“El niño que robó el caballo de Atila”, de Iván Repila

«Parece imposible salir, dice. Y también: Pero saldremos.»

El niño que robó el caballo de Atila es una novela del escritor bilbaíno Iván Repila publicada en 2013 por la editorial Libros del Silencio. Entonces el libro pasó casi desapercibido, sin embargo, en el año 2017, Seix-Barral recuperó la novela en una cuidada edición.

Dos hermanos, a los que el narrador llama Grande y Pequeño, luchan por salir del fondo de un pozo, de unos siete metros de profundidad y en forma de pirámide, que se encuentra en el centro de un bosque. Para poder sobrevivir, se verán obligados a ingerir hormigas aplastadas, pequeños gusanos, caracoles, larvas y raíces, y a beber el agua que se filtra por las paredes del pozo.

Repila utiliza un lenguaje preciso y elaborado, poético a veces, para ofrecernos una historia intensa y descarnada con un alto contenido simbólico. Muy recomendable.

    «—Debes saber hermano, que soy el niño que robó el caballo de Atila para hacer unos zapatos con sus cascos y lograr así que la hierba nunca más creciese por donde yo pisara. Muchos hombres viles me temieron como al azote de un dios, porque sequé su tierra y su semilla en mis largos paseos por el mundo.»

EMPIEZA A LEER LA NOVELA

SINOPSIS

Dos hermanos, el Grande y el Pequeño, luchan por salir del pozo en el que han sido confinados en mitad de un bosque. A pesar del hambre, no prueban el contenido de una bolsa de víveres que descansa en el fondo cenagoso del agujero. Se alimentan de lo que proveen las paredes húmedas y arcillosas, y beben agua con sabor a tierra. Que sobrevivan o no depende de su fortaleza y de su ingenio. A través de una trama sencilla de gran poder metafórico y de una prosa de enorme belleza, esta impactante fábula para adultos encierra una incisiva reflexión sobre la condición humana.

    «¿No sientes el líquido que nos rodea como si fuéramos fetos? Estas paredes son membranas y flotamos entre ellas, nos damos vuelta a la espera de nuestro alumbramiento prorrogado. Este pozo es un útero, tú y yo estamos por nacer, nuestros gritos son los dolores del parto del mundo. »

IVÁN REPILA

Bilbao, 1978. Escritor, editor y gestor cultural. Autor de las novelas: Una comedia canalla (Libros del Silencio, 2012); El niño que robó el caballo de Atila (Libros del Silencio, 2013; Seix Barral 2017), traducida al italiano, francés, inglés, coreano, holandés, rumano, japonés y persa; Prólogo para una guerra (Seix Barral, 2017) y El aliado (Seix barral, 2019). Autor de relatos publicados en el diario El Correo, el Premio Bizkaidatz de la Diputación de Bizkaia y en las antologías El Quijote a través del espejo (2016), Historias de San Mamés (2015) e Ilustrofobia (2014).

Articulista habitual en la revista Primer Acto y en el diario Bilbao. Cofundador de la editorial Masmédula Ediciones, especializada en poesía. Autor de las obras de teatro Diez y Huésped, que se representaron en el Pabellón 6 de Bilbao.

Gestor cultural para diversos organismos e instituciones nacionales e internacionales en la producción, coordinación y dirección de congresos, encuentros y festivales de teatro, música y danza. Profesor de literatura en talleres de lectura y escritura creativa para distintas escuelas del País Vasco.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

    «El bosque limita al norte con una cordillera y está rodeado de lagos tan grandes que parecen océanos. En el centro del bosque hay un pozo. El pozo tiene unos siete metros de profundidad y sus paredes irregulares son un muro de tierra húmeda y raíces que se angosta en la boca y se ensancha en la base, como una pirámide desocupada y roma. Su lecho gorgotea el agua oscura que se filtra desde venas remotas hasta las galerías que afluyen al río, dejando un poso terrizo que nunca se detiene y un fango moteado por burbujas cuyo chasquido devuelve al aire el perfume de los eucaliptos. Quizá por la presión de las placas continentales o por el remolino de una brisa continua,las pequeñas raíces se mueven y giran y señalan con una danza lenta que acongoja, pues evoca la entraña de los bosques digiriendo lentamente el mundo.»

    […]

    «Durante cuatro días el sol abrasa los campos, da fuertes manotazos de cobre sobre los árboles y seca el pozo. El agua que se filtraba a través de la tierra se convierte primero en barro, y después en grumos de arena negra. Cuando no queda nada que beber, los dos hermanos interrumpen su rutina diaria para chupar las raíces que asoman por las paredes hasta que la boca les sabe a carbón.

    —No estoy bien, dice el Pequeño.

    —Lloverá.

    Conocen bien esta tierra, los comportamientos del cielo bajo el que han crecido, los tiempos de las nubes. Saben que en este mes un sol feroz significa la llegada inminente de una tromba de agua. Lloverá por-que siempre llueve cuando la carne se despelleja, y porque en estos campos parece gobernar una mecánica del sufrimiento, según la cual a toda decisión de la naturaleza le replica su contraria. Por este motivo las personas son, aquí, severas de piel y de carácter, y enfrentan las sanciones que les impone la tierra con rigurosa paciencia, sin demandas ni quejas, aunque ello les suponga una fractura en la comunicación emocional, en el contrato humano de la convivencia y en la gestión de los afectos. Los hermanos son prueba de ello. Han dejado de mirarse a los ojos, de buscarse en el otro como hacían los primeros días. Las muestras de cariño son innecesarias cuando rige la conservación. El amor como un pacto de silencio donde se administran violencias propias de un reptil, de un cocodrilo viejo.

    —¿Tú me quieres?, pregunta el Pequeño.

    —Lloverá.»

 

“Crimen y castigo”, de Fiódor M. Dostoievski

Crimen y castigo es la primera de las grandes novelas escritas por el ruso Fiódor M. Dostoievski y probablemente la más conocida y famosa de todas ellas. Fue publicada por entregas, entre enero y diciembre de 1866, en la revista El mensajero ruso. Un año después aparecería la primera edición independiente.

El protagonista de la historia es el joven Raskólnikov, un antiguo estudiante que lleva una existencia de pobreza y abandono y que malvive en una miserable buhardilla en San Petersburgo.

Movido por ciertos principios teóricos, Raskólnikov decide asesinar a una prestamista de la ciudad, una anciana perversa y mezquina, no sólo con el propósito de robarle, sino por considerar que con su muerte prestaría un gran servicio a la humanidad, lo que justificaría el asesinato y le permitiría no sentir ningún tipo de remordimiento por su acción.

Raskolnikov y Marmeladov. Ilustración de Mijaíl Petrovich Klodt

    —Por su extravagancia. En cambio, a esa maldita vieja, la mataría y le robaría sin ningún remordimiento, ¡palabra! —exclamó con vehemencia el estudiante.

    El oficial lanzó una nueva carcajada, y Raskolnikof se estremeció. ¡Qué extraño era todo aquello!

    —Oye —dijo el estudiante, cada vez más acalorado—, quiero exponerte una cuestión seria. Naturalmente, he hablado en broma, pero escucha. Por un lado tenemos una mujer imbécil, vieja, enferma, mezquina, perversa, que no es útil a nadie, sino que, por el contrario, es toda maldad y ni ella misma sabe por qué vive. Mañana morirá de muerte natural… ¿Me sigues? ¿Comprendes?

    —Sí —afirmó el oficial, observando atentamente a su entusiasmado amigo.

  —Continúo. Por otro lado tenemos fuerzas frescas, jóvenes, que se pierden, faltas de sostén, por todas partes, a miles. Cien, mil obras útiles se podrían mantener y mejorar con el dinero que esa vieja destina a un monasterio. Centenares, tal vez millares de vidas, se podrían encauzar por el buen camino; multitud de familias se podrían salvar de la miseria, del vicio, de la corrupción, de la muerte, de los hospitales para enfermedades venéreas…, todo con el dinero de esa mujer. Si uno la matase y se apoderara de su dinero para destinarlo al bien de la humanidad, ¿no crees que el crimen, el pequeño crimen, quedaría ampliamente compensado por los millares de buenas acciones del criminal? A cambio de una sola vida, miles de seres salvados de la corrupción. Por una sola muerte, cien vidas. Es una cuestión puramente aritmética. Además, ¿qué puede pesar en la balanza social la vida de una anciana esmirriada, estúpida y cruel? No más que la vida de un piojo o de una cucaracha. Y yo diría que menos, pues esa vieja es un ser nocivo, lleno de maldad, que mina la vida de otros seres. Hace poco le mordió un dedo a Lisbeth y casi se lo arranca.

    —Sin duda —admitió el oficial—, no merece vivir. Pero la Naturaleza tiene sus derechos.»

Sin embargo, a la hora de llevar a cabo su propósito, se ve obligado a matar también a la hermana de la vieja usurera, que aparece en el lugar en el momento del crimen. Incapaz de soportar la culpa, Raskólnikov sólo encuentra en la confesión del asesinato de las dos mujeres, la manera de tranquilizar su conciencia.

Crimen y castigo es una de las obras cumbres de la literatura universal. Una excelente novela con un fuerte contenido social, moral y filosófico, en la que su autor realiza un profundo análisis psicológico del joven protagonista. Una lectura absolutamente recomendable.

SINOPSIS

    —Ve inmediatamente a la próxima esquina, arrodíllate y besa la tierra que has mancillado. Después inclínate a derecha e izquierda, ante cada persona que pase, y di en voz alta: «¡He matado!» Entonces Dios te devolverá la vida.

Partiendo de un original titulado Los borrachos concebido para tratar el tema del alcoholismo en la familia, Crimen y castigo fue escrita por Dostoievski en una época de deudas y penurias muy particular: acababa de morir su hermano, tenía que ayudar a mantener a su viuda e hijos, estaba también escribiendo El jugador, y se vio obligado a recurrir, ante la negativa de otros, al editor de la revista El Mensajero Ruso, con quien estaba enemistado. Allí la publicó en 1866 y hoy es, incuestionablemente, su obra más conocida.

La relegación del alcoholismo a un segundo plano puso, sin embargo, en primera línea a Raskólnikov, uno de los mitos de la literatura del XIX: un joven de veintitrés años, inteligente, cultivado y «extraordinariamente bien parecido», pero andrajoso, dejado, negligente con sus estudios y tristemente alojado en un cuartucho. Desde el principio acaricia el plan de robar y matar a una mezquina usurera, pensando que su despreciable moralidad y el buen servicio que podría dar a los bienes robados justifican el crimen. Una vez cometido, sin embargo, nada sale según lo previsto: el crimen se revela «escasamente monumental», el criminal oscila entre la arrogancia, el cansancio y el delirio, y tal vez no se salve de la investigación policial. ¿Tiene el joven «el talento de pronunciar en su medio una nueva palabra», como a veces pretende, o es «un piojo esteta, y nada más»? En el deambular de Raskólnikov por San Petersburgo, en sus idas y venidas, en sus vueltas y más vueltas, hay un extravío literal… aunque al final revele tener, como la propia novela, un rumbo, una recóndita meta.

FIÓDOR DOSTOIEVSKI

Fdor Mijailovich Dostoievski nació el 11 de noviembre de 1821 en Moscú (Rusia), el segundo de siete hijos de Mijaíl Dostoievski, un médico de carácter severo que trabajaba en el hospital para pobres Mariinski de la capital rusa, y su esposa María Fiódorovna. Cuando Fiódor contaba once años de edad, su padre adquirió unas tierras en la aldea de Darovoye, en la provincia de Tula, y la familia se mudó allí. Junto a su hermano Mijaíl, ingresó en 1834 en el pensionado de Chermark para realizar los estudios de secundaria. Sin embargo, su madre falleció prematuramente de tuberculosis tres años más tarde, y su padre, sumido en la depresión y el alcoholismo, decidió enviarlos a la Escuela de Ingenieros Militares de San Petersburgo, donde el joven Fiódor comenzó a apasionarse por la literatura, con las lecturas de Shakespeare, Víctor Hugo o E.T.A. Hoffmann, y a escribir sus primeros textos. Tan solo dos años después, en 1839, recibió la noticia de la muerte de su padre quien, al parecer, fue asesinado por sus propios siervos tras uno de sus arranques violentos cuando se hallaba borracho. Finalizó sus estudios de Ingeniería en 1843, logrando el grado militar de subteniente. Luego se incorporó a la Dirección General de Ingenieros en San Petersburgo, aunque también trabajó como traductor. En 1846 publicó su primera novela, Pobres gentes, que tuvo un efímero éxito. Tres años después, fue encarcelado por pertenecer a un grupo intelectual llamado el Círculo Petrashevski, acusado de conspirar en contra del zar Nicolás I. Fue condenado a muerte, aunque finalmente la pena fue conmutada por cinco años de trabajos forzados en Siberia, donde pasó terribles momentos y se refugió en la lectura de la Biblia. Liberado en 1854, volvió al ejército como soldado raso. Los siguientes cinco años los pasó como cabo en el Batallón de la Séptima Línea del Regimiento estacionado en la fortaleza de Semipalatinsk en Kazakstán. Durante este tiempo conoció a María Dmitrievna Isaeva, con la que se casó posteriormente. Dostoievski regresó a San Petersburgo en 1860, donde fundó junto a su hermano varios periódicos literarios sin repercusión alguna. La presión de los acreedores le hizo dejar el país y viajar por Berlín, París, Ginebra, Turín, Florencia y Viena, antes de volver de nuevo a San Petersburgo. La temprana muerte de su esposa, en 1864, y la de su hermano tan solo un año después, fueron un duro golpe al que se sumaron las deudas contraídas. Se sumió en una profunda depresión, a la par que acumulaba más y más deudas en los salones de juego, adicción que le llevó a escribir la novela El jugador, publicada en 1867. Poco antes había comenzado también la redacción de Crimen y castigo, su obra magna, que publicó por partes en la revista El mensajero ruso con gran éxito. Volvió a casarse con Anna Grigórievna, con la que se trasladó a Ginebra. La primera hija del matrimonio falleció al poco de nacer en 1868, lo que resultó un nuevo mazazo emocional para el escritor. La pareja viajó por Italia y recalaron en Dresde en 1869, donde nació su segunda hija. Dostoievski siguió escribiendo y publicando, gracias a lo cual la familia pudo sobrevivir a duras penas. El idiota, El eterno marido, o Los endemoniados fueron los títulos que vieron la luz en esta época. La pareja volvió a Rusia en 1871, donde nació su primer hijo varón, y Fiódor se encargó de la redacción de un semanario, a la vez que publicaba Los demonios a través de su propia editorial con un considerable éxito. Su última obra, considerada por él mismo como su mejor trabajo, fue Los hermanos Karamázov, finalizada pocos meses antes de su muerte, ocurrida el 9 de febrero de 1881 en San Petersburgo.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     Al decir esto, Raskolnikof acercó nuevamente su cara a la de Zamiotof y le miró tan fijamente, que esta vez el secretario no pudo evitar un estremecimiento.
    —He aquí cómo habría procedido yo. Habría cogido las joyas y el dinero y, apenas hubiera dejado la casa, me habría dirigido a un lugar apartado, cercado de muros y desierto; un solar o algo parecido. Ante todo, habría buscado una piedra de gran tamaño, de unas cuarenta libras por lo menos, una de esas piedras que, terminada la construcción de un edificio, suelen quedar en algún rincón, junto a una pared. Habría levantado la piedra y entonces habría quedado al descubierto un hoyo. En este hoyo habría depositado las joyas y el dinero; luego habría vuelto a poner la piedra en su sitio y acercado un poco de tierra con el pie en torno alrededor. Luego me habría marchado y habría estado un año, o dos, o tres, sin volver por allí… ¡Y ya podrían ustedes buscar al culpable!
    —¡Está usted loco! —exclamó Zamiotof.
    Lo había dicho también en voz baja y se había apartado de Raskolnikof. Éste palideció horriblemente y sus ojos fulguraban. Su labio superior temblaba convulsivamente. Se acercó a Zamiotof tanto como le fue posible y empezó a mover los labios sin pronunciar palabra. Así estuvo treinta segundos. Se daba perfecta cuenta de lo que hacía, pero no podía dominarse. La terrible confesión temblaba en sus labios, como días atrás el cerrojo en la puerta, y estaba a punto de escapársele.
    —¿Y si yo fuera el asesino de la vieja y de Lisbeth? —preguntó, e inmediatamente volvió a la realidad.
    Zamiotof le miró con ojos extraviados y se puso blanco como un lienzo. Esbozó una sonrisa.
    —¿Es posible? —preguntó en un imperceptible susurro.
    Raskolnikof fijó en él una mirada venenosa.
   —Confiese que se lo ha creído —dijo en un tono frío y burlón—. ¿Verdad que sí? ¡Confiéselo!
   —Nada de eso —replicó vivamente Zamiotof—. No lo creo en absoluto. Y ahora menos que nunca.
   —¡Ha caído usted, muchacho! ¡Ya le tengo! Usted no ha dejado de creerlo, por poco que sea, puesto que dice que ahora lo cree menos que nunca.
    —No, no —exclamó Zamiotof, visiblemente confundido—. Yo no lo he creído nunca. Ha sido usted, confiéselo, el que me ha atemorizado para inculcarme esta idea.
         […]
    Él se volvió hacia ella y la miró fijamente, con una expresión singular.
   —¿Lo adivinas?
  Una nueva sonrisa de impotencia flotaba en sus labios. Sonia sintió que todo su cuerpo se estremecía.
    —Pero usted me…—balbuceó ella con una sonrisa infantil—. ¿Por qué quiere asustarme?
   —Para saber lo que sé —dijo Raskolnikof, cuya mirada seguía fija en la de ella, como si no tuviera fuerzas para apartarla—, es necesario que esté «ligado» a «él» … Él no tenía intención de matar a Lisbeth…La asesinó sin premeditación… Sólo quería matar a la vieja… y encontrarla sola… Fue a la casa… De pronto llegó Lisbeth…, y la mató a ella también.
    Un lúgubre silencio siguió a estas palabras. Los dos jóvenes se miraban fijamente.
    —Así, ¿no lo adivinas? —preguntó de pronto.
    Tenía la impresión de que se arrojaba desde lo alto de una torre.
    —No —murmuró Sonia con voz apenas audible.
    —Piensa.
    En el momento de pronunciar esta palabra, una sensación ya conocida por él le heló el corazón. Miraba a Sonia y creía estar viendo a Lisbeth. Conservaba un recuerdo imborrable de la expresión que había aparecido en el rostro de la pobre mujer cuando él iba hacia ella con el hacha en alto y ella retrocedía hacia la pared, como un niño cuando se asusta y, a punto de echarse a llorar, fija con terror la mirada en el objeto que provoca su espanto. Así estaba Sonia en aquel momento. Su mirada expresaba el mismo terror impotente. De súbito extendió el brazo izquierdo, apoyó la mano en el pecho de Raskolnikof, lo rechazó ligeramente, se puso en pie con un movimiento repentino y empezó a apartarse de él poco a poco, sin dejar de mirarle. Su espanto se comunicó al joven, que miraba a Sonia con el mismo gesto despavorido, mientras en sus labios se esbozaba la misma triste sonrisa infantil.
    —¿Has comprendido ya? —murmuró.
    —¡Dios mío! —gimió, horrorizada.
    Luego, exhausta, se dejó caer en su lecho y hundió el rostro en la almohada.
          […]
      Raskolnikof pasó en el hospital el final de la cuaresma y la primera semana de pascua. Al recobrar la salud se acordó de las visiones que había tenido durante el delirio de la fiebre. Creyó ver el mundo entero asolado por una epidemia espantosa y sin precedentes, que se había declarado en el fondo de Asia y se había abatido sobre Europa. Todos habían de perecer, excepto algunos elegidos. (…) La epidemia seguía extendiéndose, devastando. En todo el mundo sólo tenían que salvarse algunos elegidos, unos cuantos hombres puros, destinados a formar una nueva raza humana, a renovar y purificar la vida humana. Pero nadie había visto a estos hombres, nadie había oído sus palabras, ni siquiera el sonido de su voz.

 

“El mensaje de Pandora”, de Javier Sierra

«Lo que nos está pasando es el preludio del fin del mundo que conocemos.» 

El mensaje de Pandora es la última novela del escritor turolense Javier Sierra. El propio autor ha señalado que la escribdurante los peores momentos del confinamiento por la crisis del coronavirus, en unas circunstancias muy especiales.

El autor de El fuego invisible abandonó los proyectos en los que estaba trabajando y se volcó por entero en este libro, una especie de carta al futuro que nos aporta una serie de claves para tratar de sobrevivir a algunos de los peligros que acechan a la especie humana.

La novela está escrita en forma epistolar. Arys, una joven cretense que acaba de alcanzar la mayoría de edad, recibe una extensa carta de su tía, desde Atenas, escrita en lo que parecía la salida de la pandemia de COVID-19. En ella rememora el viaje que ambas hicieron juntas por el sur de Europa y el norte de España, recorriendo lugares que tienen que ver con los orígenes de nuestra civilización, cuando se inventó la agricultura y se domesticaron los primeros animales, lo que trajo también consigo las primeras pandemias, ya que se produjeron las primeros saltos de virus del reino animal al entorno humano. Pero la carta es también un mensaje de esperanza, la humanidad ha pasado por momentos peores que el actual y ha sabido sobreponerse, convirtiéndose en una especie mejor y más capaz.

    Las amenazas a la preservación de nuestra especie han sido constantes a lo largo de la historia y han estado muy cerca de acabar con nosotros. Epidemias, catástrofes naturales y guerras han decantado a menudo es evolución superando agresiones de todo tipo, una simple ley natural nos advierte sobre quién, en apariencia, ganará al final esta guerra.

    Esa ley es imposible de olvidar:

Todo lo que nace muere. 

Estamos ante un libro a caballo entre novela y ensayo, una especie de fábula que mezcla ficción, historia, ciencia y mitología clásica. Un libro que combina conocimiento y entretenimiento y que despierta la curiosidad y las ganas de saber más. Interesante, oportuno y que se lee de un tirón.

COMENZAR A LEER

Javier Sierra presenta “El mensaje de Pandora” en la Feria del Libro de Badajoz

SINOPSIS

El día que Arys cumplió dieciocho años recibió esta extraña carta. Le llegó desde Atenas envuelta en papel de estraza con el apremio de que debía leerla de inmediato. Escrita en circunstancias excepcionales, en ella su tía evoca el último viaje que hicieron juntas por el sur de Europa y le confía un secreto que llevaba eones guardándose: que los antiguos mitos esconden la clave para comprender el origen de la vida, las enfermedades e incluso nuestro futuro. 

Basándose en investigaciones de importantes científicos y premios Nobel, Javier Sierra ha escrito una fábula lúcida, deslumbrante, que expandirá nuestro punto de vista sobre las cuestiones que de verdad están llamadas a alterar el equilibro de nuestra civilización.

Estamos ante un relato que es a la vez apasionante, tierno y oportuno. Uno que nos adentra de forma esperanzadora en la historia de nuestra civilización a través de sus cambios más críticos y que nos recuerda las soluciones que la humanidad siempre encontró para sortearlos. «Es la carta que todos necesitamos leer para ponernos en marcha, para no rendirnos ante la adversidad. Su mensaje está lleno de intriga, pero también de futuro», asegura Javier Sierra.

El mensaje de Pandora encierra, en forma de novela, toda la sabiduría que la actual crisis nos puede reportar, ya que ofrece claves que hasta ahora nadie ha barajado y que no perderán actualidad, pues los personajes hablan de prosperidad, de florecimiento, de oportunidad, de vida.

JAVIER SIERRA

©Asís G. Ayerbe

Hace veinticinco años Javier Sierra (Teruel, 1971) decidió buscar respuestas a grandes preguntas a través de la escritura. Desde entonces ha dado a imprenta once obras. Esta, la duodécima, asegura que es la más especial de todas. Tras merecer el Premio Planeta con El fuego invisible y convertirse en el único autor español cuyas novelas han llegado al top ten de los más vendidos en Estados Unidos, Javier Sierra se enfrenta ahora al gran desafío del origen de la vida. El mensaje de Pandora se lee como una revelación. Un relámpago en mitad de la noche. Autor de obras tan populares como La cena secreta, El maestro del Prado, La dama azul, La pirámide inmortal o El ángel perdido, su literatura se lee hoy en 44 países. Es hijo predilecto de su ciudad natal y la Biblioteca Pública de Teruel -en la que se custodia su legado como escritor, periodista y director de series de televisión recientes como Otros mundos– lleva su nombre.

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO

     —¿Sabes por qué me interesa tanto la historia, Arys? Porque encuentro en ella lecciones para la vida —te dije sin responderte—. En eso Assumpta y yo nos parecemos mucho. Cuando los jóvenes despreciáis a los mayores porque los veis desde vuestra insolente vitalidad, sucede algo parecido a cuando juzgamos el pasado desde la atalaya del presente: nos equivocamos. El anciano y el pasado no son sinónimos de ignorancia, atraso y torpeza. Al contrario. Ellos se enfrentaron antes que nosotros a los mismos problemas, ensayaron sus soluciones… Y a menudo, incluso acertaron. 
              […]
    —¿Sabes lo que ocurre cuando para un mal invisible se confía en una solución invisible?
    Volviste a encogerte de hombros.
    —Que cuando el Mal llega, no te preocupas en indagar en sus verdaderas causas. Esperas a que Dios te saque del atolladero y sigues con tu vida dejando que la enfermedad salte de cuerpo en cuerpo. Nuestro peor enemigo, queridas, siempre ha sido la ignorancia. ¡Y esa sí es una plaga difícil de erradicar!
    Aquella anciana pequeña y animosa resultó ser una inesperada fuente de lecciones. A ti no te cayó muy bien. Lo recuerdo. Empezabas a aburrirte de sus sermones y no sabías cómo escapar de allí( …)
    —Qué triste, ¿no? —Nos miró con su ojitos vivaces—. Ya nadie hace caso a los viejos. Ni a los libros de historia. Aquí no se prepara nadie para lo que pueda venir. Como si esto no fuera con ellos. Como si el pasado no fuera a repetirse…» 

 

“Por quién doblan las campanas”, de Ernest Hemingway

      Ningún hombre es en sí equiparable a una Isla; todo hombre es un pedazo del Continente, una parte de Tierra Firme. Si el Mar llevara lejos un Terrón, Europa perdería como si fuera un Promontorio… como si se llevara una Casa Solariega de tus amigos de tus amigos, o la tuya propia. La Muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy una parte de la Humanidad. Por eso no quieras saber nunca por quién doblan las campanas: ¡están doblando por ti…!

John Donne

Por quién doblan las campanas (For Whom the Bell Tollses una de las novelas más conocidas del escritor y periodista norteamericano Ernest Hemingway, ganador del premio Nobel de Literatura en 1954. Publicada en 1940, logró una enorme popularidad y se convirtió rápidamente en un bestseller.

Para el título de la novela Hemingway se inspiró en un sermón de John Donne, un poeta metafísico inglés fallecido en 1631. La acción de la misma transcurre en plena guerra civil española. Un tema que Hemingway conocía muy bien ya que durante la contienda estuvo en Madrid como corresponsal de guerra. Allí, además de escribir sus artículos, visitó los campos de batalla y se lanzó a producir el documental que se titularía Tierra española.

El protagonista de la novela es Robert Jordan, un joven voluntario norteamericano, especialista en explosivos, enrolado en el ejercito republicano español. Se le ha encargado la misión de hacer volar un puente cerca de La Granja de San Ildefonso, lo cual es esencial para el éxito de la ofensiva republicana para conquistar Segovia. En esta tarea le ayudarán algunos guerrilleros antifascistas apostados en la Sierra de Guadarrama. Junto a éstos se encuentra una muchacha, María, de la que Jordan se enamora.

La acontecimientos que suceden en la novela transcurren en un periodo de apenas cuatro días y se producen a un ritmo muy rápido. Paralelo al relato bélico se desarrolla una intensa historia de amor entre el protagonista y la joven e inocente María.

La contienda civil española reafirmó al autor de Adiós a las armas en su postura abiertamente antifascista, y su novela, que gozó de un enorme éxito desde su publicación, contribuyó enormemente a crear un clima en contra del fascismo allá por 1940.

Según Carlos Pujol «Hemingway había aceptado la disciplina comunista en España porque era la mejor manera de ganar la guerra, pero una vez perdida, él vuelve a ser un escritor independiente y lo único que quiere es decir la verdad de todo lo que ha visto y su idea es que la causa del pueblo español ha sido doblemente traicionada por la pasividad de las democracias y el maquiavelismo de los comunistas.»

Sin embargo, Hemingway denuncia en su novela la incompetencia y la crueldad de ambos bandos. Incluso sitúa la acción más cruel de su libro en el bando republicano. En un pequeño pueblo castellano, los campesinos fieles a la República asesinan a un grupo de sus paisanos fascistas valiéndose de bieldos y otros utensilios agrícolas.

    Quien no haya visto el día de la revolución en un pueblo pequeño, en donde todo el mundo se conoce y se ha conocido siempre, no ha visto nada. Y aquel día, los más de los hombres que estaban en las dos filas que atravesaban la plaza, llevaban las ropas con las que iban a trabajar al campo, porque tuvieron que apresurarse para llegar al pueblo; pero algunos no supieron cómo tenían que vestirse en el primer día del Movimiento y se habían puesto su traje de domingo y de los días de fiesta, y ésos, viendo que los otros, incluidos los que habían llevado a cabo el ataque al cuartel, llevaban su ropa más vieja, sentían vergüenza por no estar vestidos adecuadamente. Pero no querían quitarse la chaqueta por miedo a perderla, o a que se la quitaran los sinvergüenzas, y estaban allí, sudando al sol, esperando que aquello comenzara.

    Fue entonces cuando el viento se levantó y el polvo, que se había secado ya sobre la plaza, al andar y pisotear los hombres se comenzó a levantar, así que un hombre vestido con traje de domingo azul oscuro gritó: “¡Agua, agua!”, y el barrendero de la plaza, que tenía que regarla todas las mañanas con una manguera, llegó, abrió el paso del agua y empezó a asentar el polvo en los bordes de la plaza y hacia el centro. Los hombres de las dos filas retrocedieron para permitirle que regase la parte polvorienta del centro de la plaza; la manguera hacía grandes arcos de agua, que brillaban al sol, y los hombres, apoyándose en los bieldos y en los cayados y en las horcas de madera blanca, miraban regar al barrendero. Y cuando la plaza quedó bien regada y el polvo bien asentado, las filas se volvieron a formar, y un campesino gritó: “¿Cuándo nos van a dar al primer fascista? ¿Cuándo va a salir el primero de la caja?”

Para muchos, Por quién doblan las campanas es una de las mejores novelas que se han escrito sobre la contienda civil española. Para mí es, junto con A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales y La llama, de Arturo Barea; de los libros que más me han gustado sobre aquella contienda fratricida, y cuya lectura recomiendo.

En 1943, Sam Wood realizó una película con el mismo título interpretada por Ingrid Bergman y Gary Cooper, inspirada en esta novela.

    El estadounidense Robert Jordan (Gary Cooper), alias “El inglés”, lucha en la guerra Civil Española (1936-1939) dentro de la Brigada Lincoln. Es un experto en acciones especiales detrás de las líneas enemigas: ha volado trenes, redes eléctricas, depósitos de armas. En vísperas de una gran ofensiva, el mando republicano le encarga la destrucción de un puente, la principal arteria logística del ejército de Franco. María (Ingrid Bergman), una joven salvada del pelotón de ejecución, y Pilar, la esposa de Pablo, un hombre rudo y testarudo, participarán en la operación y mantendrán el espíritu de lucha hasta el final de la contienda. (FilmAffinity)

SINOPSIS

Por quién doblan las campanas es una de las novelas más populares del Premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway. Ambientada en la guerra civil española, la obra es una bella historia de amor y muerte que se ha convertido en un clásico de nuestro tiempo.

En los tupidos bosques de pinos de una región montañosa española, un grupo de milicianos se dispone a volar un puente esencial para la ofensiva republicana. La acción cortará las comunicaciones por carretera y evitará el contraataque de los sublevados. Robert Jordan, un joven voluntario de las Brigadas Internacionales, es el dinamitero experto que ha venido a España para llevar a cabo esta misión. En las montañas descubrirá los peligros y la intensa camaradería de la guerra. Y descubrirá también a María, una joven rescatada por los milicianos de manos de las fuerzas sublevadas de Franco, de la cual se enamorará enseguida.

     Morir no tenía ninguna importancia. No se puede hacer indefinidamente esa clase de trabajo. No se está destinado a vivir indefinidamente. «Quizás haya tenido toda una vida en tres días –pensó–. Si eso es así, hubiera preferido pasar esta última noche de una manera distinta. Pero las últimas noches nunca son buenas. No son nunca buenas las últimas nadas. Sí, las últimas palabras son buenas a veces. ¡Viva mi marido, que es el alcalde de este pueblo! Aquello sí que fue bueno.»

ERNEST HEMINGWAY

Ernest Hemingway nació en Oak Park, Illinois, cerca de Chicago, el día 21 de julio de 1898. Su padre, médico cirujano, era un gran aficionado a la caza y amante de la naturaleza, y sin duda alguna determinó esta misma afición en su hijo, afición que con el tiempo llegaría a constituir una segunda naturaleza en el carácter de Hemingway. Por eso cuando su padre lo envió a París para que se hiciera médico –y su madre accedía a separarse de él con la secreta esperanza de que la capital de los artistas le conquistaría para la música–, Hemingway defraudó a uno y otra abandonando sus estudios y entregándose a la bohemia hasta el estallido de la I Guerra Mundial.

De regreso a Estados Unidos cursó estudios superiores e ingresó como redactor en el Kansas City Star. Pero aquello resultaba todavía demasiado fácil para él, así que se alistó voluntario en el frente italiano, con destino a una unidad sanitaria. Obtuvo algunas condecoraciones hasta que fue gravemente herido. Acabada la contienda, volvió a su país, pero pronto consiguió escapar de nuevo a la vida cómoda y tranquila con una corresponsalía en Próximo Oriente y Grecia, y más tarde en París, donde reanudó su contacto y amistad con la crema de la intelectualidad inconformista concentrada en la Rive Gauche.

Durante la guerra civil española, como antes en la I Mundial y luego en la II gran guerra, Hemingway estuvo siempre en el núcleo de la acción, allí donde el peligro era constante y las ocasiones de heroísmo y desafío a la muerte eran permanentes.

Más tarde, ya en la paz, siguió buscando siempre el momento de estremecimiento, ese único momento de miedo que sólo se pasa con la muerte o con la victoria. Por eso se apasionó con la fiesta de los toros y con la caza mayor. No le bastó con seguir la fiesta desde lejos, necesitaba poner su vida en juego, y así una vez salvó la vida a Antonio Ordóñez sujetando con sus solas manos a un toro por los cuernos. Su enorme fuerza física le permitió salir con bien de todas cuantas aventuras afrontó, y aparte de los peligros a que le exponía su temeridad en la caza, basta decir que sobrevivió a dos accidentes de aviación, uno de ellos en plena selva que consiguió atravesar malherido poniéndose a salvo. Parecía decidido a quemar materialmente su prodigiosa vitalidad. Ningún peligro, ningún placer, ninguna experiencia le pareció fuera de su alcance. Y todas las afrontó con la misma sed. En una época en que todos los ideales parecían haberse agotado en las tres terribles guerras que conmovieron al mundo y que él asumió como pocos, él descubrió que aún quedaba una posibilidad dentro del hombre, dentro de sí mismo: buscar a la muerte y vencerla con una sola arma, el coraje. Es muy difícil distinguir en sus obras qué parte de ellas es imaginación y qué parte autobiografía. Es el último de los grandes escritores en los que la obra y la vida se confunden en una unidad. Por eso sobra toda caracterización cuando se tiene una de sus obras en las manos. Hay sin embargo dos obras –con independencia del resto de sus novelas, grandes por otros conceptos– en las que esa identificación con el personaje–héroe, es total. Son Fiesta y Por quién doblan las campanas, ambas localizadas, y puede decirse que vividas, en España. En ellas Hemingway vuelca hasta las heces la doble fuente de su energía: la fascinación de la muerte y el valor del heroísmo como eficaz exorcismo. Y hay aún otro aspecto no siempre valorado en la obra de Hemingway y que en Por quién doblan las campanas aparece de manera indiscutible: la ternura, esa tremenda sensibilidad que se le ha negado rotundamente, –«impotencia de corazón» se ha dicho–, y que en las relaciones del protagonista con María, por ejemplo, se manifiestan tan claras. De la misma manera que la valentía de Jordan no es ausencia de miedo, sino precisamente su control, así también la dureza de los personajes «duros» de Hemingway no es falta de sentimientos sino la coraza de un alma vulnerable, más aún, vulnerada ya desde el punto de partida. De ahí también el feroz individualismo de sus personajes –y de su vida que se niegan a mancharse las manos comprometiéndose a un lado o a otro de una lucha sucia, que se niegan a combatir el mal (político) con el mal (moral).

Cuando en el otoño de 1954 se le concedió el Premio Nobel de literatura, lo aceptó pero renunció a recibirlo personalmente porque «escribir bien requiere la soledad», pero también porque «aunque un escritor gane en importancia social al salir de su soledad, casi siempre es en detrimento de su propia obra». De nuevo el individualismo; pero también algo más: «porque es en la soledad donde tiene que llevar a cabo su propia obra, y cada día tiene que enfrentarse con la eternidad o con la ausencia de eternidad». Enfrentarse en la soledad con la eternidad, y la soledad puede ser la selva, el ruedo o la guerra. Y también el papel en blanco de cada día. Por eso, cuando comprendió –entre las nieblas de un progresivo trastorno mental– que corría el peligro de que la muerte le sorprendiese inconsciente, le fue al encuentro disparándose en la boca uno de sus fusiles de caza. Era una mañana de julio de 1961, en Ketchum, Idaho.

Los títulos más representativos de su producción y que, a la vez, prontamente mayor celebridad le dieron son Adiós a las armas, fruto de sus experiencias en Italia cuando la guerra; Por quién doblan las campanas, situada en el escenario de la guerra civil española, Fiesta, y El viejo y el mar, igualmente significativa del sentir y pensar de su autor. Han contribuido igualmente a su fama, París era una fiesta, Muerte en la tarde, Al otro lado del río y bajo los árboles y, las obras póstumas, Islas en el golfo y Tener, no tener.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     Estaba tumbado boca abajo, sobre una capa de agujas de pino de color castaño, con la barbilla apoyada en los brazos cruzados, mientras el viento, en lo alto, zumbaba entre las copas. El flanco de la montaña hacía un suave declive por aquella parte; pero, más abajo, se convertía en una pendiente escarpada, de modo que desde donde se hallaba tumbado podía ver la cinta oscura, bien embreada, de la carretera, zigzagueando en torno al puerto. Había un torrente que corría junto a la carretera y, más abajo, a orillas del torrente, se veía un aserradero y la blanca cabellera de la cascada que se derramaba de la represa, cabrilleando a la luz del sol.

     —¿Es ése el aserradero? –preguntó.

     —Ese es.

     —No lo recuerdo.

     —Se hizo después de marcharse usted. El aserradero viejo está abajo, mucho más abajo del puerto.

     Sobre las agujas de pino desplegó la copia fotográfica de un mapa militar y lo estudió cuidadosamente. El viejo observaba por encima de su hombro. Era un tipo pequeño y recio que llevaba una blusa negra al estilo de los aldeanos, pantalones grises de pana y alpargatas con suela de cáñamo. Resollaba con fuerza a causa de la escalada y tenía la mano apoyada en uno de los pesados bultos que habían subido hasta allí.

     —Desde aquí no puede verse el puente.

     —No –dijo el viejo–, Esta es la parte más abierta del puerto, donde el río corre más despacio. Más

abajo, por donde la carretera se pierde entre los árboles, se hace más pendiente y forma una estrecha

garganta…

     —Ya me acuerdo.

       […]

    La noche estaba fría. Robert Jordan dormía profundamente. Se despertó una vez y, al estirarse, notó la presencia de la muchacha, acurrucada, dentro del saco, respirando ligera y regularmente. El cielo estaba duro, esmaltado de estrellas, el aire frío le empapaba las narices; metió la cabeza en la tibieza del saco y besó la suave espalda de la muchacha. La chica no se despertó y Jordan se volvió de lado, despegándose suavemente y, sacando otra vez la cabeza del saco, se quedó en vela un instante, paladeando la voluptuosidad que le originaba su fatiga; luego, el deleite suave, táctil, de los dos cuerpos rozándose; por último, estiró las piernas hasta el fondo del saco y se dejó caer a plomo en el más profundo sueño.

    Se despertó al rayar el día. La muchacha se había marchado. Lo supo al despertarse, extender el brazo y notar el saco todavía tibio en el lugar donde ella había reposado. Miró hacia la entrada de la cueva, donde se hallaba la manta, bordeada de escarcha, y vio una débil columna gris de humo, que se escapaba de una hendidura entre las rocas, cosa que quería decir que el fuego de la cocina había sido encendido.

         […]

  Allí se tenía la sensación de participar en una cruzada. Era la única palabra que podía utilizarse, aunque se hubiera utilizado y se hubiera abusado tanto de ella, que estaba resobada y había perdido ya su verdadero sentido. Uno tenía la impresión allí, a pesar de toda la burocracia, la incompetencia y las bregas de los partidos, como la que se espera tener y luego no se tiene el día de la primera comunión: el sentimiento de la consagración a un deber en defensa de todos los oprimidos del mundo, un sentimiento del que resulta tan embarazoso hablar como de la experiencia religiosa, un sentimiento tan auténtico, sin embargo, como el que se experimenta al escuchar a Bach o al mirar la luz que se cuela a través de las vidrieras en la catedral de Chartres, o en la catedral de León, o mirando a Mantegna, El Greco o Brueghel en el Prado. Era eso lo que permitía participar en cosas que podía uno creer enteramente y en las que se sentía uno unido en entera hermandad con todos los que estaban comprometidos en ellas. Era algo que uno no había conocido antes aunque lo experimentaba y que concedía una importancia a aquellas cosas y a los motivos que las movían, de tal naturaleza que la propia muerte de uno parecía absolutamente insignificante, algo que sólo había que evitar porque podía perjudicar el cumplimiento del deber. Pero lo mejor de todo era que uno podía hacer algo por ese sentimiento y a favor de él. Uno podía luchar.

“La llama”, de Arturo Barea

La llama es la tercera parte de la trilogía La forja de un rebelde, de Arturo Barea, que se compone de tres novelas autobiográficas: La forja, La ruta y La llama. El primer tomo cubre su infancia y juventud; el segundo, sus primeras experiencias literarias y, sobre todo, su servicio militar en Marruecos; el tercer tomo, por último, trata del período justamente anterior a la guerra civil y de la misma.

La forja de un rebelde no apareció inicialmente en español, sino en inglés. El libro fue publicado durante el exilio de Barea en Londres, a causa de la guerra civil española, en tres tomos, entre 1941 y 1946. La primera versión de la trilogía en castellano no salió hasta 1951, en la editorial Losada de Buenos Aires, que publicó los tres tomos por separado.

La trilogía fue aclamada como «obra maestra» y «contribución invalorable para nuestro conocimiento de la España moderna, así como libro de enorme mérito literario». En particular, Bertram Wolfe alabó «su sinceridad excepcional y su franqueza inquebrantable», considerándola como «una de las grandes autobiografías del siglo XX».

La forja de un rebelde no sólo se ha convertido en la obra de maestra de Barea, sino en uno de los testimonios más estremecedores que se hayan escrito sobre valiosos sobre la guerra civil española y sus antecedentes inmediatos.

  «La forja de un rebelde es tan esencial para entender la España del siglo XX, como indispensable es la lectura de Tolstói para comprender la Rusia del siglo XIX».The Daily Telegraph

En el año 1990, La forja de un rebelde fue adaptada para la pequeña pantalla con el mismo nombre por el director de cine Mario Camus.

Miniserie de TV de 6 capítulos. Cuenta la historia de uno de los vencidos de la Guerra Civil (1936-1939), el socialista y republicano Arturo Barea, hijo de una lavandera, que pasó 18 años en el exilio sin poder regresar a España. El relato es un homenaje a las víctimas del franquismo.

Tras la publicación de La forja y de La ruta apareció, en 1946, La llama, la tercera parte de la trilogía, que trata del período justamente anterior a la guerra civil y del mismo conflicto.

En La llama Barea nos narra como tras el advenimiento de la Segunda República, en abril de 1931, se reincorporó activamente a la vida sindical de la UGT. Nos relata el inicio de la guerra civil, en julio de 1936, con la quema de conventos, el asalto al Cuartel de la Montaña y a la cárcel Modelo. Poco después pasó a formar parte de la Oficina de Censura de Prensa Extranjera del Ministerio del Estado del Gobierno republicano. Cuando éste se trasladó a Valencia en noviembre de 1936, se quedó en Madrid como jefe de censura. A partir de mayo de 1937 comenzó a dar charlas por la radio, de naturaleza propagandística y literaria, bajo el seudónimo de «La voz incógnita de Madrid». Su subordinada era la políglota socialista austriaca Ilsa Kulcsar, con la cual se casaría en 1938, después de divorciarse de Aurelia. El impacto de la guerra, junto con el apoyo activo de Ilsa, le impulsó a comenzar su andadura como escritor. En 1938 publicó una colección de cuentos, Valor y miedo, la cual, según su autor, fue el último libro publicado en Barcelona antes de la entrada de las tropas nacionales. En septiembre de 1937 dimitió como jefe de censura debido, en parte, a la crisis nerviosa ocasionada por los bombardeos y, también, a su creciente enfrentamiento con los comunistas. El 22 de febrero de 1938, Arturo e Ilsa abandonaron España a través de Francia. Un año después pusieron rumbo a Inglaterra, donde Barea pasaría el resto de su vida como exiliado republicano.

    «Desde el fin de enero la frontera española era un dique roto a través del cual una ola de refugiados y soldados en derrota inundaba Francia. El 26 de enero Barcelona había caído en manos de Franco. En la misma fecha comenzó el éxodo en todas las ciudades y pueblos de la costa. Mujeres, chiquillos, hombres y bestias, marcharon a lo largo de los caminos, a través de campos helados, sobre la nieve mortal de las montañas. Sobre las cabezas de los huidos, los aviones sin piedad; un ejército borracho de sangre empujando detrás; una pequeña banda de soldados luchando aún para contenerlo, retirándose sin cesar y luchando cara al enemigo, para que pudieran salvarse algunos más. Pobres gentes con petates míseros, gentes más afortunadas en coches sobrecargados abriéndose camino en las carreteras congestionadas, y a las puertas de Francia una cola sin fin de fugitivos agotados, esperando que les dejaran entrar y estar seguros. Seguros en los campos de concentración que esta Francia había preparado para hombres libres: alambradas de espino, centinelas senegaleses, abusos, robo, miseria y las primeras oleadas de refugiados admitidos, encerrados entre el alambre en rebaños como borregos, peor aún, sin techo sobre sus cabezas, sin abrigo contra los vientos helados de un febrero cruel.

    ¿Es que Francia estaba ciega? ¿Es que los franceses no veían que un día –muy pronto– iban a llamar a estos mismos españoles a luchar por la libertad de su Francia? ¿O es que Francia había renunciado de antemano a su libertad? »

Barea, que desde el principio de la historia se muestra fuertemente comprometido con los ideales sociales y políticos de la izquierda, nos va contando los hechos, en lo que concierne el sitio y la defensa de Madrid, tal como él los vivió.

La llama me ha parecido una novela magnífica. Absolutamente recomendable.

  «Con el estallido de la Guerra Civil Barea se comprometió activamente con la defensa de la República, pero eso no le hizo cerrar los ojos a los crímenes, los atropellos, los calamitosos enfrentamientos internos que tanto debilitaron y desprestigiaron internacionalmente al bando leal.[…] En una época de utopías destructivas y de grandes confrontaciones ideológicas, Barea perteneció a la minoría exigua de los que se negaron a cerrar los ojos, a justificar ningún crimen cometido en nombre de una causa justa, a dimitir de la propia conciencia personal.»

La vocación de Arturo Barea, Antonio Muñoz Molina   

SINOPSIS

La trilogía La forja de un rebelde se cierra con este volumen centrado en las vísperas y el estallido de la guerra civil. Ese tránsito brutal está marcado en la novela por el paso de la crónica individual a la biografía colectiva de la ciudad. El Madrid de la resistencia antifascista, cantado por los poetas del mundo, el de las Brigadas Internacionales y el «no pasarán», es el gran protagonista de La llama. Un Madrid en el que arden las iglesias y los curas ocultan su condición, Madrid de la resistencia y la violencia ciega y desatada, de consignas, himnos y puños en alto, de tiroteos y registros, de bombardeos y detenciones arbitrarias. Madrid agitado y siniestro, salvaje y efervescente, capital del dolor y de la gloria. Madrid asediado y enardecido. En este torbellino, el protagonista, plenamente integrado en los acontecimientos, vive también sus avatares personales. Conoce a Ilsa, escritora austriaca exiliada, con la que vivirá una nueva etapa, tras divorciarse de su mujer y abandonar a su amante.

La intensidad, el rigor y el excelente pulso narrativo con que el autor describe esa vida cotidiana de una ciudad en guerra, están en la base del éxito internacional de La forja de un rebelde. Para Eugenio de Nora, Arturo Barea es un «gran narrador que se convertido en materia de arte, con densidad de testimonio ideológico y social, los contenidos de su experiencia de español medio altamente representativo». Testigo y protagonista de aquellos acontecimientos, Arturo Barea, derrotado de la guerra civil, se exilió en Londres, donde falleció en 1957.

       «Cuando estaba más deprimido, un español a quien no conocía me visitó. Había leído el manuscrito de La forja, como lector de la editorial francesa a quien lo había sometido, y quería discutirlo conmigo. […] No le gustaba mucho mi manera de escribir, porque, como él decía, le asustaba mi brutalidad; pero había recomendado la publicación del libro porque encontraba que contenía fuerza de liberar cosas que él, y otros como él, mantenían cuidadosamente enterradas dentro de ellos. Vi su excitación, el alivio que mi libertad de lenguaje le había proporcionado, y vi con asombro que me envidiaba.»

ARTURO BAREA

Arturo Barea Ogazón. (Badajoz, 20 de septiembre de 1897 – Faringdon, 24 de diciembre de 1957). Escritor español autor de cuentos, novelas y ensayos y periodista y comunicador.

Estudia en las Escuelas Pías de San Fernando, pero deja los estudios a los trece años. Trabaja en un banco hasta 1914 y durante la guerra apoya al bando republicano realizando misiones de carácter cultural y propagandístico. Al finalizar la guerra civil se exilia a Inglaterra.

Todos sus libros fueron publicados en inglés y más tarde en castellano excepto su primera publicación Valor y miedo (1938), en el que relata cuentos de la Guerra Civil.

De 1941 a 1946 publica su obra más conocida, la trilogía The Forging of a Rebel, la cual escribe en Inglaterra en español y es traducida al inglés por su esposa Ilsa Barea. Es una autobiografía de su vida en la que narra su infancia y juventud y su experiencia en la Guerra de Marruecos y en la Guerra Civil. La publicación en español se produjo en el año 1951 en Buenos Aires bajo el nombre La forja de un rebelde y en 1978 se publicó en España. La trilogía consta de tres títulos La forja, La ruta y La llama.

En 1944 publica un ensayo sobre Federico García Lorca en inglés bajo el nombre Lorca, the Poet and his People y en 1956 se publica en castellano como Lorca, el poeta y su pueblo. En 1952 publica Unamuno, una biografía sobre el autor Miguel de Unamuno. En 1952 publica la novela The Broken Root, publicada en castellano en 1955 como La raíz rota, en la que aborda la frustración del exiliado y las consecuencias de la Guerra Civil.

Arturo Barea fallece en el 24 de diciembre de 1957 en Faringdon, un pueblo del condado de Oxford.

Póstumamente su esposa publica una colección de cuentos recopilados en un libro bajo el nombre El centro de la pista (1960). Más tarde se publica Palabras recobradas (2000) que reúne cartas, ensayos y artículos inéditos de Arturo Barea.

En 1990 Televisión Española emite La Forja de un rebelde, serie compuesta por 6 capítulos basada en sus novelas autobiográficas dirigida por Mario Camus.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

    «Las ejecuciones habían atraído mucho más público del que yo hubiera imaginado. Había familias enteras con sus chicos, excitados y aún llenos de sueño. Milicianos cogidos del brazo de muchachas, novias o mujeres, y bandadas de chiquillos. Todos yendo Paseo de las Delicias abajo, todos en la misma dirección. A la entrada del mercado y de los Mataderos, en la Glorieta, se agolpaba un verdadero gentío. Mientras carros y camiones cargados de legumbres iban y venían, piquetes de milicianos se mezclaban con los curiosos y pedían la documentación a quien se les antojaba.
    Detrás de los Mataderos había una larga pared de ladrillo y una avenida con arbolillos resecos, no agarrados aún en la tierra arenosa, bajo el sol despiadado. La avenida corría a lo largo del río y el paisaje era árido y frío con la desnudez del canal de cemento, de la arena y de los parches de hierba seca, amarilla.
    Los cadáveres yacían entre los arbolillos. Los curiosos iban de uno a otro y hacían observaciones humorísticas; un comentario piadoso hubiera provocado sospechas. Había esperado los cadáveres y su vista no me impresionó. Había unos veinte, ninguno profanado.
   Había visto cosas peores en Marruecos y el día antes. Pero me impresionó terriblemente la brutalidad colectiva y la cobardía de los espectadores.
    Llegaron los camiones de la limpieza del Ayuntamiento de Madrid que venían a recoger los cuerpos. Uno de los chóferes dijo:
   –Ahora vamos a regar esto y lo vamos a dejar como la patena para el baile de esta noche. –Se echó a reír, pero sonaba a miedo.
    Alguien nos dejó montar en un coche hasta Antón Martín y nos fuimos a desayunar al bar de Emiliano. Sebastián, el portero del número siete, estaba allí con un fusil arrimado a la pared. Cuando nos vio, dejó el vaso de café sobre el platillo y comenzó a explicar con gestos extravagantes:
    –¡Vaya una noche! Estoy reventado. ¡Once me he cargado hoy!
     Ángel le preguntó:
    –¿Qué has estado haciendo? ¿De dónde vienes?
    –De la Pradera de San Isidro. He estado allí con los compañeros del sindicato y nos hemos llevado unos cuantos fascistas con nosotros. Luego han venido otros amigos de otros grupos y les hemos echado una mano para acabar antes. Creo que hemos suprimido más de ciento esta vez.
    Se me contrajo la boca del estómago. Aquí había alguien a quien yo conocía casi desde que era niño. Le conocía como un hombre alegre y trabajador, enamorado de sus chiquillos y de los chiquillos de los demás; seguramente un poco rudo, con pocas luces, pero honrado y decente. Y aquí estaba convertido en un asesino.» 
     […]
    «Comenzaba la hecatombe de cada noche; temblaba el edificio en sus raíces, tintineaban sus cristales, parpadeaban sus luces. Se sumergía y ahogaba en una cacofonía de silbidos y explosiones, de reflejos verdes, rojos y blanco-azul, de sombras gigantes retorcidas, de paredes rotas, de edificios desplomados. Los cristales caían en cascadas y daban una nota musical casi alegre al estrellarse en los adoquines.
      Estaba en el límite de la fatiga. Había establecido una cama de campaña en el cuarto de censura de la Telefónica y dormía a trozos en el día o en la noche, despertado constantemente por consultas o por alarmas y bombardeos. Me sostenía a fuerza de café negro, espeso, y coñac. Estaba borracho de fatiga, café, coñac y preocupación.
    Había caído de lleno sobre mí la responsabilidad de la censura para todos los periódicos del mundo y el cuidado de los corresponsales de guerra en Madrid. Me encontraba en un conflicto constante con órdenes dispares del ministerio en Valencia, de la junta de Defensa o del Comisariado de Guerra; corto de personal, incapaz de hablar inglés, ante una avalancha de periodistas excitados por una labor de frente de batalla y trabajando en un edificio que era el punto de mira de todos los cañones que se disparaban sobre Madrid y la guía de todos los aviones que volaban sobre la ciudad.»

FUENTES

  • Townson, Nigel. Introducción de La forja. Barcelona, Debolsillo, 2019
  • Barea, Arturo. La llama. Barcelona, Bibliotex, 2001

“Cara de pan”, de Sara Mesa

     Ella no supo que tenía cara de pan hasta el año pasado, cuando Marga se lo dijo delante de las demás niñas, y todas rieron espontáneamente, sin maldad, de modo que no había lugar para el enfado —porque era un comentario cariñoso— ni para otra reacción que no fuese también su propia risa —fingida— y el escrutinio posterior en el espejo. ¿Qué es en concreto una cara de pan? Hay montones de panes posibles, desde bollos bien gordos hasta baguettes finas, y sin embargo ella intuye que cuando Marga le dice cara de pan se refiere más bien a lo primero —la cara redonda, fofa, blanca; la cara como símbolo de todo un cuerpo, de toda una entidad.

Cara de pan es la quinta novela publicada por la escritora madrileña afincada en Sevilla Sara Mesa. En ella nos cuenta la relación que se establece entre dos personajes muy distintos y peculiares: Casi, una niña de “casi” catorce años, de ahí su nombre; y un adulto de cincuenta y cuatro años, al que Casi llama simplemente Viejo.

Casi, que se siente un poco fuera de sitio en el instituto, decide una mañana dejar de ir a clase. Desde ese día pasa las mañanas escondida entre los setos de un parque de la ciudad hasta que llega la hora de volver a casa. Es allí donde se encuentra con Viejo, un adulto con problemas de relación que parece vivir al margen de la sociedad.

     La primera vez la coge tan desprevenida que se sobresalta al verlo. La niña está apoyada en el tronco del árbol, leyendo una revista, cuando oye sus pasos acercándose, el chasquido de las hojas secas al quebrarse, y después lo ve, de pie delante de ella, quizá un poco turbado pero no sorprendido por encontrarla allí, oculta tras los setos. El viejo pide perdón –¡no quise asustarte!, dice– y después le pregunta qué está leyendo, pero entre una cosa y otra –entre la disculpa y la pregunta– a la niña le da tiempo a reaccionar. Esto, responde mostrándole la revista, una revista para chicas.

Casi recibe en su escondite las visitas diarias de Viejo, que le habla de pájaros y de la cantante Nina Simone, y comparte con él algunas chucherías o algún refresco.

Poco a poco el Viejo le va desvelando sus secretos y se va estableciendo una relación cada vez más estrecha entre esta «pareja inadmisible», una relación atípica y sospechosa para la sociedad.

    Hay algo en la manera de hablar del Viejo que Casi, instintivamente, percibe como anormal. Para empezar, no controla el volumen como debiera: a veces habla en susurros y ella tiene que pedirle que repita sus palabras. […] Las rarezas del viejo, piensa Casi, son inofensivas, por desconcertantes que resulten, como desconcertante es, por ejemplo, el contraste entre su rostro de frente y su rostro de perfil, el primero de apariencia inocente y hasta bobalicona, el segundo introspectivo y sabio, como si pertenecieran a dos caras diferentes de dos hombres diferentes.

Con este argumento, aparentemente muy sencillo, Sara Mesa construye una magnífica historia, que cuenta con los elementos de suspense necesarios para mantener en vilo al lector hasta el final de la misma. El resultado es una magnífica novela, que está muy bien escrita y que se lee con gusto. Muy recomendable.

  «Otro libro breve que me ha gustado mucho últimamente. También es una historia muy pequeña, aparentemente muy sencilla. Es una relación entre dos personajes, un hombre mayor y una niña, pero está tan bien contada y es tal el mar de fondo que esa novela tiene, todo lo que no se cuenta, que es una lectura muy recomendable. Está muy bien escrito, me gusta mucho Sara Mesa y esta novela en concreto me parece redonda.»  Jesús Carrasco

EMPIEZA A LEER LA NOVELA

SINOPSIS

«La primera vez la coge tan desprevenida que se sobresalta al verlo.» El encuentro se produce en un parque. Ella es Casi, una adolescente de «casi» catorce años; él, el Viejo, tiene muchos más.

El primer contacto es casual, pero volverán a verse en más ocasiones. Ella huye de las imposiciones de la escuela y tiene dificultades para relacionarse. A él le gusta contemplar los pájaros y escuchar a Nina Simone, no trabaja y arrastra un pasado problemático.

Estos dos personajes escurridizos y heridos establecerán una relación impropia, intolerable, sospechosa, que provocará incomprensión y rechazo y en la que no necesariamente coincide lo que sucede, lo que se cuenta que sucede y lo que se interpreta que sucede.

Una historia elusiva, obsesiva, inquietante y hasta incómoda, pero al mismo tiempo extrañamente magnética, en la que palpitan el tabú, el miedo al salto al vacío de la vida adulta y la dificultad de ajustarse a las convenciones sociales… La ambiciosa carrera literaria de Sara Mesa da un nuevo paso adelante con esta novela sobre dos seres desarraigados cuyos destinos se entrecruzan en un parque, una defensa de la inadaptación y la diferencia.

    Todo empezó una mañana cualquiera. El despertador sonó a la misma hora de siempre, Casi remoloneó unos minutos entre las sábanas, se levantó con desgana, se lavó la cara, se puso el chándal. Cuando bajó, sus padres estaban tomando café; hablaban entre susurros; se callaron al entrar ella en la cocina. Se preparó un colacao, mordisqueó unas magdalenas. Todo normal, dice Casi, nada anunciaba que ese día iba a ser diferente a los demás. Ella no planificó nada, no podía saber que se acercaba el momento culminante, al momento en que todo cambió: cuando salió de casa, enfiló la avenida, apresuró el paso porque iba un poco tarde… y dio la vuelta. Dio la vuelta y se apresuró aún más, pero en sentido contrario. Sin saber bien qué hacer todavía. Sin saber adónde se dirigía.

SARA MESA

Sara Mesa (Madrid, 1976) desde niña reside en Sevilla. Ha desarrollado una notable carrera dentro de la literatura, haciendo gala de una gran habilidad en distintos géneros y formatos. De hecho, Mesa logró un gran impacto en la crítica gracias a los relatos recopilados en las antologías No es fácil ser verde y La sobriedad del galápago. También demostró su buen hacer como poeta en Este jilguero agenda, poemario que recibió el prestigioso Premio Miguel Hernández de Poesía.

Tras la aparición de El trepanador de cerebros, su primera novela, Mesa logró un gran éxito con Cuatro por cuatro, obra que llegó a ser finalista del Premio Herralde de Novela y que supuso su debut en la editorial Anagrama, donde desde entonces ha publicado títulos tan interesantes como Planeta equivocado, Cicatriz, Mala letra, Un incendio invisible o Cara de pan. A día de hoy es considerada como una de las voces más interesantes de su generación.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     ¿Por qué estabas allí, Viejo?, se atreve a preguntar al fin. No cree que no se lo quiera contar; más bien lo da por sabido, como si no hiciese falta explicarlo o hubiese olvidado hacerlo, pero Casi sí necesita que se lo explique, a pesar de que él la mira sin comprender –¿allí dónde?, dice– y ella tiene que concretar –en la clínica, ¿por qué estabas ingresado en esa clínica?–. El Viejo está sentado sobre la toalla, otra vez con su traje clarito, su traje ya limpio recién recogido de la tintorería y el pañuelo que sobresale del bolsillo de la chaqueta bien doblado. La mañana está desapacible, un viento frío agita las ramas de olmo siberiano, caen las hojas sobre ellos –día a día, hoja a hoja, el árbol se les está pelando encima–. El Viejo está pensando y ella se teme que ahora le dé largas, que finalmente no haya sido una cuestión de olvido, sino una ocultación premeditada. Pero el Viejo al fin habla y dice que la culpa fue de los policías de la mente, no suya, él no hizo nada para que tuvieran que encerrarlo. Él estaba feliz haciendo su trabajo, por aquel entonces trabajaba en la reserva de pájaros, ¿se acuerda Casi de la reserva? Pero la policía de la mente no perdona la felicidad a los que son como él, los que no tienen una madre y un padre como todo el mundo, ¡sino una madre y un padre-abuelo en uno!
         […]
       Un día se echa a llorar de pronto, inesperadamente, y el Viejo la toma en su regazo. La intimidad física que se crea en ese momento –repentina, espontánea– es nueva para ellos, y hace que los dos estén incómodos. Sin embargo, permanecen en la misma postura varios minutos, acompasando sus respiraciones, y él le pasa las manos por el pelo –sus primeras caricias– mientras ella deja caer sus brazos en las piernas de él, y su cabeza en la barriga de él. El Viejo no le pregunta por qué llora. Una pregunta así es superflua: uno debería ser capaz de intuirlo. Casi tampoco se esfuerza en dar explicaciones. Sabe que él no las espera. Es esa calma, solamente esa calma, pausada por el canto de un herrerillo –es lo único que dice el Viejo: ¿oyes?, un herrerillo–, y el aire frío, el invierno acercándose, el viento como síntoma de la amenaza.

 

“Viejas historias de Castilla la Vieja”, de Miguel Delibes

 Los diecisiete relatos que forman estas Viejas historias de Castilla la Vieja se publicaron por primera vez en 1960, junto con una serie de grabados de Jaume Pla, con el título de Castilla. Posteriormente la editorial Lumen los publicaría, ya con su título definitivo, en 1964.

Víctor García de la Concha nos dice, en el Prólogo del tomo III de las Obras completas, Ediciones Destino, de Miguel Delibes, lo siguiente sobre esta extraordinaria obra del escritor vallisoletano:

«Viejas historias de Castilla la Vieja se sitúa en un espacio intermedio entre el cuento y la novela: el espacio de las memorias particulares. Es el discurso que hace “el Isidoro”, un hombre de pueblo que regresa a él tras cuarenta y ocho años de ausencia en Panamá. A lo largo del discurso van quedando diseminados datos que permiten recomponer su historia hasta ese momento. Hijo de labradores relativamente acomodados, su padre que, aunque rudo, tiene una veta ocasional de pensador y al que, por su costumbre de subir a la meseta del páramo, llaman en el pueblo “Mahoma”, quiere darle estudios y, así, en 1905 lo manda a un colegio de la ciudad para que haga el bachillerato. Profesores y alumnos lo consideran de pueblo –“llevas el pueblo escrito en la cara”, le espeta un profesor–, lo que le hace avergonzarse y tratar de evitarlo. Cuando vuelve al pueblo le gusta, por el contrario, que los compañeros le digan que “va cogiendo andares de señoritingo”. Pero en su relato confiesa que desde chico notaba en el interior “un anhelo exclusivamente contemplativo” y tal vez por eso nunca la interesó el colegio, y despreció la petulancia de los profesores y sus explicaciones. Cuando preguntaban por lo que realmente le importaba –algunos fenómenos geológicos de su pueblo, en concreto– las respuestas le parecían vacías abstracciones: él quería simplemente que le “respondieran en cristiano”. Un día que su padre vino a visitarle, el profesor le desengañó: “De aquí no sacaremos nada; lleva el pueblo escrito en la cara.”

Un día de verano, al cumplir catorce años, el padre lo subió con él al páramo, y a solas, sin testigos, le preguntó si definitivamente quería estudiar o no. La respuesta fue negativa. “Y trabajar en el campo?” Responder de nuevo que no, le costó un buen castigo: ”Me sacudió el polvo en forma y, ya en casa, soltó al Coqui y me tuvo cuarenta y ocho horas amarrado a la cadena del perro sin comer y beber.”

Así que, como dirá después, “en cuanto pude, me largué” del pueblo.»

Sin embargo, el emigrante pronto se da cuenta de que en la gran ciudad no se atan los perros con longanizas. Descubre que ya no le mortificaba ser de pueblo y hasta empieza a añorar las cosas de su humilde aldea.

     «Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro.»

Delibes nos presenta en estas Viejas historias de Castilla la Vieja una visión del medio rural castellano que conocía de primera mano, ya que son hechos y situaciones que vivió durante su infancia y adolescencia. Son pequeñas historias llenas de ironía, lirismo y sensibilidad, de las que se desprende una gran amor por unas formas de vida hoy casi desaparecidas y que tan bien conocía el escritor vallisoletano. Los protagonistas de estas historias son personajes sencillos con una fuerte vinculación a la tierra que les vio nacer.

Viejas historias de Castilla la Vieja es un libro magistralmente escrito, con un lenguaje vivo y sencillo, y que contiene hermosas estampas del campo castellano.

Un libro muy recomendable. El propio autor lo ha señalado como unos de sus libros preferidos:

«A lomos del idioma y de los grabados de Pla recogí en cincuenta páginas la Castilla que me gustaba de la mitad del siglo XX, una Castilla estática, que no cambiaba, siquiera los propios castellanos tampoco parecieran desearlo. Simplemente vivían: trabajaban, se enamoraban, celebraban pequeñas fiestas y no aspiraban a más. Tan pronto terminé aquellas historias –en apenas una semana– advertí una cosa: aquel medio centenar de páginas decían más que ningún otro libro mío sobre lo que era Castilla y lo que eran los castellanos. El paisaje árido, sus habitantes, las costumbres, los secretos del campo, las siembras de año y vez… cabían en cuatro líneas y no necesitaban mayor explicación. Entonces concluí que Viejas historias de Castilla la Vieja era mi obra preferida por su limpio perfil de Castilla, y tan sólo cuando nacieron más tarde Los santos inocentes, y El hereje apelé al viejo truco de dividir mis obras en breves, medianas y largas. De las primeras, Viejas historias de Castilla la Vieja era la más representativa; Los santos inocentes lo era de las segundas y, finalmente, lo era El hereje de las novelas largas. Una manera de no dejar nada en el tintero y todos contentos.» 

    Nota del autor en la edición de sus Obras completas, Ediciones Destino, 2007

SINOPSIS

Hay una manera de ser de pueblo como hay una manera de ser de ciudad. En la ciudad las cosas cambian de prisa; los altos edificios, las luces y los automóviles que no cesan, esconden como pueden el apresuramiento atontado de la multidud, los gozos –si los hay– y las penas, si te paras a pensar. Una ciudad pesa tanto que da pavor pensar en ella. El pueblo está ahí, sumiso, apagado, mezclándose cada vez más con el color de la tierra. ¿Que han pasado cuarenta y ocho años y vuelves de las Américas? ¿Y qué? En Castilla no se cuenta por años sino por siglos, y allí estarán esperándote, todo igual, las casas, los árboles, los campos agotados, las gentes envejecidas, el arroyo que pasa entre cañizos y el polvillo de la trilla pegado a los muros.

     «El páramo es una inmensidad desolada y, el día que en el cielo hay nubes, la tierra parece el cielo y el cielo la tierra, tan desamueblado e inhóspito es. Cuando yo era chaval, el páramo no tenía principio ni fin, ni había hitos en él, ni jalones de referencia. Era una cosa tan ardua y abierta que sólo de mirarle se fatigaban los ojos. Luego, cuando trajeron la luz de Navalejos, se alzaron en él los postes como gigantes escuálidos y, en invierno, los chicos, si no teníamos mejor cosa que hacer, subíamos a romper las jarrillas con los tiragomas.»

La precisión, riqueza y naturalidad de la prosa, un profundo conocimiento del medio humano y del entorno geográfico de los pueblos de la Meseta, la combinación de distanciamiento irónico y simpatía profunda hacia el mundo rural se funden en las prodigiosas estampas contenidas en “Viejas historias de Castilla la Vieja”. Un emigrante regresa a su aldea tras una larga ausencia y rememora la vida de un pueblo castellano de principios del siglo XX: por una parte, estancamiento, rutina, superstición, atraso, pobreza; por otra, sensación de arraigo y pertenencia, relaciones comunitarias, contacto inmediato con vínculos primarios.

MIGUEL DELIBES

miguel_delibes2_0Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) se dio a conocer como novelista con La sombra del ciprés es alargada, Premio Nadal 1947. Entre su vasta obra narrativa destacan Mi idolatrado hijo Sisí, El camino, Las ratas, Cinco horas con Mario, Las guerras de nuestros antepasados, El disputado voto del señor Cayo, Los santos inocentes, Señora de rojo sobre fondo gris o El hereje. Fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura (1955), el Premio de la Crítica (1962), el Premio Nacional de las Letras (1991) y el Premio Cervantes de Literatura (1993). Desde 1973 era miembro de la Real Academia    Española.

  • Más sobre Delibes y su obra en Fundación Miguel Delibes

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     El día que me largué, las Mellizas dormían juntas en la vieja cama de hierro y, al besarlas en la frente, la Clara, que sólo dormía con un ojo y me miraba con el otro, azul, patéticamente inmóvil, rebulló y los muelles chirriaron, como si también quisieran despedirme. A Padre no le dije nada, ni hice por verle, porque me había advertido: «Si te marchas, hazte a la idea de que no me has conocido». Y yo me hice a la idea desde el principio y amén. Y después de toparme con el Aniano, bajo el chopo del Elicio, tomé el camino de Pozal de la Culebra, con el hato al hombro y charlando con el Cosario de cosas insustanciales, porque en mi pueblo no se da demasiada importancia a las cosas y si uno se va, ya volverá; y si uno enferma, ya sanará; y si no sana, que se muera y que le entierren. Después de todo, el pueblo permanece y algo queda de uno agarrado a los cuetos, los chopos y los rastrojos. En las ciudades se muere uno del todo; en los pueblos, no; y la carne y los huesos de uno se hacen tierra, y si los trigos y las cebadas, los cuervos y las urracas medran y se reproducen es porque uno les dio su sangre y su calor y nada más.

[…]
     Y de eso —de tesos— no andamos mal en mi pueblo, pues aparte el páramo de Lahoces, tenemos el Cerro Fortuna, el Otero del Cristo, la Lanzadera, el Cueto Pintao y la Mesa de los Muertos. Este de la Mesa de los Muertos también tiene sus particularidades y su leyenda. Pero iba a hablar de las tierras de mi pueblo que se dominan, como desde un mirador, desde el Cerro Fortuna. Bien mirado, la vista desde allí es como el mar, un mar gris y violáceo en invierno, un mar verde en primavera, un mar amarillo en verano y un mar ocre en otoño, pero siempre un mar. Y de ese mar, mal que bien, comíamos todos en mi pueblo. Padre decía a menudo: «Castilla no da un chusco para cada castellano», pero en casa comíamos más de un chusco y yo, la verdad por delante, jamás me pregunté, hasta que no me vi allá, quién quedaría sin chusco en mi pueblo. Y no es que Padre fuese rico, pero ya se sabe que el tuerto es el rey en el país de los ciegos y Padre tenía voto de compromisario por aquello de la contribución. Y, a propósito de tuertos, debo aclarar que las argayas de los trigos de mi pueblo son tan fuertes y aguzadas que a partir de mayo se prohíbe a las criaturas salir al campo por temor a que se cieguen. Y esto no es un capricho, supuesto que el Felisín, el chico del Domiciano, perdió un ojo por esta causa y otro tanto le sucedió a la cabra del tío Bolívar. Fuera de esto, mi pueblo no encerraba más peligros que los comunes, pero el más temido por todos era el cielo. El cielo a veces enrasaba y no aparecía una nube en cuatro meses y, cuando la nube llegaba al fin, traía piedra en su vientre y acostaba las mieses. Otras veces, el cielo traía hielo en mayo, y los cereales, de no soplar el norte con la aurora que arrastrara la friura, se quemaban sin remedio. Otras veces, el agua era excesiva y los campos se anegaban arrastrando las semillas. Otras, era el sol quien calentaba a destiempo, mucho en marzo, poco en mayo, y les espigas encañaban mal y granaban peor. Incluso una vez, el año de los nublados, el trigo se perdió en la era, ya recogido, porque no hubo día sin agua y la cosecha no secó y no se pudo trillar. Total, que en mi pueblo, en tanto el trigo no estuviera triturado, no se fiaban y se pasaban el día mirando al cielo y haciendo cábalas y recordaban la cosecha del noventa y ocho como una buena cosecha y desde entonces era su referencia y decían: «Este año no cosechamos ni el cincuenta por ciento que el noventa y ocho». O bien: «Este año la cosecha viene bien, pero no alcanzará ni con mucho a la del noventa y ocho». O bien: «Con coger dos partes de la del noventa y ocho ya podemos darnos por contentos». En suma, en mi pueblo los hombres miran al cielo más que a la tierra, porque aunque a ésta la mimen, la surquen, la levanten, la peinen, la ariquen y la escarden, en definitiva lo que haya de venir vendrá del cielo. Lo que ocurre es que los hombres de mi pueblo afanan para que un buen orden en los elementos atmosféricos no les coja un día desprevenidos; es decir, por un por si acaso. 
[…]
     Y cuando llegué al pueblo advertí que sólo los hombres habían mudado pero lo esencial permanecía, y si Ponciano era el hijo del Ponciano, y Tadeo el hijo del tío Tadeo, y el Antonio el nieto del Antonio, el arroyo Moradillo continuaba discurriendo por el mismo cauce entre carrizos y espadañas, y en el atajo de la Viuda no eché en falta ni una sola revuelta, y también estaban allí, firmes contra el tiempo, los tres almendros del Ponciano, y los tres almendros del Olimpio, y el chopo del Elicio, y el palomar de la tía Zenona, y el Cerro Fortuna, y el soto de los Encapuchados, y la Pimpollada, y las Piedras Negras, y la Lanzadera por donde bajaban en agosto los perdigones a los rastrojos, y la nogala de la tía Bibiana, y los Enamorados, y la Fuente de la Salud, y el Cerro Pintao, y los Siete Sacramentos, y el Otero del Cristo, y la Cruz de la Sisinia, y el majuelo del tío Saturio, donde encamaba el matacán, y la Mesa de los Muertos. Todo estaba tal y como lo dejé, con el polvillo de la última trilla agarrado aún a los muros de adobe de las casas y a las bardas de los corrales. Y ya en casa, las Mellizas dormían juntas en la vieja cama de hierro, y ambas tenían ya el cabello blanco, pero la Clara, que sólo dormía con un ojo, seguía mirándome con el otro, inexpresivo, patéticamente azul. Y al besarlas en la frente se la despertó a la Clara el otro ojo y se cubrió instintivamente el escote con el embozo y me dijo: «¿Quién es usted?». Y yo la sonreí y la dije: «¿Es que no me conoces? El Isidoro». Ella me midió de arriba abajo y, al fin, me dijo: «Estás más viejo». Y yo la dije: «Tú estás más crecida». Y como si nos hubiéremos puesto de acuerdo, los dos rompimos a reír.

“La ruta”, de Arturo Barea

    «Durante los primeros veinticinco años de este siglo Marruecos no fue más que un campo de batalla, un burdel y una taberna inmensos.»

La ruta es la segunda parte de la trilogía La forja de un rebelde, de Arturo Barea, que se compone de tres novelas autobiográficas: La forja, La ruta y La llama. El primer tomo cubre su infancia y juventud; el segundo, sus primeras experiencias literarias y, sobre todo, su servicio militar en Marruecos; el tercer tomo, por último, trata del período justamente anterior a la guerra civil y de la misma.

La forja de un rebelde no apareció inicialmente en español, sino en inglés. El libro fue publicado durante el exilio de Barea en Londres, a causa de la guerra civil española, en tres tomos, entre 1941 y 1946. La primera versión de la trilogía en castellano no salió hasta 1951, en la editorial Losada de Buenos Aires, que publicó los tres tomos por separado.

La trilogía fue aclamada como «obra maestra» y «contribución invalorable para nuestro conocimiento de la España moderna, así como libro de enorme mérito literario». En particular, Bertram Wolfe alabó «su sinceridad excepcional y su franqueza inquebrantable», considerándola como «una de las grandes autobiografías del siglo XX».

La forja de un rebelde no sólo se ha convertido en la obra maestra de Barea, sino en uno de los testimonios más estremecedores que se hayan escrito sobre la guerra civil española y sus antecedentes inmediatos.

«La forja de un rebelde es tan esencial para entender la España del siglo XX, como indispensable es la lectura de Tolstói para comprender la Rusia del siglo XIX».The Daily Telegraph

En el año 1990, La forja de un rebelde fue adaptada para la pequeña pantalla con el mismo nombre por el director de cine Mario Camus.

Miniserie de TV de 6 capítulos. Cuenta la historia de uno de los vencidos de la Guerra Civil (1936-1939), el socialista y republicano Arturo Barea, hijo de una lavandera, que pasó 18 años en el exilio sin poder regresar a España. El relato es un homenaje a las víctimas del franquismo.

Después de La forja apareció, en 1943, La ruta, la segunda parte de la trilogía, en la que Barea cuenta sus primeros inicios literarios y, sobre todo, sus experiencias en la guerra de Marruecos. La novela finaliza con su vuelta a Madrid, una vez licenciado

La ruta se inicia con su llegada a África en junio de 1920, donde le destinaron como sargento. Después de la terrible derrota de Annual en 1921, Arturo participó en la recogida y entierro de cadáveres, una experiencia que le marcaría para siempre.

    «Los libros de historia lo llaman el Desastre de Melilla o la Derrota española de 1921; dan lo que se llama los hechos históricos. No sé nada de ellos, con excepción de lo que leí después en estos libros. Lo que yo conozco es parte de la historia nunca escrita, que creó una tradición en las masas del pueblo, infinitamente más poderosa que la tradición oficial. Los periódicos que yo leí mucho más tarde describían una columna de socorro que había embarcado en el puerto de Ceuta, llena de fervor patriótico, para liberar Melilla. […]

    Yo no puedo contar la historia de Melilla de julio de 1921. Estuve allí, pero no sé dónde; en alguna parte, en medio de tiros de fusil, cañonazos, rociadas de ametralladora, sudando, gritando, corriendo, durmiendo sobre piedra o sobre arena, pero sobre todo vomitando sin cesar, oliendo a cadáver, encontrando a cada nuevo paso un nuevo muerto, más horrible que todos los vistos hasta el momento antes.»

En esta etapa en Marruecos también contrajo el tifus, el cual le dejó de por vida con un corazón debilitado. Después de haber participado en un total de 81 operaciones, y haber sido condecorado en dos ocasiones, Barea dejó el ejército en 1924 como oficial de reserva. Ese mismo año se casó con Aurelia Grimaldos, con la cual tuvo cuatro hijos. En esta época, Barea volvió a trabajar en el sector de las patentes. La naturaleza infeliz de su matrimonio le hizo dedicar cada vez más tiempo a su trabajo. Se convirtió así en director técnico de una de las empresas de patentes más importantes de España, lo cual le permitió gozar de una situación económica acomodada.

Sus peripecias en tierras africanas dejaron una profunda huella en el escritor nacido en Badajoz. Barea se muestra en esta buena novela abiertamente contrario a la guerra que se litigaba en Marruecos, a la vez que denuncia la corrupción de los militares al mando del ejercito expedicionario.

    «¿Por qué tenemos nosotros que luchar contra los moros? ¿Por qué tenemos que “civilizarlos” si no quieren ser civilizados? ¿Civilizarlos a ellos, nosotros? ¿Nosotros, los de Castilla, de Andalucía, de las montañas de Gerona, que no sabemos leer ni escribir? Tonterías. ¿Quién nos civiliza a nosotros? Nuestros pueblos no tienen escuelas, las casas son de adobe, dormimos con la ropa puesta, en un camastro de tres tablas en la cuadra, al lado de las mulas, para estar calientes. Comemos una cebolla y un mendrugo de pan al amanecer y nos vamos a trabajar en los campos de sol a sol. A mediodía comemos un gazpacho, un revuelto de aceite, vinagre, sal, agua y pan. A la noche nos comemos unos garbanzos o unas patatas cocidas con un trozo de bacalao. Reventamos de hambre y de miseria. El amo nos roba y, si nos quejamos, la Guardia Civil nos muele a palos. Si yo no me hubiera presentado en el cuartel de la Guardia Civil cuando me tocó ser soldado, me hubieran dado una paliza. Me hubieran traído a la fuerza y me hubieran tenido aquí tres años más. Y mañana me van a matar. ¿O voy a ser yo el que mate?»

SINOPSIS

En La ruta, Arturo Barea se centra en sus años pasados en Marruecos, cumpliendo el servicio militar. La guerra de Marruecos fue una traumática experiencia y, a la vez, una ocasión para la toma de conciencia social y política para una generación de españoles en los años previos a la Guerra Civil. La injusticia de que fueron las clases bajas las que aportaron la carne de cañón, por la posibilidad para los ricos de eludir el servicio militar a cambio de un pago en metálico, fue un aldabonazo en la conciencia de muchos jóvenes. Esa injusticia, y las duras condiciones de vida en África son el telón de fondo de la novela. La escasez y las enfermedades eran la compañía de los soldados. Arturo, el protagonista, se licencia por fin y emprende una nueva vida de civil en Madrid. Trabaja en una oficina de patentes industriales y trata de encontrar un ambiente a su gusto en los lugares de recreo de la ciudad. Aparecen también las tertulias literarias de los cafés más famosos de Madrid. La experiencia de Marruecos y el ambiente politizado de la capital hacen que aumente la inquietud política del personaje.

    «El ciego estalló en una carcajada aguda y convulsiva. […] Después extendió en círculo el brazo, como si quisiera abarcar el horizonte, y gritó:

    –¿Un camino llano? Yo siempre he caminado por la vereda. ¡Siempre, siempre!. No quiero que mis babuchas se escurran en sangre y este camino está lleno de sangre todo él. Lo veo. Y se volverá a llenar de sangre, ¡Otra vez y otra y cien veces más!»

ARTURO BAREA

Arturo Barea Ogazón. (Badajoz, 20 de septiembre de 1897 – Faringdon, 24 de diciembre de 1957). Escritor español autor de cuentos, novelas y ensayos y periodista y comunicador.

Estudia en las Escuelas Pías de San Fernando, pero deja los estudios a los trece años. Trabaja en un banco hasta 1914 y durante la guerra apoya al bando republicano realizando misiones de carácter cultural y propagandístico. Al finalizar la guerra civil se exilia a Inglaterra.

Todos sus libros fueron publicados en inglés y más tarde en castellano excepto su primera publicación Valor y miedo (1938), en el que relata cuentos de la Guerra Civil.

De 1941 a 1946 publica su obra más conocida, la trilogía The Forging of a Rebel, la cual escribe en Inglaterra en español y es traducida al inglés por su esposa Ilsa Barea. Es una autobiografía de su vida en la que narra su infancia y juventud y su experiencia en la Guerra de Marruecos y en la Guerra Civil. La publicación en español se produjo en el año 1951 en Buenos Aires bajo el nombre La forja de un rebelde y en 1978 se publicó en España. La trilogía consta de tres títulos La forja, La ruta y La llama.

En 1944 publica un ensayo sobre Federico García Lorca en inglés bajo el nombre Lorca, the Poet and his People y en 1956 se publica en castellano como Lorca, el poeta y su pueblo. En 1952 publica Unamuno, una biografía sobre el autor Miguel de Unamuno. En 1952 publica la novela The Broken Root, publicada en castellano en 1955 como La raíz rota, en la que aborda la frustración del exiliado y las consecuencias de la Guerra Civil.

Arturo Barea fallece en el 24 de diciembre de 1957 en Faringdon, un pueblo del condado de Oxford.

Póstumamente su esposa publica una colección de cuentos recopilados en un libro bajo el nombre El centro de la pista (1960). Más tarde se publica Palabras recobradas (2000) que reúne cartas, ensayos y artículos inéditos de Arturo Barea.

En 1990 Televisión Española emite La Forja de un rebelde, serie compuesta por 6 capítulos basada en sus novelas autobiográficas dirigida por Mario Camus.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     «Salí del cuarto del sargento al cuarto común. Al pasar a lo largo de los camastros, los hombres me miraban con ojos de perro curioso. A mitad de camino, uno de ellos se levantó obsequioso:

    —Si quiere usted mear, mi sargento, la lata está allí.

    En un rincón había una lata de petróleo. Más tarde me contaron la historia: los hombres la usaban para orinar, porque si no tenían que salir afuera. Cuando los ataques del enemigo eran muy frecuentes, la usaban para todo. Cuando la lata estaba llena, tenía que vaciarla fuera de la alambrada el que le tocaba el turno. Esto, frecuentemente, provocaba un tiro, algunas veces una baja, y entonces se perdía la lata. El primero que tenía necesidad de aliviarse podía elegir entre salir por la lata, que era seguro estaba cubierta por un «paco», o evacuar en alguna parte fuera de la alambrada, a su propio riesgo. En un sitio tal, donde pueden imponerse pocos castigos por faltas de disciplina, los castigos consistían en dobles guardias de noche, en tener que ir por agua al exterior, o en vaciar la lata de petróleo durante un cierto número de días. Así, la lata de petróleo y su contenido se había convertido en un símbolo de vida o muerte y en el tópico principal de comentario y conversación.» 

[…]

   «¿Que en qué pensamos? En la guerra los hombres se salvan por el hecho de que son incapaces de pensar. En la lucha, el hombre retrocede a sus orígenes y se convierte en animal de rebaño sin más instinto que el de autopreservación. Músculos que nadie usó por siglos resucitan. Las orejas se enderezan al silbido de un proyectil próximo; el vello se eriza en el momento exacto; se salta de lado como un mono o se tira uno de bruces en la única arruga de la tierra, justo a tiempo para evitar la bala que no se ha visto ni se ha oído. Pero ¿pensar? No. No se piensa. Durante estas retiradas en las cuales un hombre marcha tras otro como un sonámbulo, los nervios van calmándose poco a poco. Al fin no existe más que el ritmo pesado de los pies —¡y cómo pesan!—, el de las manos colgantes penduleando autómatas a tiempo con vuestros pies, y el del palpitar de un corazón que escucháis dentro de vosotros mismos y que marcha en ritmo con el corazón del hombre que va delante de vosotros, al cual no oías porque vuestro corazón hace demasiado ruido. Beber y dormir. Beber y dormir. El cerebro se os llena de un deseo de beber, de un deseo de dormir. En la oscuridad, sed y sueño cabalgan sobre el cuello de cien soldados en marcha, en cien cerebros vacíos.» 

[…]

     «Yo sabía la debilidad secreta de mi madre por contar un incidente histórico en la vida de mi padre:

   —Ande, cuéntenos la historia otra vez— le dije.

  —Pues… Todo ello pasó en el 83, cuando querían que volviera la República, un poco después de que coronaran a Alfonso XII. Y tu padre salvó el pellejo gracias a que se dormía como un tronco. En Badajoz los sargentos habían formado una junta y tu padre era el secretario. Iban a sacar las tropas a la calle una madrugada y tu padre se echó a dormir en el cuarto de los sargentos y dijo que le despertaran. No sé si le olvidaron o si no se despertó. Pero el general Martínez Campos, que mandaba entonces, se enteró del proyecto por algún soplón y cuando abrieron las puertas del cuartel para sacar los soldados a la calle, todos los sargentos fueron arrestados; se les formó consejo sumarísimo y se les fusiló. Y tu padre durmiendo como un bendito. No le pasó nada, porque ninguno de sus compañeros le denunció. Pero al general que estaba a la cabeza del levantamiento le ahorcaron… Creo que tu padre se hacía muchas ilusiones, porque si aquello hubiera salido bien, la República hubiera sido una república de generales y para eso lo mismo daba tener un rey.»

FUENTES

  • Townson, Nigel. Introducción de La forja. Barcelona, Debolsillo, 2019
  • Barea, Arturo. La ruta. Barcelona, Bibliotex, 2001

“La uruguaya”, de Pedro Mairal

    «Qué mujer más hermosa, qué demonio de fuego me brotó de adentro y se me trepó al instante en el árbol de la sangre. ¿Cómo te llamás? Magalí. Yo soy Lucas. Fuimos a buscar más cerveza.»

La uruguaya es una novela corta, del escritor argentino Pedro Mairal, publicada con gran éxito en Argentina en 2016. En 2017 se público en España, donde se ha alzado con el Premio Tigre Juan. La novela, que ha provocado el reconocimiento unánime de público y de crítica ha confirmado a su autor como uno de los más destacados narradores de la literatura argentina contemporánea.

El escritor argentino Lucas Pereyra, casado, padre de un hijo y en plena crisis existencial y matrimonial, viaja desde Buenos Aires hasta Montevideo para cobrar los anticipos de derechos de autor de dos contratos de libros que había firmado unos meses antes. Esto iba a permitirle saldar las deudas por los meses que había estado sin trabajar y dedicarse a escribir unos meses más, si controlaba los gastos. Allí también iba a reencontrarse con la joven Magalí Guerra, la uruguaya del título de la novela, que había conocido en un festival.

    «Nunca dejaba mi correo abierto. Jamás. Era muy muy cuidadoso con eso. Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea.»

Pero la historia, a pesar de ser atractiva, es lo que menos cuenta en esta novela, corta pero intensa. Lo que de verdad cuenta es lo extraordinariamente bien escrita que está, con un lenguaje directo y desenfadado que incluye términos y expresiones propias del país del autor. Una novela magnífica, entretenida y que se lee de un tirón. De lo mejor que he leído últimamente.

EMPIEZA A LEER LA NOVELA

SINOPSIS

Lucas Pereyra, un escritor recién entrado en la cuarentena, viaja de Buenos Aires a Montevideo para recoger un dinero que le han mandado desde el extranjero y que no puede recibir en su país debido a las restricciones cambiarias. Casado y con un hijo, no atraviesa su mejor momento, pero la perspectiva de pasar un día en otro país en compañía de una joven amiga es suficiente para animarle un poco. Una vez en Uruguay, las cosas no terminan de salir tal como las había planeado, así que a Lucas no le quedará más remedio que afrontar la realidad.

Narrada con una brillante voz en primera persona, La uruguaya es una divertida novela sobre una crisis conyugal que nos habla también de cómo, en algún punto de nuestras vidas, debemos enfrentarnos a las promesas que nos hacemos y que no cumplimos, a las diferencias entre aquello que somos y aquello que nos gustaría ser.

PEDRO MAIRAL

Pedro Mairal nació en Buenos Aires en 1970. Su novela Una noche con Sabrina Love recibió el Premio Clarín en 1998 y fue llevada al cine. Ha publicado también las novelas El año del desierto (2005) y Salvatierra (2008), el volumen de cuentos Hoy temprano (2001), y los libros de poesía Tigre como los pájaros (1996), Consumidor final (2003) y la trilogía Pornosonetos (2003, 2005 y 2008). En 2007 fue nombrado uno de los 39 mejores jóvenes escritores latinoamericanos por el Hay Festival de Bogotá. Trabaja como guionista y escribe para distintos medios de comunicación. En 2013 publicó El gran surubí, una novela en sonetos, y El equilibrio, una recopilación de las columnas que escribió durante cinco años para el diario Perfil. En 2015 publicó en Chile Maniobras de evasión, un libro de crónicas. Su última novela, La uruguaya, ha recibido en España el Premio Tigre Juan 2017 y lo ha confirmado como uno de los más destacados autores argentinos de su generación.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

    Nunca me cayeron bien los médicos hombres, con ese aire de grandullones con guardapolvo, escolares crónicos con gigantismo, los bravucones peludos de la clase, haciéndose los serios en la consulta , usando grandes palabras anatómicas, hipersexuados, libidinosos ni bien cierran la puerta del consultorio, cogiendo todos por ahí con enfermeras en ese doble fondo de las guardias, acceso restringido al personal, coitos de camilla, desenfrenos de rincón, entre tubos de oxígeno y carritos con material quirúrgico, guardapolvos disimulando erecciones, galenos con priapismo, grandes porongas doctas, reverenciadas, falos hipocráticos rodeados de conchitas dispuestas como mariposas rosadas en el aire, sátiros de blanco, con unas canas que hacen suspirar a la paciente y a ver si respirá profundo, otra vez, bien, levante un poco la blusa, respirá otra vez, muy bien… Hijos de puta, abusadores matacaballos, carniceros prepagos, sumando comisiones de cesáreas innecesarias, atrasando la operación para después de su semanita en Punta del Este, maltratadores seriales, ladrones del tiempo y la salud, ojalá les llegue un infierno eterno de sala de espera con revistas pegoteadas, aprovechadores parados en su columnata griega, te vas a aplicar la crema en el área pruriginosa, ¡hijo de un camión lleno de putas!, ¡el área pruriginosa!, por qué no decis «el lugar donde te pica», la concha de tu hermana, reverendo sorete grandilocuente.
      […]
     Nos faltaba el empujón. Los poquitos grados de fuerza para que se terminara de romper todo lo que estaba fisurado. ¿Se caía de maduro? No sé. Es cierto que teníamos que parar. Dejar de juntar bronca. Esas mañanas, por ejemplo, esos sábados o domingos cuando Maiko se despertaba a las siete y pedía su Nesquik y vos y yo empezábamos el concurso de ver quién se hacía más el dormido. Maiko insistía y alguno de los dos se levantaba con odio, le hacía el Nesquik, y también el café al otro, al remolón que se hacía el paralítico, el que no durmió lo suficiente, el que no puede, que necesita más horas de sueño, que sufre, pobrecito, la reputa que lo remil parió, y la reconcha de la lora. Maiko en la cocina ya en su reclamo gremial moviendo muebles, sillas, trepándose a la mesada, agarrando cuchillos, hay que estar, hay que mirarlo, hay que cuidar al enano borracho desde la madrugada, mientras el otro se envuelve entre las sábanas tibias, el otro se anula, se hace el que no existe, pero está ahí, haciéndose el desentendido en su gran traición. Entonces, vos o yo, el que se había levantado, lavaba los platos de la noche anterior haciendo la mayor cantidad de ruido posible para joder (te escuché hacerlo varias veces y yo también te lo hice) la sartén pegaba bandazos en la bacha, le hacíamos sonar como una campana de lata para despertar al horizontal, cucharas cayendo sobre el acero inoxidable que sonaba como un tambor, tintineo de vasos de vidrio a punto de partirse en mil astillas, castañeteo de platos de loza frágiles y blancos que daban ganas de estamparlos contra el piso como en un casamiento griego, hacer un smash karaoke como se hace en Japón, donde le ponen a la gente música fuerte en un cuarto con jarrones y televisores viejos y les dan un bate de béisbol para que rompan todo. Hacer mierda el juego de comedor, reventar los regalos de casamiento, el amor familiar, la lista, prender fuego Flox, dinamitar la casa y anticiparse ametrallando a los novios cuando saludan en el atrio como en una escena de El Padrino. Y el otro desde la cama: ¿Todo bien, amor? ¡Sí, todo bien! ¿Se rompió algo? No, no se rompió nada. ¿Qué querés? Decime qué querés. Quiero guerra, pensaba yo. Guerra contra vos. Pero no decía nada.

“Una auténtica ganga”, un relato de Jesús Carrasco

El 26 de abril del pasado año 2019, el escritor extremeño Jesús Carrasco Jaramillo participó en el Aula literaria Guadiana de Don Benito (Badajoz). Para tal ocasión el citado Aula presentó una edición no venal de un relato del escritor nacido en Olivenza, titulado Una auténtica ganga.

En dicho relato, Carrasco nos traslada a un pequeño pueblo situado en el suroeste de Extremadura. Allí Marcial, uno de los vecinos de la localidad que trata de ir tirando como puede, se enfrenta a la engorrosa tarea de vender la casa de su madre, recientemente fallecida, por un precio razonable.

     «Dos meses y medio después de que la anciana muriera, Marcial, su hijo mayor, colgó un cartel con un número de teléfono en la puerta de la que había sido la casa de su madre. Había usado un trozo de tabla laminada que le había sobrado de la reforma de su propia cocina. Una de esas maderas alargadas que se usan para tapar el hueco que queda entre la parte baja de los muebles y el suelo. Con un pincel barato que terminaría tirando al finalizar el trabajo, empezó a escribir “SE VENDE”, usando como modelo un rótulo que había impreso en un papel antes de salir de casa. Para la S inicial se molestó en imitar los grosores cambiantes de la tipografía e incluso dibujó con cuidado remates rectos en los extremos del trazo. La siguiente E todavía quería ser una letra de imprenta y, a partir de ahí, los demás caracteres fueron perdiendo progresivamente los atributos de molde por causa de la impaciencia. Se había convencido de que una buena venta empezaba por un buen cartel porque había escuchado en algún lugar que la primera impresión era la que quedaba. Pero viendo que imitar aquella tipografía le iba a llevar la mañana entera decidió que sería suficiente con que esa buena impresión se redujera a las primeras letras …»

Carrasco ha aprovechado esta narración para rendir un homenaje a la tierra donde están sus raíces y sitúa la historia en la localidad natal de la familia de su madre, «la blanca villa de Feria», el que fuera también territorio de su última novela, La tierra que pisamos. Aunque el nombre de la localidad pacense no aparezca explícitamente en el texto, sí aparecen referencias a topónimos locales que no dejan ningún lugar a dudas: el bar de Chamizo, el Castillo, la ermita de los Mártires, La Corredera…

El autor de Intemperie ha sabido reflejar muy bien la forma de ser, y hasta la forma de hablar de la gente de Feria, los llamados coritos, y nos ofrece un relato delicioso, salpicado de humor y lleno de buena escritura. Muy recomendable.

RELATO COMPLETO

      «Dos meses y medio después de que la anciana muriera, Marcial, su hijo mayor, colgó un cartel con un número de teléfono en la puerta de la que había sido la casa de su madre. Había usado un trozo de tabla laminada que le había sobrado de la reforma de su propia cocina. Una de esas maderas alargadas que se usan para tapar el hueco que queda entre la parte baja de los muebles y el suelo. Con un pincel barato que terminaría tirando al finalizar el trabajo, empezó a escribir “SE VENDE”, usando como modelo un rótulo que había impreso en un papel antes de salir de casa. Para la S inicial se molestó en imitar los grosores cambiantes de la tipografía e incluso dibujó con cuidado remates rectos en los extremos del trazo. La siguiente E todavía quería ser una letra de imprenta y, a partir de ahí, los demás caracteres fueron perdiendo progresivamente los atributos de molde por causa de la impaciencia. Se había convencido de que una buena venta empezaba por un buen cartel porque había escuchado en algún lugar que la primera impresión era la que quedaba. Pero viendo que imitar aquella tipografía le iba a llevar la mañana entera decidió que sería suficiente con que esa buena impresión se redujera a las primeras letras.
     Para cuando colgó aquel cartel, la casa ya había sido ofrecida, sin éxito, a todos los posibles interesados del pueblo. Había empezado por la familia, siguiendo un orden jerárquico que dictaba que la casa debía ser ofrecida primero a los parientes mayores más cercanos a la fallecida. Su tía Amalia, la única que quedaba en el pueblo, le dijo que no, que todavía estaba de luto por la muerte de su hermana pequeña. Tu madre ya me está esperando en el cementerio de los Mártires, le dijo: ¿Para qué quiero yo otra casa si ésta me va a sobrar dentro de nada? Dejó a la mujer murmurando en su cuartito de estar, manoseando las cuentas de su rosario bajo la falda de una mesa camilla en la que todavía ardía un brasero de picón. Siguió por los dos hijos de Amalia, sus primos. Al mayor se lo encontró en el bar de Chamizo, como cada día después de volver del campo. Marcial le habló de la casa y el primo le contó que la nueva nave para los cerdos que había construido el año año anterior le iba a tener entrampado durante los siguientes doce años y, de paso, le pidió que rezara porque el precio del jamón no siguiera cayendo como lo estaba haciendo. ¿Tú sabes que los chinos ya están haciendo jamón ibérico? Marcial salió del bar rogándole a Dios que respetara los precios del cerdo negro y que, por nada del mundo, permitiera que los chinos los criaran. A su primo pequeño se lo encontró a la mañana siguiente tratando de arrancar su moto junto a la puerta del ayuntamiento. Antes de que Marcial le dijera nada, el primo se adelantó y le dijo que estaba al tanto de lo de la casa por su hermano y por su madre y, de paso, le advirtió de que le iba a costar encontrar comprador, que la casa estaba en muy malas condiciones y que tendría que hacerle una buena reforma si quería deshacerse de ella. Precisamente salgo de una reunión con el alcalde por otro asunto, le dijo, y me ha hablado de unas subvenciones que da la Diputación para fomentar el turismo rural del pueblo. En cuanto se muera mi madre, es los que voy a hacer yo, coger la subvención y sacarme unas perras con los forasteros. Por cierto, ¿cuánto pides por la casa? Seis mil euros, le dijo, y como el primo se llevó las manos a la cabeza se apresuró a aclarar que si él la quería se la dejaba en cuatro mil.
     Lo intentó entonces con los vecinos, siguiendo también un orden no escrito que esta vez dictaba que debía empezar por los más próximos a la casa en venta. A Carmen, la vecina contigua, la buscó el primer domingo de agosto al salir de misa. Carmen, uniendo tu casa con la de mi madre te sale una mansión. Si la quieres yo mismo te hago una puerta para comunicarlas. Voy un sábado por la mañana, abro el hueco y me llevo los escombros. Marcial, le dijo Carmen, ya sabes que yo solo paso en el pueblo el mes de agosto. Con la casa que tengo me apaño. Tampoco el vecino de enfrente estaba interesado, ni ninguno de la misma calle ni del callejón trasero. Nadie quería comprar aquella especie de cueva de muros gruesos y ventanas como ojos de buey, con los suelos de pizarra y la vieja cuadra convertida en cocina. Las habitaciones eran pequeñas, ninguna ventana cerraba bien y había un patio en la parte trasera que tenía una cochineras viejas que había que derribar porque ocupaban la mayor parte del espacio. En el tejado los jaramagos prosperaban sin que nadie se lo impidiera y las golondrinas habían llenado los aleros con sus nidos de barro y la fachada con manchas de excrementos blanquecinos. Tampoco la antena de televisión era útil. La anciana solo sintonizaba los dos canales públicos que había visto durante toda su vida.
     Los pocos vecinos del pueblo que se habían acercado a ver la casa, casi todas mujeres, lo hicieron, no tanto porque quisieran comprarla, sino por ver cómo la tenía la anciana por dentro. La visitaban de dos en dos prestándole más atención a las fotos que todavía colgaban de las paredes que a la distribución o a la calidad de la obra. Esta es de cuando se casó la pobre. Si me acuerdo yo de aquel día. Menudo convite, llegó a decir una con sorna, porque tu madre era generosa como ella sola. El hijo aprovechaba las visitas para abrir las ventanas y las puertas durante un rato y para recoger del suelo las cartas del banco o los recibos de la contribución municipal. Las mujeres recorrían las habitaciones a sus anchas, subían al doblado y, cuando bajaban preguntaban por el precio de venta, que ya todo el pueblo conocía, y le decían al hijo que seis mil euros eran un dineral porque la casa había que derribarla. Luego se alejaban calle arriba, cuchicheando como unas adolescentes que hubieran visto el miembro rosado de un exhibicionista.

                                                Fotografía de Justa Tejada

     Tuvieron que pasar el otoño y el invierno para que, a la primavera siguiente, alguien llamara por fin al número de teléfono. Era un sábado por la mañana de principios de marzo y, a esa hora, el hijo estaba en el campo fumigando los olivos con el tractor. Paró el motor y cogió la llamada. Al otro lado la voz de un hombre joven le dijo que estaba en ese mismo momento frente a la puerta de la casa en venta y que le gustaría verla. El hijo intentó demorar la vista un par de horas, pero la voz al otro lado le contó que estaba de paso y que no volvería al pueblo, así que Marcial plegó el apero de fumigar, se puso en marcha y veinte minutos después estaba aparcando en la parte baja de la calle, detrás de un todoterreno blanco que no había visto nunca.
     Cuando llegó a la puerta se encontró con una pareja más o menos de su edad, una niña de unos siete u ocho años y un galgo con un pañuelo rojo anudado al cuello.
     ¿Fernando?, preguntó el recién llegado ofreciendo su mano al desconocido, soy Marcial.
     Esta es Mónica, mi compañera. Esta pequeñina es Nagore y ese granuja de ahí, Tongo.
     Marcial le dio la mano con fuerza a la mujer, le sonrió forzadamente a la niña y, a continuación, se sacó del bolsillo un juego con dos llaves. El día era soleado y la claridad rebotaba en las fachadas encaladas obligándoles a entrecerrar los ojos. Marcial agarró el pomo con una mano, introdujo la llave en la cerradura y trató de girarla.
     Es un pueblo súper bonito, dijo Fernando a su espalda. Hemos estado dando una vuelta por el castillo y luego hemos visitado una ermita que tiene unos columpios como muy antiguos al lado del cementerio.
     Los Mártires será, respondió el hombre mientras seguía forzando la llave.
     A veces cuesta abrirla, pero con un poco de aceite va como la seda. Tengo que tener yo grasa en el tractor.
    También hemos estado paseando por una plaza preciosa que hay ahí arriba, dijo la mujer. Una así como muy alargada.
     Sí, bueno. La Corredera la llamamos. Es el único sitio llano del pueblo. Todo lo demás ya veis que está en cuesta, dijo justo cuando la llave finalmente giraba.
     La niña había estado todo el tiempo cogida a la pierna de su madre viendo como aquel desconocido forcejeaba con la puerta.
      Bueno, vamos allá, dijo el hombre. A ver qué os parece la casa. Empujó la puerta, pero no se abrió.
     ¡La puta puerta de los cojones!, dijo.
     La pareja se sobresaltó e, instintivamente, buscaron los ojos de la niña que seguía agarrada a la pierna de su madre.
    Echaros un poco para atrás, hacedme el favor, les pidió.
    La familia se retiró un par de pasos y el hombre, agarrado al pomo, cogió impulso y lanzó todo el peso de su cuerpo contra la pequeña hoja. La chapa de metal cedió con un chirrido y el hombre entró a trompicones en la casa como si acabara de meter un estoque hasta el corvejón.
     Su puta madre, le oyeron decir desde el interior y luego, entrad, entrad.

                                       Fotografía de Manuel Sayago

     El paso brusco de la calle refulgente al espacio interior contrajo sus pupilas y, durante unos segundos, se sintieron flotar en medio del vacío. Olía a papel húmedo y a comida en mal estado y sus caras se arrugaron. Fernando apretó con fuerza la mano de Mónica en un gesto en el que mezclaban el desagrado y la intuición de que no iban a sacar nada en claro de aquella visita, que allí la energía estaba estancada y no fluía. Pero a medida que sus pupilas se empezaron a relajar y fueron revelándose los detalles del lugar, sus manos se aflojaron y sus rostros pasaron a expresar un asombro infantil, como si fueran los primeros visitantes de una cueva prehistórica repleta de bisontes y de figuras de cazadores a la carrera.
     Voy a abrir la puerta del corral para que veáis mejor, dijo Marcial. La luz está dada de baja porque, con la casa vacía, es un derroche de dinero.
    El hombre descendió por el pasillo que caía hacia el patio posterior mientras los visitantes continuaban admirando en silencio las vigas de madera del techo, el viejo fogón, profundo y tan alto como para que cupieran de pie. Recovecos, alacenas, una escalera subiendo a quién sabe qué prometedora buhardilla y hasta lo que les pareció el brocal de un pozo junto a una de las paredes. Se acercaron para comprobar que lo que acababan de ver era cierto y pasaron la mano por el piedra de granito y cuando levantaron la tapa de madera para asomarse al interior sintieron la humedad subir por sus rostros maravillados.
     A ese pozo se le mete escombro y se ciega sin problemas, dijo el vendedor a sus espaldas llegando desde el corral. Yo mismo los traigo con el tractor. Antes, como no había agua corriente, algunas casas tenían sus propios pozos, pero ahora son un peligro para los niños dijo buscando a la pequeña, que había desaparecido junto al perro.
    Lo mejor que tiene la casa es que está muy bien pintada. A mi madre le gustaba mucho que la casa estuviera siempre pintada porque decía que se limpiaba mejor, la pobre.
    En las paredes brillaban, superpuestas, incontables capas de pintura ocre bajo las cuales quedaban atemperadas las rugosidades de la obra primigenia, los ladrillos de los arcos y olas bóvedas y las maderas empotradas de antiguos dinteles.
     Siempre estaba la mujer con un paño. Qué limpia era.
    Esta era la cocina antigua, les dijo señalando al fogón. Fíjate que todavía está el gancho del que colgaban los peroles. Mi madre no tiraba nada.
     La pareja no salía de su asombro. Aquello era un sueño que ya se veían rehabilitando.
    El suelo no está derecho, dijo la niña, que acababa de aparecer seguida por el perro.
    Los padres, todavía sin palabras, miraron al suelo que, en aquella parte de la casa, era de cemento vivo. Unas estrías cruzaban de lado a lado aquella especie de arroyo gris que se vertía desde la puerta principal a la trasera abriéndose paso entre las redondeadas losas de pizarra.
     El dueño les contó que casi todas las casas antiguas del pueblo eran así. Las nuevas ya no. Ahora, con las máquinas que hay, la gente deja los solares llanos, pero cuando se hicieron estas casas viejas no había cojones de picar toda la pizarra que hay aquí debajo.
     La pareja buscó a su hija para ver si había escuchado lo que el hombre acababa de decir pero la niña ya se había ido otra vez detrás del perro.
     Este cemento se levanta muy fácilmente con un martillo neumático.
     A mí me encanta el suelo así, como industrial, le susurró Mónica a Fernando.
     Marcial se acercó a la puerta de la calle y simuló que tiraba del ronzal de una caballería imaginaria. Por aquí entraban las bestias, por eso el suelo tiene rayas, aclaró. Para que no perdieran pezuña. Mis padres tuvieron burro, como quien dice, hasta ayer. Lo entraba el hombre por aquí cuando llegaba del campo y lo llevaba hasta el corral. Con el puño cerrado a la altura de la cabeza de su burro invisible, el hombre descendió el pasillo seguido por los visitantes y así llegaron a la cocina donde al hombre solo le faltó palmear al aire contra la grupa imaginaria del burro de su padre que, quizá en su imaginación, salió por la puerta del corral donde ya le esperaban el pienso y el agua.
     La cocina era una habitación de techo abovedado con pesebres adosados a los muros. Sobre ellos la vieja había colocado unas tablas forradas de hule en las que descansaban una hornilla de gas y el escurreplatos. Colgaban de las paredes cazos de cobre y algún perol oscuro y también ramos de tomillo seco y una ristra de pimientos choriceros.
     Cuando mi padre se puso malo y dejó de ir al campo, vendieron el burro y pusieron aquí la cocina. No os asustéis, esto se tira todo y se hace aquí una casa en condiciones. Lo malo es que el ayuntamiento no deja que se caigan las bóvedas, que son típicas de este pueblo. Pero vamos, la gente las aguanta un tiempo y una noche les quitan tres o cuatro puntales y después de un invierno de tormentas se cae el techo y a ver quién va a decir nada. Yo mismo vengo con el remolque y la pala y os dejo el solar limpio por cuatro perras. Y de paso cegáis el pozo.
     No hará falta, dijo Fernando. La casa es bonita así, como está.
     El hombre se detuvo y, durante un par de segundos se quedó callado con la mirada perdida.
    Bonita, hombre, depende de como se mire. A mí me gusta porque es la casa en la que mi madre ha vivido los últimos cuarenta años pero tiene sus inconvenientes. Se quedó de nuevo en silencio, ponderando lo que iba a decir.
     Mira, Fernando, yo no quiero engañaros. La casa está muy vieja y si luego tenéis problemas no quiero que vengáis a pedirme cuentas a mí. Yo no sé si os interesa o para qué la querríais pero lo que es seguro es que hay que arreglarla. Si no queréis, no la tiréis, pero esta cocina, por ejemplo, habría que hacerla entera.
     Pues yo pienso lo contrario, dijo Mónica. Esta cocina es una maravilla. Lo que hay que hacer es sacar los materiales originales, convertir los pesebres en espacios de trabajo y, sobre todo, picar toda la pintura acumulada.
     El hombre hizo un gesto de desaprobación.
    Pero mujer, cómo vas a quitar la pintura, con la de capas que tiene. Tú sabes la mierda que sueltan estas paredes. Me acuerdo yo de niño que siempre había arena en las lentejas porque se deshacían las juntas de los ladrillos del techo. Por eso empezaron mis padres a pintar la casa. Hazme caso, te lo digo yo que hago chapuzas los fines de semana. Lo que más me piden es que tape los ladrillos con yeso o con cemento y deje las paredes lisas. Y luego pintura, cuanta más mejor.
     Escucharon el sonido de una moto petardeando en la puerta de la casa y luego una voz que llamaba al dueño. El hombre salió de la cocina sin excusarse dejando solos a los visitantes que, inmediatamente, cruzaron sus miradas. Desde la puerta principal llegaban fragmentos de la conversación que el dueño estaba manteniendo con el visitante. El ruido del motor impedía una escucha clara pero, aún así, distinguieron las palabras “forasteros”, “matrimonio” y “galgo”.

                                              Fotografía de Manuel Sayago

     La pareja aprovechó la ausencia del dueño para intercambiar opiniones en voz baja.
    ¿Pero tú has visto esas maderas? ¿Y las losas de pizarra del suelo? ¿Y qué me dices de los pesebres, por Dios? Son súper monos. Tiramos este tabique, aquí puede ir la cocina, con la campana por aquí, dijo Mónica señalando con el dedo el recorrido del futuro tubo contra la pared. Luces indirectas allí, un rincón para lectura junto al fogón grande, quitamos toda la pintura, al pozo le ponemos un cristal chulo encima y lo iluminamos por dentro, una escalera de acero corten para subir a la buhardilla, ventanas de doble cristal, suelo hidráulico en las habitaciones, una ducha en lluvia y hasta una piscinita sin borde en el patio de ahí detrás.
     El sitio es como de ensueño
     ¿Te gusta?
     Me encanta.
     Pues preguntémosle cuánto pide.
     ¿Me estás diciendo que vamos a comprarla?
     No. De momento solo vamos a preguntar el precio.
     Se cogieron de la mano, excitados por la inmediatez de lo que estaba sucediendo y las apretaron porque, en su interior sentían, sin decirlo, que la energía había regresado.
     Escucharon el ruido del motor que se alejaba de la casa y al cabo de unos segundos Marcial llegó a la cocina.
     Ya estoy aquí. Era un primo mío.
     El hombre se quedó callado, mirando al suelo.
     ¿Sabes cuál es la potencia contratada de la casa?, preguntó Mónica.
    Veréis, dijo Marcial ignorando la pregunta. No os vais a creer lo que me acaba de pasar. La casa lleva en venta un año y medio y, justo ahora que la estabais viendo, ha llegado un primo mío a decirme que la quiere comprar. Se conoce que se ha enterado de que estabais aquí y se ha agobiado. Me jode haberos hecho perder el tiempo.
     Se despidieron en la puerta y, mientras Marcial quitaba el cartel, los vio bajar la calle y abrir con un mando a distancia el todoterreno blanco. El maletero se abrió automáticamente y el perro se subió a él y se enroscó sobre una especie de nido que allí había.
     De vuelta a Madrid, no abrieron la boca hasta pasada una hora.
     Era una casa súper bonita, ¿no crees?
     Tenía como mucho potencial, dijo Fernando. Es que ya nos estaba viendo allí. Leyendo en invierno en el fuego encendido.
     ¿Cuánto crees que valía?
     Yo creo que, regateando, se la hubiéramos sacado por sesenta o setenta mil euros. Una auténtica ganga.»

JESÚS CARRASCO

Jesús Carrasco Jaramillo nació en Olivenza (Badajoz) en 1972. A los cuatro años se trasladó con su familia a Torrijos, en la provincia de Toledo, y en 2005 a Sevilla, donde reside en la actualidad. Desde 1996 trabaja como redactor publicitario, actividad que compagina con la escritura. Intemperie le ha consagrado como uno de los debuts más deslumbrantes del panorama literario internacional y ha sido galardonada con el Premio Libro del Año otorgado por el Gremio de Libreros de Madrid, el Premio de Cultura, Arte y Literatura de la Fundación de Estudios Rurales, el English PEN Award y el Prix Ulysse a la Mejor Primera Novela.. Ha quedado finalista del Premio de Literatura Europea en Holanda, del Prix Méditerranée Étranger en Francia, y de los premios Dulce Chacón, Quimera, Cálamo y San Clemente de España. Elegida como Libro del Año por El País en 2013 y seleccionada por The Independent como uno de los mejores libros traducidos en 2014 en Reino Unido.

Intemperie ha llegado ya a más de 30 países y ha sido traducida a una veintena de lenguas. Además ha sido adaptada al cómic por Javi Rey y llevada a la gran pantalla con el mismo título por Benito Zambrano.

En 2016 publicó su segunda novela, La tierra que pisamos, con la que obtuvo el Premio de Literatura de la Unión Europea 2016.

Ya en 2017 apareció Levante, un cuento ilustrado por el propio Carrasco, que se publicó dentro de la obra colectiva Historias dentro de una caja, editada por la editorial pacense Universitas.

En 2005 había realizado una incursión en el género infantil con Castigada sin salir, un cuento escrito por Carrasco e ilustrado por Antonia Santolaya.

En El País Semanal de 2 de diciembre de 2018, aparecería el sentido articulo titulado Los libros que no leíamos, donde el autor “retrocede hasta el día en que se enamoró de los libros”

Aunque vive en una gran ciudad, a Carrasco le gusta el medio rural. Se considera muy pudoroso por eso huye de las redes sociales. No tiene cuenta de Facebook o Twitter.

«La mitad de mi vida la he pasado en el campo. Nací en Olivenza, un pueblo de Badajoz que está en la frontera con Portugal. Cuando tenía cuatro años, mi familia se trasladó a Torrijos, un pueblo de Toledo. He pasado mi vida entera dando tumbos por los caminos, subiéndome a los árboles, construyendo cabañas, cazando perdices a mano y conejos con hurones, haciendo ese tipo de cosas que se hacen en los pueblos. Es la tierra que amo, es mi lugar en el mundo en cierto modo.»

Jesús Carrasco