesia, es un tiro en la madrugada, cuando los sueños zurcen los costurones del día y los cuerpos se relajan y buscan la placidez en la isla del descanso reparador.

    Todos se dirigieron hacia la casa de Antonio Godoy, el maestro, un cordobés asentado en el pueblo desde hacía más de veinte años.»

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La novela nos cuenta una historia de ficción, pero se basa en hechos reales. También algunos de los personajes de la misma están inspirados en personas que existieron de verdad.

El autor nació y creció en uno de esos pueblos de la Extremadura rural, y nunca ha perdido el contacto con ese mundo. Conoce bien el terreno que pisa y eso lo agradece el lector. Además, la historia se apoya en un gran trabajo previo de documentación. Martín Tamayo ha señalado que tardó cuatro años en escribir la novela y que en ella «hay mucho desahogo emocional, situaciones y personajes que llevaba dentro y que llamaban para salir. Yo suelo escribir de lo que me indigna y en toda mi producción literaria hay una denuncia de base, aunque la envuelva en el papel de la naturalidad».

Estamos ante una buena novela, bien escrita y bien documentada, y que se lee de un tirón. Muy interesante.

    «El secreto del agua es un texto con mensaje anclado en esta tierra de fronteras, guerras, aventuras increíbles y a un tiempo sendero de caciques y desgracias. En la trastienda de lo que uno lee en el texto de Martín Tamayo, parecen degustarse estampas del disfrute sensual de Reyes Huertas, pero sin caer en el bucólico caldo dulzón cargado de sensualidad del de Campanario. Por otro lado, aunque en un segundo plano, he presentido barruntos de Felipe Trigo y su Jarrapellejos, autor muy bien conocido por TMT del que custodia todos sus libros. Lo cierto es que en esta historia cercana que se nos cuenta, vemos todavía rebufos de aquella sociedad estamental pegada como una lapa al latifundio de la España meridional.

    En ese recorrido, tanto en lo costumbrista como en el de la ingeniería financiera, el autor se ha documentado y ha unido a su información de primera mano cual conocedor de lo popular, su sagacidad para atrapar modelos de vida privilegiados, expuestos aquí con innegable maestría».

Feliciano Correa

SINOPSIS

En la Extremadura de la postguerra, los terratenientes locales lograron que una presa se construyera al margen del proyecto inundando a un pueblo, Pajar de los Encinares. Un maestro exiliado capitaneó la protesta pero, aparentemente, se suicida con lo que la contestación a la presa desaparece.

Treinta años después, un hijo del maestro coge el testigo. Aclarar la muerte de su padre será su objetivo más importante, pero no el único.

Costumbrismos, intrigas, venganzas y asesinatos se dan cita en esta novela, que aporta una visión en pasado/presente del mundo rural con todas sus glorias y miserias.

TOMÁS MARTÍN TAMAYO

Natural de Campillo de Llerena (Badajoz). Maestro y escritor. Fue consejero de Cultura, Educación y Deportes de la Junta de Extremadura. Cofundador del Centro Democrático y Social (CDS) junto a Adolfo Suárez. Diputado autonómico independiente en dos legislaturas.

Tiene catorce libros publicados y una docena de premios literarios, figurando en antologías nacionales e hispanoamericanas. De su antología Cuentos del día a día se han impreso tres ediciones y de El enigma de Poncio Pilatos, se han agotado cinco ediciones, las tres últimas con el sello de la editorial Planeta, distribuido en los países de habla hispana. Colabora en El Mundo, ABC, Público y eldiario.es/Extremadura. Critico literario de El Confidencial. Tiene una columna fija en el diario HOY.

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO

    «Encinares murió. Como Antonio, también fue víctima de aquel tiro en la madrugada.
    Con celeridad, las aguas del pantano escalaron hasta el molino del cerrillo, desde el que se divisaba el pueblo. El paisaje cambió, las encinas se retranquearon hasta desaparecer, el río perdió sus orillas y se fundió con unas aguas que lo engulleron. La carretera que cruza la presa llega hasta Los Riscos del Encinar y se bifurca bajando, mansa, hasta morir en la orilla. El pantano cambió su entorno y adquirió un bullicio diferente. Casetas en las orillas, tiendas de campaña, sombrillas, barcas, niños que reían, jóvenes que cruzaban apuestas para sumergirse y emerger a la superficie con algún resto del pueblo… Encinares pasó a ser un recuerdo lejano y sin eco. Los peces desovaban entre las paredes que fueron testigos del palpitar de muchos suspiros y una vida nueva surgió de la muerte del pueblo.
    El tiempo no ajusta sus pasos a nuestros ritmos emocionales y la naturaleza no se para a contemplar los anhelos que se difuminan como el paisaje. La vida fluye y continúa. Donde ayer había jarales, hoy se mecen los juncos, patos y garcillas desplazaron a perdices y sisones, la tortuga al águila culebrera y el agua vistió las piedras asoladas con su musgo verde.» 

    […]
    «Blas montó en el coche, miró la puerta y la fachada del convento y tuvo una sensación muy parecida a la de aquel día que, en la estación de Mérida, se despidió de su padre y de Inés. Su padre con aquel brillo en los ojos e Inés llorando. Ante la puerta del convento, Blas se dio cuenta de que estaba solo y de que en aquel caserón dejaba enterrado el último eslabón de su familia. La sensación de soledad quebró su entereza y lloró. El conductor miró por el retrovisor disimuladamente, arrancó y salió de la plaza. Al pasar por la puerta del Instituto Zurbarán, rememoró sus días de exámenes como alumno libre y a su padre, que lo esperaba en la puerta aún más nervioso que él. Después atravesaban el paseo de San Francisco y subían por la calle del Obispo hasta la plaza de España. En un bar cercano, pedían un bocadillo de calamares…»

 

“Estampas campesinas extremeñas (ed. 1997)”, de Antonio Reyes Huertas

   «Bendiga Dios aquel día
  en que yo te conocí,
 y aquella tarde en que a dambos
 nos oyó el cura que sí.»

En el año 1997, el Fondo Cultural Valeria de Campanario publicó el libro titulado Estampas campesinas extremeñas, una selección de estampas del escritor extremeño Antonio Reyes Huertas, con estudio introductorio de Inés Isidoro Rebolledo.

Reyes Huertas compuso, además de poesías y de novelas, multitud de narraciones cortas: cuentos, leyendas y sobre todo estampas campesinas, que fue publicando en diferentes revistas y periódicos de la época. En opinión de numerosos críticos, es en este tipo de composiciones breves donde Reyes Huertas consigue sus mejores logros como escritor.

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Estampas campesinas extremeñas recoge una selección de 45 estampas campesinas, escritas con cuidada prosa, que aparecieron publicadas en distintos periódicos durante el periodo 1927-1936.

Según el propio autor, la “estampa” es “actualidad periodística escenificada en los medios campesinos”.

Como escribe Inés Isidoro Rebolledo en el estudio introductorio del libro, «el hecho de que sean “periodísticas” implica necesariamente su brevedad y ha influido decisivamente en la dispersión de las Estampas.

Al definirlas como “escenificadas”, no se aparta en un punto de la verdad, ya que su utilización de los diálogos dentro de las Estampas Campesinas crea el equivalente a pequeñas escenas teatrales, que añaden una vivacidad y fluidez al relato que recuerdan en ocasiones a los mejores sainetes de la época.

Pero es el hecho de que se desarrollen “en los medios campesinos” y más aún, en los medios campesinos extremeños lo que les confiere la unidad y les da carácter regionalista, entrañable, folklórico en el mejor sentido de la palabra.

La ambientación extremeña nos la da, no sólo por sus descripciones paisajísticas o por los problemas que expone, sino, sobre todo, por su utilización del lenguaje, el cual se mueve entre dos polos. La lengua culta del narrador, con una admirable precisión y riqueza de palabra, entre las que no faltan los vocablos específicos extremeños, y el habla ruda y simple de los diálogos campesinos, con palabras y construcciones lingüísticas rústicas, tomadas de las que oía en los pueblos (Campanario, Quintana de la Serena, Magacela, etc.)

Los relatos de costumbres son pormenorizados y nos detallan unas labores campesinas que ya han caído en desuso, unas canciones y bailes que van desapareciendo, y en general un acervo folklórico que él conocía muy bien y en el que se siente cómodo.»

    «De perdíos al río. Y ya que a usté no le convendrá nunca mi trato amos a ver si me conviene a mí el suyo. Le compro ese peazo de la linda por lo que sea razón. Y cuente usté que el suyo no es como éste. No han de arar en el suyo las yuntas como ararán mañana en este miajón. Se jundirá aquí la reja hasta los orejones y saldrá a cá lao una tierra manteosa que paecerá la han untao de la jugue. Con ese olor que antes les decía a ustés: un olor de condumio sabroso que es talmente el olor de la merienda. No se rían ustés: ustés no saben lo que es merendar a la sementera, al borde del barbecho recién labrao con la blandura de las primeras aguas. La vianda sabe mejor y cuasi no se sabe distinguir si lo que come uno se ha empapao del olorcillo del labrantío, o es el labrantío el que se ha empapao de olorcillo de la fiambrera. Lo dicho; le compro a usté su peazo si me lo vende.»

Como ocurre en sus novelas y en sus cuentos, en estas narraciones recogidas en Estampas campesinas extremeñas, el autor de Campanario nos acerca al modo de vida, y a los usos y costumbres de los campesinos extremeños en las primeras décadas del pasado siglo. En ellas cobran vida multitud de personajes del medio rural que conoció Reyes Huertas, principalmente de la comarca extremeña de La Serena.

«Los diálogos constituyen un factor esencial para crear el ambiente de las Estampas. Crean mini-escenas teatrales llenas de colorido y, a veces, de acción y violencia soterradas. A su vez, éste recurso literario engloba otro, la utilización del lengua popular. Antonio nos hace escuchar frecuentemente a los campesinos para que oigamos sus refranes, sus canciones, su “pronunciación” típicamente extremeña.»

Inés Isidoro Rebolledo

SINOPSIS

El Fondo Cultural Valeria de Campanario quiere con la edición de este libro sacar del olvido a Antonio Reyes Huertas, poeta, novelista, autor de Estampas, etc, ya que sus publicaciones son escasas a pesar de la demanda de sus obras en el mercado literario.

Con esta selección de Estampas campesinas extremeñas se pretende mostrar al fiel público del autor de Campanario la faceta más fecunda de su obra literaria, que mejor le representa, y que supone el fiel retrato de un costumbrismo auténtico como exaltación de su tierra, de su raza, de sus costumbres y de nuestros valores regionales.

De esta manera, se va a remediar una injusticia histórica y se va a permitir al lector recuperar la memoria colectiva de una Extremadura que ya ha desaparecido en buena parte.

ANTONIO REYES HUERTAS

Antonio-Reyes-HuertasPoeta y novelista extremeño. Nace en Campanario el 7 de noviembre de 1887.

Cursa estudios durante nueve años en el Seminario Diocesano de Badajoz (Humanidades, Filosofía y Teología). Al dejar el Centro, con buen expediente académico, se matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, que abandona definitivamente sin alcanzar la licenciatura. Ejerce de educador en el Colegio de Santa Ana, de Mérida; en 1909, con apenas veinte años, funda la revista «Extremadura Cristiana»; en Cáceres dirige la que lleva por título «Acción Social», y en Badajoz que comienza colaborando en el «Noticiero Extremeño», sucede en la dirección a don José López Prudencio. Colabora en «Archivo Extremeño» y dirige la «Biblioteca de Autores Extremeños». En 1916, en Málaga, asume la dirección del periódico «La Defensa», y en 1920 se establece en Campanario, su pueblo de origen, como secretario del Juzgado Municipal. De nuevo en Cáceres, dirige el diario «Extremadura», y durante un año la corresponsalía del periódico HOY de Badajoz en aquella capital. Después de la guerra de 1936 colabora en la Historia de la Cruzada, en La Gaceta del Norte, en La Estafeta Literaria y siempre en el periódico HOY de Badajoz. Muere en su finca «Campos de Ortiga», cercana a Campanario, el 10 de agosto de 1952.
Nos legó Reyes Huertas una abundante producción literaria: a los catorce años había publicado su primer libro, Ratos de ocio (Badajoz, Uceda Hermanos, 1901). Le sigue un segundo que intituló Tristeza (Badajoz, Uceda Hermanos, 1908). En colaboración con el también poeta de Badajoz Manuel Monterrey (1887-1963) produce un nuevo libro, La nostalgia de los dos. Se decide por fin a dar a conocer sus novelas:

Los humildes senderos, Lo que está en el corazón, y una de sus obras maestras: La sangre de la raza (1920), de la que se dijo que es «modelo de inventiva de estilos, de españolismo y estudio exactísimo de las costumbres de la noble y simpática región extremeña» (Bermúdez Plata); por ella comenzó a ser considerado, junto a Felipe Trigo, el padre de la novela regional extremeña. Sigue ya una larga lista de títulos (La ciénaga, Blasón de almas, Aguas de turbión, Fuente Serena, La Colorida, La canción de la aldea, Luces de cristal, La llama colorada, Lo que la arena grabó, Viento en las campanas), que culminan en Mirta, la mejor de su época de madurez y plenitud, que reprodujo en versión dramática de la que siempre estuvo muy satisfecho y orgulloso. Como intermedios fueron apareciendo las Estampas campesinas, con su variopinta galería de personajes (desde el gobernador al zapatero, camarero, hidalgos, yunteros, sacerdotes, pastores, boticarios, alcaides, mochileros, secretarios, curanderos, cantantes, aceituneros, molineros, merchanes, médicos, loberos, taladores, campaneros, guardias, zagales, timadores, vaqueros, mayorales» en relación de Antonio Basante Reyes), nos brindan las mejores radioscopias de los pueblos y aldeas, del campo y la ciudad de Extremadura, en sus esencias y entornos. Con justicia le granjean la fama de cantor de nuestros campos en prosa lírica, con que ha pasado a la posteridad.
Es esa la nota dominante en Reyes Huertas: la de su extremeñismo total, sin que por ello se caiga en el equívoco de que tales valores relativos le sustraigan al mensaje universal que subyace en todas sus obras.

Cuando se publica La sangre de la raza, se topa con un despectivo silencio de los sectores culteranos que repudian entonces los tintes pintorescos de la literatura localista, pero tal silencio se vio compensado con el indiscutible éxito en los ambientes populares; éxito que se ha querido explicar tanto como secuela de la trama sencilla y asequible del relato, como de la encarnación de sus personajes en el terruño por el que tanto amor siente y transfunde el autor, sin soslayar los dictados moralizantes tan del gusto tradicional en las estructuras de ese tiempo. Hay que añadir la importancia lingüística de su léxico: no se olvide que Reyes Huertas tuvo propósitos fallidos de publicar un Vocabulario extremeño; el recurso constante a las tradiciones y el folklore; a la exaltación y exultación por cuanto viene a valorizar y vigorizar el esquema social que tan acertadamente nos presenta y defiende y al que por entero se debe.
De todo resultan esos tipos, con nombres corrientes en cualquier aldea, con gráficos motes, que se presentan como la más exacta encarnación antropológica de sus modelos vivientes. Se pueden estudiar en las narraciones de Reyes Huertas con la misma inmediatez que en la vida real, con la ventaja incluso de los matices que él sabe captar y descubrirnos; más que creaciones suyas personales son calcos de esos tipos simpáticos, a la vez alegres y dolientes, que el autor se topa, cargados con sus propias vidas, haciéndonos sentir en profundidad el calor de sus problemas o la placidez de sus conformidades en base a su recia filosofía cazurra, aprendida en el tajo, al calorcillo del fuego hogareño o en las conversaciones del corro o la tabernilla; con afirmaciones que bien pudieran figurar en las páginas de un florilegio.

Especialmente las Estampas campesinas sobresalen al ofrecernos así sus personajes. Lo decía el mismo Reyes Huertas: «En mis novelas el paisaje está subordinado a la acción En mis estampas campesinas es la acción la que está subordinada al paisaje.» A esos personajes termina entregándose el lector, porque fueron los que encandilaron al autor.

«Más que las almas tenebrosas y sombrías, me placen las vidas sencillas y transparentes» Todo pudo ser, en explicación de López Prudencio, porque «hay entre las altas dotes de novelista de Reyes Huertas una cosa en que nadie le ha superado.
Es el don de arregazar el alma del lector en el ambiente de los pueblos. Leer una novela de Reyes Huertas es pasar unos días -los que dure la acción- en el pueblo donde ésta se desarrolla, compartiendo sus emociones y viendo, con pena, llegado el momento de abandonar el pueblecito». Pudo ser, en definitiva, porque Antonio Reyes Huertas, hombre de bien, caballero cabal, fue extremeño hasta la, médula, sin otra pretensión al escribir que la de verter al papel las querencias de su tierra, con sus luces y sus sombras, sus dolores y gozos, frustraciones y esperanzas.
Dr. Aquilino Camacho Macías, C. de la Real Academia de la Historia, en la revista Alminar

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO

      Y es ya una voz que sale de entre los segadores. Un detalle de arte de la siega. Porque esta operación requiere las prácticas de un verdadero arte. Ni todos los campesinos saben segar, ni es fácil la improvisación en el aprendizaje. Arte en la manera de manejar la hoz y que sería peligrosa sin la ciencia de una buena postura; arte en la costumbre de saber calcular el pan; arte en la habilidad de echar las llaves a la manada con una sola mano; arte en la soltura de hacer con siete manadas iguales el rampojo, y arte, por fin en el modo de llevar el corte entre el manigero y “la burra”, la derecha y la izquierda de los segadores.

    Ellos lo expresan con una terminología que simplifica otras explicaciones y que entienden perfectamente los campesinos:

    –“Abre corte el manigero y siguen los demás con un rampojo de diferencia. Llega el manigero al final, gira la mano, cantea y entra la burra…

    –¿Entendío? –pregunta entonces Zacarías […]

    –A propósito –dice Zacarías–. “Esta es la siega: poco pienso y mucha brega”, queriendo decir eso que no apetece el cuerpo más que cosas frescas y que se come poco y se súa mucho. “Segaor, ¿cuál es tu presa? El barril en la talega”. “Dijo el agua al vino : tú pa la jacha, yo pa el jocino”.

    Y añade con cierto prurito de conservar su prestigio de refranero:

    –Y tocante a lo que dijo aquel segaor, tengo pa mí, que los refranes que creía se me quejaban en el cuerpo son estos respectivos a la siega: “Buen lampojo llena troje y llena ojo”, “Segaor que te agachas ¿cuál es tu senara?” “Ni grano ni paja, que es faramalla”. “Dijo el trigo a la cebá: Dios te dé mala segá”. Porque, pa que usté comprenda, cuando la siembra está mala es cuando hay que segar bajo, y cuando llueve en la siego de la cebá es que el trigo tiene buen tempero pa la granazón […]

    La siega de las leguminosas, como habas, garbanzos y chícharos, la suelen hacer los “mozancos” y las mujeres. El verdadero segador casi se considera humillado con hacer estas faenas, y corre un refrán que es toda una síntesis de la psicología varonil de estos campesinos: “Segaor de grano gordo, pa yerno de otro”

(La siega)

      […]

    Ahora con las luces de la tarde, se contemplaba la campiña toda redonda en el horizonte. Porque se había hecho el cielo más suave y azul y tenía el aire una serenidad cristalina sin las irisaciones y temblores del mediodía.

    La tierra olía a todas las flores que había abierto y caldeado este sol de abril que iba vistiendo de primavera el recio campo extremeño. Y había una menudita flor gualda, con un cerco morado, ante la cual se detenía siempre Amparo preguntando curiosa y vacilante a su marido:

    –¿Es ésta la flor, Turón?

    Turón, el nombre de camarada de la partida de mozos, erguía entonces el busto encorvado sobre la tierra. Sonreía un poco indulgente y acudía a la vera de la mujer adoptando un aire de importancia para aquel menester.

    –Con unas cosas y con otras no vamos a coger ni tres libras de trufas. ¿Pero todavía no conoces la flor? Fíjate: no se confunde con ninguna: la que tiene ese reondal morao, casi negro, en la campanita amarilla. Busca bien, que por aquí hay trufas. Porque casi siempre te salen criaíllas.

    –¿Qué más da? –sonrió Amparo.

    –Eso digo yo: pero la gente prefiere estas criaíllas negras que llaman trufas a las criaíllas blancas, que no son más que criaíllas. Dicen que las trufas son más finas. Yo nunca distinguí el sabor y mira que he comío criaíllas de tierra desde que me salieron los dientes. Lo que sí tienes que ver es que las trufas están más jondas y son más menúas. Las blancas levantan más bulto y cuasi que se ven a flor de tierra.

    Él mismo, haciendo palanca con el cuchillo, lo hincó en la tierra y sacó a la superficie el fruto oculto.

    –¿Lo ves? Blanca. Las negras casi que hay que tener olfato par dar con ellas. Sigue tú aquí a lo que salga, que allí hay un mancho de trufas.

    Ella le sacudió un poco el sombrero manchado de tierra. En silencio y mirándole suavemente a los ojos. Una forma del amor en una limpia mujer campesina. Y el amor que tiene intuiciones hasta en las almas más rudas suscitó en él el orgullo de saberse atendido por la que hacía una semana era ya su mujer.

    –Bueno, que no estamos en ninguna visita pa ver si va uno bien cepillao. ¿Quiés que tenga el sombrero como si fuamos de boa?

    Y era otra forma del amor en Turón el trabajador. Como lo puede expresar un alma varonil acortezada por la reciedumbre del campo. Parco en mimos y hondo en afectos del corazón. Porque para dar un verdadero sentido al diálogo, encorvado de nuevo sobre la tierra, Turón canturreó una copla que pareció colgarse de los flecos azules de la tarde:

    «Bendiga Dios aquel día

    en que yo te conocí,

    y aquella tarde en que a dambos

    nos oyó el cura que sí».

(Trufas baratas)

FUENTES

  • Camacho Macías, A. Antonio Reyes Huertas, en Alminar. Revista de la Institución Pedro de Valencia
  • Isidoro Rebolledo, Inés. Prólogo a Estampas campesinas extremeñas. Campanario, FCV, 1997

 

 

“Cuentos y estampas campesinas extremeñas”, de Antonio Reyes Huertas

«Me lo ha lavado,
me lo ha tendido,
y en el romero verde
ha florecido…»

En el año 2008, la Diputación de Badajoz publicó el libro titulado Cuentos y estampas campesinas extremeñas, una selección de narraciones cortas del autor extremeño Antonio Reyes Huertas, con edición literaria de Manuel Simón Viola.

Además de novelas y de poesías, el escritor de Campanario compuso multitud de narraciones cortas: cuentos, leyendas y estampas campesinas, que fue publicando en diferentes revistas y periódicos de la época. En opinión de numerosos críticos, es en este tipo de composiciones breves donde Reyes Huertas consigue sus mejores logros como escritor.

Cuentos y estampas campesinas extremeñas recoge, en el apartado de cuentos, una serie de narraciones cortas que Reyes Huertas publicó bajo la denominación de cuentos, romances y leyendas. Destacan los cuentos sobre lobos, escritos a partir de las historias que oyó contar a los pastores extremeños.

Además de por su mayor extensión, los cuentos se diferencian de las estampas, según expresa Manuel Simón Viola en la introducción del libro, en que en ellos «existe una progresión dramática que avanza hacia un desenlace, a la vez que el protagonista sufre una transformación perceptible».

El volumen también incluye una cuidada selección de estampas campesinas, su faceta literaria más fructífera, de las que escribió alrededor de unas tres mil. Según el propio autor, la «estampa» es «actualidad periodística escenificada en los medios campesinos». En ellas cobran vida multitud de personajes del medio rural que conoció Reyes Huertas, principalmente de la comarca extremeña de La Serena.

En palabras de Manuel Simón Viola, «las “Estampas campesinas” que Reyes Huertas fue publicando por centenares en diarios y revistas de toda España, son auténticos cuadros de costumbres rurales en que se dibuja un paisaje, un rincón de aldea, un tipo humano peculiares de nuestra región. El hombre de campo –de ahí campesinas”–, mejor que el habitante de ciudad, guarda las más genuinas esencias regionales, lo mejor de la tradición cultural extremeña de la que es profundo conocedor. Al igual que en las novelas, se “pinta” en las Estampas una Extremadura idealizada con un punto de nostalgia por la perdida de las viejas tradiciones ante el avance del progreso».

      «De pronto, el viejo Antón levantó al aire, ufano, uno de los frutos y me lo mostró engreído:

    –El mejor melón de la estrella. Está en su punto. Pruébelo usté y dígame si ha catao en su vida cosa tan rica como esta.

    Diciendo y haciendo, rajó con su navaja el melón. Goteaba un néctar concentrado que inundó como de aromas maduros todo el cuadro del melonar. Y me ofreció en la punta de la navaja un trozo de pulpa blanca como témpano de nieve espolvoreada de azúcar. Decía verdad el viejo Antón, porque esta pulpa fulgente, llena de zumo, dijérase que era un licor de miel que adentraba el sabor de la madrugada.»

Como ocurre en sus novelas, en estas narraciones recogidas en Cuentos y estampas campesinas extremeñas, el autor de Campanario nos acerca al modo de vida, y a los usos y costumbres de los campesinos extremeños de las primeras décadas del pasado siglo. También, en algunos de estos textos, Reyes Huertas introduce la variante del extremeño utilizada por el pueblo llano en sus conversaciones.

Estamos ante un buen libro, escrito con una excelente prosa, y que hará las delicias del lector. Muy recomendable

SINOPSIS

Como ocurre con sus novelas, los cuentos y estampas de Antonio Reyes Huertas (Campanario, 1887, se sitúan en el territorio del costumbrismo, corriente literaria que se mueve en los niveles superficiales o profundos del folklore, atraída por modos de vida en lo que estos tienen de gregario, persistente y local. Tanto los primeros, que contienen tramas narrativas abocadas hacia un desenlace, como las segundas, en que los personajes se convierten en “tipos” y los espacios en “cuadros”, nos dan la imagen de una Extremadura campesina como un mundo reglado en peligro de desaparición ante el avance del progreso urbano. Junto a la denuncia de los graves problema de este entorno (seres desvalidos víctimas de la crueldad aldeana y del abandono institucional), sobresale la acusada predilección “intrahistórica” del autor por los humildes oficios de supervivencia: vendedores ambulantes, chalanes, molineros, pastores, loberos, segadores, espigadoras.

ANTONIO REYES HUERTAS

Antonio-Reyes-HuertasPoeta y novelista extremeño. Nace en Campanario el 7 de noviembre de 1887.

Cursa estudios durante nueve años en el Seminario Diocesano de Badajoz (Humanidades, Filosofía y Teología). Al dejar el Centro, con buen expediente académico, se matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, que abandona definitivamente sin alcanzar la licenciatura. Ejerce de educador en el Colegio de Santa Ana, de Mérida; en 1909, con apenas veinte años, funda la revista «Extremadura Cristiana»; en Cáceres dirige la que lleva por título «Acción Social», y en Badajoz que comienza colaborando en el «Noticiero Extremeño», sucede en la dirección a don José López Prudencio. Colabora en «Archivo Extremeño» y dirige la «Biblioteca de Autores Extremeños». En 1916, en Málaga, asume la dirección del periódico «La Defensa», y en 1920 se establece en Campanario, su pueblo de origen, como secretario del Juzgado Municipal. De nuevo en Cáceres, dirige el diario «Extremadura», y durante un año la corresponsalía del periódico HOY de Badajoz en aquella capital. Después de la guerra de 1936 colabora en la Historia de la Cruzada, en La Gaceta del Norte, en La Estafeta Literaria y siempre en el periódico HOY de Badajoz. Muere en su finca «Campos de Ortiga», cercana a Campanario, el 10 de agosto de 1952.
Nos legó Reyes Huertas una abundante producción literaria: a los catorce años había publicado su primer libro, Ratos de ocio (Badajoz, Uceda Hermanos, 1901). Le sigue un segundo que intituló Tristeza (Badajoz, Uceda Hermanos, 1908). En colaboración con el también poeta de Badajoz Manuel Monterrey (1887-1963) produce un nuevo libro, La nostalgia de los dos. Se decide por fin a dar a conocer sus novelas:

Los humildes senderos, Lo que está en el corazón, y una de sus obras maestras: La sangre de la raza (1920), de la que se dijo que es «modelo de inventiva de estilos, de españolismo y estudio exactísimo de las costumbres de la noble y simpática región extremeña» (Bermúdez Plata); por ella comenzó a ser considerado, junto a Felipe Trigo, el padre de la novela regional extremeña. Sigue ya una larga lista de títulos (La ciénaga, Blasón de almas, Aguas de turbión, Fuente Serena, La Colorida, La canción de la aldea, Luces de cristal, La llama colorada, Lo que la arena grabó, Viento en las campanas), que culminan en Mirta, la mejor de su época de madurez y plenitud, que reprodujo en versión dramática de la que siempre estuvo muy satisfecho y orgulloso. Como intermedios fueron apareciendo las Estampas campesinas, con su variopinta galería de personajes (desde el gobernador al zapatero, camarero, hidalgos, yunteros, sacerdotes, pastores, boticarios, alcaides, mochileros, secretarios, curanderos, cantantes, aceituneros, molineros, merchanes, médicos, loberos, taladores, campaneros, guardias, zagales, timadores, vaqueros, mayorales» en relación de Antonio Basante Reyes), nos brindan las mejores radioscopias de los pueblos y aldeas, del campo y la ciudad de Extremadura, en sus esencias y entornos. Con justicia le granjean la fama de cantor de nuestros campos en prosa lírica, con que ha pasado a la posteridad.
Es esa la nota dominante en Reyes Huertas: la de su extremeñismo total, sin que por ello se caiga en el equívoco de que tales valores relativos le sustraigan al mensaje universal que subyace en todas sus obras.

Cuando se publica La sangre de la raza, se topa con un despectivo silencio de los sectores culteranos que repudian entonces los tintes pintorescos de la literatura localista, pero tal silencio se vio compensado con el indiscutible éxito en los ambientes populares; éxito que se ha querido explicar tanto como secuela de la trama sencilla y asequible del relato, como de la encarnación de sus personajes en el terruño por el que tanto amor siente y transfunde el autor, sin soslayar los dictados moralizantes tan del gusto tradicional en las estructuras de ese tiempo. Hay que añadir la importancia lingüística de su léxico: no se olvide que Reyes Huertas tuvo propósitos fallidos de publicar un Vocabulario extremeño; el recurso constante a las tradiciones y el folklore; a la exaltación y exultación por cuanto viene a valorizar y vigorizar el esquema social que tan acertadamente nos presenta y defiende y al que por entero se debe.
De todo resultan esos tipos, con nombres corrientes en cualquier aldea, con gráficos motes, que se presentan como la más exacta encarnación antropológica de sus modelos vivientes. Se pueden estudiar en las narraciones de Reyes Huertas con la misma inmediatez que en la vida real, con la ventaja incluso de los matices que él sabe captar y descubrirnos; más que creaciones suyas personales son calcos de esos tipos simpáticos, a la vez alegres y dolientes, que el autor se topa, cargados con sus propias vidas, haciéndonos sentir en profundidad el calor de sus problemas o la placidez de sus conformidades en base a su recia filosofía cazurra, aprendida en el tajo, al calorcillo del fuego hogareño o en las conversaciones del corro o la tabernilla; con afirmaciones que bien pudieran figurar en las páginas de un florilegio.

Especialmente las Estampas campesinas sobresalen al ofrecernos así sus personajes. Lo decía el mismo Reyes Huertas: «En mis novelas el paisaje está subordinado a la acción En mis estampas campesinas es la acción la que está subordinada al paisaje.» A esos personajes termina entregándose el lector, porque fueron los que encandilaron al autor.

«Más que las almas tenebrosas y sombrías, me placen las vidas sencillas y transparentes» Todo pudo ser, en explicación de López Prudencio, porque «hay entre las altas dotes de novelista de Reyes Huertas una cosa en que nadie le ha superado.
Es el don de arregazar el alma del lector en el ambiente de los pueblos. Leer una novela de Reyes Huertas es pasar unos días -los que dure la acción- en el pueblo donde ésta se desarrolla, compartiendo sus emociones y viendo, con pena, llegado el momento de abandonar el pueblecito». Pudo ser, en definitiva, porque Antonio Reyes Huertas, hombre de bien, caballero cabal, fue extremeño hasta la, médula, sin otra pretensión al escribir que la de verter al papel las querencias de su tierra, con sus luces y sus sombras, sus dolores y gozos, frustraciones y esperanzas.
Dr. Aquilino Camacho Macías, C. de la Real Academia de la Historia, en la revista Alminar

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO

    Refrán de marzo, porque la tarde era toda nubes y aire y el campo no olía más que con ese aroma triste de las ruedas silvestres que habían despuntado las cabras. A veces la ropa tendida ondeaba sonora y húmeda con el ruido de un cuero sacudido. Y hasta el cantar del agua era un rumor sombrío, misterioso y persistente, como una pena del alma.
   Con el cabello alborotado, las ropas mojadas y con los ojos llenos de viento, la moza temblaba restregando, al lavar, los dedos en el batidero de granito. No sonaban compañeros más que los soplidos del viento y los cristales que iba rompiendo la corriente en las piedras, porque la copla humana, caliente y varonil del gañan que araba cerca, parecía insensible a la soledad de la moza y, cuando llegaba, decía sólo nombres y afanes extraños…
   Alguna vez ella levantaba la cabeza y miraba el paso de la yunta y la estampa del gañán. Era éste alto y garrido, y cuando restallaba el látigo y apretaba la mancera, venía un crujir más amplio de la tierra, como si ésta se hiciese blanda y voluntariosa. Pero en los labios del mozo la música no rimó una sola vez el nombre de Teresa, nombre que aquella tarde le pareció a la moza una palabra desabrida que decía sólo pobreza y voluntad.
   Recogió la ropa, ya casi entre dos luces, mientras él, desde lejos, desuncía la yunta y desarmaba el arado. Y ya en el camino, cuando la moza tiritaba bajo su desamparo, el gañán la alcanzó y dijo envolviéndola toda con la sonrisa y la voz:
   –¿Quieres que te lleve la canasta?
Apeose de la mula y él mismo, ante la resistencia de Teresa, alcanzó la canasta y la fue sujetando en la cruz de la mula. Aún sonaba el y cantaban los cebolleros cerca de los charcos con una armonía lejana y melancólica, pero la charla animosa y chancera del galán repetía dulce el nombre de Teresa y ella se imaginó que ya tenía esta palabra un significado lleno de miel y de compañía […]
   Y al despedirse, cuando ya en la entrada del pueblo, el mismo, con un mimo acicalado, volvió a colocar la canasta en la cabeza de Teresa, preguntó sonriente y ufano:
   –¿Conque la derecha esta noche?
   –Bueno…, está bien…
   Montó él de nuevo en la mula y como un piropo sonó calle adelante el cantar galano que no llegó a brotar antes en toda la tarde:
«Me lo ha lavado,
me lo ha tendido,
y en el romero verde
ha florecido…»
   Y Teresa, oyéndolo, completó mentalmente la primera estrofa de aquella música, que decía la dulce curiosidad que tienen las mozas del arroyo claro por saber quién lava el pañuelo de los mozos que cantan.

(La promesa)
       […]

 

   «El tío Joaquín miró atentamente al «Aguilucho» y añadió:
   –Esto contaba en sus tiempos el tío Milaro, que lo oyó contar a su vez a otro mayoral con quien él estuvo. Por eso cuando oigo decir que alguien es hijo de mala madre me acuerdo de este relato de la madre loba. La loba jambrienta, cruel, dañina, de perversos instintos, que nota que le roban al hijo y pa rescatarlo ella misma respeta el hijo ajeno, que es la presa que ha robao… Y por madre se hace generosa y mansa…
   Se interrumpió porque de nuevo sonaban agitadas las campanillas del rebaño y balaban los corderos como desmadrados. El «Aguilucho» se levantó.
   –Estate quieto tú –dijo a Gabrielo–. Voy yo a ver… Seguramente se han corrío toas al poniente y ha caío una estaca con esta ventolera.
   –Es mi turno –reclamó para sí como un deber de hombría Gabrielo.
   Y el tío Joaquín sonrió entonces como un patriarca.
   –Déjalo esta vez… Es el perdón que te pide por lo que dijo. ¿Por qué? ¿Va a ser él menos que una loba? Si una loba se hace güena por madre, ¿qué va a hacer un hijo de madre humana que comprende ya lo que es una madre sino llamar a cualquier hijo hermano y pedirle perdón como sepa? Has estado hecho un hijo, «Aguilucho».
    Y al decir esto pareció llenarse de corazón toda la majada.
(La leyenda de la madre loba)
    […]

 

   Alrededor de los olivos se va amontonando en un ancho cinturón oscuro el fruto desprendido del ordeño. Huele este fruto a ese aceite virgen que no se puede denominar más que con su propia palabra de óleo. Y huelen también jaramagos aguanosos removidos con el ir y venir de los aceituneros. Y otras hiervas innominadas, sacudidas por el picoteo del apaño.
   Las manos se engarrotan de frío. Se pega a ellas el barro de los surcos, porque hay que buscar las aceitunas soterradas en los pliegues de la arcilla penetrada de hilillos de agua. Y estos dedos, helados apenas pueden liar los cigarros con que se entretiene y engaña la áspera caricia de la mañana invernal.
   –¡Ah, qué bien nos vendría un ratito en la lumbre!
   –¿Sí? Pues a ello. Cinco minutos para secar las manos al fuego hasta que se pueda con ellas hacer cómodamente «el huevo».
   Los aceituneros se miran unos a otros como dudando de esta felicidad que parece una tentación. Tan acostumbrados están a que nadie repare en ellos, que el bien de la compasión les parece hasta inverosímil.
   –Que sí, hombre, que es de verdad. A calentarse un rato. Hasta por egoísmo, si vosotros queréis, porque trabajando a tiritones se adelanta menos que trabajando a gusto. 
(Mañana de diciembre)

FUENTES

  • Camacho Macías, A. Antonio Reyes Huertas, en Alminar. Revista de la Institución Pedro de Valencia
  • Viola, M.S. Introducción a Cuentos y estampas campesinas extremeñas. Badajoz, DPDB, 2008
  • Viola, M.S. Medio siglo de Literatura en Extremadura: 1900-1950. Badajoz, DPDB, 1994

 

“La sangre de la raza”, de Antonio Reyes Huertas

«Tengo mi corazón lleno de aldea,
lleno de sol, de cielos y de campos
y de ansias de un vivir noble y sencillo».

La sangre de la raza es una novela del escritor extremeño Antonio Reyes Huertas. La obra fue compuesta por el escritor de Campanario, a lo largo de los meses de octubre a noviembre de 1918, en Campos de Ortiga, finca cercana a la localidad de Campanario, y se publicó por primera vez en 1919. La novela, considerada la mejor de su autor, tuvo una enorme acogida por parte del público, a pesar del silencio de la crítica. La primera edición de la obra se agotó rápidamente, siendo reeditada en numerosas ocasiones.

D10

La novela nos narra la historia del joven César Medina, afincado en Madrid, que se ve obligado a trasladarse a la comarca extremeña de La Serena para hacerse cargo de la finca familiar que posee en Torrealba. Allí conocerá a Dolores, hija de una rica familia local, de la que se enamora.

Sin embargo, la auténtica protagonista de la historia es Extremadura, la tierra del escritor de Campanario, por la que éste siente un profundo amor. Lo que verdaderamente trata de mostrarnos Reyes Huertas en su novela es la dureza y la belleza del campo extremeño, y el modo de vida y las costumbres de las gentes de esta tierra a principios del pasado siglo.

El considerado mejor escritor costumbrista de Extremadura demuestra un profundo conocimiento de la cultura rural, del folclore, de las costumbres, y del habla popular de esta tierra. Como señala Viola Morato en la introducción de la obra, en los diálogos de la novela,aparecen dos variantes idiomáticas: un castellano sin incorrecciones, en que se expresan los protagonistas y las fuerzas vivas del pueblo, y el extremeño que utiliza el pueblo llano en deliciosas conversaciones de regusto castizo.

    «Frasco cortó de repente el hilo de su conversación y detuvo el mulo, reparando en unas voces. Un mocetón araba a un lado del camino, algo distante, y con rotundos vocablos arreaba a la yunta que se atollaba.

    –¡Pon la telera mas somía” -grito Frasco- y no las jostigues! ¡Asina! ¿Ves como pa tóo hayle que tener maña?

     Luego Frasco, arreando al macho, se agregó a Medina:

   –Es mu pinturero, -sabe usté? Bastián, el rondaor de la mi hija. Como la yunta es nueva, pos tiene sangre y lo que hace es entrar el arao más de lo debío.

    –¿Y por eso blasfema?

    –A la inorancia, senorito. Es güen muchacho. A los probes no hay que tomarnos en cuenta esos dicharachos. Se dicen sin intención, y Dios no hace caso de eso.» 

Por todo ello, La sangre de la raza constituye un documento de un extraordinario valor para el conocimiento de las tradiciones, de los modos de vidas, y de los usos y costumbres de los campesinos extremeños en las primeras décadas del pasado siglo.

Pecellín Lancharro, en su conocida obra Literatura en Extremadura, expresa que «el estilo de Reyes Huertas, muy cuidado, de gran riqueza léxica, lleno de emotividad y lirismo, ha sido elogiado con razón. Sus descripciones del campo extremeño resultan muy atrayentes. Lingüísticamente, esta obra, como otras muchas del mismo novelista, es de extraordinario valor. No solamente porque sus personajes más populares utilizan el habla extremeña, sino porque el mismo narrador emplea múltiples términos y giros de nuestro decir popular. Pero no acaba aquí el interés de La Sangre de la raza. Reyes Huertas es una mina para el estudio antropológico del hombre extremeño. Recoge y describe con toda meticulosidad múltiples manifestaciones folclóricas de nuestra tierra: el gerinaldo, la fiesta de la matanza, las corridas de gallo, el petitorio, la encamisá, la candelaria, el juego de la calva, amén de los más relevantes platos extremeños (la caldereta, las migas, el cochifrito, el gazpacho…), cuyas reglas y gastronomías se nos ofrecen, llenan su obra».

En fin… Una buena novela, con pasajes magníficos, y con algunos diálogos en extremeño verdaderamente geniales. Y que, además, podemos leer a partir del siguiente enlace:

Acceso a la edición digital de la novela en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

SINOPSIS

¿Quién hizo el lenguaje castellano 
fresco y claro raudal que corre y brilla
como el agua en el surco del verano?
Con un nombre y un título se traza
Quien supo conseguir tal maravilla:
Reyes Huertas… La sangre de la raza”
              Manuel Monterrey en Medallones Extremeños

Cesar Medina, joven huérfano, lleva en Madrid una vida frívola y disoluta. Sin parientes cercanos -su padre se suicida en el casino de

Montecarlo dejando grandes deudas- y con dificultades económicas regresa a Extremadura de donde es originario, a La Concha pequeña aldea próximo a Torrealta, para ponerse al frente de la última finca familiar: La Millona.

Ignorante de las labores del campo, por el que siente un cierto despego, debe enfrentarse a deudas contraídas en la capital y con su propio administrador fraudulento. Observa con distanciamiento despectivo y amargo las costumbres campesinas: la caza, la matanza, la cocina regional, las fiestas populares; conoce en Torrealta a Dolores, hija, como él de grandes terratenientes, pero lleva una vida retraída en el campo.

Mira a los criados alternativamente con simpatía y aprensión por su comportamiento ingrato y desleal -con excepción del fiel Frasco-. Convencido por él, hace una vida mas social -celebra monterías, participa en fiestas populares-. Enamorado de Dolores sufre ahora sus desvíos; pero el amor lo transforma: Ie une a la tierra y a los campesinos por los que empieza a interesarse personalmente -subiendo sueldos, dotando a sus hijos, compartiendo sus celebraciones-. Ayudado por el boticario y su esposa consigue congraciarse con Dolores. Ambos están profundamente enamorados y acabarán contrayendo matrimonio, convirtiéndose en modelos de propietarios rurales.

El otro hilo argumental -las tensiones sociales en la región- también tendrá un final feliz; impugnadas las elecciones en el distrito, han de repetirse:todo depende del resultado en Torrealta. Fernando, candidato conservador hermano de Dolores, es elegido diputado con la ayuda de los criados de Cesar que, por gratitud hacia su “nuevo” amo, han acudido a votarle.

Tanto si la referencia es la producción narrativa completa de Reyes Huertas como si lo es la de otros narradores coetáneos al novelista extremeño. La Sangre de la raza sobresale por la amplia acogida de publico, muy superior a la concedida a escritores de primera fila del mismo periodo, y por la pervivencia de esta aceptación a través de momentos históricos muy diversos. Heredero de fórmulas narrativas decimonónicas, el novelista nos deja un valioso testimonio de su propio tiempo enriquecido por el pintoresquismo de las escenas, la presencia coral del pueblo y sus antiguos ritos cíclicos cargados de autenticidad y belleza, en un mundo rural cargado asimismo de dramáticas contradicciones ante las cuales el escritor opta, con frecuencia, por la nostalgia del pasado frente a un futuro que intuye cargado de amenazas.

ANTONIO REYES HUERTAS

Poeta y novelista extremeño. Nace en Campanario el 7 de noviembre de 1887.

Cursa estudios durante nueve años en el Seminario Diocesano de Badajoz (Humanidades, Filosofía y Teología). Al dejar el Centro, con buen expediente académico, se matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, que abandona definitivamente sin alcanzar la licenciatura. Ejerce de educador en el Colegio de Santa Ana, de Mérida; en 1909, con apenas veinte años, funda la revista «Extremadura Cristiana»; en Cáceres dirige la que lleva por título «Acción Social», y en Badajoz que comienza colaborando en el «Noticiero Extremeño», sucede en la dirección a don José López Prudencio. Colabora en «Archivo Extremeño» y dirige la «Biblioteca de Autores Extremeños». En 1916, en Málaga, asume la dirección del periódico «La Defensa», y en 1920 se establece en Campanario, su pueblo de origen, como secretario del Juzgado Municipal. De nuevo en Cáceres, dirige el diario «Extremadura», y durante un año la corresponsalía del periódico HOY de Badajoz en aquella capital. Después de la guerra de 1936 colabora en la Historia de la Cruzada, en La Gaceta del Norte, en La Estafeta Literaria y siempre en el periódico HOY de Badajoz. Muere en su finca «Campos de Ortiga», cercana a Campanario, el 10 de agosto de 1952.
Nos legó Reyes Huertas una abundante producción literaria: a los catorce años había publicado su primer libro, Ratos de ocio (Badajoz, Uceda Hermanos, 1901). Le sigue un segundo que intituló Tristeza (Badajoz, Uceda Hermanos, 1908). En colaboración con el también poeta de Badajoz Manuel Monterrey (1887-1963) produce un nuevo libro, La nostalgia de los dos. Se decide por fin a dar a conocer sus novelas:

Los humildes senderos, Lo que está en el corazón, y una de sus obras maestras: La sangre de la raza (1920), de la que se dijo que es «modelo de inventiva de estilos, de españolismo y estudio exactísimo de las costumbres de la noble y simpática región extremeña» (Bermúdez Plata); por ella comenzó a ser considerado, junto a Felipe Trigo, el padre de la novela regional extremeña. Sigue ya una larga lista de títulos (La ciénaga, Blasón de almas, Aguas de turbión, Fuente Serena, La Colorida, La canción de la aldea, Luces de cristal, La llama colorada, Lo que la arena grabó, Viento en las campanas), que culminan en Mirta, la mejor de su época de madurez y plenitud, que reprodujo en versión dramática de la que siempre estuvo muy satisfecho y orgulloso. Como intermedios fueron apareciendo las Estampas campesinas, con su variopinta galería de personajes (desde el gobernador al zapatero, camarero, hidalgos, yunteros, sacerdotes, pastores, boticarios, alcaides, mochileros, secretarios, curanderos, cantantes, aceituneros, molineros, merchanes, médicos, loberos, taladores, campaneros, guardias, zagales, timadores, vaqueros, mayorales» en relación de Antonio Basante Reyes), nos brindan las mejores radioscopias de los pueblos y aldeas, del campo y la ciudad de Extremadura, en sus esencias y entornos. Con justicia le granjean la fama de cantor de nuestros campos en prosa lírica, con que ha pasado a la posteridad.
Es esa la nota dominante en Reyes Huertas: la de su extremeñismo total, sin que por ello se caiga en el equívoco de que tales valores relativos le sustraigan al mensaje universal que subyace en todas sus obras.

Cuando se publica La sangre de la raza, se topa con un despectivo silencio de los sectores culteranos que repudian entonces los tintes pintorescos de la literatura localista, pero tal silencio se vio compensado con el indiscutible éxito en los ambientes populares; éxito que se ha querido explicar tanto como secuela de la trama sencilla y asequible del relato, como de la encarnación de sus personajes en el terruño por el que tanto amor siente y transfunde el autor, sin soslayar los dictados moralizantes tan del gusto tradicional en las estructuras de ese tiempo. Hay que añadir la importancia lingüística de su léxico: no se olvide que Reyes Huertas tuvo propósitos fallidos de publicar un Vocabulario extremeño; el recurso constante a las tradiciones y el folklore; a la exaltación y exultación por cuanto viene a valorizar y vigorizar el esquema social que tan acertadamente nos presenta y defiende y al que por entero se debe.
De todo resultan esos tipos, con nombres corrientes en cualquier aldea, con gráficos motes, que se presentan como la más exacta encarnación antropológica de sus modelos vivientes. Se pueden estudiar en las narraciones de Reyes Huertas con la misma inmediatez que en la vida real, con la ventaja incluso de los matices que él sabe captar y descubrirnos; más que creaciones suyas personales son calcos de esos tipos simpáticos, a la vez alegres y dolientes, que el autor se topa, cargados con sus propias vidas, haciéndonos sentir en profundidad el calor de sus problemas o la placidez de sus conformidades en base a su recia filosofía cazurra, aprendida en el tajo, al calorcillo del fuego hogareño o en las conversaciones del corro o la tabernilla; con afirmaciones que bien pudieran figurar en las páginas de un florilegio.

Especialmente las Estampas campesinas sobresalen al ofrecernos así sus personajes. Lo decía el mismo Reyes Huertas: «En mis novelas el paisaje está subordinado a la acción En mis estampas campesinas es la acción la que está subordinada al paisaje.» A esos personajes termina entregándose el lector, porque fueron los que encandilaron al autor.

«Más que las almas tenebrosas y sombrías, me placen las vidas sencillas y transparentes» Todo pudo ser, en explicación de López Prudencio, porque «hay entre las altas dotes de novelista de Reyes Huertas una cosa en que nadie le ha superado.
Es el don de arregazar el alma del lector en el ambiente de los pueblos. Leer una novela de Reyes Huertas es pasar unos días -los que dure la acción- en el pueblo donde ésta se desarrolla, compartiendo sus emociones y viendo, con pena, llegado el momento de abandonar el pueblecito». Pudo ser, en definitiva, porque Antonio Reyes Huertas, hombre de bien, caballero cabal, fue extremeño hasta la, médula, sin otra pretensión al escribir que la de verter al papel las querencias de su tierra, con sus luces y sus sombras, sus dolores y gozos, frustraciones y esperanzas.
      Dr. Aquilino Camacho Macías, C. de la Real Academia de la Historia, en la revista Alminar

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

    Después Medina, no sabiendo qué hacer, se dirigió a una majada. Estaba ésta solitaria, en la paz de la tarde que resbalaba perezosa y solemne, llena de sol. Medina se apeó del caballo y entró en el chozo. Olía éste a torvisco, a helechos, a ese vaho característico de las majadas… Vio dónde dormían los pastores: los poyos de piedra, cubiertos de pieles de carneros, y experimentó la sensación desagradable de esa vida rústica y áspera de aquel chozo ahumado, donde escurriría la lluvia y se colaría el huracán en aquellas noches de invierno, gélidas e inclementes. La misma paz de la majada, el silencio de la tarde y la visión geórgica de las gallinas, picoteando la hierba de la cañada, asperezaban más las ideas de Medina, que no podía estar tranquilo. Era una atonía, una desazón, una roedura interior que le invadía toda el alma, sin acertar a explicarse que es lo que le ocurría en definitiva.
    Mareado de dar vueltas, entró en la casa ya bien cerrada la noche. Había en la cocina estruendo de zambombas y un barullo de canturreos. 
[…]
    –Estamos en lo mas alto, señorito advirtió Frasco–. Denque aquí se domina medio mundo.
    Medina, entonces, avanzó hasta subir a un picacho. Se descubría desde allí un panorama vastísimo, inconmensurable: un cerco de castillos como almenas de una gigantesca muralla: de frente el de Magacela, más allá el de Medellín, del otro lado el de Almorchón, a la espalda el de Puebla de Alcocer, y allá, más lejos, el de Montánchez, asomándose todos a profundas quebraduras y tenebrosos tajos, coronando el amplio cinturón de montes que circundaban la inmensa planicie, y como recreándose en la contemplación de aquella fecunda haza salpicada de pueblos: Villanueva, la Haba, Don Benito, Orellana, Campanario, Coronada, Quintana, Castuera, populosas villas y ricas ciudades y humildes aldeas, campos de salud con abundantes mieses, tupidos encinares, pomposas viñas, dilatadas dehesas, olivares centenarios, frondosos naranjales, la comarca mas fértil, más rica y más laboriosa de la más grande y rica región de la patria.
   Resplandecía el sol animando y vivificándolo todo: las perspectivas de los caminos en el ajetreo mañanero de la vida campesina, las tendidas sábanas de verdura, donde pacían los rebaños, la cinta azulada del Guadiana, con sus anchas tablas, vena caudalosa de aquel paisaje solemne y ubérrimo, y alma suya, inefable y serena.
    iQué grande, que magnífica se despertaba ahora esta alma recóndita del paisaje! Hasta la voz de la campana de La Cancha, corriendo por aquellos campos, ponía un eco de intenso alborozo sobre la vida. A Medina Ie pareció que este eco debían de estar repitiéndolo también las campanas de todos los otros pueblos del llano y que a esta voz intensa y religiosa despertaba ahora toda el alma de nuestra raza, tan fecunda y tan pródiga, que, con derramarse sobre todo el mundo, no llegó a agotarse ni a resentirse.
    ¡Y que grande Ie pareció entonces a Medina Extremadura! Allá lejos, siguiendo las estribaciones de la sierra de Montánchez, alzaba sus hirsutos picos la crestería de las Villuercas, donde adivinó Medina el monasterio de Guadalupe, símbolo de toda esa alma de la raza, centro de una esplendorosa civilización y cuna de nuestra historia en América. En devota peregrinación a este monasterio evocó Medina la figura de aquellos locos aventureros que corrieron como centauros las fabulosas pampas americanas: Hernán Cortés, Pizarro, Núñez de Balboa, Hernando de Soto, Pedro de Valdivia, claros varones extremeños que él se imaginó prosternados en Guadalupe antes de emprender las conquistas de Méjico y del Perú, atravesar los Andes, domeñar las tribus y descubrir los vastos y profundos mares, toda esa maravillosa historia de dos siglos que Extremadura sola hincha, llena y hace resplandecer por el mundo. La vida, la civilización, la nueva savia espiritual de América, inoculada de esta sangre extremeña, fecunda e inexhausta, para que perpetuamente, en ese himno sereno y augusto de la historia de los pueblos, la vieja España oiga a través de los mares el eco balbuciente de otros nuevos pueblos que han recogido de hijos de Extremadura la herencia de su genio y el rico patrimonio de su lengua.
    ¡Extremadura! iQué épica, qué heroica se Ie presentaba entonces a Medina esta región! Sufrida, noble, laboriosa e hidalga, ella parecía ser la mandataria de las otras regiones en las grandes empresas peninsulares. No satisfecha con escribir ella sola la historia del Nuevo Mundo, ella asiste a todas las catástrofes y todas las venturas de la patria y en todas las palpitaciones de esta alma nacional, cada latido lleva un eco de Extremadura. Ella nutría de capitanes los tercios de Flandes, las compañías de Italia, la expediciones de África; y cuando llega aquella convulsión patriótica por la santa y viril independencia, Extremadura se desangraba en Medellín, recobraba su vigor en Talavera, se enardecía en Cantagallos, cantaba triunfal en la Albuera, y ahora en la paz cuando, perdido el emporio colonial, ni la desgracia lograba empañar el sol de nuestra grandeza, mientras la patria descansaba como rendida, vieja, pero no agotada, Extremadura entera reposaba también al sol, mostrando sus entrañas para dar oro de sus mieses y para que en otras regiones innumerables fabricas, en una actividad laboriosa y patriótica, enorgullecieran a España tejiendo las blancas y finísimas guedejas de sus vellones merinos…
    Medina, enardecido por estos pensamientos, no pudo contener su entusiasmo y gritó desde el pico mas alto del monte:
    –¡Viva Espana! ¡Viva Extremadura!

FUENTES

  • Pecellín Lancharro, M. Literatura en Extremadura, II. Badajoz, Universitas, 1981
  • Viola, M.S., Introducción a La sangre de la raza. Badajoz, DPDB, 1995
  • Camacho Macías, A. Antonio Reyes Huertas, en Alminar. Revista de la Institución Pedro de Valencia

 

“Levante”, de Jesús Carrasco

«Tengo hambre de la playa»

   Tenemos nueva publicación del escritor extremeño Jesús Carrasco Jaramillo. Esta vez se trata de un cuento: Levante, ilustrado con un dibujo del propio Carrasco.

    El relato se incluye dentro de la obra titulada Historias dentro de una caja. Como su propio título sugiere, se trata de una caja publicada por la editorial pacense Universitas que contiene diez cuentos escritos e ilustrados por otros tantos autores extremeños o cercanos a Extremadura, entre ellos el del autor de Intemperie y de La tierra que pisamos. Los otros autores que forman parte de este proyecto editorial son: Gonzalo Hidalgo Bayal, Antonio Gómez, Josemaría Mejorada, Inma Chacón, Luis Costillo, Elías Moro, María Rosa Vicente Olivas, Pilar Galán, y Paula Campos.

  Alguna que otra vez, habíamos oído contar a Jesús Carrasco que comenzó  su andadura literaria escribiendo cuentos y relatos cortos. También ha expresado, no hace mucho, que estaba trabajando en un nuevo libro en el que no volvería a sufrir con su escritura, y en el que incluso podría haber toques de humor, por primera vez. Quizás Levante sea sólo un pequeño adelanto de lo que pueda venir próximamente. Ya veremos con qué nos sorprende Carrasco.

 JESÚS CARRASCO

 20170209112105_00001.1 Jesús Carrasco Jaramillo nació en Olivenza (Badajoz) en 1972. A los cuatro años se trasladó con su familia a Torrijos, en la provincia de Toledo, y en 2005 a Sevilla, donde reside en la actualidad. Desde 1996 trabaja como redactor publicitario, actividad que compagina con la escritura. Intemperie le ha consagrado como uno de los debuts más deslumbrantes del panorama literario internacional y ha sido galardonada con el Premio Libro del Año otorgado por el Gremio de Libreros de Madrid, el Premio de Cultura, Arte y Literatura de la Fundación de Estudios Rurales, el English PEN Award y el Prix Ulysse a la Mejor Primera Novela.. Ha quedado finalista del Premio de Literatura Europea en Holanda, del Prix Méditerranée Étranger en Francia, y de los premios Dulce Chacón, Quimera, Cálamo y San Clemente de España. Elegida como Libro del Año por El País en 2013 y seleccionada por The Independent como uno de los mejores libros traducidos en 2014 en Reino Unido. Intemperie ha sido traducida a una veintena de lenguas y será llevada al cine y al cómic próximamente.

   Aunque vive en una gran ciudad, a Carrasco le gusta el medio rural. Se considera muy pudoroso por eso huye de las redes sociales. No tiene cuenta de Facebook o Twitter.

FRAGMENTO DEL RELATO

    «Pero era tanta la necesidad de sentir la naturaleza y de ver con nuestros propios ojos la amplitud del mar que a la mañana siguiente, después de desayunar, cogimos las toallas, los juguetes, la nevera, algún libro y bajamos a la playa. Una vaca y su ternero eran los únicos seres vivos que encontramos entre la casa y la orilla. Parados en medio de la arena, las colas ondeando como banderas peludas, la cría a sotavento de la madre, quizá preguntándose la razón por la que estaban allí, sin pasto y sin calma».