“Cara de pan”, de Sara Mesa

     Ella no supo que tenía cara de pan hasta el año pasado, cuando Marga se lo dijo delante de las demás niñas, y todas rieron espontáneamente, sin maldad, de modo que no había lugar para el enfado —porque era un comentario cariñoso— ni para otra reacción que no fuese también su propia risa —fingida— y el escrutinio posterior en el espejo. ¿Qué es en concreto una cara de pan? Hay montones de panes posibles, desde bollos bien gordos hasta baguettes finas, y sin embargo ella intuye que cuando Marga le dice cara de pan se refiere más bien a lo primero —la cara redonda, fofa, blanca; la cara como símbolo de todo un cuerpo, de toda una entidad.

Cara de pan es la quinta novela publicada por la escritora madrileña afincada en Sevilla Sara Mesa. En ella nos cuenta la relación que se establece entre dos personajes muy distintos y peculiares: Casi, una niña de “casi” catorce años, de ahí su nombre; y un adulto de cincuenta y cuatro años, al que Casi llama simplemente Viejo.

Casi, que se siente un poco fuera de sitio en el instituto, decide una mañana dejar de ir a clase. Desde ese día pasa las mañanas escondida entre los setos de un parque de la ciudad hasta que llega la hora de volver a casa. Es allí donde se encuentra con Viejo, un adulto con problemas de relación que parece vivir al margen de la sociedad.

     La primera vez la coge tan desprevenida que se sobresalta al verlo. La niña está apoyada en el tronco del árbol, leyendo una revista, cuando oye sus pasos acercándose, el chasquido de las hojas secas al quebrarse, y después lo ve, de pie delante de ella, quizá un poco turbado pero no sorprendido por encontrarla allí, oculta tras los setos. El viejo pide perdón –¡no quise asustarte!, dice– y después le pregunta qué está leyendo, pero entre una cosa y otra –entre la disculpa y la pregunta– a la niña le da tiempo a reaccionar. Esto, responde mostrándole la revista, una revista para chicas.

Casi recibe en su escondite las visitas diarias de Viejo, que le habla de pájaros y de la cantante Nina Simone, y comparte con él algunas chucherías o algún refresco.

Poco a poco el Viejo le va desvelando sus secretos y se va estableciendo una relación cada vez más estrecha entre esta «pareja inadmisible», una relación atípica y sospechosa para la sociedad.

    Hay algo en la manera de hablar del Viejo que Casi, instintivamente, percibe como anormal. Para empezar, no controla el volumen como debiera: a veces habla en susurros y ella tiene que pedirle que repita sus palabras. […] Las rarezas del viejo, piensa Casi, son inofensivas, por desconcertantes que resulten, como desconcertante es, por ejemplo, el contraste entre su rostro de frente y su rostro de perfil, el primero de apariencia inocente y hasta bobalicona, el segundo introspectivo y sabio, como si pertenecieran a dos caras diferentes de dos hombres diferentes.

Con este argumento, aparentemente muy sencillo, Sara Mesa construye una magnífica historia, que cuenta con los elementos de suspense necesarios para mantener en vilo al lector hasta el final de la misma. El resultado es una magnífica novela, que está muy bien escrita y que se lee con gusto. Muy recomendable.

  «Otro libro breve que me ha gustado mucho últimamente. También es una historia muy pequeña, aparentemente muy sencilla. Es una relación entre dos personajes, un hombre mayor y una niña, pero está tan bien contada y es tal el mar de fondo que esa novela tiene, todo lo que no se cuenta, que es una lectura muy recomendable. Está muy bien escrito, me gusta mucho Sara Mesa y esta novela en concreto me parece redonda.»  Jesús Carrasco

EMPIEZA A LEER LA NOVELA

SINOPSIS

«La primera vez la coge tan desprevenida que se sobresalta al verlo.» El encuentro se produce en un parque. Ella es Casi, una adolescente de «casi» catorce años; él, el Viejo, tiene muchos más.

El primer contacto es casual, pero volverán a verse en más ocasiones. Ella huye de las imposiciones de la escuela y tiene dificultades para relacionarse. A él le gusta contemplar los pájaros y escuchar a Nina Simone, no trabaja y arrastra un pasado problemático.

Estos dos personajes escurridizos y heridos establecerán una relación impropia, intolerable, sospechosa, que provocará incomprensión y rechazo y en la que no necesariamente coincide lo que sucede, lo que se cuenta que sucede y lo que se interpreta que sucede.

Una historia elusiva, obsesiva, inquietante y hasta incómoda, pero al mismo tiempo extrañamente magnética, en la que palpitan el tabú, el miedo al salto al vacío de la vida adulta y la dificultad de ajustarse a las convenciones sociales… La ambiciosa carrera literaria de Sara Mesa da un nuevo paso adelante con esta novela sobre dos seres desarraigados cuyos destinos se entrecruzan en un parque, una defensa de la inadaptación y la diferencia.

    Todo empezó una mañana cualquiera. El despertador sonó a la misma hora de siempre, Casi remoloneó unos minutos entre las sábanas, se levantó con desgana, se lavó la cara, se puso el chándal. Cuando bajó, sus padres estaban tomando café; hablaban entre susurros; se callaron al entrar ella en la cocina. Se preparó un colacao, mordisqueó unas magdalenas. Todo normal, dice Casi, nada anunciaba que ese día iba a ser diferente a los demás. Ella no planificó nada, no podía saber que se acercaba el momento culminante, al momento en que todo cambió: cuando salió de casa, enfiló la avenida, apresuró el paso porque iba un poco tarde… y dio la vuelta. Dio la vuelta y se apresuró aún más, pero en sentido contrario. Sin saber bien qué hacer todavía. Sin saber adónde se dirigía.

SARA MESA

Sara Mesa (Madrid, 1976) desde niña reside en Sevilla. Ha desarrollado una notable carrera dentro de la literatura, haciendo gala de una gran habilidad en distintos géneros y formatos. De hecho, Mesa logró un gran impacto en la crítica gracias a los relatos recopilados en las antologías No es fácil ser verde y La sobriedad del galápago. También demostró su buen hacer como poeta en Este jilguero agenda, poemario que recibió el prestigioso Premio Miguel Hernández de Poesía.

Tras la aparición de El trepanador de cerebros, su primera novela, Mesa logró un gran éxito con Cuatro por cuatro, obra que llegó a ser finalista del Premio Herralde de Novela y que supuso su debut en la editorial Anagrama, donde desde entonces ha publicado títulos tan interesantes como Planeta equivocado, Cicatriz, Mala letra, Un incendio invisible o Cara de pan. A día de hoy es considerada como una de las voces más interesantes de su generación.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     ¿Por qué estabas allí, Viejo?, se atreve a preguntar al fin. No cree que no se lo quiera contar; más bien lo da por sabido, como si no hiciese falta explicarlo o hubiese olvidado hacerlo, pero Casi sí necesita que se lo explique, a pesar de que él la mira sin comprender –¿allí dónde?, dice– y ella tiene que concretar –en la clínica, ¿por qué estabas ingresado en esa clínica?–. El Viejo está sentado sobre la toalla, otra vez con su traje clarito, su traje ya limpio recién recogido de la tintorería y el pañuelo que sobresale del bolsillo de la chaqueta bien doblado. La mañana está desapacible, un viento frío agita las ramas de olmo siberiano, caen las hojas sobre ellos –día a día, hoja a hoja, el árbol se les está pelando encima–. El Viejo está pensando y ella se teme que ahora le dé largas, que finalmente no haya sido una cuestión de olvido, sino una ocultación premeditada. Pero el Viejo al fin habla y dice que la culpa fue de los policías de la mente, no suya, él no hizo nada para que tuvieran que encerrarlo. Él estaba feliz haciendo su trabajo, por aquel entonces trabajaba en la reserva de pájaros, ¿se acuerda Casi de la reserva? Pero la policía de la mente no perdona la felicidad a los que son como él, los que no tienen una madre y un padre como todo el mundo, ¡sino una madre y un padre-abuelo en uno!
         […]
       Un día se echa a llorar de pronto, inesperadamente, y el Viejo la toma en su regazo. La intimidad física que se crea en ese momento –repentina, espontánea– es nueva para ellos, y hace que los dos estén incómodos. Sin embargo, permanecen en la misma postura varios minutos, acompasando sus respiraciones, y él le pasa las manos por el pelo –sus primeras caricias– mientras ella deja caer sus brazos en las piernas de él, y su cabeza en la barriga de él. El Viejo no le pregunta por qué llora. Una pregunta así es superflua: uno debería ser capaz de intuirlo. Casi tampoco se esfuerza en dar explicaciones. Sabe que él no las espera. Es esa calma, solamente esa calma, pausada por el canto de un herrerillo –es lo único que dice el Viejo: ¿oyes?, un herrerillo–, y el aire frío, el invierno acercándose, el viento como síntoma de la amenaza.

 

“Viejas historias de Castilla la Vieja”, de Miguel Delibes

 Los diecisiete relatos que forman estas Viejas historias de Castilla la Vieja se publicaron por primera vez en 1960, junto con una serie de grabados de Jaume Pla, con el título de Castilla. Posteriormente la editorial Lumen los publicaría, ya con su título definitivo, en 1964.

Víctor García de la Concha nos dice, en el Prólogo del tomo III de las Obras completas, Ediciones Destino, de Miguel Delibes, lo siguiente sobre esta extraordinaria obra del escritor vallisoletano:

«Viejas historias de Castilla la Vieja se sitúa en un espacio intermedio entre el cuento y la novela: el espacio de las memorias particulares. Es el discurso que hace “el Isidoro”, un hombre de pueblo que regresa a él tras cuarenta y ocho años de ausencia en Panamá. A lo largo del discurso van quedando diseminados datos que permiten recomponer su historia hasta ese momento. Hijo de labradores relativamente acomodados, su padre que, aunque rudo, tiene una veta ocasional de pensador y al que, por su costumbre de subir a la meseta del páramo, llaman en el pueblo “Mahoma”, quiere darle estudios y, así, en 1905 lo manda a un colegio de la ciudad para que haga el bachillerato. Profesores y alumnos lo consideran de pueblo –“llevas el pueblo escrito en la cara”, le espeta un profesor–, lo que le hace avergonzarse y tratar de evitarlo. Cuando vuelve al pueblo le gusta, por el contrario, que los compañeros le digan que “va cogiendo andares de señoritingo”. Pero en su relato confiesa que desde chico notaba en el interior “un anhelo exclusivamente contemplativo” y tal vez por eso nunca la interesó el colegio, y despreció la petulancia de los profesores y sus explicaciones. Cuando preguntaban por lo que realmente le importaba –algunos fenómenos geológicos de su pueblo, en concreto– las respuestas le parecían vacías abstracciones: él quería simplemente que le “respondieran en cristiano”. Un día que su padre vino a visitarle, el profesor le desengañó: “De aquí no sacaremos nada; lleva el pueblo escrito en la cara.”

Un día de verano, al cumplir catorce años, el padre lo subió con él al páramo, y a solas, sin testigos, le preguntó si definitivamente quería estudiar o no. La respuesta fue negativa. “Y trabajar en el campo?” Responder de nuevo que no, le costó un buen castigo: ”Me sacudió el polvo en forma y, ya en casa, soltó al Coqui y me tuvo cuarenta y ocho horas amarrado a la cadena del perro sin comer y beber.”

Así que, como dirá después, “en cuanto pude, me largué” del pueblo.»

Sin embargo, el emigrante pronto se da cuenta de que en la gran ciudad no se atan los perros con longanizas. Descubre que ya no le mortificaba ser de pueblo y hasta empieza a añorar las cosas de su humilde aldea.

     «Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro.»

Delibes nos presenta en estas Viejas historias de Castilla la Vieja una visión del medio rural castellano que conocía de primera mano, ya que son hechos y situaciones que vivió durante su infancia y adolescencia. Son pequeñas historias llenas de ironía, lirismo y sensibilidad, de las que se desprende una gran amor por unas formas de vida hoy casi desaparecidas y que tan bien conocía el escritor vallisoletano. Los protagonistas de estas historias son personajes sencillos con una fuerte vinculación a la tierra que les vio nacer.

Viejas historias de Castilla la Vieja es un libro magistralmente escrito, con un lenguaje vivo y sencillo, y que contiene hermosas estampas del campo castellano.

Un libro muy recomendable. El propio autor lo ha señalado como unos de sus libros preferidos:

«A lomos del idioma y de los grabados de Pla recogí en cincuenta páginas la Castilla que me gustaba de la mitad del siglo XX, una Castilla estática, que no cambiaba, siquiera los propios castellanos tampoco parecieran desearlo. Simplemente vivían: trabajaban, se enamoraban, celebraban pequeñas fiestas y no aspiraban a más. Tan pronto terminé aquellas historias –en apenas una semana– advertí una cosa: aquel medio centenar de páginas decían más que ningún otro libro mío sobre lo que era Castilla y lo que eran los castellanos. El paisaje árido, sus habitantes, las costumbres, los secretos del campo, las siembras de año y vez… cabían en cuatro líneas y no necesitaban mayor explicación. Entonces concluí que Viejas historias de Castilla la Vieja era mi obra preferida por su limpio perfil de Castilla, y tan sólo cuando nacieron más tarde Los santos inocentes, y El hereje apelé al viejo truco de dividir mis obras en breves, medianas y largas. De las primeras, Viejas historias de Castilla la Vieja era la más representativa; Los santos inocentes lo era de las segundas y, finalmente, lo era El hereje de las novelas largas. Una manera de no dejar nada en el tintero y todos contentos.» 

    Nota del autor en la edición de sus Obras completas, Ediciones Destino, 2007

SINOPSIS

Hay una manera de ser de pueblo como hay una manera de ser de ciudad. En la ciudad las cosas cambian de prisa; los altos edificios, las luces y los automóviles que no cesan, esconden como pueden el apresuramiento atontado de la multidud, los gozos –si los hay– y las penas, si te paras a pensar. Una ciudad pesa tanto que da pavor pensar en ella. El pueblo está ahí, sumiso, apagado, mezclándose cada vez más con el color de la tierra. ¿Que han pasado cuarenta y ocho años y vuelves de las Américas? ¿Y qué? En Castilla no se cuenta por años sino por siglos, y allí estarán esperándote, todo igual, las casas, los árboles, los campos agotados, las gentes envejecidas, el arroyo que pasa entre cañizos y el polvillo de la trilla pegado a los muros.

     «El páramo es una inmensidad desolada y, el día que en el cielo hay nubes, la tierra parece el cielo y el cielo la tierra, tan desamueblado e inhóspito es. Cuando yo era chaval, el páramo no tenía principio ni fin, ni había hitos en él, ni jalones de referencia. Era una cosa tan ardua y abierta que sólo de mirarle se fatigaban los ojos. Luego, cuando trajeron la luz de Navalejos, se alzaron en él los postes como gigantes escuálidos y, en invierno, los chicos, si no teníamos mejor cosa que hacer, subíamos a romper las jarrillas con los tiragomas.»

La precisión, riqueza y naturalidad de la prosa, un profundo conocimiento del medio humano y del entorno geográfico de los pueblos de la Meseta, la combinación de distanciamiento irónico y simpatía profunda hacia el mundo rural se funden en las prodigiosas estampas contenidas en “Viejas historias de Castilla la Vieja”. Un emigrante regresa a su aldea tras una larga ausencia y rememora la vida de un pueblo castellano de principios del siglo XX: por una parte, estancamiento, rutina, superstición, atraso, pobreza; por otra, sensación de arraigo y pertenencia, relaciones comunitarias, contacto inmediato con vínculos primarios.

MIGUEL DELIBES

miguel_delibes2_0Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) se dio a conocer como novelista con La sombra del ciprés es alargada, Premio Nadal 1947. Entre su vasta obra narrativa destacan Mi idolatrado hijo Sisí, El camino, Las ratas, Cinco horas con Mario, Las guerras de nuestros antepasados, El disputado voto del señor Cayo, Los santos inocentes, Señora de rojo sobre fondo gris o El hereje. Fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura (1955), el Premio de la Crítica (1962), el Premio Nacional de las Letras (1991) y el Premio Cervantes de Literatura (1993). Desde 1973 era miembro de la Real Academia    Española.

  • Más sobre Delibes y su obra en Fundación Miguel Delibes

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     El día que me largué, las Mellizas dormían juntas en la vieja cama de hierro y, al besarlas en la frente, la Clara, que sólo dormía con un ojo y me miraba con el otro, azul, patéticamente inmóvil, rebulló y los muelles chirriaron, como si también quisieran despedirme. A Padre no le dije nada, ni hice por verle, porque me había advertido: «Si te marchas, hazte a la idea de que no me has conocido». Y yo me hice a la idea desde el principio y amén. Y después de toparme con el Aniano, bajo el chopo del Elicio, tomé el camino de Pozal de la Culebra, con el hato al hombro y charlando con el Cosario de cosas insustanciales, porque en mi pueblo no se da demasiada importancia a las cosas y si uno se va, ya volverá; y si uno enferma, ya sanará; y si no sana, que se muera y que le entierren. Después de todo, el pueblo permanece y algo queda de uno agarrado a los cuetos, los chopos y los rastrojos. En las ciudades se muere uno del todo; en los pueblos, no; y la carne y los huesos de uno se hacen tierra, y si los trigos y las cebadas, los cuervos y las urracas medran y se reproducen es porque uno les dio su sangre y su calor y nada más.

[…]
     Y de eso —de tesos— no andamos mal en mi pueblo, pues aparte el páramo de Lahoces, tenemos el Cerro Fortuna, el Otero del Cristo, la Lanzadera, el Cueto Pintao y la Mesa de los Muertos. Este de la Mesa de los Muertos también tiene sus particularidades y su leyenda. Pero iba a hablar de las tierras de mi pueblo que se dominan, como desde un mirador, desde el Cerro Fortuna. Bien mirado, la vista desde allí es como el mar, un mar gris y violáceo en invierno, un mar verde en primavera, un mar amarillo en verano y un mar ocre en otoño, pero siempre un mar. Y de ese mar, mal que bien, comíamos todos en mi pueblo. Padre decía a menudo: «Castilla no da un chusco para cada castellano», pero en casa comíamos más de un chusco y yo, la verdad por delante, jamás me pregunté, hasta que no me vi allá, quién quedaría sin chusco en mi pueblo. Y no es que Padre fuese rico, pero ya se sabe que el tuerto es el rey en el país de los ciegos y Padre tenía voto de compromisario por aquello de la contribución. Y, a propósito de tuertos, debo aclarar que las argayas de los trigos de mi pueblo son tan fuertes y aguzadas que a partir de mayo se prohíbe a las criaturas salir al campo por temor a que se cieguen. Y esto no es un capricho, supuesto que el Felisín, el chico del Domiciano, perdió un ojo por esta causa y otro tanto le sucedió a la cabra del tío Bolívar. Fuera de esto, mi pueblo no encerraba más peligros que los comunes, pero el más temido por todos era el cielo. El cielo a veces enrasaba y no aparecía una nube en cuatro meses y, cuando la nube llegaba al fin, traía piedra en su vientre y acostaba las mieses. Otras veces, el cielo traía hielo en mayo, y los cereales, de no soplar el norte con la aurora que arrastrara la friura, se quemaban sin remedio. Otras veces, el agua era excesiva y los campos se anegaban arrastrando las semillas. Otras, era el sol quien calentaba a destiempo, mucho en marzo, poco en mayo, y les espigas encañaban mal y granaban peor. Incluso una vez, el año de los nublados, el trigo se perdió en la era, ya recogido, porque no hubo día sin agua y la cosecha no secó y no se pudo trillar. Total, que en mi pueblo, en tanto el trigo no estuviera triturado, no se fiaban y se pasaban el día mirando al cielo y haciendo cábalas y recordaban la cosecha del noventa y ocho como una buena cosecha y desde entonces era su referencia y decían: «Este año no cosechamos ni el cincuenta por ciento que el noventa y ocho». O bien: «Este año la cosecha viene bien, pero no alcanzará ni con mucho a la del noventa y ocho». O bien: «Con coger dos partes de la del noventa y ocho ya podemos darnos por contentos». En suma, en mi pueblo los hombres miran al cielo más que a la tierra, porque aunque a ésta la mimen, la surquen, la levanten, la peinen, la ariquen y la escarden, en definitiva lo que haya de venir vendrá del cielo. Lo que ocurre es que los hombres de mi pueblo afanan para que un buen orden en los elementos atmosféricos no les coja un día desprevenidos; es decir, por un por si acaso. 
[…]
     Y cuando llegué al pueblo advertí que sólo los hombres habían mudado pero lo esencial permanecía, y si Ponciano era el hijo del Ponciano, y Tadeo el hijo del tío Tadeo, y el Antonio el nieto del Antonio, el arroyo Moradillo continuaba discurriendo por el mismo cauce entre carrizos y espadañas, y en el atajo de la Viuda no eché en falta ni una sola revuelta, y también estaban allí, firmes contra el tiempo, los tres almendros del Ponciano, y los tres almendros del Olimpio, y el chopo del Elicio, y el palomar de la tía Zenona, y el Cerro Fortuna, y el soto de los Encapuchados, y la Pimpollada, y las Piedras Negras, y la Lanzadera por donde bajaban en agosto los perdigones a los rastrojos, y la nogala de la tía Bibiana, y los Enamorados, y la Fuente de la Salud, y el Cerro Pintao, y los Siete Sacramentos, y el Otero del Cristo, y la Cruz de la Sisinia, y el majuelo del tío Saturio, donde encamaba el matacán, y la Mesa de los Muertos. Todo estaba tal y como lo dejé, con el polvillo de la última trilla agarrado aún a los muros de adobe de las casas y a las bardas de los corrales. Y ya en casa, las Mellizas dormían juntas en la vieja cama de hierro, y ambas tenían ya el cabello blanco, pero la Clara, que sólo dormía con un ojo, seguía mirándome con el otro, inexpresivo, patéticamente azul. Y al besarlas en la frente se la despertó a la Clara el otro ojo y se cubrió instintivamente el escote con el embozo y me dijo: «¿Quién es usted?». Y yo la sonreí y la dije: «¿Es que no me conoces? El Isidoro». Ella me midió de arriba abajo y, al fin, me dijo: «Estás más viejo». Y yo la dije: «Tú estás más crecida». Y como si nos hubiéremos puesto de acuerdo, los dos rompimos a reír.

“La ruta”, de Arturo Barea

    «Durante los primeros veinticinco años de este siglo Marruecos no fue más que un campo de batalla, un burdel y una taberna inmensos.»

La ruta es la segunda parte de la trilogía La forja de un rebelde, de Arturo Barea, que se compone de tres novelas autobiográficas: La forja, La ruta y La llama. El primer tomo cubre su infancia y juventud; el segundo, sus primeras experiencias literarias y, sobre todo, su servicio militar en Marruecos; el tercer tomo, por último, trata del período justamente anterior a la guerra civil y de la misma.

La forja de un rebelde no apareció inicialmente en español, sino en inglés. El libro fue publicado durante el exilio de Barea en Londres, a causa de la guerra civil española, en tres tomos, entre 1941 y 1946. La primera versión de la trilogía en castellano no salió hasta 1951, en la editorial Losada de Buenos Aires, que publicó los tres tomos por separado.

La trilogía fue aclamada como «obra maestra» y «contribución invalorable para nuestro conocimiento de la España moderna, así como libro de enorme mérito literario». En particular, Bertram Wolfe alabó «su sinceridad excepcional y su franqueza inquebrantable», considerándola como «una de las grandes autobiografías del siglo XX».

La forja de un rebelde no sólo se ha convertido en la obra maestra de Barea, sino en uno de los testimonios más estremecedores que se hayan escrito sobre la guerra civil española y sus antecedentes inmediatos.

«La forja de un rebelde es tan esencial para entender la España del siglo XX, como indispensable es la lectura de Tolstói para comprender la Rusia del siglo XIX».The Daily Telegraph

En el año 1990, La forja de un rebelde fue adaptada para la pequeña pantalla con el mismo nombre por el director de cine Mario Camus.

Miniserie de TV de 6 capítulos. Cuenta la historia de uno de los vencidos de la Guerra Civil (1936-1939), el socialista y republicano Arturo Barea, hijo de una lavandera, que pasó 18 años en el exilio sin poder regresar a España. El relato es un homenaje a las víctimas del franquismo.

Después de La forja apareció, en 1943, La ruta, la segunda parte de la trilogía, en la que Barea cuenta sus primeros inicios literarios y, sobre todo, sus experiencias en la guerra de Marruecos. La novela finaliza con su vuelta a Madrid, una vez licenciado

La ruta se inicia con su llegada a África en junio de 1920, donde le destinaron como sargento. Después de la terrible derrota de Annual en 1921, Arturo participó en la recogida y entierro de cadáveres, una experiencia que le marcaría para siempre.

    «Los libros de historia lo llaman el Desastre de Melilla o la Derrota española de 1921; dan lo que se llama los hechos históricos. No sé nada de ellos, con excepción de lo que leí después en estos libros. Lo que yo conozco es parte de la historia nunca escrita, que creó una tradición en las masas del pueblo, infinitamente más poderosa que la tradición oficial. Los periódicos que yo leí mucho más tarde describían una columna de socorro que había embarcado en el puerto de Ceuta, llena de fervor patriótico, para liberar Melilla. […]

    Yo no puedo contar la historia de Melilla de julio de 1921. Estuve allí, pero no sé dónde; en alguna parte, en medio de tiros de fusil, cañonazos, rociadas de ametralladora, sudando, gritando, corriendo, durmiendo sobre piedra o sobre arena, pero sobre todo vomitando sin cesar, oliendo a cadáver, encontrando a cada nuevo paso un nuevo muerto, más horrible que todos los vistos hasta el momento antes.»

En esta etapa en Marruecos también contrajo el tifus, el cual le dejó de por vida con un corazón debilitado. Después de haber participado en un total de 81 operaciones, y haber sido condecorado en dos ocasiones, Barea dejó el ejército en 1924 como oficial de reserva. Ese mismo año se casó con Aurelia Grimaldos, con la cual tuvo cuatro hijos. En esta época, Barea volvió a trabajar en el sector de las patentes. La naturaleza infeliz de su matrimonio le hizo dedicar cada vez más tiempo a su trabajo. Se convirtió así en director técnico de una de las empresas de patentes más importantes de España, lo cual le permitió gozar de una situación económica acomodada.

Sus peripecias en tierras africanas dejaron una profunda huella en el escritor nacido en Badajoz. Barea se muestra en esta buena novela abiertamente contrario a la guerra que se litigaba en Marruecos, a la vez que denuncia la corrupción de los militares al mando del ejercito expedicionario.

    «¿Por qué tenemos nosotros que luchar contra los moros? ¿Por qué tenemos que “civilizarlos” si no quieren ser civilizados? ¿Civilizarlos a ellos, nosotros? ¿Nosotros, los de Castilla, de Andalucía, de las montañas de Gerona, que no sabemos leer ni escribir? Tonterías. ¿Quién nos civiliza a nosotros? Nuestros pueblos no tienen escuelas, las casas son de adobe, dormimos con la ropa puesta, en un camastro de tres tablas en la cuadra, al lado de las mulas, para estar calientes. Comemos una cebolla y un mendrugo de pan al amanecer y nos vamos a trabajar en los campos de sol a sol. A mediodía comemos un gazpacho, un revuelto de aceite, vinagre, sal, agua y pan. A la noche nos comemos unos garbanzos o unas patatas cocidas con un trozo de bacalao. Reventamos de hambre y de miseria. El amo nos roba y, si nos quejamos, la Guardia Civil nos muele a palos. Si yo no me hubiera presentado en el cuartel de la Guardia Civil cuando me tocó ser soldado, me hubieran dado una paliza. Me hubieran traído a la fuerza y me hubieran tenido aquí tres años más. Y mañana me van a matar. ¿O voy a ser yo el que mate?»

SINOPSIS

En La ruta, Arturo Barea se centra en sus años pasados en Marruecos, cumpliendo el servicio militar. La guerra de Marruecos fue una traumática experiencia y, a la vez, una ocasión para la toma de conciencia social y política para una generación de españoles en los años previos a la Guerra Civil. La injusticia de que fueron las clases bajas las que aportaron la carne de cañón, por la posibilidad para los ricos de eludir el servicio militar a cambio de un pago en metálico, fue un aldabonazo en la conciencia de muchos jóvenes. Esa injusticia, y las duras condiciones de vida en África son el telón de fondo de la novela. La escasez y las enfermedades eran la compañía de los soldados. Arturo, el protagonista, se licencia por fin y emprende una nueva vida de civil en Madrid. Trabaja en una oficina de patentes industriales y trata de encontrar un ambiente a su gusto en los lugares de recreo de la ciudad. Aparecen también las tertulias literarias de los cafés más famosos de Madrid. La experiencia de Marruecos y el ambiente politizado de la capital hacen que aumente la inquietud política del personaje.

    «El ciego estalló en una carcajada aguda y convulsiva. […] Después extendió en círculo el brazo, como si quisiera abarcar el horizonte, y gritó:

    –¿Un camino llano? Yo siempre he caminado por la vereda. ¡Siempre, siempre!. No quiero que mis babuchas se escurran en sangre y este camino está lleno de sangre todo él. Lo veo. Y se volverá a llenar de sangre, ¡Otra vez y otra y cien veces más!»

ARTURO BAREA

Arturo Barea Ogazón. (Badajoz, 20 de septiembre de 1897 – Faringdon, 24 de diciembre de 1957). Escritor español autor de cuentos, novelas y ensayos y periodista y comunicador.

Estudia en las Escuelas Pías de San Fernando, pero deja los estudios a los trece años. Trabaja en un banco hasta 1914 y durante la guerra apoya al bando republicano realizando misiones de carácter cultural y propagandístico. Al finalizar la guerra civil se exilia a Inglaterra.

Todos sus libros fueron publicados en inglés y más tarde en castellano excepto su primera publicación Valor y miedo (1938), en el que relata cuentos de la Guerra Civil.

De 1941 a 1946 publica su obra más conocida, la trilogía The Forging of a Rebel, la cual escribe en Inglaterra en español y es traducida al inglés por su esposa Ilsa Barea. Es una autobiografía de su vida en la que narra su infancia y juventud y su experiencia en la Guerra de Marruecos y en la Guerra Civil. La publicación en español se produjo en el año 1951 en Buenos Aires bajo el nombre La forja de un rebelde y en 1978 se publicó en España. La trilogía consta de tres títulos La forja, La ruta y La llama.

En 1944 publica un ensayo sobre Federico García Lorca en inglés bajo el nombre Lorca, the Poet and his People y en 1956 se publica en castellano como Lorca, el poeta y su pueblo. En 1952 publica Unamuno, una biografía sobre el autor Miguel de Unamuno. En 1952 publica la novela The Broken Root, publicada en castellano en 1955 como La raíz rota, en la que aborda la frustración del exiliado y las consecuencias de la Guerra Civil.

Arturo Barea fallece en el 24 de diciembre de 1957 en Faringdon, un pueblo del condado de Oxford.

Póstumamente su esposa publica una colección de cuentos recopilados en un libro bajo el nombre El centro de la pista (1960). Más tarde se publica Palabras recobradas (2000) que reúne cartas, ensayos y artículos inéditos de Arturo Barea.

En 1990 Televisión Española emite La Forja de un rebelde, serie compuesta por 6 capítulos basada en sus novelas autobiográficas dirigida por Mario Camus.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     «Salí del cuarto del sargento al cuarto común. Al pasar a lo largo de los camastros, los hombres me miraban con ojos de perro curioso. A mitad de camino, uno de ellos se levantó obsequioso:

    —Si quiere usted mear, mi sargento, la lata está allí.

    En un rincón había una lata de petróleo. Más tarde me contaron la historia: los hombres la usaban para orinar, porque si no tenían que salir afuera. Cuando los ataques del enemigo eran muy frecuentes, la usaban para todo. Cuando la lata estaba llena, tenía que vaciarla fuera de la alambrada el que le tocaba el turno. Esto, frecuentemente, provocaba un tiro, algunas veces una baja, y entonces se perdía la lata. El primero que tenía necesidad de aliviarse podía elegir entre salir por la lata, que era seguro estaba cubierta por un «paco», o evacuar en alguna parte fuera de la alambrada, a su propio riesgo. En un sitio tal, donde pueden imponerse pocos castigos por faltas de disciplina, los castigos consistían en dobles guardias de noche, en tener que ir por agua al exterior, o en vaciar la lata de petróleo durante un cierto número de días. Así, la lata de petróleo y su contenido se había convertido en un símbolo de vida o muerte y en el tópico principal de comentario y conversación.» 

[…]

   «¿Que en qué pensamos? En la guerra los hombres se salvan por el hecho de que son incapaces de pensar. En la lucha, el hombre retrocede a sus orígenes y se convierte en animal de rebaño sin más instinto que el de autopreservación. Músculos que nadie usó por siglos resucitan. Las orejas se enderezan al silbido de un proyectil próximo; el vello se eriza en el momento exacto; se salta de lado como un mono o se tira uno de bruces en la única arruga de la tierra, justo a tiempo para evitar la bala que no se ha visto ni se ha oído. Pero ¿pensar? No. No se piensa. Durante estas retiradas en las cuales un hombre marcha tras otro como un sonámbulo, los nervios van calmándose poco a poco. Al fin no existe más que el ritmo pesado de los pies —¡y cómo pesan!—, el de las manos colgantes penduleando autómatas a tiempo con vuestros pies, y el del palpitar de un corazón que escucháis dentro de vosotros mismos y que marcha en ritmo con el corazón del hombre que va delante de vosotros, al cual no oías porque vuestro corazón hace demasiado ruido. Beber y dormir. Beber y dormir. El cerebro se os llena de un deseo de beber, de un deseo de dormir. En la oscuridad, sed y sueño cabalgan sobre el cuello de cien soldados en marcha, en cien cerebros vacíos.» 

[…]

     «Yo sabía la debilidad secreta de mi madre por contar un incidente histórico en la vida de mi padre:

   —Ande, cuéntenos la historia otra vez— le dije.

  —Pues… Todo ello pasó en el 83, cuando querían que volviera la República, un poco después de que coronaran a Alfonso XII. Y tu padre salvó el pellejo gracias a que se dormía como un tronco. En Badajoz los sargentos habían formado una junta y tu padre era el secretario. Iban a sacar las tropas a la calle una madrugada y tu padre se echó a dormir en el cuarto de los sargentos y dijo que le despertaran. No sé si le olvidaron o si no se despertó. Pero el general Martínez Campos, que mandaba entonces, se enteró del proyecto por algún soplón y cuando abrieron las puertas del cuartel para sacar los soldados a la calle, todos los sargentos fueron arrestados; se les formó consejo sumarísimo y se les fusiló. Y tu padre durmiendo como un bendito. No le pasó nada, porque ninguno de sus compañeros le denunció. Pero al general que estaba a la cabeza del levantamiento le ahorcaron… Creo que tu padre se hacía muchas ilusiones, porque si aquello hubiera salido bien, la República hubiera sido una república de generales y para eso lo mismo daba tener un rey.»

FUENTES

  • Townson, Nigel. Introducción de La forja. Barcelona, Debolsillo, 2019
  • Barea, Arturo. La ruta. Barcelona, Bibliotex, 2001

“La uruguaya”, de Pedro Mairal

    «Qué mujer más hermosa, qué demonio de fuego me brotó de adentro y se me trepó al instante en el árbol de la sangre. ¿Cómo te llamás? Magalí. Yo soy Lucas. Fuimos a buscar más cerveza.»

La uruguaya es una novela corta, del escritor argentino Pedro Mairal, publicada con gran éxito en Argentina en 2016. En 2017 se público en España, donde se ha alzado con el Premio Tigre Juan. La novela, que ha provocado el reconocimiento unánime de público y de crítica ha confirmado a su autor como uno de los más destacados narradores de la literatura argentina contemporánea.

El escritor argentino Lucas Pereyra, casado, padre de un hijo y en plena crisis existencial y matrimonial, viaja desde Buenos Aires hasta Montevideo para cobrar los anticipos de derechos de autor de dos contratos de libros que había firmado unos meses antes. Esto iba a permitirle saldar las deudas por los meses que había estado sin trabajar y dedicarse a escribir unos meses más, si controlaba los gastos. Allí también iba a reencontrarse con la joven Magalí Guerra, la uruguaya del título de la novela, que había conocido en un festival.

    «Nunca dejaba mi correo abierto. Jamás. Era muy muy cuidadoso con eso. Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea.»

Pero la historia, a pesar de ser atractiva, es lo que menos cuenta en esta novela, corta pero intensa. Lo que de verdad cuenta es lo extraordinariamente bien escrita que está, con un lenguaje directo y desenfadado que incluye términos y expresiones propias del país del autor. Una novela magnífica, entretenida y que se lee de un tirón. De lo mejor que he leído últimamente.

EMPIEZA A LEER LA NOVELA

SINOPSIS

Lucas Pereyra, un escritor recién entrado en la cuarentena, viaja de Buenos Aires a Montevideo para recoger un dinero que le han mandado desde el extranjero y que no puede recibir en su país debido a las restricciones cambiarias. Casado y con un hijo, no atraviesa su mejor momento, pero la perspectiva de pasar un día en otro país en compañía de una joven amiga es suficiente para animarle un poco. Una vez en Uruguay, las cosas no terminan de salir tal como las había planeado, así que a Lucas no le quedará más remedio que afrontar la realidad.

Narrada con una brillante voz en primera persona, La uruguaya es una divertida novela sobre una crisis conyugal que nos habla también de cómo, en algún punto de nuestras vidas, debemos enfrentarnos a las promesas que nos hacemos y que no cumplimos, a las diferencias entre aquello que somos y aquello que nos gustaría ser.

PEDRO MAIRAL

Pedro Mairal nació en Buenos Aires en 1970. Su novela Una noche con Sabrina Love recibió el Premio Clarín en 1998 y fue llevada al cine. Ha publicado también las novelas El año del desierto (2005) y Salvatierra (2008), el volumen de cuentos Hoy temprano (2001), y los libros de poesía Tigre como los pájaros (1996), Consumidor final (2003) y la trilogía Pornosonetos (2003, 2005 y 2008). En 2007 fue nombrado uno de los 39 mejores jóvenes escritores latinoamericanos por el Hay Festival de Bogotá. Trabaja como guionista y escribe para distintos medios de comunicación. En 2013 publicó El gran surubí, una novela en sonetos, y El equilibrio, una recopilación de las columnas que escribió durante cinco años para el diario Perfil. En 2015 publicó en Chile Maniobras de evasión, un libro de crónicas. Su última novela, La uruguaya, ha recibido en España el Premio Tigre Juan 2017 y lo ha confirmado como uno de los más destacados autores argentinos de su generación.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

    Nunca me cayeron bien los médicos hombres, con ese aire de grandullones con guardapolvo, escolares crónicos con gigantismo, los bravucones peludos de la clase, haciéndose los serios en la consulta , usando grandes palabras anatómicas, hipersexuados, libidinosos ni bien cierran la puerta del consultorio, cogiendo todos por ahí con enfermeras en ese doble fondo de las guardias, acceso restringido al personal, coitos de camilla, desenfrenos de rincón, entre tubos de oxígeno y carritos con material quirúrgico, guardapolvos disimulando erecciones, galenos con priapismo, grandes porongas doctas, reverenciadas, falos hipocráticos rodeados de conchitas dispuestas como mariposas rosadas en el aire, sátiros de blanco, con unas canas que hacen suspirar a la paciente y a ver si respirá profundo, otra vez, bien, levante un poco la blusa, respirá otra vez, muy bien… Hijos de puta, abusadores matacaballos, carniceros prepagos, sumando comisiones de cesáreas innecesarias, atrasando la operación para después de su semanita en Punta del Este, maltratadores seriales, ladrones del tiempo y la salud, ojalá les llegue un infierno eterno de sala de espera con revistas pegoteadas, aprovechadores parados en su columnata griega, te vas a aplicar la crema en el área pruriginosa, ¡hijo de un camión lleno de putas!, ¡el área pruriginosa!, por qué no decis «el lugar donde te pica», la concha de tu hermana, reverendo sorete grandilocuente.
      […]
     Nos faltaba el empujón. Los poquitos grados de fuerza para que se terminara de romper todo lo que estaba fisurado. ¿Se caía de maduro? No sé. Es cierto que teníamos que parar. Dejar de juntar bronca. Esas mañanas, por ejemplo, esos sábados o domingos cuando Maiko se despertaba a las siete y pedía su Nesquik y vos y yo empezábamos el concurso de ver quién se hacía más el dormido. Maiko insistía y alguno de los dos se levantaba con odio, le hacía el Nesquik, y también el café al otro, al remolón que se hacía el paralítico, el que no durmió lo suficiente, el que no puede, que necesita más horas de sueño, que sufre, pobrecito, la reputa que lo remil parió, y la reconcha de la lora. Maiko en la cocina ya en su reclamo gremial moviendo muebles, sillas, trepándose a la mesada, agarrando cuchillos, hay que estar, hay que mirarlo, hay que cuidar al enano borracho desde la madrugada, mientras el otro se envuelve entre las sábanas tibias, el otro se anula, se hace el que no existe, pero está ahí, haciéndose el desentendido en su gran traición. Entonces, vos o yo, el que se había levantado, lavaba los platos de la noche anterior haciendo la mayor cantidad de ruido posible para joder (te escuché hacerlo varias veces y yo también te lo hice) la sartén pegaba bandazos en la bacha, le hacíamos sonar como una campana de lata para despertar al horizontal, cucharas cayendo sobre el acero inoxidable que sonaba como un tambor, tintineo de vasos de vidrio a punto de partirse en mil astillas, castañeteo de platos de loza frágiles y blancos que daban ganas de estamparlos contra el piso como en un casamiento griego, hacer un smash karaoke como se hace en Japón, donde le ponen a la gente música fuerte en un cuarto con jarrones y televisores viejos y les dan un bate de béisbol para que rompan todo. Hacer mierda el juego de comedor, reventar los regalos de casamiento, el amor familiar, la lista, prender fuego Flox, dinamitar la casa y anticiparse ametrallando a los novios cuando saludan en el atrio como en una escena de El Padrino. Y el otro desde la cama: ¿Todo bien, amor? ¡Sí, todo bien! ¿Se rompió algo? No, no se rompió nada. ¿Qué querés? Decime qué querés. Quiero guerra, pensaba yo. Guerra contra vos. Pero no decía nada.

“Una auténtica ganga”, un relato de Jesús Carrasco

El 26 de abril del pasado año 2019, el escritor extremeño Jesús Carrasco Jaramillo participó en el Aula literaria Guadiana de Don Benito (Badajoz). Para tal ocasión el citado Aula presentó una edición no venal de un relato del escritor nacido en Olivenza, titulado Una auténtica ganga.

En dicho relato, Carrasco nos traslada a un pequeño pueblo situado en el suroeste de Extremadura. Allí Marcial, uno de los vecinos de la localidad que trata de ir tirando como puede, se enfrenta a la engorrosa tarea de vender la casa de su madre, recientemente fallecida, por un precio razonable.

     «Dos meses y medio después de que la anciana muriera, Marcial, su hijo mayor, colgó un cartel con un número de teléfono en la puerta de la que había sido la casa de su madre. Había usado un trozo de tabla laminada que le había sobrado de la reforma de su propia cocina. Una de esas maderas alargadas que se usan para tapar el hueco que queda entre la parte baja de los muebles y el suelo. Con un pincel barato que terminaría tirando al finalizar el trabajo, empezó a escribir “SE VENDE”, usando como modelo un rótulo que había impreso en un papel antes de salir de casa. Para la S inicial se molestó en imitar los grosores cambiantes de la tipografía e incluso dibujó con cuidado remates rectos en los extremos del trazo. La siguiente E todavía quería ser una letra de imprenta y, a partir de ahí, los demás caracteres fueron perdiendo progresivamente los atributos de molde por causa de la impaciencia. Se había convencido de que una buena venta empezaba por un buen cartel porque había escuchado en algún lugar que la primera impresión era la que quedaba. Pero viendo que imitar aquella tipografía le iba a llevar la mañana entera decidió que sería suficiente con que esa buena impresión se redujera a las primeras letras …»

Carrasco ha aprovechado esta narración para rendir un homenaje a la tierra donde están sus raíces y sitúa la historia en la localidad natal de la familia de su madre, «la blanca villa de Feria», el que fuera también territorio de su última novela, La tierra que pisamos. Aunque el nombre de la localidad pacense no aparezca explícitamente en el texto, sí aparecen referencias a topónimos locales que no dejan ningún lugar a dudas: el bar de Chamizo, el Castillo, la ermita de los Mártires, La Corredera…

El autor de Intemperie ha sabido reflejar muy bien la forma de ser, y hasta la forma de hablar de la gente de Feria, los llamados coritos, y nos ofrece un relato delicioso, salpicado de humor y lleno de buena escritura. Muy recomendable.

RELATO COMPLETO

      «Dos meses y medio después de que la anciana muriera, Marcial, su hijo mayor, colgó un cartel con un número de teléfono en la puerta de la que había sido la casa de su madre. Había usado un trozo de tabla laminada que le había sobrado de la reforma de su propia cocina. Una de esas maderas alargadas que se usan para tapar el hueco que queda entre la parte baja de los muebles y el suelo. Con un pincel barato que terminaría tirando al finalizar el trabajo, empezó a escribir “SE VENDE”, usando como modelo un rótulo que había impreso en un papel antes de salir de casa. Para la S inicial se molestó en imitar los grosores cambiantes de la tipografía e incluso dibujó con cuidado remates rectos en los extremos del trazo. La siguiente E todavía quería ser una letra de imprenta y, a partir de ahí, los demás caracteres fueron perdiendo progresivamente los atributos de molde por causa de la impaciencia. Se había convencido de que una buena venta empezaba por un buen cartel porque había escuchado en algún lugar que la primera impresión era la que quedaba. Pero viendo que imitar aquella tipografía le iba a llevar la mañana entera decidió que sería suficiente con que esa buena impresión se redujera a las primeras letras.
     Para cuando colgó aquel cartel, la casa ya había sido ofrecida, sin éxito, a todos los posibles interesados del pueblo. Había empezado por la familia, siguiendo un orden jerárquico que dictaba que la casa debía ser ofrecida primero a los parientes mayores más cercanos a la fallecida. Su tía Amalia, la única que quedaba en el pueblo, le dijo que no, que todavía estaba de luto por la muerte de su hermana pequeña. Tu madre ya me está esperando en el cementerio de los Mártires, le dijo: ¿Para qué quiero yo otra casa si ésta me va a sobrar dentro de nada? Dejó a la mujer murmurando en su cuartito de estar, manoseando las cuentas de su rosario bajo la falda de una mesa camilla en la que todavía ardía un brasero de picón. Siguió por los dos hijos de Amalia, sus primos. Al mayor se lo encontró en el bar de Chamizo, como cada día después de volver del campo. Marcial le habló de la casa y el primo le contó que la nueva nave para los cerdos que había construido el año año anterior le iba a tener entrampado durante los siguientes doce años y, de paso, le pidió que rezara porque el precio del jamón no siguiera cayendo como lo estaba haciendo. ¿Tú sabes que los chinos ya están haciendo jamón ibérico? Marcial salió del bar rogándole a Dios que respetara los precios del cerdo negro y que, por nada del mundo, permitiera que los chinos los criaran. A su primo pequeño se lo encontró a la mañana siguiente tratando de arrancar su moto junto a la puerta del ayuntamiento. Antes de que Marcial le dijera nada, el primo se adelantó y le dijo que estaba al tanto de lo de la casa por su hermano y por su madre y, de paso, le advirtió de que le iba a costar encontrar comprador, que la casa estaba en muy malas condiciones y que tendría que hacerle una buena reforma si quería deshacerse de ella. Precisamente salgo de una reunión con el alcalde por otro asunto, le dijo, y me ha hablado de unas subvenciones que da la Diputación para fomentar el turismo rural del pueblo. En cuanto se muera mi madre, es los que voy a hacer yo, coger la subvención y sacarme unas perras con los forasteros. Por cierto, ¿cuánto pides por la casa? Seis mil euros, le dijo, y como el primo se llevó las manos a la cabeza se apresuró a aclarar que si él la quería se la dejaba en cuatro mil.
     Lo intentó entonces con los vecinos, siguiendo también un orden no escrito que esta vez dictaba que debía empezar por los más próximos a la casa en venta. A Carmen, la vecina contigua, la buscó el primer domingo de agosto al salir de misa. Carmen, uniendo tu casa con la de mi madre te sale una mansión. Si la quieres yo mismo te hago una puerta para comunicarlas. Voy un sábado por la mañana, abro el hueco y me llevo los escombros. Marcial, le dijo Carmen, ya sabes que yo solo paso en el pueblo el mes de agosto. Con la casa que tengo me apaño. Tampoco el vecino de enfrente estaba interesado, ni ninguno de la misma calle ni del callejón trasero. Nadie quería comprar aquella especie de cueva de muros gruesos y ventanas como ojos de buey, con los suelos de pizarra y la vieja cuadra convertida en cocina. Las habitaciones eran pequeñas, ninguna ventana cerraba bien y había un patio en la parte trasera que tenía una cochineras viejas que había que derribar porque ocupaban la mayor parte del espacio. En el tejado los jaramagos prosperaban sin que nadie se lo impidiera y las golondrinas habían llenado los aleros con sus nidos de barro y la fachada con manchas de excrementos blanquecinos. Tampoco la antena de televisión era útil. La anciana solo sintonizaba los dos canales públicos que había visto durante toda su vida.
     Los pocos vecinos del pueblo que se habían acercado a ver la casa, casi todas mujeres, lo hicieron, no tanto porque quisieran comprarla, sino por ver cómo la tenía la anciana por dentro. La visitaban de dos en dos prestándole más atención a las fotos que todavía colgaban de las paredes que a la distribución o a la calidad de la obra. Esta es de cuando se casó la pobre. Si me acuerdo yo de aquel día. Menudo convite, llegó a decir una con sorna, porque tu madre era generosa como ella sola. El hijo aprovechaba las visitas para abrir las ventanas y las puertas durante un rato y para recoger del suelo las cartas del banco o los recibos de la contribución municipal. Las mujeres recorrían las habitaciones a sus anchas, subían al doblado y, cuando bajaban preguntaban por el precio de venta, que ya todo el pueblo conocía, y le decían al hijo que seis mil euros eran un dineral porque la casa había que derribarla. Luego se alejaban calle arriba, cuchicheando como unas adolescentes que hubieran visto el miembro rosado de un exhibicionista.

                                                Fotografía de Justa Tejada

     Tuvieron que pasar el otoño y el invierno para que, a la primavera siguiente, alguien llamara por fin al número de teléfono. Era un sábado por la mañana de principios de marzo y, a esa hora, el hijo estaba en el campo fumigando los olivos con el tractor. Paró el motor y cogió la llamada. Al otro lado la voz de un hombre joven le dijo que estaba en ese mismo momento frente a la puerta de la casa en venta y que le gustaría verla. El hijo intentó demorar la vista un par de horas, pero la voz al otro lado le contó que estaba de paso y que no volvería al pueblo, así que Marcial plegó el apero de fumigar, se puso en marcha y veinte minutos después estaba aparcando en la parte baja de la calle, detrás de un todoterreno blanco que no había visto nunca.
     Cuando llegó a la puerta se encontró con una pareja más o menos de su edad, una niña de unos siete u ocho años y un galgo con un pañuelo rojo anudado al cuello.
     ¿Fernando?, preguntó el recién llegado ofreciendo su mano al desconocido, soy Marcial.
     Esta es Mónica, mi compañera. Esta pequeñina es Nagore y ese granuja de ahí, Tongo.
     Marcial le dio la mano con fuerza a la mujer, le sonrió forzadamente a la niña y, a continuación, se sacó del bolsillo un juego con dos llaves. El día era soleado y la claridad rebotaba en las fachadas encaladas obligándoles a entrecerrar los ojos. Marcial agarró el pomo con una mano, introdujo la llave en la cerradura y trató de girarla.
     Es un pueblo súper bonito, dijo Fernando a su espalda. Hemos estado dando una vuelta por el castillo y luego hemos visitado una ermita que tiene unos columpios como muy antiguos al lado del cementerio.
     Los Mártires será, respondió el hombre mientras seguía forzando la llave.
     A veces cuesta abrirla, pero con un poco de aceite va como la seda. Tengo que tener yo grasa en el tractor.
    También hemos estado paseando por una plaza preciosa que hay ahí arriba, dijo la mujer. Una así como muy alargada.
     Sí, bueno. La Corredera la llamamos. Es el único sitio llano del pueblo. Todo lo demás ya veis que está en cuesta, dijo justo cuando la llave finalmente giraba.
     La niña había estado todo el tiempo cogida a la pierna de su madre viendo como aquel desconocido forcejeaba con la puerta.
      Bueno, vamos allá, dijo el hombre. A ver qué os parece la casa. Empujó la puerta, pero no se abrió.
     ¡La puta puerta de los cojones!, dijo.
     La pareja se sobresaltó e, instintivamente, buscaron los ojos de la niña que seguía agarrada a la pierna de su madre.
    Echaros un poco para atrás, hacedme el favor, les pidió.
    La familia se retiró un par de pasos y el hombre, agarrado al pomo, cogió impulso y lanzó todo el peso de su cuerpo contra la pequeña hoja. La chapa de metal cedió con un chirrido y el hombre entró a trompicones en la casa como si acabara de meter un estoque hasta el corvejón.
     Su puta madre, le oyeron decir desde el interior y luego, entrad, entrad.

                                       Fotografía de Manuel Sayago

     El paso brusco de la calle refulgente al espacio interior contrajo sus pupilas y, durante unos segundos, se sintieron flotar en medio del vacío. Olía a papel húmedo y a comida en mal estado y sus caras se arrugaron. Fernando apretó con fuerza la mano de Mónica en un gesto en el que mezclaban el desagrado y la intuición de que no iban a sacar nada en claro de aquella visita, que allí la energía estaba estancada y no fluía. Pero a medida que sus pupilas se empezaron a relajar y fueron revelándose los detalles del lugar, sus manos se aflojaron y sus rostros pasaron a expresar un asombro infantil, como si fueran los primeros visitantes de una cueva prehistórica repleta de bisontes y de figuras de cazadores a la carrera.
     Voy a abrir la puerta del corral para que veáis mejor, dijo Marcial. La luz está dada de baja porque, con la casa vacía, es un derroche de dinero.
    El hombre descendió por el pasillo que caía hacia el patio posterior mientras los visitantes continuaban admirando en silencio las vigas de madera del techo, el viejo fogón, profundo y tan alto como para que cupieran de pie. Recovecos, alacenas, una escalera subiendo a quién sabe qué prometedora buhardilla y hasta lo que les pareció el brocal de un pozo junto a una de las paredes. Se acercaron para comprobar que lo que acababan de ver era cierto y pasaron la mano por el piedra de granito y cuando levantaron la tapa de madera para asomarse al interior sintieron la humedad subir por sus rostros maravillados.
     A ese pozo se le mete escombro y se ciega sin problemas, dijo el vendedor a sus espaldas llegando desde el corral. Yo mismo los traigo con el tractor. Antes, como no había agua corriente, algunas casas tenían sus propios pozos, pero ahora son un peligro para los niños dijo buscando a la pequeña, que había desaparecido junto al perro.
    Lo mejor que tiene la casa es que está muy bien pintada. A mi madre le gustaba mucho que la casa estuviera siempre pintada porque decía que se limpiaba mejor, la pobre.
    En las paredes brillaban, superpuestas, incontables capas de pintura ocre bajo las cuales quedaban atemperadas las rugosidades de la obra primigenia, los ladrillos de los arcos y olas bóvedas y las maderas empotradas de antiguos dinteles.
     Siempre estaba la mujer con un paño. Qué limpia era.
    Esta era la cocina antigua, les dijo señalando al fogón. Fíjate que todavía está el gancho del que colgaban los peroles. Mi madre no tiraba nada.
     La pareja no salía de su asombro. Aquello era un sueño que ya se veían rehabilitando.
    El suelo no está derecho, dijo la niña, que acababa de aparecer seguida por el perro.
    Los padres, todavía sin palabras, miraron al suelo que, en aquella parte de la casa, era de cemento vivo. Unas estrías cruzaban de lado a lado aquella especie de arroyo gris que se vertía desde la puerta principal a la trasera abriéndose paso entre las redondeadas losas de pizarra.
     El dueño les contó que casi todas las casas antiguas del pueblo eran así. Las nuevas ya no. Ahora, con las máquinas que hay, la gente deja los solares llanos, pero cuando se hicieron estas casas viejas no había cojones de picar toda la pizarra que hay aquí debajo.
     La pareja buscó a su hija para ver si había escuchado lo que el hombre acababa de decir pero la niña ya se había ido otra vez detrás del perro.
     Este cemento se levanta muy fácilmente con un martillo neumático.
     A mí me encanta el suelo así, como industrial, le susurró Mónica a Fernando.
     Marcial se acercó a la puerta de la calle y simuló que tiraba del ronzal de una caballería imaginaria. Por aquí entraban las bestias, por eso el suelo tiene rayas, aclaró. Para que no perdieran pezuña. Mis padres tuvieron burro, como quien dice, hasta ayer. Lo entraba el hombre por aquí cuando llegaba del campo y lo llevaba hasta el corral. Con el puño cerrado a la altura de la cabeza de su burro invisible, el hombre descendió el pasillo seguido por los visitantes y así llegaron a la cocina donde al hombre solo le faltó palmear al aire contra la grupa imaginaria del burro de su padre que, quizá en su imaginación, salió por la puerta del corral donde ya le esperaban el pienso y el agua.
     La cocina era una habitación de techo abovedado con pesebres adosados a los muros. Sobre ellos la vieja había colocado unas tablas forradas de hule en las que descansaban una hornilla de gas y el escurreplatos. Colgaban de las paredes cazos de cobre y algún perol oscuro y también ramos de tomillo seco y una ristra de pimientos choriceros.
     Cuando mi padre se puso malo y dejó de ir al campo, vendieron el burro y pusieron aquí la cocina. No os asustéis, esto se tira todo y se hace aquí una casa en condiciones. Lo malo es que el ayuntamiento no deja que se caigan las bóvedas, que son típicas de este pueblo. Pero vamos, la gente las aguanta un tiempo y una noche les quitan tres o cuatro puntales y después de un invierno de tormentas se cae el techo y a ver quién va a decir nada. Yo mismo vengo con el remolque y la pala y os dejo el solar limpio por cuatro perras. Y de paso cegáis el pozo.
     No hará falta, dijo Fernando. La casa es bonita así, como está.
     El hombre se detuvo y, durante un par de segundos se quedó callado con la mirada perdida.
    Bonita, hombre, depende de como se mire. A mí me gusta porque es la casa en la que mi madre ha vivido los últimos cuarenta años pero tiene sus inconvenientes. Se quedó de nuevo en silencio, ponderando lo que iba a decir.
     Mira, Fernando, yo no quiero engañaros. La casa está muy vieja y si luego tenéis problemas no quiero que vengáis a pedirme cuentas a mí. Yo no sé si os interesa o para qué la querríais pero lo que es seguro es que hay que arreglarla. Si no queréis, no la tiréis, pero esta cocina, por ejemplo, habría que hacerla entera.
     Pues yo pienso lo contrario, dijo Mónica. Esta cocina es una maravilla. Lo que hay que hacer es sacar los materiales originales, convertir los pesebres en espacios de trabajo y, sobre todo, picar toda la pintura acumulada.
     El hombre hizo un gesto de desaprobación.
    Pero mujer, cómo vas a quitar la pintura, con la de capas que tiene. Tú sabes la mierda que sueltan estas paredes. Me acuerdo yo de niño que siempre había arena en las lentejas porque se deshacían las juntas de los ladrillos del techo. Por eso empezaron mis padres a pintar la casa. Hazme caso, te lo digo yo que hago chapuzas los fines de semana. Lo que más me piden es que tape los ladrillos con yeso o con cemento y deje las paredes lisas. Y luego pintura, cuanta más mejor.
     Escucharon el sonido de una moto petardeando en la puerta de la casa y luego una voz que llamaba al dueño. El hombre salió de la cocina sin excusarse dejando solos a los visitantes que, inmediatamente, cruzaron sus miradas. Desde la puerta principal llegaban fragmentos de la conversación que el dueño estaba manteniendo con el visitante. El ruido del motor impedía una escucha clara pero, aún así, distinguieron las palabras “forasteros”, “matrimonio” y “galgo”.

                                              Fotografía de Manuel Sayago

     La pareja aprovechó la ausencia del dueño para intercambiar opiniones en voz baja.
    ¿Pero tú has visto esas maderas? ¿Y las losas de pizarra del suelo? ¿Y qué me dices de los pesebres, por Dios? Son súper monos. Tiramos este tabique, aquí puede ir la cocina, con la campana por aquí, dijo Mónica señalando con el dedo el recorrido del futuro tubo contra la pared. Luces indirectas allí, un rincón para lectura junto al fogón grande, quitamos toda la pintura, al pozo le ponemos un cristal chulo encima y lo iluminamos por dentro, una escalera de acero corten para subir a la buhardilla, ventanas de doble cristal, suelo hidráulico en las habitaciones, una ducha en lluvia y hasta una piscinita sin borde en el patio de ahí detrás.
     El sitio es como de ensueño
     ¿Te gusta?
     Me encanta.
     Pues preguntémosle cuánto pide.
     ¿Me estás diciendo que vamos a comprarla?
     No. De momento solo vamos a preguntar el precio.
     Se cogieron de la mano, excitados por la inmediatez de lo que estaba sucediendo y las apretaron porque, en su interior sentían, sin decirlo, que la energía había regresado.
     Escucharon el ruido del motor que se alejaba de la casa y al cabo de unos segundos Marcial llegó a la cocina.
     Ya estoy aquí. Era un primo mío.
     El hombre se quedó callado, mirando al suelo.
     ¿Sabes cuál es la potencia contratada de la casa?, preguntó Mónica.
    Veréis, dijo Marcial ignorando la pregunta. No os vais a creer lo que me acaba de pasar. La casa lleva en venta un año y medio y, justo ahora que la estabais viendo, ha llegado un primo mío a decirme que la quiere comprar. Se conoce que se ha enterado de que estabais aquí y se ha agobiado. Me jode haberos hecho perder el tiempo.
     Se despidieron en la puerta y, mientras Marcial quitaba el cartel, los vio bajar la calle y abrir con un mando a distancia el todoterreno blanco. El maletero se abrió automáticamente y el perro se subió a él y se enroscó sobre una especie de nido que allí había.
     De vuelta a Madrid, no abrieron la boca hasta pasada una hora.
     Era una casa súper bonita, ¿no crees?
     Tenía como mucho potencial, dijo Fernando. Es que ya nos estaba viendo allí. Leyendo en invierno en el fuego encendido.
     ¿Cuánto crees que valía?
     Yo creo que, regateando, se la hubiéramos sacado por sesenta o setenta mil euros. Una auténtica ganga.»

JESÚS CARRASCO

Jesús Carrasco Jaramillo nació en Olivenza (Badajoz) en 1972. A los cuatro años se trasladó con su familia a Torrijos, en la provincia de Toledo, y en 2005 a Sevilla, donde reside en la actualidad. Desde 1996 trabaja como redactor publicitario, actividad que compagina con la escritura. Intemperie le ha consagrado como uno de los debuts más deslumbrantes del panorama literario internacional y ha sido galardonada con el Premio Libro del Año otorgado por el Gremio de Libreros de Madrid, el Premio de Cultura, Arte y Literatura de la Fundación de Estudios Rurales, el English PEN Award y el Prix Ulysse a la Mejor Primera Novela.. Ha quedado finalista del Premio de Literatura Europea en Holanda, del Prix Méditerranée Étranger en Francia, y de los premios Dulce Chacón, Quimera, Cálamo y San Clemente de España. Elegida como Libro del Año por El País en 2013 y seleccionada por The Independent como uno de los mejores libros traducidos en 2014 en Reino Unido.

Intemperie ha llegado ya a más de 30 países y ha sido traducida a una veintena de lenguas. Además ha sido adaptada al cómic por Javi Rey y llevada a la gran pantalla con el mismo título por Benito Zambrano.

En 2016 publicó su segunda novela, La tierra que pisamos, con la que obtuvo el Premio de Literatura de la Unión Europea 2016.

Ya en 2017 apareció Levante, un cuento ilustrado por el propio Carrasco, que se publicó dentro de la obra colectiva Historias dentro de una caja, editada por la editorial pacense Universitas.

En 2005 había realizado una incursión en el género infantil con Castigada sin salir, un cuento escrito por Carrasco e ilustrado por Antonia Santolaya.

En El País Semanal de 2 de diciembre de 2018, aparecería el sentido articulo titulado Los libros que no leíamos, donde el autor “retrocede hasta el día en que se enamoró de los libros”

Aunque vive en una gran ciudad, a Carrasco le gusta el medio rural. Se considera muy pudoroso por eso huye de las redes sociales. No tiene cuenta de Facebook o Twitter.

«La mitad de mi vida la he pasado en el campo. Nací en Olivenza, un pueblo de Badajoz que está en la frontera con Portugal. Cuando tenía cuatro años, mi familia se trasladó a Torrijos, un pueblo de Toledo. He pasado mi vida entera dando tumbos por los caminos, subiéndome a los árboles, construyendo cabañas, cazando perdices a mano y conejos con hurones, haciendo ese tipo de cosas que se hacen en los pueblos. Es la tierra que amo, es mi lugar en el mundo en cierto modo.»

Jesús Carrasco

“La Santa Cruz. Siempre en mi vida”, Laury Fernández

La Santa Cruz. Siempre en mi vida

El próximo 8 de mayo hará 50 años que tuvimos que salir del pueblo, emigrar, como muchos extremeños dejando nuestro pueblo, Feria, y nuestra tierra, Extremadura, atrás, con toneladas de pena hundidas en nuestro interior.

Yo era tan pequeño que apenas había sitio en mi corazón para un puñado de sueños. Por entonces corrían tiempos difíciles para todos, la vida en España entre las décadas de los 60 y 70 fue muy dura, especialmente en las zonas rurales. Eran momentos inciertos que muchos vivimos: la falta de trabajo, la escasez de recursos, la falta de fe o esperanza y las limitaciones de aquel mundo campesino, originó entre otras cosas la idea de emigrar.

Y decir riesgo, sea quizás un término demasiado comedido para definir la aventura. Aún guardo en mi memoria después de toda una vida, el momento de partida cuando salimos de casa, de madrugada, con el lucero del alba que nos acompañaría hasta el amanecer, aquella mañana de mayo de 1970. Nos pusimos en camino desde la calle Cano, bajamos hasta el pilar de San José, allí estaba esperándonos Cándido Sánchez, conductor reconocido y experimentado con su jeep azul de 9 plazas, Ligeros de equipaje, pero con la maleta llena de ilusiones.

Desde entonces…, Llevo en el corazón mi pueblo porque a pesar de que me fui, Feria sigue latiendo en él. En silencio donde un trozo de mí perdura escondido entre sus parajes, calles, plazas, barrancos y rincones.

Porque mi alma permanece allí donde nací, pero además por otros muchos motivos, lo que en un principio solo era un lugar donde vivir y que tuvimos que dejar muy a nuestro pesar, ahora se ha convertido en un lugar para vivir. Siempre en mi vida ha seguido el arraigo, el amor y cariño, a mi pueblo, a mi tierra y a la SANTA CRUZ. Aquellos años que nos dejaron la puerta encaja a la emigración. La respuesta surgió del viento. Ha pasado toda una vida y sigo sosteniendo el sentimiento, las nobles raíces rurales y los valores que nunca caducan y que cada vez son más necesarios, porque en Feria está mi epicentro vital, mi punto de partida de toda una vida y feliz punto de encuentro de tanta gente querida.

El paso de los años suele engrandecer lo vivido en un pasado que tal vez fuese hostil y duro por tener que emigrar. Cada vez que me transporto con la imaginación al lugar donde nací, me dejo arrastrar por la melancolía, por las emociones de un tiempo no contado y por los recuerdos que reposan en la memoria de mis ojos de adulto bañado por la congoja de lo vivido.

Feria, pueblo abrazado a la montaña como pintado en la roca e iluminado por tu luz. SANTA CRUZ, como escrito en mayúscula y descrito entre plata y azul, rodeado de mares escasos de agua, y olas tranquilas sin ser mar. Y sobre ella la roca milenaria, el majestuoso castillo. Como padre que observa la vuelta a casa de sus hijos que por algún motivo un día se fueron o tuvieron que emigrar.

A la memoria de mis padres

Laury Fernández

“Lila y Flag”, de John Berger

Lila y Flag”, de John Berger

En 1990, el escritor, crítico de arte, pintor y guionista de cine y de televisión John Berger publicaba Lila y Flag, el tercer volumen de su conocida trilogía De sus fatigas, que se había iniciado con Puerca tierra, en 1987, y a la que seguiría Una vez en Europa (1987).

A mediados de los años setenta, Berger tomó la decisión de dejar Londres e instalarse en los Alpes franceses, en un pueblecito campesino llamado Quincy, cerca de la frontera suiza. Berger participó del modo de vida de los habitantes del pueblo y llegó incluso a hacerse campesino. Fruto de estas experiencias y del contacto con los vecinos del lugar surgió De sus fatigas, que le llevó un trabajo de quince años. En ella aborda la extinción de la cultura campesina y la emigración de los habitantes del medio rural a las grandes ciudades.

«Otros se fatigaron
 y vosotros os aprovecháis de sus fatigas».
 San Juan 4,39

A diferencia de los dos primeros volúmenes de la trilogía, formados por una colección de cuentos, Lila y Flag es una novela. Una novela sobre el amor y el perdón. En ella Berger nos acerca a la forma de vida de los campesinos que abandonaron sus pueblos para establecerse en la ciudad. Acompañamos a éstos y a sus hijos intentando adaptarse a una forma de vida a la que parece que han llegado demasiado tarde para gozar de sus ventajas, pero justo a tiempo para sufrir la marginación y el desarraigo.

        «De niño cantaba en el coro del pueblo. Me gustaba la voz de Clement. Cuando cantaba en público cerraba los ojos porque le intimidaba que lo miraran. Solía cantar de pie, con los brazos pegados al cuerpo, muy tieso, pero expresivo. Como una figura tallada en madera. La misma fuerza, la misma energía y el mismo sufrimiento. Clement emigró a Troy a los diecisiete años. Lo recuerdo como si fuera ayer. Su hermano mayor, Albert, que ya estaba trabajando de portero en una sala de subastas de la ciudad, le había encontrado un empleo. Por desgracia, no le duró mucho. Un día, unos minutos antes de que diera comienzo una gran subasta, uno de los jefes descubrió a Clement dormido en una cama con dosel del siglo XVII por la que esperaban que se pujara hasta quince millones. Como es natural, lo despidieron en ese mismo momento. Unos meses después encontró trabajo abriendo ostras, y esto es lo que hizo durante el resto de su vida. En el verano cargaba pescado en camiones y trenes refrigeradores. A veces cantaba mientras trabajaba.

La verde ladera
mis corderos pastaban 
Tra la la, la la la, la.
Para no estar triste
una canción cantaba
¡Eh, oh! ¡Eh, oh!
el eco contestaba.» 

Con un lenguaje claro y lleno de sensibilidad, Berger nos traslada su preocupación por la destrucción del mundo rural y la deshumanización de la vida moderna. Muy recomendable.

 «Conmovedora de un modo casi insoportable.» Anthony Burgess

Leer un fragmento del libro

SINOPSIS

Lila y Flag es la tercera entrega de la trilogía De sus fatigas. Es una obra de gran ambición, centrada en las consecuencias que para la sociedad europea ha tenido el advenimiento de la prosperidad: bajo el esplendor se esconde la tristeza del campesino desterrado a la ciudad y arrancado de su ambiente más feliz. En Lila y Flag, relato de muerte y perdón, auténtica odisea moderna, se condensan todas las cualidades que componen el estilo de Berger: su obsesión por la claridad en le lenguaje, su modo peculiar de entender el marxismo y su extraordinaria sensibilidad para la luz y el color.

   «Extraordinaria… Como los grandes novelistas, Berger guía a sus personajes y a sus lectores con ternura y un humor muy íntimo.»
Michael Ondaatje

JOHN BERGER

John Berger (Londres, 1926-París, 2017) se formó como pintor en la Central School of Arts. Además de un gran escritor -con G. obtuvo en 1972 el Premio Booker-, ha sido uno de los pensadores más influyentes de los últimos años. Autor de novelas, ensayos, obras de teatro, películas, colaboraciones fotográficas y performances, ninguna manifestación artística ha escapado a su talento. Sus ensayos y artículos revolucionaron la manera de entender las Bellas Artes, y su compromiso con el campesinado europeo en la trilogía De sus fatigas, compuesta por Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag, es ya un modelo de empatía y lucidez. Alfaguara también ha publicado Hacia la boda, Un pintor de hoy, Aquí nos vemos, Fotocopias, King, Un hombre afortunado, De A para X, Con la esperanza entre los dientes, El cuaderno de Bento y su monumental ensayo Fama y soledad de Picasso. En 1962 abandonó su residencia en Inglaterra para instalarse en un pequeño pueblo de los Alpes franceses. Rondó para Beverly es su último libro, escrito tras la muerte de su mujer.

   «Fue el Leonard Cohen de otra clase de rotunda melancolía: la de la tristeza (social, íntima) que provoca el auténtico saber en mitad de la sociedad capitalista de fauces abiertas y hambre incansable… Era un activista, su literatura viene de ahí, del compromiso a la manera de Albert Camus, de la protesta, de la obsesión con el poder y sus lepras.» Diego Medrano, El Comercio

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO

     «Nacemos fuera de la ley y hagamos lo que hagamos vamos contra ella, dijo Naisi. Ellos nacen del lado de la ley y hagan lo que hagan siempre están protegidos. Si tienes que golpear sin matar, golpea a quienes te quieren, no a ellos. Lo que cuenta para ellos no cuenta para nosotros. Mira, las manzanas, por ejemplo. Ellos se comen una manzana para estar sanos. Nosotros nos comemos una manzana porque alguno la ha robado. Y los coches. Ellos van en coche a sus citas. Nosotros nos subimos a un coche para huir. ¡Y qué me dices de construir una casa! Ellos construyen para invertir su dinero y dejárselo a sus hijos. Nosotros construimos para tener un techo. Joder! ¡Ellos joden para tener niños! Naisi se quitó la máscara y la tiró al suelo. ¡Yo jodo para morir! ¿Y tú?»
    […]
     «¿Es verdad?, preguntó Sugus cerrando los ojos, ¿es verdad que hay gente en el pueblo que vive tan alto en la montaña, tan alejada, que cuando susurra algo, el eco de las rocas se lo repite?
     Hay sitios así.
    Sugus columpió las piernas en el aire como si fuera a caminar por el techo, se levantó de un brinco y se quedó de pie en el suelo de cemento.
     ¿Por qué no nos volvemos al pueblo los tres, mamá?
     ¿Qué tres?
    Tú, Zsuzsa y yo. Padre siempre contaba que había una casa de madera en la montaña y un bosque de pinos que todavía nos pertenecía. Podríamos vivir allí. Yo cortaría árboles; tú tendrías gallinas, y Zsuzsa recogería setas y las vendería al otro lado de la frontera, como aquella mujer de la que hablaba padre, ¿cómo se llamaba?
    ¿Por qué estoy llorando?, se preguntó Wislawa.
    Cultivaríamos nuestras verduras, dijo Sugus. En invierno yo podría trabajar en los remontes de esquí, y en verano cortaría leña.
    No es como tú te crees. No puede ser, hijo, no puede ser.»

Fraga en Feria

El domingo 5 de octubre de 1969, el entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, visitó la localidad de Feria.

Fraga llegó, la mañana de ese día, procedente de la vecina ciudad de Zafra, donde había pasado la noche anterior.

La Hoja del lunes del día 6 de octubre de 1969 recogía así la noticia:

DÍAZ AMBRONA Y FRAGA IRIBARNE PRESIDIERON EN ZAFRA DIVERSOS ACTOS

     El ministro de Información y Turismo, que pernoctó anoche en esta ciudad, fue agasajado por el Ayuntamiento con una cena, en la caseta municipal del real de la feria.

    Por la mañana, tras oir misa en la iglesia parroquial, el señor Fraga Iribarne se trasladó al vecino pueblo de Feria, siendo cumplimentado por el alcalde. El ministro dirigió unas palabras al vecindario que le había recibido cariñosamente. Visitó luego la iglesia parroquial y se trasladó al castillo del duque de Feria, regresando a Zafra.

    Don Manuel Fraga Iribarne acompañó al ministro de Agricultura, don Alfonso Díaz Ambrona, que había llegado por la mañana para inaugurar el primer mercado nacional permanente de ganados, visitando con éste y las jerarquías del segundo de los ministerios citados, todas sus dependencias e instalaciones. […]

    Seguidamente, el ministro de Información y Turismo, emprendió viaje a Llerena para seguir a Alburquerque y regresar esta noche a Madrid.

Pero fue el diario Hoy del día 7 de octubre de 1969 el que ofreció más información sobre aquel hecho.

Reproducimos a continuación la información más relevante sobre aquella visita, tal como aparecía en el citado diario. Lástima que no aportara ninguna documentación fotográfica sobre la misma:

EL SR. FRAGA IRIBARNE VISITÓ FERIA, LLERENA Y ALBURQUERQUE

Estudió las posibilidades de promoción turística de ellos, quedando admirado de los castillos de Feria y Alburquerque y de la iglesia y plaza de Llerena.

Por la noche regresó a Madrid satisfecho de su viaje

     El pasado domingo, el ministro de Información y Turismo, don Manuel Fraga Iribarne, realizó la serie de visitas programadas para su segunda jornada de estancia en la provincia.

     Antes de las ocho de la mañana ya estaba levantado, luego de pernoctar en el Parador de Turismo de Zafra. Se hallaba acompañado del director general de Empresas y Actividades Turísticas, don León Herrera; don José Manuel Fraga Estévez, hijo del ministro; gobernador civil, señor Gerona de La Figuera; presidente de la Diputación, señor Carracedo Blázquez; delegado provincial de Información y Turismo, señor Cerón Bailo; y consejero nacional por la provincia, señor Robina Domínguez.

    Visitaron el solar ofrecido por el Ayuntamiento para la construcción de la Oficina de Turismo segedana, que el ministro prometió saldría de sus obras. Se encuentra en un ángulo de la plaza Nueva.

Misa

     A las ocho y media el ministro, séquito y autoridades que le acompañaban oyeron misa en la Iglesia parroquial ex Colegiata de Nuestra Señora de la Candelaria, que ofició el arcipreste, don Manuel Ibáñez López.

     Durante lal misa, un hombre que se hallaba en el templo se sintió repentinamente enfermo y fue asistido por el gobernador civil ebn su calidad de doctor en Medicina.

Visita a Feria

     Finalizada la santa misa, el ministro decidió adelantar en más de media hora el programa previsto y se dirigió hacia la localidad de Feria, que dispensó al señor Fraga Iribarne un cariñoso recibimiento con numerosas pancartas (algunas escritas en castúo), banderas, colgaduras, música y todo el vecindario que aplaudió al señor Fraga, quien luego de saludar en la plaza central a las autoridades locales que le presentó el alcalde, don Eladio Buzo Casillas, se dirigió a la iglesia de San Bartolomé, que admiró detenidamente, para proseguir al Castillo en una mañana de niebla y amenazante de lluvia.

     El alcalde, señor Buzo Casillas, pronunció un discurso en el que comenzó diciendo que nunca había tenido el alto honor de dar la bienvenida a tan destacada personalidad. Hizo historia del pueblo aportando datos, fechas, nombres y detalles. Dijo que el Castillo de Feria, por su origen y situación, era el centro de la ruta de los castillos, y por las tierras que domina es llamado “el faro de Extremadura”. Hizo un elogio del Caudillo y su Gobierno y terminó dándole un abrazo y rogándole que se lo diera en nombre de todo Feria al Jefe del Estado. Fue muy aplaudido.

     El ministro de Información y Turismo agradeció el recibimiento tributado y las cariñosas palabras del alcalde de Feria. El señor Fraga elogió la iglesia y el castillo visitados y prometió estudiar su posible promoción turística.

El ministro y el alcalde de Feria en una foto tomada casi un año antes, con motivo de la inauguración del Parador de Zafra

     Finalizada la visita a Feria, donde fue despedido con las mismas muestras de simpatía que a su llegada, el señor Fraga y séquito regreso a Zafra, donde, como reseñamos en otro lugar de este diario, asistió a la inauguración del I Mercado Nacional Permanente de Ganado.

    De Zafra prosiguió viaje hacia Llerena. […]

“La forja”, de Arturo Barea

La forja es la primera parte de la trilogía La forja de un rebelde, de Arturo Barea, que se compone de tres novelas autobiográficas: La forja, La ruta y La llama. El primer tomo cubre su infancia y juventud; el segundo, sus primeras experiencias literarias y, sobre todo, su servicio militar en Marruecos; el tercer tomo, por último, trata del período justamente anterior a la guerra civil y de la misma.

La forja de un rebelde no apareció inicialmente en español, sino en inglés. El libro fue publicado durante el exilio de Barea en Londres, a causa de la guerra civil española, en tres tomos, entre 1941 y 1946. La primera versión de la trilogía en castellano no salió hasta 1951, en la editorial Losada de Buenos Aires, que publicó los tres tomos por separado.

La trilogía fue aclamada como «obra maestra» y «contribución invalorable para nuestro conocimiento de la España moderna, así como libro de enorme mérito literario». En particular, Bertram Wolfe alabó «su sinceridad excepcional y su franqueza inquebrantable», considerándola como «una de las grandes autobiografías del siglo XX».

«La forja de un rebelde es tan esencial para entender la España del siglo XX, como indispensable es la lectura de Tolstói para comprender la Rusia del siglo XIX».The Daily Telegraph

La forja de un rebelde no sólo se ha convertido en la obra maestra de Barea, sino en uno de los testimonios más estremecedores que se hayan escrito sobre la guerra civil española y sus antecedentes inmediatos.

En el año 1990, La forja de un rebelde fue adaptada para la pequeña pantalla con el mismo nombre por el director de cine Mario Camus.

Miniserie de TV de 6 capítulos. Cuenta la historia de uno de los vencidos de la Guerra Civil (1936-1939), el socialista y republicano Arturo Barea, hijo de una lavandera, que pasó 18 años en el exilio sin poder regresar a España. El relato es un homenaje a las víctimas del franquismo.

La primera parte, La forja, apareció publicada en 1941. En ella, Barea nos narra la historia de su infancia y primera juventud en el Madrid de principios de siglo y los breves periodos de vacaciones en Brunete, Méntrida y Navalcarnero.

Con tan solo dos meses, Barea abandona Badajoz del brazo de su madre y sus tres hermanos, cuando muere su padre, un miembro del servicio de reclutamiento del ejército, para instalarse en Madrid. Allí se establecieron en el barrio del Avapiés (actualmente, Lavapiés), donde la madre tuvo que trabajar como lavandera y sirvienta. Arturo, a diferencia de sus hermanos, fue criado por unos tíos acomodados sin hijos que le enviaron a una escuela religiosa.

    «Cuando murió mi padre, éramos cuatro hermanos y yo tenía dos meses. Le aconsejaban a mi madre —según me ha contado— que nos echara a la Inclusa, porque con los cuatro no iba a poder vivir. Mi madre se marchó al río a lavar ropa. Los tíos nos recogieron a mí y a ella; los días que no lava en el río hace de criada en casa de los tíos y guisa, friega y lava para ellos; por la noche se va a la buhardilla donde vivo con mi hermana Concha. A mi hermano José —el mayor— le daban de comer en la Escuela Pía. Cuando tuvo once años se lo llevó a trabajar a Córdoba el hermano mayor de mi madre, que tiene allí una tienda. A mi hermana le dan de comer en el colegio de monjas, y mi otro hermano, Rafael, está interno en el Colegio de San Ildefonso, que es para los chicos huérfanos que han nacido en Madrid.

    Yo voy a la buhardilla dos días por semana, porque mi tío dice que tengo que ser como mis hermanos y no creerme el señorito de la casa. No me importa; me divierto más que en casa de mis tíos, porque aunque mi tío es muy bueno, mi tía es una vieja beata muy gruñona que no me deja en paz. Por las tardes me hace ir al rosario con ella a la iglesia de Santiago y esto es ya demasiado rezo. Yo creo en Dios y en la Virgen, pero me paso el día rezando: a las siete de la mañana, todos los días, la misa en el colegio. Antes de la clase, a rezar; después, la clase de religión y moral; antes de salir de clase, a rezar otra vez. Por la tarde, al volver a clase, y al salir, vuelta a rezar y después, cuando estoy tan contento jugando en la calle, me llama la tía y me hace ir al rosario; también me hace rezar por la noche y por la mañana, al acostarme y al levantarme. Cuando voy a la buhardilla, ni voy al rosario ni rezo por la mañana ni por la noche.

    Ahora en el verano, como no hay colegio, estoy en la buhardilla los lunes y los martes, que son los días que mi madre baja al río, y me voy con ella para pasar el día en el campo.»

En aquellos momentos, el joven Arturo aspiraba a ser ingeniero, pero la muerte prematura del tío le obligó a dejar los estudios a los 13 años y a tener que trabajar como aprendiz en una tienda. Más adelante, en agosto de 1911, Arturo entró en el banco Crédit Lyonnais como mensajero, donde ascendió hasta llegar al puesto de oficinista. Mientras trabajaba allí ingresó en la UGT.

La forja pude ser considerada como una historia de formación. En ella Barea nos narra el ambiente en el que se va formando como persona. Unos duros comienzos que irán forjando su espíritu de compromiso y de rebeldía.

Una gran novela en la que retrata fielmente la España de principios del siglo XX, ofreciéndonos magníficas estampas tanto del ambiente de los pueblos que visita durante sus vacaciones como de la capital. Muy recomendable.

SINOPSIS

La forja, primer volumen de la trilogía La forja de un rebelde, narra la niñez y juventud del protagonista hasta el año 1914. Junto a las vivencias de Arturo, la ciudad de Madrid tiene una presencia más que notable. Éste vive con su madre en una buhardilla cercana a la Plaza de Oriente, estudia en el Instituto de San Isidro, asiste a la iglesia de Santiago y al cine Callao, juega en la calle Lepanto y se mueve, comprando libros, descansando o divirtiéndose por el Rastro, el Campo del Moro, la Casa de Campo, el rio Manzanares o la calle de Alcalá. En ese entorno, perfectamente definido y recreado con la fuerza de un Baroja, empiezan a entreverse las divisiones sociales que estallarán más tarde. La propia familia del protagonista se divide por una herencia. Arturo encuentra sus primeros trabajos y tiene sus primeros enfrentamientos reivindicativos con los jefes. Es la forja de un futuro rebelde.

  «¡Quieto, gorrión! ¿De dónde han salido los granos de trigo? Mira las hormigas en hilera, andando de espaldas, tirando cada una de un grano. Y a ti, gorrión, ¿no te da vergüenza comerte el grano de trigo que llevan con tanto trabajo y tal vez comerte la hormiga que se quedará pegada al grano, agarrada con sus dientes negros y secos? […]¿De dónde han sacado un grano de trigo, aquí en el Retiro? Tal vez de la comida de los patos. ¿Tengo o no tengo razón para quitarte el grano de trigo del piso? A lo mejor te espera el gorrioncito en el nido, para comerse la hormiga y el grano que tú le llevarías. En la plaza de Palacio yo he visto venir a las golondrinas con las moscas y los bichos que cazaban gritando como ellas gritan, y volcarlos en el pico abierto de los golondrinitos, un pico cuadrado, abierto de par en par, nunca lleno. Tal vez tienen razón y derecho al grano y a la hormiga. ¿Es esto la vida? ¿Quitarse la comida unos a otros? ¿Comerse unos a otros?»

ARTURO BAREA

Arturo Barea Ogazón. (Badajoz, 20 de septiembre de 1897 – Faringdon, 24 de diciembre de 1957). Escritor español autor de cuentos, novelas y ensayos y periodista y comunicador.

Estudia en las Escuelas Pías de San Fernando, pero deja los estudios a los trece años. Trabaja en un banco hasta 1914 y durante la guerra apoya al bando republicano realizando misiones de carácter cultural y propagandístico. Al finalizar la guerra civil se exilia a Inglaterra.

Todos sus libros fueron publicados en inglés y más tarde en castellano excepto su primera publicación Valor y miedo (1938), en el que relata cuentos de la Guerra Civil.

De 1941 a 1946 publica su obra más conocida, la trilogía The Forging of a Rebel, la cual escribe en Inglaterra en español y es traducida al inglés por su esposa Ilsa Barea. Es una autobiografía de su vida en la que narra su infancia y juventud y su experiencia en la Guerra de Marruecos y en la Guerra Civil. La publicación en español se produjo en el año 1951 en Buenos Aires bajo el nombre La forja de un rebelde y en 1978 se publicó en España. La trilogía consta de tres títulos La forja, La ruta y La llama.

En 1944 publica un ensayo sobre Federico García Lorca en inglés bajo el nombre Lorca, the Poet and his People y en 1956 se publica en castellano como Lorca, el poeta y su pueblo. En 1952 publica Unamuno, una biografía sobre el autor Miguel de Unamuno. En 1952 publica la novela The Broken Root, publicada en castellano en 1955 como La raíz rota, en la que aborda la frustración del exiliado y las consecuencias de la Guerra Civil.

Arturo Barea fallece en el 24 de diciembre de 1957 en Faringdon, un pueblo del condado de Oxford.

Póstumamente su esposa publica una colección de cuentos recopilados en un libro bajo el nombre El centro de la pista (1960). Más tarde se publica Palabras recobradas (2000) que reúne cartas, ensayos y artículos inéditos de Arturo Barea.

En 1990 Televisión Española emite La Forja de un rebelde, serie compuesta por 6 capítulos basada en sus novelas autobiográficas dirigida por Mario Camus.

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

   «Me como los huevos fritos y la longaniza que me ha preparado la tía Braulia para desayunar y me voy a las eras. El pueblo es una calle única por la que pasa la carretera. Los campos, segados ya, están amarillos de la raíz seca de las espigas, y en un sitio donde sube un poco la tierra están las eras. Son unas plazoletas empedradas con cantos redondos que se barren muy bien antes de echar sobre ellas las espigas.
    Sobre la alfombra circular de espigas da vueltas, arrastrado por una mula, el trillo, una tabla gorda llena de pedernales cortantes, que pasa sobre el trigo y separa el grano de la paja. Los chicos se montan sobre la tabla del trillo, uno para conducir y todos para jugar. Nos empujamos unos a otros para hacernos perder el equilibrio sobre la plancha en movimiento y caer en el colchón de espigas. El único peligro es caer por la parte delantera de la tabla y que el trillo le pase a uno por el cuerpo. A uno de mis primillos le pasó esto y tiene la espalda llena de rayas, como si fuera un tatuaje de los indios. Más allá, los hombres voltean la paja y el trigo triturados, lanzándolos contra el aire para que éste se lleve la paja y quede sólo el grano. Los chicos pasamos corriendo a través de la nube de paja, manoteando con los ojos cerrados, para llenarnos de agujas pequeñitas que se clavan en la piel y no dejan dormir. Después nos revolvemos en los montones de trigo limpio y se nos llenan los oídos, la boca y las narices de los granos duros que se meten también entre los calcetines y en los bolsillos. Claro que estas cosas no me ocurren más que a mí, porque mis primos tienen la piel curtida del aire y el sol y el polvo, y las pajas no les hacen ningún efecto. Tampoco tienen calcetines, ni alpargatas, porque casi todos van descalzos, y menos aún bolsillos en el delantal como yo. Llevan una camisa y un pantalón atado con un cordel, y el pantalón es de los de “trampa”. Pero lo que más me molesta es el sol. Los primeros días, la piel se me pone roja y se me pelan la nariz y los carrillos y voy cambiando pellejos como las culebras, hasta que, cuando vuelvo a Madrid, estoy casi tan negro como mis primos. Pero nunca como el tío Hilario.
    El tío Hilario es un viejo alto y reseco, de huesos muy grandes. Tiene una cabeza completamente calva, llena de jorobas, con un lobanillo en todo lo alto que parece una ciruela, pero la piel de la calva es tan oscura que no se le nota la falta de pelo. En el cogote la piel es gorda y seca y está dividida en arrugas profundas que parecen cortadas por un cuchillo. Se afeita los jueves y los domingos, como los curas, y entonces, la parte que le han afeitado parece que se la han frotado con papel de lija, porque está mucho más blanca que el resto de la cabeza. Algunas veces coge una de mis manos –que son muy finas y delgadas– y la pone sobre una de las suyas que son grandes y anchas, con las uñas aplastadas, y se asombra. Suele apretarme la mano entre las dos suyas, y entonces pienso que, con los callos que tiene en las palmas, si se frotara sus manos, me despellejaría completamente la mía. El mango del arado tiene la madera reluciente como el pasamanos barnizado de la escalera de casa, y esto lo ha hecho el tío Hilario a fuerza de frotar sus callos sobre el mango.»
    […]
    «Mi madre baja conmigo al colegio, para despedirme de los padres. Van viniendo uno a uno y hablando con ella. El último es el padre rector, que se une al padre prefecto y a nosotros.
    –Es una lástima –dice–. Este niño está particularmente dotado. Mire usted, nosotros comprendemos su situación. Le daremos al chico los estudios y la comida, porque a nosotros también nos conviene, y es una lástima que se pierda.
    –Pero hay que vestirle, padre –dice mi madre.
    –Mujer, ya arreglaremos eso. No le va a faltar ropa al chico.
    Mi madre está inclinada a dejarme en el colegio. Ha aguantado a mi tía tantos años, que ¿qué no haría ella por mí? El padre rector corta la discusión:
   –Mire usted. Al chico le tomamos nosotros como un interno más. Donde comen ciento, comen ciento uno. La ropa y los libros, ya lo arreglaremos. No se preocupe usted.
    ¿Y yo? ¿Yo no soy nadie? ¿Dispone todo el mundo de mí a su antojo? Todos quieren hacer conmigo la limosna y luego aprovecharse. Me tengo que meter en el colegio, estudiar como un burro, para que luego los curas hagan sus anuncios para atraer a los padres como el de Nieto, que me llamarán hijo de lavandera.
    –Yo quiero trabajar –digo de repente.
    –Bueno, bueno –dice el padre rector–. Tú no te preocupes de nada, que nada te va a faltar.
    –¡No quiero más limosnas! ¿Cree usted que no lo sé?
    Llorando me salen las palabras a chorro: ya sé lo que es ser el hijo de la lavandera; sé lo que es que le recuerden a uno la caridad; sé lo que son los anuncios del colegio y lo que es fregar mi madre el suelo en casa de mi tía, sin cobrar sueldo. Sé lo que son los ricos y los pobres. Sé que soy un pobre y no quiero nada de los ricos.
    De la cocina del colegio me suben una taza de té y el padre rector me da de palmaditas en la espalda. Me tienen que dejar tumbado un largo rato en uno de los divanes de terciopelo de la sala de visitas. Los padres van viniendo a verme y a hacerme una caricia. El padre Joaquín se sienta a mi lado, me levanta y comienza a preguntarme qué me pasa. Le respondo exaltado y entonces me da cachetes en las manos y me dice:
    –No, no. Despacito, como si te estuvieras confesando.
    El padre rector empuja a mi madre al otro extremo de la sala y quedamos allí los dos solos. Le cuento todo al cura que tiene mis manos entre sus manos grandes y me sigue dando en ellas golpecitos cariñosos, que me incitan a seguir. Cuando acabo, me dice:
    –Tienes razón. –Se vuelve al padre rector y a mi madre. Agrega muy serio–: No se puede hacer nada. A este niño le han estropeado entre unos y otros. Lo mejor es dejarle que vea la vida.»

FUENTES

  • Townson, Nigel. Introducción de La forja. Barcelona, Debolsillo, 2019
  • Barea, Arturo. La forja. Barcelona, Bibliotex, 2001

“Castigada sin salir”, un cuento de Jesús Carrasco, ilustrado por Antonia Santolaya

El escritor extremeño Jesús Carrasco Jaramillo alcanzó en 2013 el reconocimiento literario internacional con la publicación de su primera novela, Intemperie, con la que logró el aplauso unánime de la crítica, siendo elegida como Mejor Libro del Año por el Gremio de Libreros de Madrid. La novela ha llegado ya a más de 30 países y ha sido traducida a una veintena de lenguas. Además ha sido adaptada al cómic por Javi Rey y llevada a la gran pantalla con el mismo título por Benito Zambrano.

En 2016 publicó su segunda novela, La tierra que pisamos, la cual le valió para la obtención del Premio de Literatura de la Unión Europea 2016.

Pero lo que no es tan conocido es que el escritor de Olivenza había realizado una incursión en el género infantil con Castigada sin salir, un cuento escrito por Carrasco e ilustrado por Antonia Santolaya.

«A Marta le gusta mucho dibujar pero a su madre no le gusta que pinte las paredes así que la castiga en su cuarto hasta la hora de la cena. Como Marta se aburre, decide dibujar.»

El cuento fue publicado en 2005 por Ediciones SM dentro de la colección Cuentos de ahora. Se trata de un librito de 32 páginas, con magníficas ilustraciones, recomendado para niños de 3 a 6 años.

Una pequeña joya muy difícil de encontrar en las librerías, pero de la que podemos encontrar algunos ejemplares en los catálogos de nuestras bibliotecas públicas.

JESÚS CARRASCO

Jesús Carrasco Jaramillo nació en Olivenza (Badajoz) en 1972. A los cuatro años se trasladó con su familia a Torrijos, en la provincia de Toledo, y en 2005 a Sevilla, donde reside en la actualidad. Desde 1996 trabaja como redactor publicitario, actividad que compagina con la escritura. Intemperie le ha consagrado como uno de los debuts más deslumbrantes del panorama literario internacional y ha sido galardonada con el Premio Libro del Año otorgado por el Gremio de Libreros de Madrid, el Premio de Cultura, Arte y Literatura de la Fundación de Estudios Rurales, el English PEN Award y el Prix Ulysse a la Mejor Primera Novela.. Ha quedado finalista del Premio de Literatura Europea en Holanda, del Prix Méditerranée Étranger en Francia, y de los premios Dulce Chacón, Quimera, Cálamo y San Clemente de España. Elegida como Libro del Año por El País en 2013 y seleccionada por The Independent como uno de los mejores libros traducidos en 2014 en Reino Unido.

Intemperie ha llegado ya a más de 30 países y ha sido traducida a una veintena de lenguas. Además ha sido adaptada al cómic por Javi Rey y llevada a la gran pantalla con el mismo título por Benito Zambrano.

En 2016 publicó su segunda novela, La tierra que pisamos, con la que obtuvo el Premio de Literatura de la Unión Europea 2016.

Ya en 2017 apareció Levante, un cuento ilustrado por el propio Carrasco, que se publicó dentro de la obra colectiva Historias dentro de una caja, editada por la editorial pacense Universitas.

En 2005 había realizado una incursión en el género infantil con Castigada sin salir, un cuento escrito por Carrasco e ilustrado por Antonia Santolaya.

En El País Semanal de 2 de diciembre de 2018, aparecería el sentido articulo titulado Los libros que no leíamos, donde el autor “retrocede hasta el día en que se enamoró de los libros”

Aunque vive en una gran ciudad, a Carrasco le gusta el medio rural. Se considera muy pudoroso por eso huye de las redes sociales. No tiene cuenta de Facebook o Twitter.

«La mitad de mi vida la he pasado en el campo. Nací en Olivenza, un pueblo de Badajoz que está en la frontera con Portugal. Cuando tenía cuatro años, mi familia se trasladó a Torrijos, un pueblo de Toledo. He pasado mi vida entera dando tumbos por los caminos, subiéndome a los árboles, construyendo cabañas, cazando perdices a mano y conejos con hurones, haciendo ese tipo de cosas que se hacen en los pueblos. Es la tierra que amo, es mi lugar en el mundo en cierto modo.»

Jesús Carrasco

ANTONIA SANTOLAYA

María Antonia Santolaya Ruiz-Clavijo nació en Ribafrecha (La Rioja) en 1966. Se licenció en Bellas Artes, especialidad Pintura, por la Universidad Complutense de Madrid. Entre 1993 y 1994 estudió fotograbado y fotoserigrafía en Ormond Road Workshop (Londres), además de un curso avanzado de postgraduado en Grabado en St. Martins School de Londres. Con posterioridad regresó a Madrid, donde se dedicó por un tiempo a la escultura, la pintura y el grabado. Desde el año 2000 trabaja profesionalmente como ilustradora de libros infantiles, fecha en la que ganó, en colaboración con su hermana Dori Santolaya, el Premio Apel•les Mestre por Las damas de la luz. Desde entonces ha trabajado con varias de las editoriales más importantes del panorama nacional, como SM, Anaya, Destino, Santillana, Aldeasa, etc. También ha hecho colaboraciones publicitarias y en publicaciones destinadas al público adulto. Uno de sus proyectos más ambiciosos es una serie de biografías infantiles sobre las escritoras Virginia Woolf, María Zambrano, Gloria Fuertes o Carmen Martín Gaite, con texto de Luisa Antolín. Antonia Santolaya ha expuesto en diversas salas de nuestro país y también imparte talleres de ilustración.