“Obras Completas”, de José María Gabriel y Galán

  La publicación de las obras de José María Gabriel y Galán se inició en 1902. Ese año, el Padre Cámara, obispo de Plasencia, costeó la edición de un librito de versos del poeta, titulado Poesías. También ese mismo año, apareció el volumen Castellanas, con prólogo de F. Fernández Villegas, Zeda, en el que encontramos El ama, uno de sus mejores poemas, inspirado en el amor a su madre, con el que consiguió el primer premio en los Juegos Florales de Salamanca en 1901 y El poema del gañan. Todavía en 1902, apareció Extremeñas, prologado por el poeta catalán Joan Maragall, y con composiciones en el habla de la tierra extremeña, algunas de gran popularidad, como El embargo o El Cristu benditu. Dos años después, en 1904, editó Campesinas, en el que destaca Los pastores de mi abuelo. En 1905, ya muerto el poeta a la temprana edad de 34 años, se publicó Nuevas castellanas, con prólogo de Emilia Pardo Bazán, en el que se encuentra el poema ¿Qué tendrá? o Las sementeras. Finalmente, en 1906 aparec su libro Religiosas.

   Añadiendo a estos volúmenes algunos poemas y otras composiciones en prosa, Baldomero, hermano del poeta, preparó la primera edición de las Obras Completas (Salamanca, 1905-1906), en cinco volúmenes. En 1909 se publicó la segunda edición, en dos tomos, y, desde entonces, se ha reeditado en numerosas ocasiones.

   En 2005, la Editora Regional de Extremadura publicó las Obras Completas, de Gabriel y Galán, coincidiendo con el primer centenario de la muerte del poeta «castellano-extremeño», como un homenaje a su memoria.

  La edición de la misma ha corrido a cargo de José María y Jesús Gabriel y Galán Acevedo, nietos del poeta, que han incorporado a la obra algo más de cien composiciones, entre poemas y textos en prosa, no recogidas en ediciones anteriores. Esta incorporación de material inédito, ha obligado, según los editores, a realizar una reordenación de las composiciones incluidas en el volumen, claramente distinta de la que hasta ahora se había realizado, con vistas a alcanzar una estructuración más racional y sistemática, en función del tema de cada poesía.

EL POEMA DEL GAÑAN
 (fragmento)
Era el tiempo llegado
de las puras mañanas otoñales,
las que tienen un sol tibio y dorado
que, de la hermosa vega enamorado,
desgarra, para verla, los cendales
de flotante vapor que la han velado
en las primeras horas matinales.
Mañanas con alondras y rocío,
canturreos sonoros,
silbar de tordos y zumbar de río,
balar de ovejas y mugir de toros...
Alegre despertar de los lugares,
tañidos de campana,
humo de los hogares,
pura luz, tibio sol, dulce galbana...
Vinieron otra vez los esplendentes
serenos mediodías,
las tardes impregnadas de dolientes
dulces melancolías,
las noches de los húmedos relentes,
las misteriosas madrugadas frías...
La tierra laborable,
refrescada por lluvia saludable,
iba tomando con el sol tempero,
y al abrir el sencillo timonero
de los húmedos senos el tesoro,
tan frescos y amorosos se ofrecían,
que ellos mismos pedían
del puño sembrador la lluvia de oro.
Erraban dos por el azul profundo
jirones ambos de flotante nube,
como las alas que perdió un querube
que Dios ha puesto junto a mí en el mundo.
El aire se dormía,
extática la mente se quedaba,
el ojo distraído ver creía
que el suelo palpitaba
a impulsos de la vida que lo henchía,
y absorto en la visión, le parecía
que la inmensa llanura respiraba.
El alma vislumbraba
los misterios profundos
del eterno existir de los espacios
y el perenne equilibrio de los mundos.
Natura estaba henchida
del gran silencio que en lo grande anida,
y hundido en el abismo del reposo,
barruntaba el sentido vigilante,
el sereno rodar majestuoso
de la Tierra gigante...
La atmósfera era pura,
grande como los mares la llanura,
abierto el horizonte,
llenos los cielos de infinita calma,
llena de amores la quietud del monte,
llena de fe la soledad del alma...
Y el que suele rodar carro del tiempo
con paso presuroso
sobre la vida del mortal dichoso,
que tiene que gozarla apresurado,
era allí tan piadoso
que acortaba su paso, antes ligero,
y rodaba callado
para hacer el placer más duradero,
para hacer el sentir más sosegado.
Brotaban ya en las eras
quitameriendas de matices rojos,
criaban achicorias los rastrojos,
se llenaban las lindes de acederas
y los huertos de malvas y de hinojos.
La grata algarabía
de los bandos de tordos silbadores
los prados alegraba en que caía;
tábanos zumbadores
por la atmósfera erraban placentera;
holgaban los pastores,
tomando el sol en la feraz ribera,
y reía el regato en la hondonada,
y apuntaba la grama en la pradera...
Nuncios de la otoñada...
¡Tiempos de sementera!
¡Gran Dios: tan bellos días
haces caer de tus hermosos cielos
que hasta me obligan a olvidar mis duelos
y es pecado olvidar lo que tú envías! (...)

   «De sobra sabe Galán que en todo lo que existe puso Dios algo de eterna belleza. El toque está en saber descubrirlo. En el jaramago que nace en las ruinas, en la retama que crece en la espesura del monte, en la misma “verdura de las eras” puede el ingenio inspirado, como la abeja en las más humildes florecillas, encontrar la miel de sus versos. Aun de la más dura y pelada roca, la vara mágica del poeta hace brotar el manantial de agua viva.»

F. Fernández Villegas, Zeda, prólogo de Castellanas (1902)

El CRISTU BENDITU
 (fragmento)
¿Ondi jueron los tiempos aquellos,
que pué que no güelvan,
cuando yo juí presona leía
que jizu comedias
y aleluyas también y cantaris
pa cantalos en una vigüela?
¿Ondi jueron aquellas cosinas
que llamaban ilusionis, y eran
a'specie de airinos
que atontá me tenían la mollera?
¿Ondi jueron de aquellos sentires
las delicäezas
que me jizun llorar como un neni,
de gustu y de pena?
¿Ondi jueron aquellos pensaris
que jacían dolel la cabeza
de puro lo jondus
y enreäos que eran?
Ajuyó tuito aquello pa siempre,
y ya no me quea
más remedio que dilme jaciendo
a esta vía nueva.
¡Ya no güelvin los tiempos de altoncis,
ya no tengo ilusionis de aquellas,
ni jago aleluyas,
ni jago comedias,
ni jago cantaris
pa cantalos en una vigüela! ()

    «Todo el libro es así, vivo; todo él escrito en ese lenguaje desarrapado, es decir, vivo: escrito en dialecto, como la Iliada y la Divina Comedia; porque no son las lenguas las que hacen las obras, sino las obras las que hacen las lenguas. Y la poesía grande, la viva, la única, gusta mucho de brotar en dialectos; y te diré por qué. Dialecto, según el clásico sentir, es la corrupción de una lengua; pero, si bien lo piensas, es la constante germinación de las lenguas en boca del pueblo, que es, como si dijéramos, la madre tierra de las palabras: todas salen de ella y todas vuelven a ella; allí nacen, allí mueren, allí se transforman, se modulan, se combinan y renacen, y se mueven, en fin, en toda la libertad de su naturaleza. El pueblo siempre habla en dialecto, es decir, en libertad, en perpetuo movimiento; y cuando una lengua quiere definirse en una fijeza de perfección y desecha la compenetración con sus dialectos, con el pueblo, aquella lengua muere momificada en su perfección. Pues bien, la poesía no es otra cosa que la palabra viva, la palabra palpitando todavía el misterioso ritmo de sus origen divino en la boca del pueblo, que es su madre tierra.»

Joan Maragall, prólogo a Extremeñas (1902)

LAS SEMENTERAS
 I
Con el relente que le da tempero, 
la madrugada roció la tierra. 
Se siente frío en la besana húmeda; 
el terruño está solo. Ya alborea. 
Lo dice levantándose del surco 
la alondra mañanera 
que desgrana en el aire el de sus trinos 
hilo copioso de sonantes perlas. 
Ya sale el sol de las mañanas tibias, 
ya sale el sol de las mañanas buenas, 
sol de salud, incubador de gérmenes, 
sol de la sementera. 
No tiene más testigos y cantores 
que yo y la alondra en la besana escucha, 
ni más espejos que el regato limpio 
y el rocío en las puntas de la hierba. 
Viene triunfante, coronado de oro; 
radiante viene levantando nieblas 
y evaporando el matinal relente 
que parece el aliento de la tierra. 
Ya llegan mis gañanes con las yuntas 
canturreando la canción primera 
que les arranca el equilibrio plácido 
del bien venir de la mañana buena. 
Rayando los timones el camino, 
y en alto la mancera, 
vienen los bueyes con la cruz que forman 
el yugo y el arado en la cabeza. 
Ya escucho golpes secos 
de mazos y de azuelas, 
silbidos cariñosos, 
nombres de bueyes que en besana entran 
y uno que suena compasado ruido 
como de riego de menudas perlas 
al desplegarse el abanico de oro 
de la simiente que los mozos riegan. 
Estoy en el repecho 
presidiendo mi hermosa sementera. 
Todo lo escucho con avaro oído: 
el blando hundirse de las anchas rejas; 
el suave rodar hacia los lados 
de la mullida tierra; 
el alentar pujante de los bueyes, 
de cuyos bezos charolados cuelgan 
tenues hilos de baba transparente 
que el manso andar no quiebra; 
aquel pausado y firme 
posar de sus pezuñas gigantescas; 
el crujir dormilón de las coyundas 
que el yugo pulimentan; 
un aliento de brisa tan suave 
que apenas se menea, 
un hondo y general rumor de vida 
y un ruido sordo de pujante brega. 
Y tal como si el alma del terruño 
viniese toda condensada en ella, 
la tonada de arar surge solemne, 
la tonada de arar al alma llega 
cantando cosas dulces, 
diciendo cosas buenas. 
Sus mansas recaídas 
parecen que remedan 
la suavidad de las laderas dulces 
de la ondulada castellana tierra 
o el tranquilo vaivén de los pensares 
que el mar ondulan de las almas serias. 
Y a mí también me hablan 
sus lánguidas cadencias 
del bien gozar los apacibles goces, 
del bien llorar las bendecidas penas, 
del buen amor de la mujer fecunda, 
del bien sentir la paternal querencia 
y de un vivir sereno, 
fuerte y seguro, como aquel que llevan 
paso de hierro sobre tierra blanda 
los mansos bueyes de gigantes fuerzas. 
II
Cruzan el cielo nubecillas tenues 
que parecen blanquísmas guedejas 
cortadas del vellón inmaculado 
que dieron en abril las corderuelas. 
El sol baña el terruño, 
se ve crecer la hierba 
y huele a tierra húmeda 
cargada de promesas. 
¡Qué dulce es presidir desde el repecho 
la propia sementera 
si el cielo es transparente, fresco el aire, 
húmeda y fértil la esponjada tierra, 
el sol templado, la simiente sana, 
robustas las parejas, 
alegres los gañanes, 
la tonada de arar, sentida y lenta, 
sabroso el pan de casa 
y el agua del regato limpia y fresca! 
La mente embebecida 
se carga entonces de memorias bellas; 
del lado del hogar me vienen todas 
que el hogar es el cielo de la tierra, 
la paz de mi vivir me las regala 
y en paz el corazón las paladea. 
¡Aquella del hogar sí que es hermosa! 
¡Aquella sí que es santa sementera! 
También yo la presido, 
también Dios la bendice y la gobierna. 
Dios encendió en el cielo de la vida 
el sol de los amores para ella, 
para que el fuego santo 
las almas y las sangres se fundieran;
Dios le da noches de fecundas horas 
y luengos días de apacibles treguas..., 
¡horas sin luz que velen sus misterios 
y horas de sol que sus entrañas templan! 
Y Dios, Padre del mundo, 
le da también cosecha 
de frutos vivos que el vivir anudan, 
de frutos bellos que el vivir alegran... 
¡Señor, que das la vida! 
Dame salud y amor, y sol y tierra, 
y yo te pagaré con campos ricos 
en ambas sementeras.

  «La impresión que producen los versos de Gabriel y Galán es, en ocasiones, no diré estar viendo, sino estar contemplando la naturaleza castellana. Absoluta es la compenetración de su Musa y de la tierra, no en sentido material, en otro más alto. La comarca de Castilla no parece, al pronto, un suelo inspirador. Bajo su magnífico firmamento se extienden aquellas grises lontananzas muertas que el poeta describe en feliz frase. Sobre la extensión de la llanada, no obstante, la fantasía borda sus recamos y realiza su labor prodigiosa, reconstruyendo el desvanecido ideal.»

Condesa de Pardo Bazán, prólogo de Nuevas castellanas (1905)

SINOPSIS

   Esta edición de la obra de Gabriel y Galán incorpora casi cien composiciones inéditas o no publicadas en las anteriores, y también, en su integridad, los espléndidos prólogos que F. Fernández Villegas (Zeda), E. Pardo Bazán y Juan Maragall escribieron para algunos de los libros del poeta. Se ha llevado a cabo, por otra parte, una revisión cuidadosa de todos los textos, a partir de los primigenios y de originales del archivo familiar. se trata, en fin de una edición comentada y anotada.

Acceso a la edición digital de las Obras Completas (edición de 1909), en la Biblioteca Digital de Castilla y León.

POEMA EL AMA

   El ama, uno de los poemas incluidos en Castellanas, es una de los poesías más significativas y conocidas de la obra de Gabriel y Galán. Fue premiada con la flor natural en los Juegos Florales de Salamanca el 15 de septiembre de 1901.

   Como señalan los editores, en la nota que acompaña al poema en las Obras Completas (2005): «El ama fue escrita entre los meses de julio y agosto de 1901 bajo el estado anímico que le produjo al poeta la muerte de su madre ocurrida pocas semanas antes; en sus estrofas volcó todo el amor filial que siempre anidó en su alma, dibujando la prototípica figura de “el Ama” dentro del fondo paisajístico de la tierra salmantina que le vio crecer. Todo ello es compatible con el criterio de quienes ven el modelo retratado la imagen de la esposa; pero aunque esto no es esencialmente correcto, pues es indudable que la gestación del poema tuvo como referencia la estampa de la madre muerta, puede advertirse en algunos de sus versos el transunto de la propia esposa.»

EL AMA
I
Yo aprendí en el hogar en qué se funda
la dicha más perfecta,
y para hacerla mía
quise yo ser como mi padre era
y busqué una mujer como mi madre
entre las hijas de mi hidalga tierra.
Y fui como mi padre, y fue mi esposa
viviente imagen de la madre muerta.
¡Un milagro de Dios, que ver me hizo
otra mujer como la santa aquella!
Compartían mis únicos amores
la amante compañera,
la patria idolatrada,
la casa solariega,
con la heredada historia,
con la heredada hacienda.
¡Qué buena era la esposa
y qué feraz la tierra!
¡Qué alegre era mi casa
y qué sana mi hacienda,
y con qué solidez estaba unida
la tradición de la honradez a ellas!
Una sencilla labradora, humilde,
hija de oscura castellana aldea;
una mujer trabajadora, honrada,
cristiana, amable, cariñosa y seria,
trocó mi casa en adorable idilio
que no pudo soñar ningún poeta.
¡Oh, cómo se suaviza
el penoso trajín de las faenas
cuando hay amor en casa
y con él mucho pan se amasa en ella
para los pobres que a su sombra viven,
para los pobres que por ella bregan!
¡Y cuánto lo agradecen, sin decirlo,
y cuánto por la casa se interesan,
y cómo ellos la cuidan,
y cómo Dios la aumenta!
Todo lo pudo la mujer cristiana,
logrólo todo la mujer discreta.
La vida en la alquería
giraba en torno a ella
pacífica y amable,
monótona y serena...
¡Y cómo la alegría y el trabajo
donde está la virtud se compenetran!
Lavando en el regato cristalino
cantaban las mozuelas,
y cantaba en los valles el vaquero,
y cantaban los mozos en las tierras,
y el aguador camino de la fuente,
y el cabrerillo en la pelada cuesta...
¡Y yo también cantaba,
que ella y el campo hiciéronme poeta!
Cantaba el equilibrio
de aquel alma serena
como los anchos cielos
como los campos de mi amada tierra;
y cantaba también aquellos campos,
los de las pardas, onduladas cuestas,
los de los mares de enceradas mieses,
los de las mudas perspectivas serias,
los de las castas soledades hondas,
los de las grises lontananzas muertas...
El alma se empapaba
en la solemne clásica grandeza
que llenaba los ámbitos abiertos
del cielo y de la tierra.
¡Qué placido el ambiente,
qué tranquilo el paisaje, qué serena
la atmósfera azulada se extendía
por sobre el haz de la llanura inmensa!
La brisa de la tarde
meneaba, amorosa, la alameda,
los zarzales floridos del cercado,
los guindos de la vega,
las mieses de la hoja,
la copa verde de la encina vieja...
¡Monorrítmica música del llano,
qué grato tu sonar, qué dulce era!
La gaita del pastor en la colina
lloraba las tonadas de la tierra,
cargadas de dulzuras,
cargadas de monótonas tristezas,
y dentro del sentido
caían las cadencias
como doradas gotas
de dulce miel que del panal fluyeran.
La vida era solemne,
puro y sereno el pensamiento era,
sosegado el sentir, como las brisas,
mudo y fuerte el amor, mansas las penas
austeros los placeres,
raigadas las creencias,
sabroso el pan, reparador el sueño,
fácil el bien y pura la conciencia.
¡Qué deseos el alma
tenía de ser buena,
y cómo se llenaba de ternura
cuando Dios le decía que lo era!
II
Pero bien se conoce
que ya no vive ella;
el corazón, la vida de la casa
que alegraba el trajín de las tareas,
la mano bienhechora
que con las sales de enseñanzas buenas
amasó tanto pan para los pobres
que regaban, sudando, nuestra hacienda.
¡La vida en la alquería
se tiñó para siempre de tristeza!
Ya no alegran los mozos la besana
con las dulces tonadas de la tierra,
que al paso perezoso de las yuntas
ajustaban sus lánguidas cadencias.
Mudos de casa salen,
mudos pasan el día en sus faenas,
tristes y mudos vuelven
y sin decirse una palabra cenan;
que está el aire de casa
cargado de tristeza,
y palabras y ruidos importunan
la rumia sosegada de las penas.
Y rezamos, reunidos, el Rosario,
sin decirnos por quién..., pero es por ella.
Que aunque ya no su voz a orar nos llama,
su recuerdo querido nos congrega,
y nos pone el Rosario entre los dedos
y las santas plegarias en la lengua.
¡Qué días y qué noches!
¡Con cuánta lentitud las horas ruedan
por encima del alma que está sola
llorando en las tinieblas!
Las sales de mis lágrimas amargan
el pan que me alimenta;
me cansa el movimiento,
me pesan las faenas,
la casa me entristece
y he perdido el cariño de la hacienda.
¡Qué me importan los bienes
si he perdido mi dulce compañera!
¡Qué compasión me tienen mis criados
que ayer me vieron con el alma llena
de alegrías sin fin que rebosaban
y suyas también eran!
Hasta el hosco pastor de mis ganados,
que ha medido la hondura de mi pena,
si llego a su majada
baja los ojos y ni hablar quisiera;
y dice al despedirme: –-«Ánimo, amo;
haiga mucho valor y haiga pacencia...»
Y le tiembla la voz cuando lo dice,
y se enjuga una lágrima sincera,
que en la manga de la áspera zamarra
temblando se le queda...
¡Me ahogan estas cosas,
me matan de dolor estas escenas!
¡Que me anime, pretende, y él no sabe
que de su choza en la techumbre negra
le he visto yo escondida
la dulce gaita aquella
que cargaba el sentido de dulzuras
y llenaba los aires de cadencias!...
¿Por qué ya no la toca?
¿Por qué los campos su tañer no alegra?
Y el atrevido vaquerillo sano,
que amaba a una mozuela
de aquellas que trajinan en la casa,
¿por qué no ha vuelto a verla?
¿Por qué no canta en los tranquilos valles,
por qué no silba con la misma fuerza,
por qué no quiere restallar la honda,
por qué esta muda la habladora lengua
que al amo le contaba sus sentires
cuando el amo le daba su licencia?
«–-¡El ama era una santa!...»,
me dicen todos, cuando me hablan de ella.
«–-¡Santa, santa!», me ha dicho
el viejo señor cura de la aldea,
aquel que le pedía
las limosnas secretas
que de tantos hogares ahuyentaban
las hambres y los fríos y las penas.
¡Por eso los mendigos
que llegan a mi puerta
llorando se descubren
y un padrenuestro por el ama rezan!
El velo del dolor me ha oscurecido
la luz de la belleza.
Ya no saben hundirse mis pupilas
en la visión serena
de los espacios hondos,
puros y azules, de extensión inmensa.
Ya no sé traducir la poesía,
ni del alma en la médula me entra
la intensa melodía del silencio
que en la llanura quieta
parece que descansa,
parece que se acuesta.
Será puro el ambiente, como antes,
y la atmósfera azul será serena,
y la brisa amorosa
moverá con sus alas la alameda,
los zarzales floridos,
los guindos de la vega,
las mieses de la hoja,
la copa verde de la encina vieja...
Y mugirán los tristes becerrillos,
lamentando el destete, en la pradera,
y la de alegres recentales dulces,
tropa gentil, escalará la cuesta
balando plañideros
al pie de las dulcísimas ovejas;
y cantará en el monte la abubilla,
y en los aires la alondra mañanera
seguirá derritiéndose en gorjeos,
musical filigrana de su lengua...
Y la vida solemne de los mundos
seguirá su carrera
monótona, inmutable,
magnífica, serena...
Mas ¿qué me importa todo,
si el vivir de los mundos no me alegra,
ni el ambiente me baña en bienestares,
ni las brisas a música me suenan,
ni el cantar de los pájaros del monte
estimulan mi lengua,
ni me mueve a ambición la perspectiva
de la abundante próxima cosecha,
ni el vigor de mis bueyes me envanece,
ni el paso del caballo me recrea,
ni me embriaga el olor de las majadas,
ni con vértigos dulces me deleitan
el perfume del heno que madura
y el perfume del trigo que se encera?
Resbala sobre mí sin agitarme
la dulce poesía en que se impregnan
la llanura sin fin, toda quietudes,
y el magnífico cielo, todo estrellas.
Y ya mover no pueden
mi alma de poeta,
ni las de mayo auroras nacarinas
con húmedos vapores en las vegas,
con cánticos de alondra y con efluvios
de rociadas frescas,
ni estos de otoño atardeceres dulces
de manso resbalar, pura tristeza
de la luz que se muere
y el paisaje borroso que se queja...
ni las noches románticas de julio,
magníficas, espléndidas,
cargadas de silencios rumorosos
y de sanos perfumes de las eras;
noches para el amor, para la rumia
de las grandes ideas,
que a la cumbre al llegar de las alturas
se hermanan y se besan.
¡Cómo tendré yo el alma,
que resbala sobre ella
la dulce poesía de mis campos
como el agua resbala por la piedra!
Vuestra paz era imagen de mi vida,
¡oh, campos de mi tierra!
Pero la vida se me puso triste
y su imagen de ahora ya no es ésa:
en mi casa, es el frío de mi alcoba,
es el llanto vertido en sus tinieblas;
en el campo, es el árido camino
del barbecho sin fin que amarillea.

………………………………………………………

Pero yo ya sé hablar como mi madre,
y digo como ella
cuando la vida se le puso triste:
«¡Dios lo ha querido así! ¡Bendito sea!» 

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

gabriel_y_galan (Frades de la Sierra, 1870 – Guijo de Granadilla, 1905) Poeta español que cantó en versos sencillos y espontáneos las virtudes tradicionales campesinas. Su obra, ajena a las novedades temáticas del modernismo de Rubén Darío (aunque no tanto a las formales), se centró en el ambiente rural y expresó un concepto cristiano y optimista de la vida en la naturaleza. La familia patriarcal, la existencia hogareña y la austeridad del agricultor castellano fueron la materia de sus versos, que bebió en las fuentes de la literatura pastoril latina y en el Siglo de Oro español, así como en algunos autores españoles románticos y contemporáneos.

Hijo de labradores, fue a su vez labrador tras de haber ejercido la profesión de maestro, que abandonó al contraer matrimonio. Su consagración como poeta arranca de 1901, cuando en los Juegos Florales celebrados en Salamanca fue galardonado con la flor natural por su composición El ama.

Grandes escritores de aquel tiempo, como Emilia Pardo Bazán, José María de Pereda, Miguel de Unamuno y Joan Maragall, en pleno auge del costumbrismo literario regionalista, contribuyeron a su rápido encumbramiento. Posteriormente, la crítica le ha regateado méritos, aunque sigue siendo uno de los poetas españoles más leídos. Cantó las tierras y las gentes de Salamanca y Extremadura, en una poesía realista, a veces monótona, pero que dio clara y musical expresión a sentimientos muy arraigados en la conciencia colectiva de su país. En ello reside uno de sus principales méritos, pues, como dice Gerald Brenan es “uno de los pocos escritores de esta nación de campesinos que siente verdaderamente la vida del campo”.

Cabe advertir en su poesía influjos de la escuela poética salmantina, de Espronceda, de José Zorrilla, de Vicente Medina y del colombiano José Asunción Silva. Los “Aires murcianos” de Vicente Medina fueron los que, según Unamuno, le sugirieron a Gabriel y Galán sus composiciones en dialecto extremeño, entre las más famosas de las cuales figuran El embargo y El Cristu benditu.

Estilísticamente es notable su propensión a las adjetivaciones dobles (“los de las pardas onduladas cuestas”, “la castiza vieja raza de selváticos poetas”), característica del modernismo español que él extremó de modo peculiar en sus versos. De 1902 a 1906 aparecieron sus libros Castellanas (1902), Extremeñas (1902), Campesinas (1904), Nuevas castellanas (1905) y Religiosas (1906). De 1909 data la primera aparición de sus Obras completas, que han alcanzado más de cuarenta ediciones sucesivas, lo que significa que no ha decaído su amplia y sostenida popularidad.

Las Castellanas (1902) son las más representativas del autor, gran intérprete de la naturaleza austera. La vida mísera de los campesinos salmantinos es cantada por el poeta en versos que expresan una resignación cansada, carente en absoluto de rebeldía social. La presencia constante de la muerte alcanza momentos gélidos, que tan sólo airea la fe en Dios. En Nuevas castellanas (1905) se nota una mayor versatilidad y variedad temática, y desaparece un tanto el tema de la muerte. Las Religiosas (1906) expresan el sentimiento religioso desde la experiencia cotidiana y en las circunstancias de la vida íntima y social del poeta, así como la vivencia religiosa del pueblo, a menudo en tono costumbrista.

Biografías y vidas

  • Más sobre Gabriel y Galán: su vida, su obra… en Biblioteca Virtual Extremeña.
  • Más sobre Gabriel y Galán en Escritores de Extremadura
  • Más sobre Gabriel y Galán en Salamanca Revista de Estudios Nº 52 Gabriel y Galán. Estudios Conmemorativos en el centenario de su muerte (2005)

 

 

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“La librería”, de Penelope Fitzgerald

     «En 1959 Florence Green de vez en cuando pasaba una noche en la que no estaba segura de si había dormido o no. Era por la preocupación que tenía sobre si comprar Old House, una pequeña propiedad con su propio cobertizo en primera línea de playa, para abrir la única librería de Hardborough. Probablemente era la incertidumbre lo que la mantenía despierta. Una vez había visto volar por encima del estuario a una garza que intentaba, mientras estaba en el aire, tragarse una anguila que acababa de pescar. La anguila, a su vez, luchaba por escapar del gaznate de la garza y se le veía un cuarto, la mitad o a veces tres cuartos del cuerpo colgando. La indecisión que expresaban ambas criaturas era lastimosa. Se habían propuesto demasiado».

La librería (The Bookshop) es una novela de la escritora británica Penelope Fitzgerald, publicada en 1978.

El libro nos narra el firme propósito de Florence Green, una viuda de 65 años, de abrir una librería en una vieja casa abandonada de Hardborough, un recóndito y pequeño pueblo costero del condado inglés de Suffolk.

Pese a ser el único negocio de este tipo en la localidad, el empeño de esta amante de los libros y de la lectura contará, desde el primer momento, con la incomprensión y la oposición de buena parte de los vecinos del pueblo.

       «Por qué nadie ha hecho nada al respecto en los últimos siete años? Los grajos han anidado en la casa, se han caído la mitad de las tejas, huele a rata. ¿No es mejor que sea un sitio donde la gente pueda dedicarse a hojear libros?

    —¿Está usted hablando de cultura? —dijo el director, con una voz a medio camino entre la pena y el respeto.

    —La cultura es para aficionados. No puedo permitirme llevar una tienda que tenga pérdidas. ¡Shakespeare era un profesional!»

La librería me ha parecido una buena novela. Escrita con un lenguaje sencillo, no exenta de ciertas dosis de humor y que es aconsejable leer sin prisas. Muy recomendable.

La librería fue llevada a la gran pantalla con el mismo título por Isabel Coixet, con Emily Mortimer, Patricia Clarkson y Bill Nighy en el reparto y fue estrenada comercialmente en España en 2017.

Tráiler de la película

En un pequeño pueblo de la Inglaterra de 1959, una joven mujer decide, en contra de la educada pero implacable oposición vecinal, abrir la primera librería que haya habido nunca en esa zona. (FilmaAffinity)

SINOPSIS

Novela finalista del Booker Prize, La librería es una delicada aventura tragicómica, una obra maestra de la entomología librera. Florence Green vive en un minúsculo pueblo costero de Suffolk que en 1959 está literalmente apartado del mundo, y que se caracteriza justamente por «lo que no tiene».

Florence decide abrir una pequeña librería, que será la primera del pueblo. Adquiere así un edificio que lleva años abandonado, comido por la humedad y que incluso tiene su propio y caprichoso poltergeist. Pero pronto se topará con la resistencia muda de las fuerzas vivas del pueblo que, de un modo cortés pero implacable, empezarán a acorralarla. Florence se verá obligada entonces a contratar como ayudante a una niña de diez años, de hecho la única que no sueña con sabotear su negocio. Cuando alguien le sugiere que ponga a la venta la polémica edición de Olympia Press de Lolita, de Nabokov, se desencadena en el pueblo un terremoto sutil pero devastador.

LEER EL PRIMER CAPÍTULO DE LA NOVELA

PENELOPE FITZGERALD

Penelope Fitzgerald, de soltera Knox, nació en 1916. Era la hija del editor de Punch, Edmund Knox, y sobrina del teólogo y novelista Ronald Knox, del criptógrafo Dilly Knox y del estudioso de la Biblia Wilfred Knox.

Fue educada en caros colegios de Oxford. Durante la segunda guerra mundial trabajó para la BBC. En 1941 se casó con Desmond Fitzgerald, un soldado irlandés, con el que tuvo tres hijos. Durante algunos años vivió en una casa flotante en el Támesis. Autora tardía, Penelope Fitzgerald publicó su primer libro en 1975, a los cincuenta y ocho años, una biografía del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones. En 1977 publicó su primera novela,The Golden Child, una historia cómica de misterio ambientada en el mundo de los museos. A lo largo de los siguientes cinco años publicó cuatro novelas vagamente autobiográficas, que la consagraron como una de las figuras más importantes de la nueva narrativa inglesa, comparable a Iris Murdoch o A. S. Byatt. Con La librería (1978) fue finalista del Booker Prize, premio que finalmente consiguió con su siguiente novela, A la deriva (1979). Siguieron Human Voices (1980) y At Freddie’s (1982). En este punto, Fitzgerald declaró que ya estaba cansada de escribir sobre su propia vida, y se decantó por la novela que desvelaba hechos y acontecimientos del pasado, desde un punto de vista histórico. La primera de ellas sería Inocencia (1986), desarrollada en la Italia de los años 50 y que narraba la historia de amor entre la hija de un aristócrata arruinado y un médico comunista. En 1988 publicó El inicio de la primavera, que tiene lugar en el Moscú de 1913, protagonizada por un pequeño impresor inglés perdido en los albores de la Revolución rusa. Siguieron La puerta de los ángeles (1990) y La flor azul (1995), centrada en la vida del poeta alemán Novalis. Penelope Fitzgerald murió en Londres en abril del año 2000.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     «—Ahora, señora Green, si pudiera usted sujetarle la lengua… No se lo pediría a cualquiera, pero sé que usted no se asusta.
    —¿Cómo lo sabe? —preguntó ella.
   —Dicen por ahí que está usted a punto de abrir una librería. Eso significa que no le importa enfrentarse a cosas inverosímiles.
     Metió el dedo bajo la carne suelta, horriblemente arrugada, por encima de la quijada del animal, y la boca se le abrió gradualmente en un bostezo extravagante. Quedaron expuestos unos imponentes dientes amarillentos. Florence agarró con las dos manos la lengua oscura y resbaladiza, suave por arriba, rugosa por debajo y, como un viejo ballenero, la sujetó de forma que no le cubriera los dientes. Ahora el caballo estaba quieto y sudaba copiosamente, a la espera de que llegara el final de su tormento. Sólo movía las orejas de forma espasmódica en señal de protesta por lo que la vida había permitido que le ocurriera. Raven empezó a raspar con una lima grande las coronas de los dientes de un lado.
    —Aguante, señora Green. No se relaje. Es más resbaladiza que un pecado, lo sé.
    La lengua se retorcía como si fuera un ser independiente. El caballo fue pateando el suelo con una pezuña detrás de otra, como si quisiera asegurarse de que todavía tenía las cuatro patas plantadas sobre tierra firme.
    —No puede dar coces hacia delante, ¿verdad, señor Raven?
    —Puede, si quiere.
    Recordó que un Suffolk Punch es capaz de hacer cualquier cosa, menos galopar.
  —¿Por qué cree que abrir una librería es inverosímil? —le gritó al viento—. ¿La gente de Hardborough no quiere comprar libros?
    —Han perdido el deseo por las cosas raras —dijo Raven mientras seguía limando—. Se venden más arenques ahumados, por ejemplo, que truchas que están medio ahumadas y tienen un sabor más delicado. Y no me diga usted que los libros no constituyen una rareza en sí mismos.» 

[…]

     «Los primeros días de noviembre constituían una de las escasas épocas del año en que no hacía viento. En la tarde del día 5 se encendía una gran hoguera sobre la piedra, cerca de las amarras del estuario. La pila de combustible pasaba allí días enteros, como el nido gigante de una garza. Se trataba de una empresa conjunta sobre la que prácticamente todos los padres de Hardborough estaban dispuestos a dar algún consejo. El diésel, aunque se decía que le había quemado las cejas a alguien y que no le habían vuelto a crecer, se utilizaba para encenderla. Luego prendían los palos que, recogidos por toda la costa y cubiertos de la sal del mar, explotaban en una brillante llama azul. Las nutrias y las ratas salían huyendo por los diques; los niños se acercaban desde todos los rincones del parque, y para ellos se asaban patatas, que salían del fuego “llenas de ceniza. Las patatas también sabían a diesel. Los responsables de la hoguera, una vez empezaba a arder, se alejaban del brillo cavernoso, y comentaban los acontecimientos del día. Hasta el director del instituto de formación profesional, que vigilaba las llamaradas desde una posición semioficial, la señora Traill de la escuela y la señora Deben con su aspecto abatido, sabían dónde iría Florence el domingo a tomar el té.»

 

 

“Zafra-Río Bodión: la rosa de los vientos”

En 2001, apareció, editada por la Diputación de Badajoz, la obra titulada Zafra-Río Bodión: la rosa de los vientos, que formaba parte de un ambicioso proyecto dedicado a las comarcas de la provincia de Badajoz coordinado por Justo Vila. Se trata de una monografía, bellamente ilustrada, coordinada por el escritor Justo Vila, con textos de ADENEX, Guillermo S. Kurtz, José María Lama, Aniceto Delgado Méndez, María F. Sánchez, Dulce Chacón y el mismo Vila, y magníficas fotografías de J. Enrique Capilla y Antonio de la Cruz.

«Las comarcas de la provincia de Badajoz, en su mayor parte, asientan su identidad (tanto o más que en la cercanía de las localidades que las integran o en la similitud de sus ecosistemas) en la historia y en la voluntad de trabajo en común de sus gentes.

Zafra–Río Bodión es una comarca singular que nace a partir de territorios y pasados muy diversos, lo que lejos de diluir su identidad, la enriquece. Por una parte, la comarca es Tierra de Barros santiaguista –Calzadilla, Los Santos, La Fuente– y por otra es Sierra y Dehesa templarias –Burguillos, Valverde, Atalaya, Valencia del Ventoso–. Zafra–Río Bodión es el segmento central del territorio del antiguo señorío de Feria –La Morera, La Parra, Feria, La Lapa, Alconera, espacio de transición entre Los Barros y La Sierra–, y es el territorio de Medina de las Torres y Puebla de Sancho Pérez, ambas santiaguistas, articulados en torno al camino que conducía a Contributa Iulia Ugultuniae, la ciudad romana que vertebraba la comarca en tiempos antiguos.

Cuatro espacios con rasgos físicos e historias bien definidos que, como conjunto, se explican por el magnetismo que sobre ellos ejerce una ciudad, la que da nombre a la comarca. De alguna forma, es el electroimán de Zafra el que explica a unos territorios y a unas gentes que, libremente, han decidido construir unidos su futuro.

Pasado y presente, rasgos físicos y cercanía, lo urbano y lo rural, y sobre todo la voluntad de vivir en comunidad. Eso es Zafra-Río Bodión, una conciencia de ser que, aunque inmaterial, alienta su existencia.

La comarca es un espacio de contrastes que gira en torno a la ciudad que le da nombre, un lugar casi sin término municipal que, lejos de sentirse comprimido dentro de sus medievales murallas, se alzó ya entonces como complemento perfecto del mundo campesino que lo rodeaba.

Mientras que en el entorno los pueblos se dedicaban a la agricultura y a la ganadería, Zafra ofrecía espacios públicos para el comercio de esos productos. De esa vocación nacerían sus mercados y ferias hace más de seiscientos años. Una de ellas, la de San Miguel, sigue atrayendo cada otoño a miles de hombres y mujeres llegados desde todos los rincones de Extremadura, la vecina Andalucía, el Alentejo portugués y cientos de lugares más.

La comarca de Zafra–Río Bodión es múltiple y es una. Se trata de un territorio que, con un gran peso histórico sobre sus espaldas, estás salpicado de bellos escenarios, siempre cambiantes en sus formas y colorido. Un territorio que ha sabido conservar formas, ritos y fiestas de hondas raíces, conformando un legado patrimonial del más alto valor. Un territorio jaspeado de casas blasonadas y palacios, murallas, atalayas y castillos, iglesias góticas, renacentistas y barrocas, y una serie de hermosísimos entramados urbanos –enriscados unos, con vocación de llano otros– que siempre cautivan al visitante.»

Clic en la imagen para ver vídeo sobre la comarca

LA VILLA DE FERIA EN “ZAFRA-RÍO BODIÓN: LA ROSA DE LOS VIENTOS”

Como no podía ser de otro modo, Feria aparece referenciada en numerosas partes de la obra.

Recogemos, a continuación, el comienzo de la crónica de viaje que realiza el escritor Justo Vila por las tierras de la villa de Feria y con la que se inicia el libro:

    «Cuando Gómez cumplió nueve años, su padre, Lorenzo Suárez de Figueroa, maestre de la Orden de Santiago desde 1387, se acordó de la promesa que le había hecho al nacer y lo llevó a Feria en impresionante marcha que empezó en Mérida, pasó por Almendralejo y dejó atrás Villalba por el camino de Jerez.
    Han pasado los años y Gómez Suárez aún recuerda el encantamiento en que se vio sumido cuando, viniendo por la llanura interminable, surgió de repente ante sus ojos el morro altísimo y serrado de la silenciosa fortaleza árabe. Del viaje, además de esto, lo que recuerda el primer señor de Feria es el agradable olor de trigo recién segado y la extraña confusión que experimentó al ver a una partida de chiquillos del color de la tierra escapando ante el séquito a través de las claras aguas del Guadajira. Era la primera vez en su vida que veía huir a los hijos de los campesinos al paso de los caballos y en verdad que no entendía nada.
    Ahora, anciano y cansado (¿puede un hombre sentirse viejo a los cuarenta y seis años?, Gómez Suárez tiene la impresión de que desde aquí, desde las torres de la vieja cerca mora, se puede ver toda la Extremadura. Sin duda, exagera, pero al menos puede contemplar casi todo lo que le pertenece. Poco después de aquel primer viaje, su padre habría de conseguir autorización del rey Enrique Tercero para crear un mayorazgo con las villas de Feria, Zafra y La Parra. Y él, Gómez Suárez de Figueroa, primer titular del señorío, había añadido a sus dominios los burgos, lugares y caseríos de las tierras de Villalba, Nogales, Oliva de la Frontera y Valencia del Mombuey. Con el paso de los años, su hijo Lorenzo (el que mandó construir el alcázar de Zafra), incorporaría, por donación de Juan Segundo, La Morera y La Alconera; y en tiempos de su nieto, Gómez Segundo, el señorío anexionaría las tierras de Torre de Miguel Sesmero, Almendral y Salvaleón, llegando a sumar los dominios extremeños de esta familia de origen gallego tantos kilómetros cuadrados como tiene la actual comarca de Zafra-Río Bodión.

                       Vistas de Feria y su castillo. Foto de La Voz de Feria

    Seiscientos años después, un viajero viene hacia Feria por donde casi nunca viene nadie –el camino antiguo de Badajoz–, siguiendo los apacibles valles de La Morera y La Parra, entre las sierras de María Andrés y Madroñera, un paisaje solitario y callado, casi secreto, con el embrujo de una leyenda escrita en un espejo. En la plaza de La Parra, que tiene distintos niveles, compiten en hermosura lo civil y lo religioso, ayuntamiento e iglesia. El primero es un edificio mudéjar con dos plantas, arquería de ladrillo y soportales. La iglesia es una impresionante obra de mampostería y ladrillo, de variada morfología, que presenta distintas cotas en sus fachadas, a causa del desnivel del terreno, y en cuyo interior se puede sentir el encanto de la religiosidad dolorosa.
    Está el viaje en su primera jornada y ya anda el viajero dudando sobre la conveniencia o no de cumplir con los horarios, trechos y rutas establecidos de antemano. Es tan hermoso este valle y tan evocadoras las piedras trabajadas de La Morera y La Parra que de buena gana se quedaría aquí no una sino todas las jornadas que ha programado para conocer el conjunto de la comarca. Esto es lo malo de viajar más por pasión que por capricho. O lo bueno. Cualquiera sabe. En fin, no se le tengan en cuenta al viajero sus incertidumbres o no llegaremos nunca a Feria, que aguarda allí al fondo, cerrando el valle como un lucero de piedra que tan pronto aparece como se oculta.
    De la vieja fortaleza árabe de Feria no queda casi nada, sólo unas pocas piedras, clandestinas, tostadas por el sol y hastiadas por siglos de silencio. Lo que en este sitio queda es el castillo que los Suárez de Figueroa levantaron al agonizar la Edad Media. Y queda, sobre todo, la torre del homenaje, enorme, de gruesos muros de mampostería y planta cuadrada con los ángulos redondeados, una auténtica fortaleza por sí sola, que tiene zona inferior maciza, cuatro niveles de edificación y terraza defensiva, desde la que el viajero puede ver lo mismo que aquel Suárez de Figueroa al que siendo niño trajo hasta aquí su padre, el todopoderoso maestre de Santiago, para mostrarle el mundo entero. Sin duda, tanto el maestre como quien –apenas cumplidos los doce años de edad– había de ser primer señor de Feria, exageraban, ya se ha dicho, pera esa, precisamente, es la impresión que da la vista desde aquí, dada la inmensidad de montes y campos y el canto majestuoso de los pueblos rojos y lechosos, esparcidos en el horizonte de la comarca, como puntos de la rosa de los vientos. (La comarca, contorneada en un mapa, parece una hoja de higuera gigantesca, vuelta del revés, con los pueblos en líneas, a todos los vientos cardinales, atraídos por el magnetismo de Zafra. La comarca se hace a partir de esta ciudad, sostiene José María Lama, con localidades que pertenecieron al antiguo señorío de los Suárez de Figueroa, pueblos que surgieron en el territorio de la antigua Contributa Iulia Ugultuniae y villas que se desgajan de otros territorios –Los Barros santiaguistas y La Sierra y La Dehesa templarias–.)
    A los pies del castillo, Feria desarrolló su entramado de calles y callejones por la falda de la sierra, hasta llegar al llano, dibujando rincones de un gran atractivo, como el de la Cruz, que a veces es un estallido de macetas, o la apacible plaza con arquería donde se levantan el ayuntamiento (altivo y soleado) y la iglesia de San Bartolomé (dulce y sombría). Luego, mientras busca la salida hasta la salida hacia Burguillos del Cerro, el viajero oye un ruido hiriente, agudo: el viento, que llevaba días dormidos entre las almenas de arriba, acaba de despertar y suena a chocar de espadas en la encrucijada de calles retorcidas. Al sur, sobre la Sierra Vieja, se están formando unas nubes tenues que motean la ladera como si fuera un vestido desmesurado de lunares. Fuera de eso, todo es un acorde de luz y concordia que se extiende hasta el infinito por la dolorosa carretera que lleva a Burguillos del Cerro (…)»
Zafra-Río Bodión: la rosa de los vientos / Justo Vila 

 

«La comarca, contorneada en un mapa, parece una hoja de higuera gigantesca, vuelta del revés, con los pueblos en líneas, a todos los vientos cardinales, atraídos por el magnetismo de Zafra»

 

Santiago Posteguillo en la Feria del Libro de Badajoz

El escritor valenciano Santiago Posteguillo ha firmado ejemplares y ha presentado este viernes, 17 de mayo, en la Feria del Libro de Badajoz, su novela Yo, Julia, con la que ha ganado el Premio Planeta 2018.

Con Yo, Julia, Posteguillo rescata del olvido la vida y la memoria de la emperatriz más poderosa de la antigua Roma, una mujer que transformó su entorno y cambió el curso de la historia para siempre.

Por su pasión por la novela histórica y en concreto por el imperio romano, Posteguillo ha conseguido que muchos lectores adquieran conocimientos que en textos académicos les quedan distantes. «La novela histórica tiene la capacidad no ya de que cuando tú entras lees la historia, sino que cuando entras en una buena novela histórica, acabas viviendo la historia». Según contó, ha escrito tanto sobre el imperio romano porque «Roma es nuestro pasado y entender a Roma es entender nuestras virtudes y nuestros defectos».

El devenir del imperio estuvo marcado por la lucha de poderes, un universal histórico y atemporal. «Hay una serie de universales -comentó el autor- relacionados con la naturaleza humana que no cambian en dos mil años: amamos, odiamos, somos leales o desleales de la misma forma ahora que hace dos mil años». Escenas que se pueden encontrar en sus novelas se pueden extrapolar a situaciones actuales sin incorporar ideas que se desarrollan muchos siglos después. Así, Trajano luchó contra la corrupción y Julia siendo mujer fue capaz de sobreponerse a un montón de dificultades en un mundo controlado por hombres. «Pero lo que no puedes hacer como novelista histórico, es trasladar de forma anacrónica conceptos del siglo XXI al siglo XX». Por eso presenta a Julia como una mujer con mucha determinación y carácter «pero sin ninguna idea feminista». Eso sí, puede ser «que la determinación, audacia e inteligencia de Julia sean un modelo ejemplar para mujeres y hombres que en el siglo XXI creemos en la igualdad de género».

    «192 d.C. Varios hombres luchan por un imperio, pero Julia, hija de reyes, madre de césares y esposa de emperador, piensa en algo más ambicioso: una dinastía. Roma está bajo el control de Cómodo, un emperador loco. El Senado se conjura para terminar con el tirano y los gobernadores militares más poderosos podrían dar un golpe de Estado: Albino en Britania, Severo en el Danubio o Nigro en Siria. Cómodo retiene a sus esposas para evitar su rebelión y Julia, la mujer de Severo, se convierte así en rehén.

    De pronto, Roma arde. Un incendio asola la ciudad. ¿Es un desastre o una oportunidad? Cinco hombres se disponen a luchar a muerte por el poder. Creen que la partida está a punto de empezar. Pero para Julia la partida ya ha empezado. Sabe que solo una mujer puede forjar una dinastía.»

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EMPEZAR A LEER LA NOVELA

Santiago Posteguillo es profesor de lengua y literatura en la Universidad Jaume I de Castellón. Estudió literatura creativa en Estados Unidos y lingüística, análisis del discurso y traducción en el Reino Unido. De 2006 a 2009 publicó su trilogía Africanus sobre Escipión y Aníbal y de 2011 a 2016 la trilogía sobre el emperador de origen hispano Marco Ulpio Trajano. Ha sido galardonado por la semana de novela histórica de Cartagena, obtuvo el Premio de las Letras de la Comunidad Valenciana en 2010 y el Premio Internacional de Novela Histórica de Barcelona en 2014. En 2015 fue proclamado escritor del año por la Generalitat Valenciana. Entre 2012 y 2017 publicó también tres volúmenes de relatos sobre la historia de la literatura muy elogiados por crítica y público. Santiago Posteguillo es Doctor por la Universidad de Valencia y ha impartido seminarios sobre ficción histórica en diversas universidades europeas y de América Latina. En 2018 ha sido profesor invitado del Sidney Sussex College de la Universidad de Cambridge.

Conferencia de Santiago Posteguillo en la Feria del Libro de Badajoz

FUENTES

  • El Periódico Extremadura
  • 48horasMagazine

Antonio Muñoz Molina en la Feria del Libro de Badajoz

El escritor Antonio Muñoz Molina ha presentado este martes, 15 de mayo, en la Feria del Libro de Badajoz, su última novela, titulada Tus pasos en la escalera.

Muñoz Molina en la Feria del Libro de Badajoz

Tus pasos en la escalera, una historia de amor y espera ambientada entre Nueva York y Lisboa, como él mismo señaló. La novela aborda «en qué medida la memoria y el miedo pueden amenazar» la cotidianeidad, la espera de un hombre a que llegue su mujer, que es neurocientífica «e investiga el modo en que el cerebro almacena la memoria del miedo, cómo los mecanismos de supervivencia del cerebro sirven para archivar y advertir los peligros, para recordar la amenaza; son miedos que forman parte de la vida y son saludables porque ayudan a la supervivencia, pero ocurre que el cerebro humano es muy complicado; el miedo se puede convertir también en neurosis, en angustia, y en vez de defensa es un peligro, se convierte en una forma de autocastigo», explicó el escritor.

En Tus pasos en la escalera están presentes los sucesos del 11-S, que él mismo vivió en Nueva York, una ciudad muy distinta, aparentemente al menos, de Lisboa, lugar de destino donde se produce la espera. Sobre cómo se refleja en la memoria el miedo a catástrofes como aquella cuando se busca un refugio, el autor recordó que cuando comenzó a escribir la novela, «no sabía bien hacia dónde iba, pero me surgió el recuerdo del 11 de septiembre, que se convirtió en parte de la historia, porque los protagonistas los vivieron y cuando se ha vivido un acontecimiento así, nuestra idea del mundo cambia; de pronto vimos que podía ocurrir algo inimaginable, que costaba creer que estaba pasando», dijo. Y de hecho, «a mí me marcó, me parece que fue el comienzo de otra época».

Está presente, además, en la novela, «la amenaza del cambio climático. Hay desastres naturales y otros que los provoca el ser humano. Curiosamente, en Lisboa ocurrió el terremoto de 1755; para mí había un paralelismo entre el 11-S en Nueva York y el 1 de noviembre de 1755 en Lisboa: una mañana soleada en la que de pronto ocurre algo que es como el fin del mundo. Muchas personas en Lisboa creyeron ese día que era el fin del mundo», contó.

Sobre cómo un determinado enfoque puede deconstruir la realidad, el autor explicó que «una novela es una manera de contar la realidad a través de la ficción: Hay historias porque necesitamos explicarnos el mundo».

«Un hombre anticipa con ilusión el momento de reunirse con su esposa mientras ultima los preparativos de su nuevo hogar en Lisboa. Atrás queda una etapa de sus vidas en Nueva York marcada por el indeleble recuerdo del 11-S. Él se adelanta con la mudanza mientras Cecilia organiza el traslado de su proyecto científico sobre los mecanismos neuronales que rigen la memoria y el miedo.

Un tranquilo barrio de Lisboa ofrece la promesa de un futuro que él se esmera en preparar con minucioso detalle. Pero incluso el refugio buscado y la rutina más apacible pueden resultar desconcertantes cuando la sospecha de una amenaza incierta altera su espera.
Tus pasos en la escalera es una novela de suspense psicológico en la que la memoria, la razón y el miedo son los elementos que determinan la realidad tangible. Sutil y progresivamente Antonio Muñoz Molina muestra que sometida a la lente de un microscopio, la realidad desvela fisuras que pueden derrumbar lo que con tanto cuidado nos hemos contado sobre nuestras vidas. »

Antonio Muñoz Molina. Nació en Úbeda (Jaén) en 1956. Ha reunido sus artículos en volúmenes como El Robinson urbano (1984; Seix Barral, 1993 y 2003) o La vida por delante (2002). Su obra narrativa comprende Beatus Ille (Seix Barral, 1986, 1999 y 2016), El invierno en Lisboa (Seix Barral, 1987, 1999 y 2014), Beltenebros (Seix Barral, 1989 y 1999), El jinete polaco (1991; Seix Barral, 2002 y 2016), Los misterios de Madrid (Seix Barral, 1992 y 1999), El dueño del secreto (1994), Ardor guerrero (1995), Plenilunio (1997; Seix Barral, 2013), Carlota Fainberg (2000), En ausencia de Blanca (2001), Ventanas de Manhattan (Seix Barral, 2004), El viento de la Luna (Seix Barral, 2006), Sefarad (2001; Seix Barral, 2009), La noche de los tiempos (Seix Barral, 2009), Como la sombra que se va (Seix Barral, 2014), Un andar solitario entre la gente (Seix Barral, 2018), el volumen de relatos Nada del otro mundo (Seix Barral, 2011) y el ensayo Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013). Ha recibido, entre otros, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el Premio Nacional de Literatura en dos ocasiones, el Premio de la Crítica, el Premio Planeta, el Premio Liber, el Premio Jean Monnet de Literatura Europea, el Prix Méditerranée Étranger, el Premio Jerusalén y el Premio Qué Leer, concedido por los lectores. Desde 1995 es miembro de la Real Academia Española. Vive en Madrid y Lisboa y está casado con la escritora Elvira Lindo.

Conferencia de Muñoz Molina en la Feria del Libro de Badajoz

FUENTES

  • El Periódico Extremadura
  • 48horasMagazine

Juan del Val en la Feria del Libro de Badajoz

El escritor y guionista televisivo Juan del Val ha presentado este sábado, 11 de mayo, en la Feria del Libro de Badajoz, su última novela, titulada Candela, con la que ha obtenido el prestigioso Premio Primavera de Novela 2019.

Juan del Val en la Feria del Libro de Badajoz

Candela es la segunda novela que Juan del Val ha escrito en solitario. En ella construye, con una veracidad descarnada y un sentido del humor en ocasiones desternillante, el retrato de una mujer única.

Candela es una mujer de poco más de 40 años, que regenta, junto a su madre y su abuela, un bar de barrio. «Me gusta definirla como una mujer maravillosa, a pesar de todo y sin saber que lo es». Aunque la rodea un universo femenino, Del Val no cree que sea una novela de mujeres, «porque hay cosas en las que los hombres también se pueden ver muy reconocidos». El escenario principal es un bar, «porque los bares son lugares por donde pasa la vida». El autor defendió ayer que Candela no es una novela «complaciente», sino que tiene pasajes «tremendamente duros», pero sí es «optimista, porque yo soy optimista», afirmó.

«Candela es una mujer de cuarenta y pocos años con una vida normal, acostumbrada a la soledad, enormemente observadora y con un ácido sentido del humor. Sus días transcurren sin grandes sobresaltos mientras trabaja de camarera en el bar que regenta junto a su abuela y a su madre tuerta. Un bar de barrio por el que, a través de sus clientes, pasa la vida entera. Candela deberá alumbrar cualquier penumbra, incluso esa que vuelve desde el pasado que creía olvidado.»

LEER EL PRIMER CAPÍTULO DE LA NOVELA

Juan del Val (Madrid, 1970) ha trabajado en muchos sitios: en obras (de construcción, no de teatro), en periódicos, en revistas, en radio y en televisión; entre otros medios, en Radio Nacional de España, Televisión Española, Canal 9 y Telecinco. Durante cuatro años dirigió y co-presentó Lo mejor que te puede pasar, en Melodía FM. Actualmente colabora con Carlos Alsina en Onda Cero y es guionista de El Hormiguero.

Junto a Nuria Roca, ha firmado Para Ana, de tu muerto y Lo inevitable del amor. En 2017 publicó su primera novela en solitario, Parece mentira, recibida con gran entusiasmo por los lectores.

Conferencia de Juan del Val en la Feria del Libro de Badajoz

FUENTES

  • El Periódico Extremadura
  • 48horasMagazine

“Lo que a nadie le importa”, de Sergio del Molino

Descubrí a Sergio del Molino a través de su obra La España vacía, un libro extraordinario, mezcla de ensayo, periodismo y crónica de viajes, en el que el escritor y periodista madrileño nos acerca a la realidad de ese enorme territorio casi deshabitado dentro de la Península, al que llama, con gran acierto, la España vacía.

Me pareció un libro magnífico, su lectura me cautivó y por eso me quedé con ganas de leer más cosas de este autor. Me llamó la atención la referencia que hacía a su novela, publicada en 2014, Lo que a nadie le importa y por eso me propuse incluirla en mis futuras lecturas. Decía así: «Nosotros, aunque no hayamos huido de un pueblo, hemos crecido en las calles imaginarias de muchos de ellos. En calles abandonadas y empapadas de lluvias amarillas. Hemos crecido entre palabras que las abuelas trajeron del campo e incrustaron en las paredes del salón () Hay algo en mi generación que llama a los orígenes, que invoca las viejas mitologías y que aspira a recrearlas o a jugar con ellas desde la contemporaneidad. Podrá despreciarse como una moda, pero es difícil prefabricar unas emociones tan íntimas y unos discursos tan volcados hacia el interior. Yo también hice mi propio viaje de vuelta en 2014, en una novela titulada Lo que a nadie le importa, que termina en la aldea menguante donde nació mi abuelo y que es el núcleo de mi propia mitología familiar.»

El libro gira en torno a una frase que le soltó José Molina, el abuelo del autor, a su mujer en el lecho de muerte: «Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos». Esta frase se quedó grabada en la mente del joven Sergio del Molino, que, años más tarde, se propuso indagar en la vida de su abuelo, un hombre extraordinariamente callado, para tratar de averiguar qué había detrás de esas terribles palabras.

     «Cuando parecía que ya había dicho las pocas palabras que quiso decir, a sus ochenta y dos años, con los riñones secos, encamado durante meses y a la espera de una muerte impuntual y desganada, José Molina habló. Él, tan sobrio, alcanzó la gloria literaria en doce palabras justas. Ante sus hijos, nietos y hermana, ante toda la familia que abrazaba en media luna la cama mortuoria, apartó a su mujer y le dijo con una voz que guardaba fríos de otros siglos: Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos. Era una frase extraña, de orden perfecto y arte mayor. Un hexadecasílabo de cantar de gesta, anterior al castellano. De todas las combinaciones posibles de palabras, escogió la más rotunda, como si llevara años ensayándola, probando variantes, buscando el efecto más demoledor. Es la mejor frase que he escrito en un libro. De ti no quiero ni que me cierres los ojos. Después de aquello, sólo cabía morirse con los ojos bien abiertos.

     ¿Cuántas décadas de rencor caben en esas dieciséis sílabas? ¿Cuánta amargura, cebada invierno tras invierno, hace falta para destilarlas? Para libar un licor de esa densidad literaria se necesitan varias novelas rusas. Se requiere un silencio de altísima calidad, hervido durante años, para conseguir esas dieciséis gotas de odio refinadísimo, escanciadas justo antes de morir en la misma cara de la mujer con la que se ha pasado la vida. Yo tenía diecisiete años cuando las escuché, y durante un tiempo creí que sólo yo las había sentido. La familia no les dio gran importancia. Era la aspereza definitiva de un hombre áspero, el golpe final. Pero yo tenía diecisiete años y toda la literatura del mundo. Aunque esas palabras no iban contra mí, en mí se quedaron.»

El resultado es esta novela, magníficamente escrita, en la que el autor de la España vacía reconstruye la vida de su abuelo y de su familia materna, una familia pobre y llena de silencios, y que nos aproxima a la memoria de un país de supervivientes llenos de un silencio culpable y avergonzado, donde las cosas nunca fueron como deberían ser. Absolutamente recomendable.

    «No recreo una época, sino que la creo desde la nada. Estas supuestas memorias familiares son lo más fabuloso y ficticio que he escrito nunca. La realidad que las ampara sólo existió mientras fue enunciada y se murió al mismo tiempo que nacía. Estas páginas son ficciones sin registros fósiles.»

LEER UN FRAGMENTO DEL LIBRO

SINOPSIS

«Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos.»

Con esta sentencia disparada contra su mujer, el octogenario José Molina rompe en su lecho de muerte un silencio al que se ha aferrado durante décadas. Esta frase se instala en la mente de su nieto de diecisiete años, que por primera vez intuye que detrás de ese abuelo adusto, seco y bronco se esconde un pasado de cicatrices y miedos. Años más tarde, el nieto adulto intentará encontrar las palabras que nunca se dijeron y descubrir de qué están hechos sus propios silencios.

José Molina creció en los años veinte rodeado de telas y mujeres en un antiguo comercio textil. Su juventud se quebró por la guerra y por una familia hecha de susurros, supersticiones y maldiciones femeninas. Se pasó la vida luchando, primero como recluta del bando nacional y luego como dependiente en una tienda llamada El Corte Inglés, a la que vio transformarse en un imperio, en el Madrid de Celia Gámez. Lejos de ser un héroe, acabó por convertirse en uno de tantos supervivientes.

Sergio del Molino ha escrito una novela íntima y familiar en la que la memoria y el presente se mezclan en una crónica de España, un país lleno de silencios donde nadie dice nunca nada porque parece que todo está ya dicho.

SERGIO DEL MOLINO

Sergio del Molino (Madrid, 1979) es escritor y periodista. Premio Ojo Crítico y Tigre Juan, entre otros, por La hora violeta (2013), es autor también de las novelas Lo que a nadie le importa (2014) y No habrá más enemigo (2012). Su ensayo La España vacía (2016) se convirtió en un fenómeno editorial y abrió un debate social, cultural y político inédito en España. Además, recibió el Premio de los Libreros de Madrid al Mejor Ensayo y el Premio Cálamo al Libro del Año, y fue reconocido como uno de los diez mejores libros de 2016 en España por la inmensa mayoría de la prensa. Su última novela es La mirada de los peces (2017). En 2013, El Cultural de El Mundo le escogió como uno de los narradores españoles menores de cuarenta años más relevantes. Colabora en diversos medios de comunicación, como El País, Cadena Ser, Onda Cero, Mercurio o Eñe.

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO

     «Molina trabajaba. Militarmente, pero sólo trabajaba, sin proyecto ni estrategia. Mantener su puesto, hacerlo todo más o menos bien, no destacar. La vida del soldado que se contenta con llegar vivo al anochecer. Se paseaba entre las perchas como se paseó entre los presos del campo manchego. Vigilaba las camisas y los pantalones con la misma abulia diligente con que vigiló a los prisioneros de guerra republicanos. Se dejó llevar. Su vida consistía en afeitarse cada mañana con brocha y espuma Lea, escuchar con su oído todavía útil el rac-rac de cigarras roncas que levantaba la cuchilla sobre su cara y acostarse por la noche sin rozar el tacto de muñeca de porcelana de su mujer.
     A los cuarenta años, en su pisito al fondo de las cuestas de Embajadores, con una mujer a la que llamaba Chati, un hija que no era hija perdida en Venezuela, una niña muerta a los pocos días de nacer y dos hijos sanos, José Molina estaba en paz con la vida. Había vivido las aventuras que no había querido vivir y se había enamorado de quien no se había querido enamorar. Si sus hijos no robaban ninguna camisa, mantendría su puesto y su sueldo hasta que venciera el plan de pensiones. No necesitaba más. Ya estaba bien. Era demasiado para un zagal del Gancho. Madrid ya no tenía cascotes, Celia Gámez envejecía en el olvido, el Retiro estaba al final de la Cuesta de Moyano y el Atleti, con Madinabeytia en la portería, iba tirando y ganaba ligas y copas con cierta frecuencia, aunque las perdía con una frecuencia mayor. La vida era todo lo que cabía en el espejo del baño. Sólo tenía que vigilarlo para que nadie lo rompiera.»
      […]
     «Ya no tenía quince años. Ya no era pobre ni tenía Francia. Nunca la tuve. Como la hija del héroe de la Nueve, jamás sería francés. Me sabía figurita de un lar áspero y seco hecho de fondos de cuestas y de pueblos hundidos en sus propios cerros. Mi abuelo llevaba mucho tiempo muerto y hacía años que yo había abandonado a mi abuela en el pisito, pero mi huida no había llegado a ningún sitio. Venía de un lugar donde las cosas nunca eran como tenían que ser , donde los viejos no se morían como había que morir y los hijos no querían a sus padres como había que quererlos.
Venía de una imperfección sublime, de mucho viento y pocas lluvias, y sabía que jamás habitaría un mundo como el de aquel río y aquellas casas de tejas de girlache. Pero era tan hermosos verlo pasar dese la ventanilla, mientras Cris, silenciosa y plácida, me rozaba la pierna al cambiar de marcha, nostálgica de un país que nunca fue.»