“Hoy, Júpiter”, de Luis Landero

       «–Es curioso –dijo– que mi conflicto sea justo el contrario del tuyo. ¿Cómo decir? Tú estás viviendo una historia de amor. La mía, sin embargo, es la historia de un odio.»

Diecisiete años después de que un desconocido Luis Landero ganara el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa con su primera novela, Juegos de la edad tardía (1989), el escritor extremeño publicaba Hoy, Júpiter (2007), un libro en el que se describen dos historias paralelas que al final convergen.

Está protagonizado por Dámaso Méndez y Tomás Montejo, dos personajes cuyas vidas se acabarán cruzando. El primero crece en un medio rural, bajo la poderosa influencia de un padre exigente que le ningunea y que acabará depositando sus expectativas en otro muchacho con más talento que él.

    «La vida es sólo un soplo y un sueño, los años te atropellan, las edades vuelan, los imperios se desmoronan, cuando quieres darte cuenta hoy es ya mañana y mañana fue ayer. Te echas a dormir un rato, y al despertar descubres que se ha hecho ya tan tarde que no queda tiempo para nada, sólo para llorar la juventud perdida y hecha ya desperdicios. Así que si quieres llegar a algo, tienes que darte mucha prisa.»

El segundo protagonista, Tomás Montejo, es un profesor de instituto de Lengua y Literatura, que sueña con ser escritor y a quien la relación con una joven alumna vendrá a rescatarlo de la rutina.

     «Y a partir de entonces vivió ya para los libros. Sería lector, profesor, investigador, y quizá hasta escritor. Quizá sobre todo escritor. Una tarde se puso a escribir, redactó unas líneas y luego se detuvo sin saber cómo continuar pero sabiendo que tenía toda la vida por delante para consagrarla a esa misión, desde ahora sagrada.»

La novela es una historia de odio pero también de amor con una alta carga autobiográfica, apoyada en hechos y vivencias reales. Landero creció bajo la fuerte influencia de un padre que le responsabilizaba de todas sus frustraciones. Le exigía tanto que le abrumó. Le ponía ejemplos de otros muchachos con más habilidades que él, lo que le creó un fuerte sentimiento de culpa.

«Hay dos mundos que son las fuentes de donde manan mis demonios: mi infancia y mi adolescencia. Ambos me alimentan literariamente. Ésa es la semilla, pero lo demás es imaginario», señala el autor extremeño.

La novela está escrita con una excelente prosa que se adapta a las exigencias de los protagonistas y a las distintas situaciones de la historia. Destacan las bellas descripciones de ambientes y personajes de la infancia del escritor allá en su Extremadura natal y los guiños a ese mundo mágico tan presente en sus obras. En esta obra Landero adelanta algunos de los temas que más tarde desarrollaría en sus novelas El balcón en invierno (2014) y El huerto de Emerson (2021). En fin, otra buena novela del autor extremeño que desde aquí recomendamos.

     «En el verano se bañaban juntos en la alberca, pescaban con cestas y cribas en el regato cuando el cauce iba bajo, barbitos, bogas y bermejuelas, dormían en la era los días de la trilla, cogían almendras y hacían culebras de mazapán en Navidad, iban juntos a buscar cardillos, setas, espárragos, criadillas, a apañar aceitunas, a castrar colmenas, a cazar pájaros con red, a pescar ranas de noche con linternas, a buscar nidos, a lagartos, y entre todos hacían licor de moras y de guindas, o embotaban tomates y pimientos y confitaban frutas, y hasta el gato y los perros parecían participar de esos momentos que el trabajo en común hacía maravillosos. Y a él lo mandaba todo el mundo, trae esto, ve a por aquello, estate quieto, despluma esa perdiz, remángate el jersey, dame, toma, y a él le encantaba que lo mandasen, ser útil, agradar a todos, sentirse importante en la familia. Y lo que más le gustaba era hacer trabajos en cadena: uno partía con un martillo las almendras, otro separaba el fruto de la cáscara, otro les quitaba la piel, otro las machacaba en el mortero. Iban pasando las cosas de mano en mano, todos sentados en asientos bajos, cada cual en lo suyo pero siempre juntos y solidarios.»

SINOPSIS

Las vidas de Dámaso Méndez y Tomás Montejo corren paralelas, en principio sin otro parentesco que un fluir subterráneo de temas compartidos. La vida de Dámaso es la historia de un odio, cuyo origen se remonta a la adolescencia, cuando un joven de su edad le arrebató su lugar en el edén familiar y provocó el enfrentamiento y la violenta ruptura con su padre, un hombre deseoso hasta el delirio de redimirse de su propio fracaso vital a través de los éxitos perdurables del hijo. Desde entonces, Dámaso consagra su existencia a servir a esas dos pasiones excluyentes que son el odio y el afán de venganza. Por su parte, Tomás, profesor y escritor, joven solitario dedicado por entero a la pasión de los libros y del conocimiento, conoce un día el amor, y con él el desorden, por el que su vida tomará un rumbo imprevisto y tormentoso. Entre la comicidad y el dramatismo, ambos personajes crean con el barro de esas pasiones sus dioses, sus demonios, sus mundos de papel, y así van construyendo ese yo imaginario que hay en todos nosotros y que es el que con más verdad y hondura nos ilumina y nos define. Hasta que, a través de muy diversas peripecias, los destinos de Dámaso y Tomás se cruzan y se unen para urdir un desenlace compartido.

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    «Cuando comenzó a anochecer, Tomás Montejo no había abierto aún la carta. Su mente estaba en otro lado, en otro texto. Había sacado una carpeta sin estrenar para empezar a tantear una novela que se le había venido ocurriendo en los últimos días y que era como si ya estuviese escrita, un relato que en realidad eran dos historias entrelazadas, sacadas del barro mismo de la vida, y que eran la de Dámaso y la suya propia, unas cuatrocientas páginas, calculó, y de la cual tenía ya pensado hasta el título. Por la ventana entraba una leve brisa de verano. Miró al cielo. Aún no se distinguían las primeras estrellas. Sí, bueno o malo, aquél era su mundo, y ahora, como Ulises, después de algunas peripecias, regresaba finalmente a su hogar. Y aunque el dolor era mucho, tampoco la esperanza era poca.
     Tomó un lápiz, lo afiló a conciencia, y escribió la primera frase. Sí, allí empezaban para él las verdaderas aventuras.»

Ligera, velocísima, con mucho humor, pero también oscura, trágica, Hoy, Júpiter, la esperada novela con que Landero vuelve tras cinco años de silencio, participa del carácter de fábula y de narración irrefrenable que sólo un magnífico contador de historias como él puede hilvanar. Como una función de teatro, que se anuncia ante el público y en la que los personajes son como títeres de sus ilusiones y sus sentimientos, en Hoy, Júpiter, las vidas se trenzan y se destrenzan en torno al conflicto entre imaginación y realidad.

LUIS LANDERO

Landero_big Luis Landero nació en Alburquerque, Badajoz, un veinticinco de marzo de 1948, en el seno de una familia campesina extremeña, que emigró a Madrid a finales de la década de los cincuenta. A los quince años escribía poemas, al mismo tiempo que trabajaba como mecánico en un taller de coches y chico de recados en una tienda de ultramarinos. Inició y terminó sus estudios en Filología hispánica en la Universidad Complutense, ha enseñado literatura en la Escuela de Arte Dramático de Madrid y fue profesor invitado en la Universidad de Yale (Estados Unidos). Se dio a conocer con Juegos de la edad tardía en 1989 (Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa 1990), novela a la que siguieron Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz (1998), El guitarrista (2002), Hoy, Júpiter (2007, XV Premio Arzobispo Juan de San Clemente) y Retrato de un hombre inmaduro (2010), todas ellas publicadas por Tusquets Editores. Traducido a varias lenguas, Landero es ya uno los nombres esenciales de la narrativa española. Ha escrito además el emotivo ensayo literario Entre líneas: el cuento o la vida (2000), y ha agrupado sus piezas cortas en ¿Cómo le corto el pelo, caballero? (2004). Absolución, su novela más trepidante, es una delicada historia de amor, una cuenta atrás que no da tregua, y un inspirado relato de aprendizaje y sabiduría a través de un elenco de personajes inolvidables. El balcón en invierno (2014) está basada en hechos y vivencias reales, en la que su autor ha decidido revelarnos la verdadera historia de una parte muy importante de su vida: la de su infancia en una familia de labradores en su Alburquerque natal y la de su adolescencia en un barrio de Madrid. En 2017 publicó La vida negociable. LLuvia fina (2019) es la historia de una familia que, tras muchos años de distanciamiento, decide reunirse con el objeto de hacer las paces y curar las pequeñas heridas que les han distanciado durante tanto tiempo. El huerto de Emerson (2021) es su última novela

Su obra sigue entusiasmando a miles de lectores tanto en España como en el extranjero, donde ha sido traducido a numerosas lenguas. Extremadura reconoció su labor con el Premio a la Creación en el apartado de Literatura en el año 2000 y en 2005 se le concedió la medalla de Extremadura.

  • Más sobre Luis Landero en Extremeños Ilustres

       «El escribir por oficio es uno de los grandes peligros del escritor. Cuando uno alcanza un estilo, un tono y una música y permanece fiel a ellos… Eso puede no ser bueno. Así que intento ser un escritor sin oficio, que está aprendiendo cosas continuamente.»

    Luis Landero

“El huerto de Emerson”, la nueva novela de Luis Landero

    «La vida puede ser breve, pero la memoria de lo vivido no se acaba nunca.»

El huerto de Emerson es el título de la nueva novela del escritor extremeño Luis Landero, recientemente publicada.

Tras el éxito de Lluvia fina, la historia de una familia que, tras muchos años de distanciamiento, decide reunirse con el objeto de hacer las paces y curar las pequeñas heridas que les han distanciado durante tanto tiempo; el escritor extremeño vuelve a la senda que dejó en El balcón en invierno.

En el El huerto de Emerson, retoma, por tanto, los recuerdos de su infancia en una familia de labradores en su Alburquerque natal, las vivencias de su adolescencia y juventud en un barrio de emigrantes de Madrid y sus experiencias en el mundo del trabajo. Vuelve a escribir de lo que mejor conoce y de lo que más le gusta. Mezclando de nuevo recuerdos y vivencias, reflexiones en torno a la literatura y la vida, humor y poesía.

Como el propio autor ha señalado, el libro es “un 75% narración, un 15 % de ensayo y unos gramos de poesía”. En ella destacan las descripciones de personajes y de ambientes de la infancia del escritor extremeño en su Alburquerque natal. En un estilo que recuerda al que utilizaban sus mayores para contar historias alrededor del fuego, y en verano al fresco de la calle.

Sobre el título de la novela, ha comentado Landero que “Emerson es un filósofo norteamericano que dice que todos somos únicos y originales y lo compara como si todos hubiéramos recibido en herencia un terrenito, un huerto, donde tenemos que cultivar lo nuestro […] y en eso consiste el arte de ser nosotros mismos”.

     «Dice Emerson que cada cual ha de aceptarse a sí mismo tal como es, y aceptarse además con orgullo y contento. Que a todos nos ha tocado en suerte un terrenito en el que laborar. Que es seguro que habrá alrededor terrenos más grandes y fértiles, donde crecen lechugas mejores que las nuestras, pero que nosotros tenemos que cultivar lo nuestro, el huerto que nos tocó en suerte, sin envidiar lo ajeno, conformes y alegres con nuestras lechugas, por pequeñas y pálidas que sean.»

En esta novela son numerosas las referencias a otros libros y escritores. Aparte del ya mencionado Emerson, desfilan por él autores de la talla de Cervantes, Kafka, Shakespeare, Borges, Montaigne, Machado, Dickens, Faulkner, Conrad, Chéjov, Quevedo y Proust, entre otros.

El huerto de Emerson es una gran novela, entretenida y de muy grata lectura. Escrita con una prosa magnífica y con ese toque mágico, tan del gusto de su autor, del que se desprende cierta añoranza por el paraíso perdido de su tierra y de su infancia.

     «La casa y la noche estaban llenos de peligros. O mejor dicho, el mundo entero estaba entonces lleno de peligros. En el último traspatio vivía una culebra que hipnotizaba a los pájaros con la fijeza de sus ojos amarillos y su lengua negra de dos filos. Y también podía hipnotizar a los niños. En los desvanes vivía una lechuza y había murciélagos gigantes, y enormes y peludas arañas venenosas. En el pozo habitaba un escuerzo. Si te asomabas al pozo, el escuerzo podía escupirte su veneno y ya no había remedio, la muerte era segura. Te lavaban muy bien lavado en un barreño, te peinaban, te vestían con tus mejores ropas, y así, muy limpio y muy peinado, te metían en una caja blanca forrada de raso. Luego la caja se la llevaban en la carroza negra de los muertos, con el cochero en el pescante vestido también de negro, y el caballo negro, y la caja blanca puesta entre cristales transparentes con cruces pintadas de oro.»

 LEER UN FRAGMENTO DEL LIBRO

SINOPSIS

Un relato memorable sobre lo vivido y lo leído.

Tras el éxito prolongado de Lluvia fina, Luis Landero retoma la memoria y las lecturas de su particular universo personal donde las dejó en El balcón en invierno. Y lo hace en este libro memorable, que vuelve a trenzar de manera magistral los recuerdos del niño en su pueblo de Extremadura, del adolescente recién llegado a Madrid o del joven que empieza a trabajar, con historias y escenas vividas en los libros con la misma pasión y avidez que en el mundo real.

       «En los días de invierno de mi infancia, mi pueblo encogía, se encerraba en sí mismo, como los pájaros y los gatos, y también encogía la gente, y todo era entonces más pequeño, salvo los campos, que parecían más desolados y más grandes que nunca. Campos yermos y desabrigados donde hasta el viento gime, temeroso y errante. Las puertas, que habían estado abiertas hasta después de las fiestas de septiembre, se cerraban de día y se atrancaban por la noche. En invierno la gente tiene mucho más miedo que en verano. El viento llevaba por las calles el olor amoroso de los braseros, y las viejas caminaban más aprisa, arrebujadas como corujas, temerosas de Dios y del diablo. Lo más escondido y secreto de las carnes jóvenes volvía a la vergüenza y al espanto de lo prohibido. En invierno se hablaba más bajo, había largos, impenetrables silencios, solo rotos por las toses que, al cabo del verano, regresaban con notas más graves y profundas. La cigüeña se fue hace ya tiempo, el gato ronronea gustoso junto al fuego, chamuscándose casi los bigotes, y los perros sin amo caminan en invierno un poco de lado, como al bies, y ya no ladran con la facilidad y la alegría de antes. En días así, los muertos estarán más solos y olvidados que nunca.»

En El huerto de Emerson asoman personajes de un tiempo aún reciente, pero que parecen pertenecer a un ya lejano entonces, y tan llenos de vida como Pache y su boliche en medio de la nada, mujeres hiperactivas que sostienen a las familias como la abuela y la tía del narrador, hombres callados que de pronto revelan secretos asombrosos, o novios cándidos como Florentino y Cipriana y su enigmático cortejo al anochecer. A todos ellos Landero los convierte en pares de los protagonistas del Ulises, congéneres de los personajes de las novelas de Kafka o de Stendhal, y en acompañantes de las más brillantes reflexiones sobre escritura y creación en una mezcla única de humor y poesía, de evocación y encanto. Es difícil no sentirse transportado a un relato contado junto al fuego.

LUIS LANDERO

Landero_bigLuis Landero nació en Alburquerque, Badajoz, un veinticinco de marzo de 1948, en el seno de una familia campesina extremeña, que emigró a Madrid a finales de la década de los cincuenta. A los quince años escribía poemas, al mismo tiempo que trabajaba como mecánico en un taller de coches y chico de recados en una tienda de ultramarinos. Inició y terminó sus estudios en Filología hispánica en la Universidad Complutense, ha enseñado literatura en la Escuela de Arte Dramático de Madrid y fue profesor invitado en la Universidad de Yale (Estados Unidos). Se dio a conocer con Juegos de la edad tardía en 1989 (Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa 1990), novela a la que siguieron Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz (1998), El guitarrista (2002), Hoy, Júpiter (2007, XV Premio Arzobispo Juan de San Clemente) y Retrato de un hombre inmaduro (2010), todas ellas publicadas por Tusquets Editores. Traducido a varias lenguas, Landero es ya uno los nombres esenciales de la narrativa española. Ha escrito además el emotivo ensayo literario Entre líneas: el cuento o la vida (2000), y ha agrupado sus piezas cortas en ¿Cómo le corto el pelo, caballero? (2004). Absolución, su novela más trepidante, es una delicada historia de amor, una cuenta atrás que no da tregua, y un inspirado relato de aprendizaje y sabiduría a través de un elenco de personajes inolvidables. El balcón en invierno (2014) está basada en hechos y vivencias reales, en la que su autor ha decidido revelarnos la verdadera historia de una parte muy importante de su vida: la de su infancia en una familia de labradores en su Alburquerque natal y la de su adolescencia en un barrio de Madrid. En 2017 publicó La vida negociable. LLuvia fina (2019) es la historia de una familia que, tras muchos años de distanciamiento, decide reunirse con el objeto de hacer las paces y curar las pequeñas heridas que les han distanciado durante tanto tiempo. El huerto de Emerson (2021) es su última novela

Su obra sigue entusiasmando a miles de lectores tanto en España como en el extranjero, donde ha sido traducido a numerosas lenguas. Extremadura reconoció su labor con el Premio a la Creación en el apartado de Literatura en el año 2000 y en 2005 se le concedió la medalla de Extremadura.

  • Más sobre Luis Landero en Extremeños Ilustres

       «El escribir por oficio es uno de los grandes peligros del escritor. Cuando uno alcanza un estilo, un tono y una música y permanece fiel a ellos… Eso puede no ser bueno. Así que intento ser un escritor sin oficio, que está aprendiendo cosas continuamente.»

    Luis Landero

“Quercus: en la raya del infinito”, de Rafael Cabanillas Saldaña

    «Dicen que la esperanza es la máquina que mueve el mundo. Una especie de máquina de vapor que hace que las cosas sigan funcionado. Si se pierde la esperanza, la tierra se paraliza.»

Quercus: en la raya del infinito es la última novela del escritor toledano Rafael Cabanillas Saldaña, publicada en julio de 2019. El libro se agotó en los primeros meses de la pandemia, por lo que ha vuelto a reeditarse en un cuidado formato a lo largo de este 2020, algo más de un año después de su primera llegada a las librerías. La novela, que está cosechando excelentes críticas, ha llegado a compararse con Intemperie de Jesús Carrasco e incluso con Los santos inocentes, de Miguel Delibes, entre otros grandes libros. Como nota curiosa, el autor ha omitido los puntos y aparte en esta obra como un homenaje a Los santos inocentes, que el maestro Delibes escribió sólo con comas.

Quercus es una novela sobre la naturaleza y la tierra, la auténtica protagonista de la historia, que trata de desentrañar los orígenes de la llamada España vacía o vaciada. Un problema que se ha puesto de moda recientemente pero que viene de lejos. La trama de la misma se inicia en la etapa final de la guerra civil española. Abel es un joven que ha presenciado unos hechos terribles ocurridos a su familia y que, preso del horror, emprende una huida desesperada atravesando la provincia de Badajoz, de oeste a este, siguiendo el curso del Guadiana, para refugiarse en una cueva situada en los Montes de Toledo, en una zona entre las provincias castellano-manchegas de Toledo y Ciudad Real.

    «Cuentan en secreto que Abel nieto llegó río arriba huyendo de la guerra. De las represalias de la guerra. Vadeando el agua somera y el profundo miedo, desde cerca de la desembocadura del mar, conducido por el instinto animal que lo llevaba al norte imantado de las sierras. Remontando unos cientos de kilómetros, siguiendo la brújula de la fuga del horror y el odio. Llegó siendo un muchacho, con lo puesto. Salvo un hatillo en forma de zurrón con cuatro achiperres: una navaja, un mechero de yesca, una cantimplora, un cazo, un juego de agujas, alambres, tijera y leznas metidos en una cajita de latón, unas cuerdas, un abrigo raído y una manta vieja. En el hato, envuelto y atado cuidadosamente en una tela de arpillera, traía también un rollo de papeles, recortes de periódico y hojas manuscritas. Un mozalbete de tez clara, espigado y fibroso, que rondaría los dieciséis años. Y que no se dejó ver en un largo tiempo, demasiado tiempo, escondiéndose en una cueva del monte, por la desconfianza y el desasosiego que traía cosido a sus espaldas. Allá en lo más alto. Sin luz ni fuego que lo delataran. Igual que una alimaña.» 

Después de pasar cinco largos años conviviendo con los animales, baja de las montañas y se integra en la vida de una aldea cercana en los terribles años de la posguerra, los famosos “años del hambre”. Allí tratará de sobreponerse a la miseria y a la injusticia reinantes gracias a las habilidades adquiridas durante su vida en la sierra observando el campo y las bestias.

Cabanillas Saldaña no ha tenido que inventarse casi nada para escribir esta historia. Se ha limitado a verter en su novela buena parte de las experiencias y saberes acumulados a lo largo de los años. Y reconoce que no habría podido escribirla antes. «He tenido que esperar a mi etapa más madura porque ha sido a través de vivir muchas experiencias, de conocer a mucha gente de la sierra, de patearme muchos kilómetros por los Montes de Toledo, Andalucía, Extremadura, para captar el alma, y el alma está ahí. En todas las historias que me han contado los aldeanos, la gente de la sierra, para luego juntarlos, macerarlos bien y que saliera esta novela», ha afirmado recientemente.

El escritor castellano-manchego, por tanto, sabe bien de lo que escribe, lo que agradecerá el lector. Demuestra que ha vivido y recorrido los territorios y escenarios en los que se desarrolla la trama de la historia, y que conoce muy bien la flora y la fauna de esa zona. En su libro recoge un buen puñado de testimonios y de historias rurales sobre aquellos años terribles de hambre y de miseria y describe, con todo lujo de detalles, una serie de actividades tradicionales, como la saca de la corcha, el carboneo o la caza furtiva, entre otras. Y lo hace empleando un lenguaje muy rico, utilizando a veces términos propios de la zona. Al final del libro encontramos un glosario que puede sernos de gran utilidad.

El resultado de todo lo anterior es una extraordinaria novela, que recomiendo leer sin prisas, paladeándola, para disfrutar mejor de su lectura. Una novela que a su autor le gustaría que fuera un poco la historia de los Montes de Toledo, esa sierra que agrupa parte de Ciudad Real, Toledo y de Extremadura, una parte del suroeste de la Península que tiene una tipología similar. Esperamos que lo consiga.

    «Quercus. En la raya del infinito aúna lo mejor de tres escritores bien conocidos: Jarrapellejos, de Felipe Trigo, La familia de Pascual Duarte, de Cela, y Los Santos Inocentes, de Miguel Delibes. Los tres supieron trazar un retrato terrible de la España rural, de la vida en una sociedad casi estamental de grandes propietarios y gentes humildes embrutecidas por la ignorancia y la miseria. Sobre ese entorno envilecido sobrevuela la figura de caciques como don Casto, el señorito de la obra de Rafael Cabanillas, que lo hace como don Luis Jarrapellejos: ”con la siniestra sombra de un murciélago brutal, amparador de todos los crímenes y robos y engaños y estafas del inmenso pudridero”.

Manuel Peinado Lorca

EMPEZAR A LEER LA NOVELA

SINOPSIS

Una novela coral de múltiples voces, en la que el lector siente los olores del monte, el sabor del miedo y el arañazo de la desesperación de sus gentes

Quercus un libro para sentir. Para sobrecogerse al sonido encadenado de las palabras y llorar de rabia, de ternura, de pasión. Para viajar a las entrañas de la sierra y al corazón de los hombres. Para abrasarse o temblar de frío con sus emociones. Páginas que aletean como mariposas en tu vientre, acariciando tu alma, zarandeando las conciencias. Un libro de letra viva que se escapa de los márgenes para convertirse en la voz de los que viven en silencio.

Nada ocurre por azar. El fenómeno de la despoblación de la “España vacía o vaciada”, tiene unos orígenes y unas causas. Igual que las enfermedades. Y eso, precisamente, es lo que intenta desentrañar esta impresionante novela. Centrándose, concretamente, en la España latifundista. En este caso, parece que el progreso y la modernización del mundo rural eran contraproducentes para los intereses de algunos.

El joven Abel huye del horror de la Guerra Civil para refugiarse en una cueva. En ella pasará unos años poniendo a prueba su resistencia para sobrevivir a la soledad y a las desdichas. Para conseguirlo, debe hermanarse con el bosque y con los animales que lo pueblan hasta convertirse en uno de ellos. Cuando al fin desciende del monte al pueblo, inicia una nueva vida. Complicada, pues el abandono, el hambre y la injusticia son los enemigos de estas tierras. Una especie de Comala, aislada de la civilización, cuya identidad se va conformando con las historias y sucesos de los aldeanos. Convirtiendo sus relatos en una novela coral de múltiples voces, con las que sentirás los olores del monte, el sabor astringente del miedo y el arañazo de la desesperación de sus gentes en tu propia boca y en tu piel.

¿Conseguirá Abel, destinatario de una especie de fatum desde que llegó a esa cueva, revertir el abandono y la miseria de esa tierra?

Una extraordinaria fuerza narrativa se apodera del lector en este relato de las condiciones de vida de las gentes de los montes, en una España que comenzó a vaciarse al tiempo de una posguerra cruel. No había entonces más que la caza natural y el aprovechamiento de otros pocos frutos de la sierra. Necesidad al límite.

    «El Collado de la Milana juntaba un total de trescientos veinte alcornoques. Gordos, retorcidos y viejos. Muy viejos. Por lo que no extrañaba que Paula la Verraca pensara que los había plantado el mismo Dios en los albores de la Creación. En dos semanas, el bosque gris de alcornoques, gracias a las manos expertas de los corcheros que desprendían su corteza, se convertiría en un bosque naranja. El color anaranjado más bello, recóndito y oculto que pueda imaginarse. Así quedaban los troncos, desnudos, mostrando sin querer sus entrañas de sangre anaranjada. Sorprendidos en su intimidad, en su silencio añoso. Impúdicos, obscenos a la fuerza. Violentados, descerrajados por los cuatro costados, quebrantados en su dignidad de árboles viejos. Bello naranja de sangre, bello naranja de cuerpos mancillados por las hachas.»

RAFAEL CABANILLAS SALDAÑA

Rafael Cabanillas Saldaña (Carpio de Tajo, Toledo, 1959) se formó en la Universidad Complutense de Madrid, tras lo cual se desplazó hasta París para continuar sus estudios, y a Suiza donde trabajó como profesor varios años. Además, realizó un máster de Educación para Adultos a través de la UNED. Incansable viajero con más de 50 países recorridos y experto en el África Occidental, en la actualidad es profesor de Lengua en el Instituto Hernán Pérez del Pulgar de Ciudad Real, labor que ha compaginado con una prolífica actividad como ponente y conferenciante en distintas universidades y congresos de todo el mundo: De Japón a Argentina, de China a Angola. Ha sido colaborador de National Geographic así como de distintos gobiernos y ONGs, y ha dedicado también parte de su carrera a trabajar en organismos e instituciones dedicadas a la educación, la cultura y el turismo. Por ejemplo, como responsable regional de la celebración en Castilla La Mancha del IV Centenario de la publicación del Quijote.

Cabanillas Saldaña cuenta con una amplia producción literaria desarrollada a lo largo de su carrera que le ha valido premios y reconocimientos de toda índole. En el ámbito editorial es autor de más de una decena de obras, con novelas como El secreto de Elvira MadiganAl llegar el inviernoEl llanto de la Clepsidra o MirtilloBlu, como algunas de las más destacadas. Su conocimiento sobre África le ha permitido también publicar libros de viajes como África en tu mirada u Hojas de Baobab, este último prologado por Javier Reverte. Su producción ha alcanzado también el género de los cuentos infantiles, fórmulas hibridas entre literatura y exposición, o centenares de artículos periodísticos.

Sin embargo, Quercus es con toda seguridad su obra de mayor éxito como atestigua la gran acogida entre la crítica especializada y el público. Publicada en 2019, la novela trata el fenómeno de la España vaciada y los pueblos de interior, a través de la figura de un joven que, tras la guerra civil, debe sobrevivir a su soledad y sus desdichas, intentando revertir la injusticia de esas tierras.

La fotografía es otro de los campos donde Cabanillas Saldaña ha destacado por su trabajo, con exposiciones itinerantes acerca del continente africano o de la figura de la mujer. También ha realizado trabajos en el campo audiovisual como el documental Cine para África, estrenado en Madrid en el 2015, del que es director y guionista.

La carrera del autor le ha valido premios como el Miguel Hernández a la labor educativa otorgado por Ministerio de Educación y Cultura o el premio de la Asociación Literaria de Castilla la Mancha, entre otros muchos. Quercus ha sido elegido Libro Recomendado 2020 por la Asociación de Libreros y la Red de Bibliotecas de Castilla-La Mancha

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

    «El tío Antonio, sentado en un tajo de corcha, pegado a la lumbre, inflaba y desinflaba el fuelle del aparato de donde salían los acordes de un himno militar. Después vinieron jotas y pasodobles, y el alcalde, al que se le notaba en la voz que había bebido, tomó la palabra: –Hemos echado la cuenta y cada vecino toca a una patata y, por supuesto, a un trago de vino. Jeremías os la va a entregar en aquella mesa y que cada cual se ocupe de la suya. Si la pierde entre las brasas, que luego no venga reclamando. Que cada uno se ocupe de sus brasas y de su patata. Si os quedáis con hambre, ahí tenéis un saco de nabos, también a uno por cabeza. Puede que un poco resecos, pero tostados en el rescoldo son una delicia. Y callaos ya, si no queréis que me lie a zurriagazos–. Por lo que la música enmudeció, mientras la gente se puso en fila –los primeros todos aquellos niños harapientos que había visto en las chozas–, para recoger su patata y echar el trago de vino de un pellejo que Jeremías iba repartiendo en un único y diminuto cacillo. Fueran viejos o chavales, todos tiraban del pellejo.» 
            […]
     «El delirio y la tragedia van envueltos en esa luz de otoño, no en la oscuridad de la vigilia. Esa luz que deja de golpe de ser bella. Es traicionera, mentirosa, falsificadora de primaveras. No trae mutismo de pájaros, ni silencios, ni desahucios de alas. Sino gritos desesperados; que están las aves carroñeras, los buitres, las grajas negras graznando. Invocando las muertes de luto. Suplicando a las plañideras negras que acudan desde todos los rincones de la sierra. Que vengan las locas y las suicidas de los pozos, las madres con vientres secos, las que paren pero dejan ahorcarse a sus hijos, las vírgenes que manosearon los señores, las viudas de hombres y sueños. Por favor, que acudan al auxilio las viejas prematuras a las que caparon las esperanzas y los deseos. Que comparezcan veloces al aquelarre del llanto. Ya no hay rechinar de dientes, porque son todo colmillos. Lenguas como navajas invocando la sangre. Que ya no hay mordazas tampoco, que se las arrancaron como se arrancan las uñas para llorar de espanto. Ni potros maniatados a la madrugada, que galopan por la sierra dando relinchos de pena y llanto.» 

 

“Un cambio de verdad”, de Gabi Martínez

Un cambio de verdad: una vuelta al origen en tierra de pastores es el último libro publicado por el escritor y viajero barcelonés Gabi Martínez, en el que nos narra sus experiencias como pastor en tierras extremeñas.

«En el invierno de 2017, Gabi Martínez decide instalarse como aprendiz de pastor cerca del pueblo de su madre, Eloísa, en la comarca extremeña de La Siberia, para experimentar el estilo de vida rural en el que creció ella de niña. Su misión consiste en supervisar un rebaño de más de cuatrocientas ovejas y pasar los meses en un refugio sin baño ni agua corriente.

Su crónica nos habla de agricultores, pastores, ecologistas y otros habitantes de la zona, y de lo que le enseña cada uno, sus diferentes formas de encarar una vida, la relacionada con la agricultura y la ganadería, en rápido proceso de transformación, entre el cambio climático, los nuevos comportamientos de los animales y una realidad que amenaza con dejarlos atrás pese a su resistencia.»

Gabi Martínez lleva a cabo esta experiencia con el fin de profundizar en las raíces de su madre, Eloísa, que «lleva toda la vida hablando de lobos, arroyos, encinas. De higos robados, sisones, tormentas. Además de las ovejasPero también como una muestra de homenaje y de respeto hacia su familia. «Mi madre sigue contando historias del campo, de cuando ella y mi abuelo eran pastores. Me preguntaba por qué mi madre había mantenido la dignidad y veo que vivió una infancia y principio de juventud con valores que ha mantenido y en los cuales yo he sido educado. Y para mí siguen siendo referentes morales frente a lo que veo en las tribunas públicas donde las personas, en vez de poner paz, están haciendo lo contrario. Por eso decido intentar vivir de una manera, no como ella porque las condiciones son distintas, pero sí tomar contacto con la tierra y sin intermediarios que me lleve a pensar en algún momento a como pudieron pensar mi madre y mi abuelo», ha señalado el escritor catalán.

     «El brezo y el tomillo ya estaban en flor pero la eclosión del millones de jaras ha inaugurado en serio la primavera. Con tanto cucú se diría que el campo está lleno de relojes. Los nidos rebosan polluelos de alas con colores frescos que restallan bajo el cielo límpido sacando brilllos a la luz. En el rebaño negro se han colado una madre blanca y su cría que se habían extraviado, y destacan de un modo que casi anula a las demás. Si a un niño le pidieras que señalara a una oveja, ¿apuntaría a esas dos? Si le pidieran que dibujara un cordero, ¿cómo lo pintaría?»

En este libro, mezcla de narrativa, crónica y ensayo, Gabi Martínez nos cuenta las experiencias que tuvo mientras pastoreaba dos rebaños, primero uno de ovejas blancas y después otro de ovejas merinas, y la relación que entabló con pastores, agricultores, ecologistas y otros personajes de esta desconocida y hermosa comarca extremeña. Pero también nos habla de buitres y avutardas, de encinas y pinos resineros, de lobos y mastines, de jaras y argamulasEn fin, un libro hermoso y ameno, escrito de manera sencilla y que se lee de un tirón.

     LEER UN FRAGMENTO DEL LIBRO

SINOPSIS

    «Ya es verano, los pastos han cambiado de color pero aún pienso cada día en la luz. En los efectos de su imperio y su ausencia. Hay buenos motivos y un rebaño para explicar semejante fiebre. A centímetros de mis pies desnudos cae el sol a plomo mientras recuerdo cómo la luz me cegó hace meses, aunque es ahora cuando entiendo que el deslumbramiento empezó con mi madre. Ella fue quien me enseñó que hay tanto color como seas capaz de ver. Que buscar la alternativa es una opción. Recuperar un pedazo de la naturaleza que ha inspirado su vida era un anhelo viejo que a lo largo de los años ha ido cobrando la dimensión de necesidad, como si en su forma de crecer y relacionarse con el mundo palpitara esa respuesta elemental que en realidad yo sabía, que todos sabemos, y sin embargo estaba perdiendo de vista.»

En pleno invierno, Gabi Martínez se instala como aprendiz de pastor en la Siberia extremeña para experimentar la forma de vida que su madre conoció de niña. Allí sobrevive en un refugio sin calefacción ni agua corriente, al cuidado de más de cuatrocientas ovejas. Pronto conoce a los habitantes de la zona y va impregnándose de sus diferentes maneras de entender el campo. Es entonces cuando decide afrontar un cambio aún mayor. Uno de verdad.

A través de una experiencia radical, este libro despierta nuestra conciencia ambiental, nos conecta con aquellos que nos precedieron y nos ayuda a comprender nuestro presente para transformarlo en un estilo de vida más sencillo, en armonía con la naturaleza.

Gabi Martínez convierte el género del nature writing en alta literatura en estas páginas que son la crónica de un autoaprendizaje. El legado de un comunicador y naturalista apasionado como Félix Rodríguez de la Fuente, los efectos del cambio climático en el entorno y la resistencia heroica de quienes proponen formas sostenibles de producción son algunas de las claves de este relato surgido del propio territorio. Esta lectura que apela a los sentidos nos acerca a agricultores, pastores, ecologistas, hombres y mujeres que subsisten en un paraje natural desconocido de la geografía española.

       «La perra ha dejado de ladrar. Quizás haya pasado algo. ¿Es mejor que ladre o no? Hay movimiento en el tejado. Firmes barrotes de hierro protegen la puerta y las ventanas. Hace un rato abrí los ojos y no tuve claro haberlo hecho, porque la oscuridad era igual o incluso más hermética. He buscado grietas en la negrura parpadeando para humedecer el lagrimal y definir mejor la visión, pero este negro es compacto. Aparte de los córvidos y de los insectos con quitina, en La Siberia habitan buitres y cigüeñas de ese color. Abro los ojos para llenarme de negro, más indiscutible que el silencio.»

GABI MARTÍNEZ

Gabi Martínez nació en Barcelona, en 1971. Su obra narrativa, traducida a varias lenguas, incluye Ático (2004), por el que fue seleccionado por la editorial Palgrave/Macmillan como uno de los cinco autores más representativos de la vanguardia española de los últimos veinte años; Sudd (2007), que ha sido adaptado al cómic; Los mares de Wang (2008), Mejor Libro de No Ficción del año según Condé Nast Traveller; Sólo para gigantes (2011), galardonado con el Premio Continuará de TVE y seleccionado como Mejor Libro de No Ficción por Qué Leer; En la Barrera (2012), nuevamente elegido como el Mejor Libro de No Ficción por Qué Leer; Voy (2014); Las defensas (Seix Barral, 2017); Animales invisibles (2019) y Un cambio de verdad. Una vuelta al origen en tierra de pastores (Seix Barral, 2020). Ha recibido el Premio Continuará de TVE Cataluña por su trayectoria literaria, y es miembro fundador de la Asociación Caravana Negra para la difusión de la cultura y la naturaleza y de la Fundación Ecología Urbana y Territorial.

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO

     «Uno de los pastores ha dicho que, sendero abajo, a orillas del embalse de Orellana, hay un microclima muy bueno, y esa palabra, microclima, se me ha hecho extraña en él a la vez que me transportaba a la ciudad, con todos sus prefijos, sufijos y compañía.
El poniente sacude un poco las aulagas. A veces froto tallos de romero o lavanda en la palma de la mano antes de palmearme el cuello, con mejorana también, que es la fragancia preferida de Miguel. La lana olerá pronto igual.
     –Cuando el campo se pone lila es maravilloso –dijo el otro día ante miles de argamulas.
    Dos rebaños conversan de valla a valla pero conforme desciendes al pantano, la vista tiende a apuntar arriba porque sobre las aguas planean multitud de pájaros que se chillan entre ellos. El cauce tiene un ancho de al menos tres antiguas cañadas, y zigzaguea creando caladeros y mini islotes que pueden colonizar patos, avefrías, cormoranes. El convento en ruinas de la otra orilla es el hogar de más de cuarenta cigüeñas.
     Llevo dos días sin lavarme nada más que la cara y el cuello. Hace calor y la temperatura del agua aún no es muy alta pero el sol me ha calentado en serio, así que vamos allá. Nado. En aguas quietas. Sin nadie. Entre animales. Aquí, ahora, vivir es una palabra más pura, vinculada de una forma nítida a lo que fue hace tiempo. La potencia del presente disminuye lo demás. Son cosas que puedes pensar secándote al sol sobre una de las lascas de pizarra tendidas en una ladera que muere en el agua. La infancia de mi madre fue eso. Y la mía, hace años. Incluso aún, de vez en cuando, soy capaz de vivir así. Un lugar donde pensar como Eloísa y Quiterio. Los patos vuelan en bandas de cinco.»  […]

         « –Míralas. –Estamos frente al rebaño– . La merina no tendrá culo pero es lo único que no tiene.
Las ovejas negras se esparcen por un espacio que, con ellas, irradia un halo aún más primitivo. Son las protagonistas de un rescate memorable.
     Estos meses de conversaciones siberianas he ido preguntando a algunas personas del campo cuáles son los momentos que recuerdan con más alegría o satisfacción. Juan Alfredo recordó el día que sacó a una oveja del pozo. El veterinario al que amamantó una loba, narró cómo ayudó a que un cordero y un burro nacieran cuando parecía que iban a morir en el parto. Amado Franco desenredó a un ciervo entre alambres, y también recordó la colleja que, siendo niño, le dio su padre tras matar a un gorrión con balines. ¿Te lo vas a comer?, le preguntó su padre. ¿Te ha perjudicado? Pues no vuelvas a matar a un animal si no es por alguna de esas dos cosas. Christine Germain, Quiterio, Enric Font, Ángels Baldellou, Benigno Varillas… Álvaro Eldelcamping tiene tanto que contar que prefirió señalar lo importante que es disponer de un palito, y explicó cómo lo usó el mes pasado para desenmarañar al buitre leonado que cayó en un tamujal.
     Uno tras otro fueron relatando rescates y, mientras hablaban, todos, siempre, sonreían.» 

 

“Palabras mayores, un viaje por la memoria rural”, Emilio Gancedo

«Ni aquello fue todo lo malo, ni lo de hoy es todo lo bueno.» (Lines Vejo. Caloca )

Palabras mayores, un viaje por la memoria rural es el resultado de un intenso viaje que el periodista y escritor leonés Emilio Gancedo emprendió, entre los meses de febrero y abril de 2013, por todas las comunidades autónomas del país. Buscó a personas anónimas con muchos años y con muchas cosas que contar, la inmensa mayoría procedentes del medio rural, y entabló con ellas unos diálogos repletos de proteína narrativa. Por medio de esos relatos vitales –tantas veces sorprendentes, fascinantes o increíbles, tan cercanos incluso a la ficción- estas gentes logran aportar, al autor y a los lectores, parte de ese sentido común, de esa filosofía natural y de esa humanidad que nuestra sociedad parece haber perdido sin remedio.

    «Un día, el viajante dejó de cubrir los mismos trayectos y las líneas programadas que lo ataban a rincones ya conocidos y decidió salir de su casa y medir las jornadas sin calendario y las horas sin reloj. Y emprendió una expedición hacia adelante en el espacio y hacia atrás en la memoria que acabó llevándolo por todo el país en busca de las huellas de la vida y los paisajes del recuerdo, esos que se van evaporando como niebla al sol, de manera imperceptible pero imparable. El viajante, hombre de pocas palabras, ingenuo y esperanzado, creyó en la utilidad de rescatar y exponer, como si las tendiera sobre la hierba, existencias veteranas que hablasen con el más claro de los idiomas en estos días de confusión, así que se afanó por reunir una lista de nombres propios, nombres encallecidos y fibrosos, nombres bien amasados tras el paso de los días, avecindados por todo el territorio, y se dispuso a visitarlos con su maletín, sus preguntas y sus silencios.

    Cribados por la memoria y la palabra, los recuerdos y enseñanzas acabaron cayendo sobre las hojas del viajante pero antes tuvieron que colarse por ocultos desagües y transitar atajos, vadear ríos y superar desfiladeros que se tragaron a muchos. Y con todos los que pudo rescatar levantó una especie de atalaya, o de frágil faro hecho de cajas apiladas, desde el que alertar a los navegantes y divisar mejor la línea del horizonte. Al final se subió a él y contempló su luz, pequeña pero intensa, familiar y penetrante.

    Desde el tramo final de sus vidas, estas gentes hacen historia de su propia historia». E. G.

En Palabras mayores, Emilio Gancedo le ha dado voz a 25 personajes peculiares de los años de la guerra y de la postguerra. Personas llenas de sabiduría natural y sentido común. «Todas estas gentes tuvieron que enfrentarse a situaciones infinitamente más complicadas a la crisis actual pero esta gente tienen un humor y una humanidad que todos hemos perdido. Son unos valientes y un ejemplo a seguir por todos para que veamos cada cosa en su justa medida», ha señalado el periodista leonés.

El apartado dedicado a Extremadura, Lo sobrenatural en los extremos, recoge los testimonios de la oliventina Fernanda Blasco Mendoza y del hurdano Francisco Hernández Martín, Quico.

Fernanda nos habla de la pobreza, carencias y represalias de la guerra y posguerra; cómo la vida le llevó a estudiar Magisterio; su trabajo como directora en el Centro de Menores de Olivenza, así como su labor en el barrio de La Farrapa y su testimonio sobre el denominado “milagro del arroz” que presenció en 1949.

    «A mí se me ensanchó el alma con la democracia, y estoy de acuerdo con las manifestaciones y todo eso, pero nada de insultos, por favor. Todos somos personas, eso lo tengo muy claro. Muchas veces apago la televisión al ver enfrentamientos hasta en el mismo Congreso de los Diputados. No, no, no. Eso sí que no».

    Fernanda Blasco Mendoza, aquella niña que se preguntaba por qué extraña razón ella tenía zapatos, mientras los niños de su calle iban descalzos, fija los ojos en el viajante y repite su mantra particular como si fuera, y quizá en verdad lo sea, solución única a todo problema social.

   –Educación, educación, educación.

Quico nos hace continuas referencias a la dureza de la vida en la comarca, al espíritu de sacrificio y capacidad de trabajo de sus habitantes. Tampoco faltan tampoco las alusiones a las extrañas luminarias que, de vez en cuando, se posan sobre los montes de la zona.

    «Ahora Las Hurdes es la zona que mejor se vive de España», cree. ¿Y eso por qué? «Pues porque no hemos vivido a gran escala como en otros sitios», dice un Quico que nunca iba a jornal, siempre a destajo, «por eso multiplicaba el sueldo». De todas maneras, y aunque se deslomó trabajando porque había que salir de pobres como fuera –todo lo hacía en superlativo este recio hurdano, doblar el espinazo, beber, folgar, celebrar o discutir–, «tampoco hace falta tanto –admite–. Con un cachinu de tierra que siembres y te da de comer. ¡Ea!». 

Palabras mayores, un viaje por la memoria rural constituye un hermoso homenaje a un mundo que se encuentra en vías de extinción, permitiendo que haya salido a la luz ese otro país, el del medio rural y el de una generación irrepetible gracias a cuyos trabajos sin cuento hoy estamos aquí, como ha señalado su autor.

SINOPSIS

Durante medio año Emilio Gancedo se echó a la carretera y pacientemente hizo un recorrido por la diversidad y heterogeneidad de lo que hoy llamamos España. En su camino se encontró y charló largo y tendido con personas vinculadas al medio rural, todas ellas cultivadoras de recuerdos, ejemplos comprometidos con la memoria viva. Fruto de ese trabajo es Palabras mayores, una suma de historias, recuerdos, anhelos y enseñanzas de una generación, los nacidos antes o inmediatamente después de la guerra civil, a quienes prácticamente hemos dejado de escuchar; un libro que rescata muchas experiencias y enseñanzas útiles para el presente de unas gentes extraordinarias que pasaron en pocas décadas del Neolítico a Internet.

   ¿Cómo era aquella casa, Progreso?
    —Era una casa mu grande, mu grande, mu grande; mira si era grande que mi hermano, mi padre y yo, dormíamos juntos en la misma cama, y mi hermana en la otra.
    —¿Teníais luz en aquella casa, Progreso?
    —Sí, había luz… cuando era de día se veía estupendamente.
    —¿Y había escuela, Progreso?
    —Escuela sí había, pa los niños… pa los niños que iban a ella.
    —¿Matabais algún marrano en casa, Progreso?
    —… Nosotros es que no teníamos esa costumbre.

    Manejar un ingenio así tiene aún más mérito cuando las cosas a las que alude no tienen maldita gracia. Quizá el tiempo, eterno bálsamo, le permite verlas hoy de esa manera, pero es ironía que deja la sonrisa torcida, y en la mirada filos que sugieren insondables cavilaciones.

   «Palabras mayores supone un golpe en la conciencia de una sociedad, la nuestra, que hace tiempo que se ha olvidado ya de los viejos, convertidos en muebles inservibles y arrinconados en los salones de unas viviendas cuyo centro lo ocupa la televisión, o en el anonimato de las residencias».

   «Que un joven periodista y escritor se haya preocupado de ellos y que lo haya hecho con la delicadeza y la calidad literaria con la que Emilio Gancedo ha trasmitido sus testimonios y sentimientos hace pensar que no todo está perdido». Julio Llamazares, La Nueva Crónica.

LEER UN FRAGMENTO DEL LIBRO

EMILIO CANCEDO

Emilio Gancedo (León, 1977) trabaja en la sección de Cultura de Diario de León desde el año 2000. Es autor de dos libros de relatos (La hoja de roble, 2001, y Trece cuentos extraños, 2007), una guía de viajes (León, parada jacobea, 2004) y dos obras de carácter etnográfico (La tradición oral, 2008, y El habla de León, 2009). Ha colaborado en numerosos libros colectivos y participa con asiduidad en filandones (cuentacuentos populares), debates, conferencias y tertulias radiofónicas. Además es autor de los guiones de tres documentales (Asina falamos, León, ciudad de reyes y La Montaña Oriental).

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO
   «Todo pueblo tiene en sus caminos un recodo en el que deja ver por última vez. Y los de Escartín pararon en él y echaron la vista atrás, contemplando el que había sido hasta entonces su único hogar. Allí quedaba, entre abancalamientos de piedra seca levantados durante siglos de trabajo para poder sembrar el pan, cientos de ellos, terreno una y otra vez aterrazado y ganado a la ciega natura, una monumental obra hecha a brazo, atacada ya de zarzas y olvidos. Allí quedaba Escartín, solo, minúscula célula de civilización, mil años y más de existencias y sueños y miedos y labores en montañesa urdimbre, puro esfuerzo empeñado en la única misión de trasvasar penosamente, de generación en generación, vida y saberes. Desde la crónica condal y el reino del medievo, y las gentes oscuras que los precedieron, sorteando al son de campana y rezo levas y pestes, sequías y migraciones, francesadas y carlistadas, aquel puñado de casas grises, piedra, losa, alegría y dolor, románica estampa, se moría».
      […]
    Si el abandono del medio rural en España se le figura al viajante cosa triste y preocupante, con cuatro voces solitarias que lo denuncian en medio del desierto –vastedades vaciadas de la gente y la memoria que modelaron el carácter y condición del país–, más aún lo es en estos codos y fondos de saco del centro y centro-oriente peninsular, en estas soledades románicas, góticas o barrocas de hogares hundidos y huellas medio borradas, en estas ausencias de perspectiva inabarcable. Escasos y como heroicos le parecen al viajante los supervivientes vecinos de pueblos conquenses, sorianos y turolenses, infrecuentes formas de vida, ajenos a los bandazos de las corrientes urbanas, aferrados a la raíz de las cosas pero cada vez en menor número, cada vez más lejanos y más borrosos. (…)
El viajante emplaza a Pedro por la petición que les haría a los políticos si los tuviera delante. «Que se dieran una vuelta por estos pueblos a ver cómo están. Pero sin el coche oficial, ¿eh? andando. Mira, en industrias, la más gorda que teníamos era la de la madera, había un montón de fábricas y entre el monte, los gancheros y los aserraderos, trabajaban muchísimas personas; nadie estaba parado; pero como hoy la traen de no sé dónde…».
    –Ahora, en vez de coger obreros, es a echarlos.
    Y la esposa, que no ha abierto la boca en ningún momento, nada más que para ofrecer refrigerios, y que ha asistido la encuentro silenciosa pero cómplice, comprueba que la conversación languidece y amaina, y por eso decide colocar remate adecuado.
    —Lo único que quieren es que nos muramos del asco.
(Paulino Córdoba Urizal. Serranía de Cuenca.)

 

“Obras Completas”, de José María Gabriel y Galán

  La publicación de las obras de José María Gabriel y Galán se inició en 1902. Ese año, el Padre Cámara, obispo de Plasencia, costeó la edición de un librito de versos del poeta, titulado Poesías. También ese mismo año, apareció el volumen Castellanas, con prólogo de F. Fernández Villegas, Zeda, en el que encontramos El ama, uno de sus mejores poemas, inspirado en el amor a su madre, con el que consiguió el primer premio en los Juegos Florales de Salamanca en 1901 y El poema del gañan. Todavía en 1902, apareció Extremeñas, prologado por el poeta catalán Joan Maragall, y con composiciones en el habla de la tierra extremeña, algunas de gran popularidad, como El embargo o El Cristu benditu. Dos años después, en 1904, editó Campesinas, en el que destaca Los pastores de mi abuelo. En 1905, ya muerto el poeta a la temprana edad de 34 años, se publicó Nuevas castellanas, con prólogo de Emilia Pardo Bazán, en el que se encuentra el poema ¿Qué tendrá? o Las sementeras. Finalmente, en 1906 aparec su libro Religiosas.

   Añadiendo a estos volúmenes algunos poemas y otras composiciones en prosa, Baldomero, hermano del poeta, preparó la primera edición de las Obras Completas (Salamanca, 1905-1906), en cinco volúmenes. En 1909 se publicó la segunda edición, en dos tomos, y, desde entonces, se ha reeditado en numerosas ocasiones.

   En 2005, la Editora Regional de Extremadura publicó las Obras Completas, de Gabriel y Galán, coincidiendo con el primer centenario de la muerte del poeta «castellano-extremeño», como un homenaje a su memoria.

  La edición de la misma ha corrido a cargo de José María y Jesús Gabriel y Galán Acevedo, nietos del poeta, que han incorporado a la obra algo más de cien composiciones, entre poemas y textos en prosa, no recogidas en ediciones anteriores. Esta incorporación de material inédito, ha obligado, según los editores, a realizar una reordenación de las composiciones incluidas en el volumen, claramente distinta de la que hasta ahora se había realizado, con vistas a alcanzar una estructuración más racional y sistemática, en función del tema de cada poesía.

EL POEMA DEL GAÑAN
 (fragmento)
Era el tiempo llegado
de las puras mañanas otoñales,
las que tienen un sol tibio y dorado
que, de la hermosa vega enamorado,
desgarra, para verla, los cendales
de flotante vapor que la han velado
en las primeras horas matinales.
Mañanas con alondras y rocío,
canturreos sonoros,
silbar de tordos y zumbar de río,
balar de ovejas y mugir de toros...
Alegre despertar de los lugares,
tañidos de campana,
humo de los hogares,
pura luz, tibio sol, dulce galbana...
Vinieron otra vez los esplendentes
serenos mediodías,
las tardes impregnadas de dolientes
dulces melancolías,
las noches de los húmedos relentes,
las misteriosas madrugadas frías...
La tierra laborable,
refrescada por lluvia saludable,
iba tomando con el sol tempero,
y al abrir el sencillo timonero
de los húmedos senos el tesoro,
tan frescos y amorosos se ofrecían,
que ellos mismos pedían
del puño sembrador la lluvia de oro.
Erraban dos por el azul profundo
jirones ambos de flotante nube,
como las alas que perdió un querube
que Dios ha puesto junto a mí en el mundo.
El aire se dormía,
extática la mente se quedaba,
el ojo distraído ver creía
que el suelo palpitaba
a impulsos de la vida que lo henchía,
y absorto en la visión, le parecía
que la inmensa llanura respiraba.
El alma vislumbraba
los misterios profundos
del eterno existir de los espacios
y el perenne equilibrio de los mundos.
Natura estaba henchida
del gran silencio que en lo grande anida,
y hundido en el abismo del reposo,
barruntaba el sentido vigilante,
el sereno rodar majestuoso
de la Tierra gigante...
La atmósfera era pura,
grande como los mares la llanura,
abierto el horizonte,
llenos los cielos de infinita calma,
llena de amores la quietud del monte,
llena de fe la soledad del alma...
Y el que suele rodar carro del tiempo
con paso presuroso
sobre la vida del mortal dichoso,
que tiene que gozarla apresurado,
era allí tan piadoso
que acortaba su paso, antes ligero,
y rodaba callado
para hacer el placer más duradero,
para hacer el sentir más sosegado.
Brotaban ya en las eras
quitameriendas de matices rojos,
criaban achicorias los rastrojos,
se llenaban las lindes de acederas
y los huertos de malvas y de hinojos.
La grata algarabía
de los bandos de tordos silbadores
los prados alegraba en que caía;
tábanos zumbadores
por la atmósfera erraban placentera;
holgaban los pastores,
tomando el sol en la feraz ribera,
y reía el regato en la hondonada,
y apuntaba la grama en la pradera...
Nuncios de la otoñada...
¡Tiempos de sementera!
¡Gran Dios: tan bellos días
haces caer de tus hermosos cielos
que hasta me obligan a olvidar mis duelos
y es pecado olvidar lo que tú envías! (...)

   «De sobra sabe Galán que en todo lo que existe puso Dios algo de eterna belleza. El toque está en saber descubrirlo. En el jaramago que nace en las ruinas, en la retama que crece en la espesura del monte, en la misma “verdura de las eras” puede el ingenio inspirado, como la abeja en las más humildes florecillas, encontrar la miel de sus versos. Aun de la más dura y pelada roca, la vara mágica del poeta hace brotar el manantial de agua viva.»

F. Fernández Villegas, Zeda, prólogo de Castellanas (1902)

El CRISTU BENDITU
 (fragmento)
¿Ondi jueron los tiempos aquellos,
que pué que no güelvan,
cuando yo juí presona leía
que jizu comedias
y aleluyas también y cantaris
pa cantalos en una vigüela?
¿Ondi jueron aquellas cosinas
que llamaban ilusionis, y eran
a'specie de airinos
que atontá me tenían la mollera?
¿Ondi jueron de aquellos sentires
las delicäezas
que me jizun llorar como un neni,
de gustu y de pena?
¿Ondi jueron aquellos pensaris
que jacían dolel la cabeza
de puro lo jondus
y enreäos que eran?
Ajuyó tuito aquello pa siempre,
y ya no me quea
más remedio que dilme jaciendo
a esta vía nueva.
¡Ya no güelvin los tiempos de altoncis,
ya no tengo ilusionis de aquellas,
ni jago aleluyas,
ni jago comedias,
ni jago cantaris
pa cantalos en una vigüela! ()

    «Todo el libro es así, vivo; todo él escrito en ese lenguaje desarrapado, es decir, vivo: escrito en dialecto, como la Iliada y la Divina Comedia; porque no son las lenguas las que hacen las obras, sino las obras las que hacen las lenguas. Y la poesía grande, la viva, la única, gusta mucho de brotar en dialectos; y te diré por qué. Dialecto, según el clásico sentir, es la corrupción de una lengua; pero, si bien lo piensas, es la constante germinación de las lenguas en boca del pueblo, que es, como si dijéramos, la madre tierra de las palabras: todas salen de ella y todas vuelven a ella; allí nacen, allí mueren, allí se transforman, se modulan, se combinan y renacen, y se mueven, en fin, en toda la libertad de su naturaleza. El pueblo siempre habla en dialecto, es decir, en libertad, en perpetuo movimiento; y cuando una lengua quiere definirse en una fijeza de perfección y desecha la compenetración con sus dialectos, con el pueblo, aquella lengua muere momificada en su perfección. Pues bien, la poesía no es otra cosa que la palabra viva, la palabra palpitando todavía el misterioso ritmo de sus origen divino en la boca del pueblo, que es su madre tierra.»

Joan Maragall, prólogo a Extremeñas (1902)

LAS SEMENTERAS
 I
Con el relente que le da tempero, 
la madrugada roció la tierra. 
Se siente frío en la besana húmeda; 
el terruño está solo. Ya alborea. 
Lo dice levantándose del surco 
la alondra mañanera 
que desgrana en el aire el de sus trinos 
hilo copioso de sonantes perlas. 
Ya sale el sol de las mañanas tibias, 
ya sale el sol de las mañanas buenas, 
sol de salud, incubador de gérmenes, 
sol de la sementera. 
No tiene más testigos y cantores 
que yo y la alondra en la besana escucha, 
ni más espejos que el regato limpio 
y el rocío en las puntas de la hierba. 
Viene triunfante, coronado de oro; 
radiante viene levantando nieblas 
y evaporando el matinal relente 
que parece el aliento de la tierra. 
Ya llegan mis gañanes con las yuntas 
canturreando la canción primera 
que les arranca el equilibrio plácido 
del bien venir de la mañana buena. 
Rayando los timones el camino, 
y en alto la mancera, 
vienen los bueyes con la cruz que forman 
el yugo y el arado en la cabeza. 
Ya escucho golpes secos 
de mazos y de azuelas, 
silbidos cariñosos, 
nombres de bueyes que en besana entran 
y uno que suena compasado ruido 
como de riego de menudas perlas 
al desplegarse el abanico de oro 
de la simiente que los mozos riegan. 
Estoy en el repecho 
presidiendo mi hermosa sementera. 
Todo lo escucho con avaro oído: 
el blando hundirse de las anchas rejas; 
el suave rodar hacia los lados 
de la mullida tierra; 
el alentar pujante de los bueyes, 
de cuyos bezos charolados cuelgan 
tenues hilos de baba transparente 
que el manso andar no quiebra; 
aquel pausado y firme 
posar de sus pezuñas gigantescas; 
el crujir dormilón de las coyundas 
que el yugo pulimentan; 
un aliento de brisa tan suave 
que apenas se menea, 
un hondo y general rumor de vida 
y un ruido sordo de pujante brega. 
Y tal como si el alma del terruño 
viniese toda condensada en ella, 
la tonada de arar surge solemne, 
la tonada de arar al alma llega 
cantando cosas dulces, 
diciendo cosas buenas. 
Sus mansas recaídas 
parecen que remedan 
la suavidad de las laderas dulces 
de la ondulada castellana tierra 
o el tranquilo vaivén de los pensares 
que el mar ondulan de las almas serias. 
Y a mí también me hablan 
sus lánguidas cadencias 
del bien gozar los apacibles goces, 
del bien llorar las bendecidas penas, 
del buen amor de la mujer fecunda, 
del bien sentir la paternal querencia 
y de un vivir sereno, 
fuerte y seguro, como aquel que llevan 
paso de hierro sobre tierra blanda 
los mansos bueyes de gigantes fuerzas. 
II
Cruzan el cielo nubecillas tenues 
que parecen blanquísmas guedejas 
cortadas del vellón inmaculado 
que dieron en abril las corderuelas. 
El sol baña el terruño, 
se ve crecer la hierba 
y huele a tierra húmeda 
cargada de promesas. 
¡Qué dulce es presidir desde el repecho 
la propia sementera 
si el cielo es transparente, fresco el aire, 
húmeda y fértil la esponjada tierra, 
el sol templado, la simiente sana, 
robustas las parejas, 
alegres los gañanes, 
la tonada de arar, sentida y lenta, 
sabroso el pan de casa 
y el agua del regato limpia y fresca! 
La mente embebecida 
se carga entonces de memorias bellas; 
del lado del hogar me vienen todas 
que el hogar es el cielo de la tierra, 
la paz de mi vivir me las regala 
y en paz el corazón las paladea. 
¡Aquella del hogar sí que es hermosa! 
¡Aquella sí que es santa sementera! 
También yo la presido, 
también Dios la bendice y la gobierna. 
Dios encendió en el cielo de la vida 
el sol de los amores para ella, 
para que el fuego santo 
las almas y las sangres se fundieran;
Dios le da noches de fecundas horas 
y luengos días de apacibles treguas..., 
¡horas sin luz que velen sus misterios 
y horas de sol que sus entrañas templan! 
Y Dios, Padre del mundo, 
le da también cosecha 
de frutos vivos que el vivir anudan, 
de frutos bellos que el vivir alegran... 
¡Señor, que das la vida! 
Dame salud y amor, y sol y tierra, 
y yo te pagaré con campos ricos 
en ambas sementeras.

  «La impresión que producen los versos de Gabriel y Galán es, en ocasiones, no diré estar viendo, sino estar contemplando la naturaleza castellana. Absoluta es la compenetración de su Musa y de la tierra, no en sentido material, en otro más alto. La comarca de Castilla no parece, al pronto, un suelo inspirador. Bajo su magnífico firmamento se extienden aquellas grises lontananzas muertas que el poeta describe en feliz frase. Sobre la extensión de la llanada, no obstante, la fantasía borda sus recamos y realiza su labor prodigiosa, reconstruyendo el desvanecido ideal.»

Condesa de Pardo Bazán, prólogo de Nuevas castellanas (1905)

SINOPSIS

   Esta edición de la obra de Gabriel y Galán incorpora casi cien composiciones inéditas o no publicadas en las anteriores, y también, en su integridad, los espléndidos prólogos que F. Fernández Villegas (Zeda), E. Pardo Bazán y Juan Maragall escribieron para algunos de los libros del poeta. Se ha llevado a cabo, por otra parte, una revisión cuidadosa de todos los textos, a partir de los primigenios y de originales del archivo familiar. se trata, en fin de una edición comentada y anotada.

Acceso a la edición digital de las Obras Completas (edición de 1909), en la Biblioteca Digital de Castilla y León.

POEMA EL AMA

   El ama, uno de los poemas incluidos en Castellanas, es una de los poesías más significativas y conocidas de la obra de Gabriel y Galán. Fue premiada con la flor natural en los Juegos Florales de Salamanca el 15 de septiembre de 1901.

   Como señalan los editores, en la nota que acompaña al poema en las Obras Completas (2005): «El ama fue escrita entre los meses de julio y agosto de 1901 bajo el estado anímico que le produjo al poeta la muerte de su madre ocurrida pocas semanas antes; en sus estrofas volcó todo el amor filial que siempre anidó en su alma, dibujando la prototípica figura de “el Ama” dentro del fondo paisajístico de la tierra salmantina que le vio crecer. Todo ello es compatible con el criterio de quienes ven el modelo retratado la imagen de la esposa; pero aunque esto no es esencialmente correcto, pues es indudable que la gestación del poema tuvo como referencia la estampa de la madre muerta, puede advertirse en algunos de sus versos el transunto de la propia esposa.»

EL AMA
I
Yo aprendí en el hogar en qué se funda
la dicha más perfecta,
y para hacerla mía
quise yo ser como mi padre era
y busqué una mujer como mi madre
entre las hijas de mi hidalga tierra.
Y fui como mi padre, y fue mi esposa
viviente imagen de la madre muerta.
¡Un milagro de Dios, que ver me hizo
otra mujer como la santa aquella!
Compartían mis únicos amores
la amante compañera,
la patria idolatrada,
la casa solariega,
con la heredada historia,
con la heredada hacienda.
¡Qué buena era la esposa
y qué feraz la tierra!
¡Qué alegre era mi casa
y qué sana mi hacienda,
y con qué solidez estaba unida
la tradición de la honradez a ellas!
Una sencilla labradora, humilde,
hija de oscura castellana aldea;
una mujer trabajadora, honrada,
cristiana, amable, cariñosa y seria,
trocó mi casa en adorable idilio
que no pudo soñar ningún poeta.
¡Oh, cómo se suaviza
el penoso trajín de las faenas
cuando hay amor en casa
y con él mucho pan se amasa en ella
para los pobres que a su sombra viven,
para los pobres que por ella bregan!
¡Y cuánto lo agradecen, sin decirlo,
y cuánto por la casa se interesan,
y cómo ellos la cuidan,
y cómo Dios la aumenta!
Todo lo pudo la mujer cristiana,
logrólo todo la mujer discreta.
La vida en la alquería
giraba en torno a ella
pacífica y amable,
monótona y serena...
¡Y cómo la alegría y el trabajo
donde está la virtud se compenetran!
Lavando en el regato cristalino
cantaban las mozuelas,
y cantaba en los valles el vaquero,
y cantaban los mozos en las tierras,
y el aguador camino de la fuente,
y el cabrerillo en la pelada cuesta...
¡Y yo también cantaba,
que ella y el campo hiciéronme poeta!
Cantaba el equilibrio
de aquel alma serena
como los anchos cielos
como los campos de mi amada tierra;
y cantaba también aquellos campos,
los de las pardas, onduladas cuestas,
los de los mares de enceradas mieses,
los de las mudas perspectivas serias,
los de las castas soledades hondas,
los de las grises lontananzas muertas...
El alma se empapaba
en la solemne clásica grandeza
que llenaba los ámbitos abiertos
del cielo y de la tierra.
¡Qué placido el ambiente,
qué tranquilo el paisaje, qué serena
la atmósfera azulada se extendía
por sobre el haz de la llanura inmensa!
La brisa de la tarde
meneaba, amorosa, la alameda,
los zarzales floridos del cercado,
los guindos de la vega,
las mieses de la hoja,
la copa verde de la encina vieja...
¡Monorrítmica música del llano,
qué grato tu sonar, qué dulce era!
La gaita del pastor en la colina
lloraba las tonadas de la tierra,
cargadas de dulzuras,
cargadas de monótonas tristezas,
y dentro del sentido
caían las cadencias
como doradas gotas
de dulce miel que del panal fluyeran.
La vida era solemne,
puro y sereno el pensamiento era,
sosegado el sentir, como las brisas,
mudo y fuerte el amor, mansas las penas
austeros los placeres,
raigadas las creencias,
sabroso el pan, reparador el sueño,
fácil el bien y pura la conciencia.
¡Qué deseos el alma
tenía de ser buena,
y cómo se llenaba de ternura
cuando Dios le decía que lo era!
II
Pero bien se conoce
que ya no vive ella;
el corazón, la vida de la casa
que alegraba el trajín de las tareas,
la mano bienhechora
que con las sales de enseñanzas buenas
amasó tanto pan para los pobres
que regaban, sudando, nuestra hacienda.
¡La vida en la alquería
se tiñó para siempre de tristeza!
Ya no alegran los mozos la besana
con las dulces tonadas de la tierra,
que al paso perezoso de las yuntas
ajustaban sus lánguidas cadencias.
Mudos de casa salen,
mudos pasan el día en sus faenas,
tristes y mudos vuelven
y sin decirse una palabra cenan;
que está el aire de casa
cargado de tristeza,
y palabras y ruidos importunan
la rumia sosegada de las penas.
Y rezamos, reunidos, el Rosario,
sin decirnos por quién..., pero es por ella.
Que aunque ya no su voz a orar nos llama,
su recuerdo querido nos congrega,
y nos pone el Rosario entre los dedos
y las santas plegarias en la lengua.
¡Qué días y qué noches!
¡Con cuánta lentitud las horas ruedan
por encima del alma que está sola
llorando en las tinieblas!
Las sales de mis lágrimas amargan
el pan que me alimenta;
me cansa el movimiento,
me pesan las faenas,
la casa me entristece
y he perdido el cariño de la hacienda.
¡Qué me importan los bienes
si he perdido mi dulce compañera!
¡Qué compasión me tienen mis criados
que ayer me vieron con el alma llena
de alegrías sin fin que rebosaban
y suyas también eran!
Hasta el hosco pastor de mis ganados,
que ha medido la hondura de mi pena,
si llego a su majada
baja los ojos y ni hablar quisiera;
y dice al despedirme: –-«Ánimo, amo;
haiga mucho valor y haiga pacencia...»
Y le tiembla la voz cuando lo dice,
y se enjuga una lágrima sincera,
que en la manga de la áspera zamarra
temblando se le queda...
¡Me ahogan estas cosas,
me matan de dolor estas escenas!
¡Que me anime, pretende, y él no sabe
que de su choza en la techumbre negra
le he visto yo escondida
la dulce gaita aquella
que cargaba el sentido de dulzuras
y llenaba los aires de cadencias!...
¿Por qué ya no la toca?
¿Por qué los campos su tañer no alegra?
Y el atrevido vaquerillo sano,
que amaba a una mozuela
de aquellas que trajinan en la casa,
¿por qué no ha vuelto a verla?
¿Por qué no canta en los tranquilos valles,
por qué no silba con la misma fuerza,
por qué no quiere restallar la honda,
por qué esta muda la habladora lengua
que al amo le contaba sus sentires
cuando el amo le daba su licencia?
«–-¡El ama era una santa!...»,
me dicen todos, cuando me hablan de ella.
«–-¡Santa, santa!», me ha dicho
el viejo señor cura de la aldea,
aquel que le pedía
las limosnas secretas
que de tantos hogares ahuyentaban
las hambres y los fríos y las penas.
¡Por eso los mendigos
que llegan a mi puerta
llorando se descubren
y un padrenuestro por el ama rezan!
El velo del dolor me ha oscurecido
la luz de la belleza.
Ya no saben hundirse mis pupilas
en la visión serena
de los espacios hondos,
puros y azules, de extensión inmensa.
Ya no sé traducir la poesía,
ni del alma en la médula me entra
la intensa melodía del silencio
que en la llanura quieta
parece que descansa,
parece que se acuesta.
Será puro el ambiente, como antes,
y la atmósfera azul será serena,
y la brisa amorosa
moverá con sus alas la alameda,
los zarzales floridos,
los guindos de la vega,
las mieses de la hoja,
la copa verde de la encina vieja...
Y mugirán los tristes becerrillos,
lamentando el destete, en la pradera,
y la de alegres recentales dulces,
tropa gentil, escalará la cuesta
balando plañideros
al pie de las dulcísimas ovejas;
y cantará en el monte la abubilla,
y en los aires la alondra mañanera
seguirá derritiéndose en gorjeos,
musical filigrana de su lengua...
Y la vida solemne de los mundos
seguirá su carrera
monótona, inmutable,
magnífica, serena...
Mas ¿qué me importa todo,
si el vivir de los mundos no me alegra,
ni el ambiente me baña en bienestares,
ni las brisas a música me suenan,
ni el cantar de los pájaros del monte
estimulan mi lengua,
ni me mueve a ambición la perspectiva
de la abundante próxima cosecha,
ni el vigor de mis bueyes me envanece,
ni el paso del caballo me recrea,
ni me embriaga el olor de las majadas,
ni con vértigos dulces me deleitan
el perfume del heno que madura
y el perfume del trigo que se encera?
Resbala sobre mí sin agitarme
la dulce poesía en que se impregnan
la llanura sin fin, toda quietudes,
y el magnífico cielo, todo estrellas.
Y ya mover no pueden
mi alma de poeta,
ni las de mayo auroras nacarinas
con húmedos vapores en las vegas,
con cánticos de alondra y con efluvios
de rociadas frescas,
ni estos de otoño atardeceres dulces
de manso resbalar, pura tristeza
de la luz que se muere
y el paisaje borroso que se queja...
ni las noches románticas de julio,
magníficas, espléndidas,
cargadas de silencios rumorosos
y de sanos perfumes de las eras;
noches para el amor, para la rumia
de las grandes ideas,
que a la cumbre al llegar de las alturas
se hermanan y se besan.
¡Cómo tendré yo el alma,
que resbala sobre ella
la dulce poesía de mis campos
como el agua resbala por la piedra!
Vuestra paz era imagen de mi vida,
¡oh, campos de mi tierra!
Pero la vida se me puso triste
y su imagen de ahora ya no es ésa:
en mi casa, es el frío de mi alcoba,
es el llanto vertido en sus tinieblas;
en el campo, es el árido camino
del barbecho sin fin que amarillea.

………………………………………………………

Pero yo ya sé hablar como mi madre,
y digo como ella
cuando la vida se le puso triste:
«¡Dios lo ha querido así! ¡Bendito sea!» 

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN

gabriel_y_galan (Frades de la Sierra, 1870 – Guijo de Granadilla, 1905) Poeta español que cantó en versos sencillos y espontáneos las virtudes tradicionales campesinas. Su obra, ajena a las novedades temáticas del modernismo de Rubén Darío (aunque no tanto a las formales), se centró en el ambiente rural y expresó un concepto cristiano y optimista de la vida en la naturaleza. La familia patriarcal, la existencia hogareña y la austeridad del agricultor castellano fueron la materia de sus versos, que bebió en las fuentes de la literatura pastoril latina y en el Siglo de Oro español, así como en algunos autores españoles románticos y contemporáneos.

Hijo de labradores, fue a su vez labrador tras de haber ejercido la profesión de maestro, que abandonó al contraer matrimonio. Su consagración como poeta arranca de 1901, cuando en los Juegos Florales celebrados en Salamanca fue galardonado con la flor natural por su composición El ama.

Grandes escritores de aquel tiempo, como Emilia Pardo Bazán, José María de Pereda, Miguel de Unamuno y Joan Maragall, en pleno auge del costumbrismo literario regionalista, contribuyeron a su rápido encumbramiento. Posteriormente, la crítica le ha regateado méritos, aunque sigue siendo uno de los poetas españoles más leídos. Cantó las tierras y las gentes de Salamanca y Extremadura, en una poesía realista, a veces monótona, pero que dio clara y musical expresión a sentimientos muy arraigados en la conciencia colectiva de su país. En ello reside uno de sus principales méritos, pues, como dice Gerald Brenan es “uno de los pocos escritores de esta nación de campesinos que siente verdaderamente la vida del campo”.

Cabe advertir en su poesía influjos de la escuela poética salmantina, de Espronceda, de José Zorrilla, de Vicente Medina y del colombiano José Asunción Silva. Los “Aires murcianos” de Vicente Medina fueron los que, según Unamuno, le sugirieron a Gabriel y Galán sus composiciones en dialecto extremeño, entre las más famosas de las cuales figuran El embargo y El Cristu benditu.

Estilísticamente es notable su propensión a las adjetivaciones dobles (“los de las pardas onduladas cuestas”, “la castiza vieja raza de selváticos poetas”), característica del modernismo español que él extremó de modo peculiar en sus versos. De 1902 a 1906 aparecieron sus libros Castellanas (1902), Extremeñas (1902), Campesinas (1904), Nuevas castellanas (1905) y Religiosas (1906). De 1909 data la primera aparición de sus Obras completas, que han alcanzado más de cuarenta ediciones sucesivas, lo que significa que no ha decaído su amplia y sostenida popularidad.

Las Castellanas (1902) son las más representativas del autor, gran intérprete de la naturaleza austera. La vida mísera de los campesinos salmantinos es cantada por el poeta en versos que expresan una resignación cansada, carente en absoluto de rebeldía social. La presencia constante de la muerte alcanza momentos gélidos, que tan sólo airea la fe en Dios. En Nuevas castellanas (1905) se nota una mayor versatilidad y variedad temática, y desaparece un tanto el tema de la muerte. Las Religiosas (1906) expresan el sentimiento religioso desde la experiencia cotidiana y en las circunstancias de la vida íntima y social del poeta, así como la vivencia religiosa del pueblo, a menudo en tono costumbrista.

Biografías y vidas

  • Más sobre Gabriel y Galán: su vida, su obra… en Biblioteca Virtual Extremeña.
  • Más sobre Gabriel y Galán en Escritores de Extremadura
  • Más sobre Gabriel y Galán en Salamanca Revista de Estudios Nº 52 Gabriel y Galán. Estudios Conmemorativos en el centenario de su muerte (2005)

 

 

Álbum de cuentos y leyendas tradicionales de Extremadura

En 1995, la Consejería de Cultura y Patrimonio de la Junta de Extremadura publicó la obra titulada Álbum de cuentos y leyendas tradicionales de Extremadura, del Grupo Alborán, con motivo del convenio suscrito entre la propia Consejería de Cultura y Patrimonio y el Grupo Alborán de Investigación en Didáctica y Literatura con el objeto de difundir la literatura tradicional extremeña y su proyección en el aula, a través de actividades de animación a la lectura, como el taller de Cuentos y Leyendas.

    «Cuando hablamos de cuentos y leyendas tradicionales es fácil “recalar” en ciertos tópicos, que van desde cierta nostalgia trasnochada hasta la “charlatanería” más desprovista de fundamento. La memoria viva de la colectividad –que eso es la cultura– no se deja asir en la foto fija de unas creencias inmóviles como una estatua, sino justamente en su recreación viva y adaptada al dinamismo histórico de la comunidad. Quiere eso decir que los cuentos y leyendas de nuestra Extremadura no son postales de “nuestro tipismo” o retablos hieráticos de nuestro pasado, sino agua huidiza, patrimonio vivo, no de piedras, pero si de palabras, tejido con la materia de los sueños, de los deseos, de la fe –en el caso de las leyendas religiosas– y, sobre todo, del esfuerzo y de la esperanza, porque, al fin y al cabo, los cuentos y las leyendas hablan simbólicamente de un aquí o de un ahora preñado de dificultades pero donde siempre es posible el compartir heroico y solitario. O, como decíamos en otro trabajo, la historia/Historia oral de Extremadura, en ese doble plano de fabular el vivir cotidiano en clave de Juan el Oso o de la Serrana de la Vera, de la Virgen de los Remedios o la mártir Eulalia de Mérida.

   Por eso, además, es singularmente difícil moverse en un campo tan resbaladizo, o acotar las lindes en un terreno en que se mezclan la historia y la antropología, la literatura y el folklore, la religiosidad y el mundo profano. De esta naturaleza multidisciplinar deriva también la vocación de llegar a muy distintos lectores de este libro.»

Acceso a la edición digital de la obra en la página de la Biblioteca Virtual Extremeña (BVE)

LA VILLA DE FERIA EN “ÁLBUM DE CUENTOS Y LEYENDAS TRADICIONES DE EXTREMADURA”

«Vecinos del pueblo
y concurrentes,
disimulad las faltas 
y sed prudentes»

Dentro de esta obra, Álbum de cuentos y leyendas tradicionales de Extremadura, podemos encontrar información sobre La Entrega, auto sacramental que se representa en la villa de Feria durante las fiestas de la Santa Cruz.

Según José Muñoz Gil, «La Entrega, considerada por algunos folcloristas como una de las manifestaciones de teatro religioso popular más genuina de nuestra región y única quizá en su género en el folclore nacional, es lo que ha distinguido al área geográfica del Señorío de Feria. Con ligeras variantes, introducidas por aportaciones locales, antiguamente se representaba en numerosos pueblos del Ducado, incluso en otras poblaciones próximas a él.

Se trata de una pieza de teatro popular religioso, de carácter versificado, de orígenes y autor desconocidos, aunque Matías Ramón Martínez afirma que ya existía en el primer tercio del siglo XVII, y cuyo texto ha estado sometido a innumerables alteraciones e interpolaciones, donde un coro va narrando en forma cantada, con la tradicional y reiterativa melodía, el hallazgo del Lignum Crucis por Santa Elena, mientras los actores van desarrollando la acción con una lentitud casi litúrgica y donde apenas tiene cabida la forma dialogada.»

“La Entrega”.  40º Aniversario. Vídeo de La Hermandad de la Santa Cruz

A continuación se reproduce el artículo titulado La Entrega de la Santa Cruz (auto popular de Feria). En él aparece el texto, versificado, completo del auto que se representa la noche del 2 mayo en la plaza de la blanca villa de Feria, que  escenifica la búsqueda del lignum crucis por Santa Elena, con las indicaciones necesarias para su desarrollo. Dicho texto ha sido elaborado a partir de los manuscritos aportados por Dionisia Lozano, vecina de Feria, y adaptados por José Muñoz Gil, con ayuda de Antolín Gómez Hurtado. La información adicional es obra de Luis Guisado Macías:

La Entrega. Vídeo de Antonio Fernández Becerra

Además del citado artículo, en este libro aparecen dos interesantes apartados más dedicados a Las Cruces de Feria y a La Entrega: La tradición popular de las Cruces de Feria y su posible conexión con los condes D. Pedro Fernández de Córdoba y Dª Ana Ponce de León, de José Muñoz Gil, y La Entrega, teatro popular religioso en la villa de Feria, de Antonio Vera Ramírez.

Dichos artículos pueden consultarse también en el enlace anteriormente señalado de la Biblioteca Virtual Extremeña (BVE).

“Extremeños en el nuevo mundo”, de Jesús Sánchez Adalid

En el año 2015, apareció, editado conjuntamente por la Dirección General de Turismo de la Junta de Extremadura y el Centro Extremeño de Estudios y Cooperación con Iberoamérica (Cexeci), el libro titulado Extremeños en el nuevo mundo. Se trata de una obra, con magníficas ilustraciones y con bellos textos del escritor extremeño Jesús Sánchez Adalid, que recoge la participación extremeña en el descubrimiento, colonización y evangelización de América.

La obra supone un paseo divulgativo por los aspectos más relevantes de la llegada al nuevo mundo de los extremeños, mostrándonos, además, información clave sobre los largos viajes por alta mar de nuestros paisanos. 

Según el propio autor este libro lo estaba “pidiendo a gritos la realidad para escapar del tópico y hacer algo más humano”.”Es nuestra historia y hay que disfrutar de ella, sin olvidar lo malo para aprender de los errores”, ha admitido el autor extremeño. En este sentido, escribe sobre la obra: «El descubrimiento, la conquista, la colonización y la evangelización de lo que entonces se consideró un “nuevo mundo” está ahí; pertenece ya a la historia como tantos y tantos hechos de la humanidad. Y es justo reconocer que hubo maldades, violencias y excesos de todo tipo. Pero también hubo hombres de buena voluntad, que pusieron precisamente en aquel momento los cimientos de lo que más tarde serían los sagrados derechos de todo ser humano. (…)

No se trata de justificar, sino de mirar hacia el pasado con un nuevo interés. Los hombres y mujeres que fueron a la gran empresa del Nuevo Mundo pertenecieron a todas las clases sociales: nobles, hidalgos segundones, labradores, pobres, pastores, acostumbrados a recorrer grandes distancias a pie, vagabundos, jóvenes sin porvenir… La mayoría de ellos eran de Andalucía y Extremadura; sobre todo porque Sevilla era el único puerto de salida hacia América y el sur de la Península había sido el último escenario de la guerra contra los musulmanes. Proseguía pues para ellos la aventura, la ocasión de nuestras hazañas semejantes a las de sus antepasados y aún mayores. Con el final de la Reconquista en el mismo 1492, con la toma de Granada, se originó una gran desocupación entre los jóvenes que orientaron sus porvenires hacia la guerra. El descubrimiento de la nueva ruta hacia Las Indias les abría la oportunidad de enriquecerse y continuar la lucha contra el infiel en lejanos territorios.»

Extremeños en el nuevo mundo es un libro de divulgación histórica, que pretende seguir profundizando en esa larga historia en común que Extremadura comparte con América y poner en valor a los extremeños que la protagonizaron.

SINOPSIS

En el recorrido que Sánchez Adalid realiza, bajo un poliédrico enfoque, a las aportaciones de los extremeños que se embarcaron en la empresa del Nuevo Mundo, relata detalles de gentes anónimas que se embarcaron en las carabelas con Colón así como de los grandes nombres que protagonizaron las grandes epopeyas como Cortés, Pizarro, Núñez de Balboa, Valdivia, Inés de Suárez o Hernando de Soto.

La evangelización tiene un apartado especial, centrándose en la importancia y relevancia que la orden franciscana tuvo, tomando como punto de partida a San Pedro de Alcántara y destacando a los Doce Apóstoles de Belvís de Monroy.

En este libro también hay espacio para otras historias, curiosidades y personas como Inés Muñoz, la extremeña que llevó el olivo y el trigo a Perú, o el arquitecto trujillano Francisco Becerra, autor de templos y conventos en México y maestro mayor de la catedral de Lima.

FRAGMENTO DEL LIBRO

Adalid ha recogido también en este gran trabajo de divulgación histórica la presencia de la mujer en el Nuevo Mundo, necesaria para vertebrar esa sociedad incipiente desde abajo, haciéndola más justa e igualitaria. Entre aquellas mujeres jugó un lugar muy destacado Inés Muñoz, la extremeña que llevó el olivo y el trigo a Perú. Sobre ella escribe Sánchez Adalid lo siguiente:

 Doña Inés Muñoz, la mujer extremeña, cuñada de Francisco Pizarro, que llevó el trigo y el olivo al Perú

    Una intrépida mujer extremeña formó parte del contingente de rudos hombres de aventuras que Francisco Pizarro llevó desde España a la conquista del imperio de los Incas. Se llamaba doña Isabel Muñoz, hija de hidalgos y mujer legítima de Francisco Martín de Alcántara, el hermano de madre de Pizarro. La animosa mujer embarcó en Sevilla, en el mes de mayo de 1530, en la nao en que viajó la expedición, soportando las incomodidades propias de una larga y penosa navegación hasta las Indias. Cruzó el Istmo y en Panamá embarcó nuevamente con destino a Tumbes y Cajamarca, dando en todo momento ejemplo de fortaleza de ánimo y resistencia física a los soldados y a su propio esposo. La circunstancia de haber agregado Francisco Martín el nombre de Alcántara a su apellido, nos hace pensar que así él como su mujer, la dicha doña Inés Muñoz, fueron naturales del pueblo de Alcántara, cabe el Tajo, en los términos de Trujillo de Extremadura.

    «Hallóse en todos los trabajos y peligros que pasaron en la conquista de este reino –escribe Cobo en el cap. XVI de su Historia de Lima–, con tan varonil pecho y ánimo, que no solamente los toleraba sin muestra de flaqueza, sino que alentaba y esforzaba a su cuñado y compañeros para que no desistiesen de la empresa, rendidos a las dificultades que se les ponían delante, de manera que podemos decir haber tenido esta gran matrona no menos parte en la conquista de este reino que le mismo Pizarro».

    Fue doña Inés la que, como una diosa Ceres Peruana, llevó a aquellas tierras los primeros plantones de olivo, que consumían la mitad de su ración de agua durante la interminable travesía por mar, y asimismo la semilla del trigo, con cuya harina se elaboraron las primeras hostias destinadas a las misas que se dijeron en Perú.

    En los Documentos Inéditos para la Historia de España, coleccionados por el Marqués de Fuensanta del Valle, se consigna a doña Inés Muñoz como la «primera mujer casada española que vino a estas Indias del Perú, y pobló en ellas».

    Cuando en junio de 1541 ocurrió la muerte de Francisco Pizarro y la de Francisco Martín de Alcántara por obra de los partidarios de Almagro el Mozo, fue doña Inés quien, «acallando los gritos de la desesperación y, dando muestra una vez más de su varonil entereza, se hizo cargo de los cadáveres del esposo y del cuñado, y a ambos dio apresurada sepultura, al amparo de la noche, ayudada de un español, de un indio y de un negro esclavo, en un hoyo de hacer adobes hallado en el patio de los Naranjos de la Iglesia Mayor en construcción.»

    Doña Inés hubo en su primer matrimonio con Francisco Martín de Alcántara un hijo que se llamó don Macabeo, el cual murió muy niño, y de su segundo matrimonio con don Antonio de Ribera, caballero de Santiago, otro que tomó el nombre y apellido de su padre, el cual murió al salir de la adolescencia.

    Viuda por segunda vez, anciana y sin hijos, doña Inés tomó la determinación de consagrar su cuantiosa fortuna a la Iglesia. Llevando a la práctica aquel propósito, y después de consultar al arzobispo don fray Jerónimo de Loayza, fundó el monasterio de la Concepción de Lima, asociando a sus iniciativas a doña María de Chávez, natural de Huamanga, hija de Diego Gavilán y de doña Isabel de Chávez, de los Chávez de Trujillo de Extremadura, viuda de un hijo de don Antonio de Rivera, su marido.

    Consta del acta de fundación –escribe Mendiburu en su Diccionario Biográfico–, otorgada el 15 de septiembre de 1573 ante el escribano Francisco de la Vega, que «la fábrica se construyó en las casas compradas a Lorenzo Estupiñán de Figueroa; que se había de seguir la regla de los frailes menores de la observancia de Castilla, confirmada por el Papa Julio II».

    Falleció doña Inés a los ciento diez años de edad, el día 3 de julio de 1594, hallándose desde algún tiempo en estado de ceguera. Por ello el arzobispo Loayza le había aconsejado que no pensase en ser religiosa, pero ella persistió en su intento y consiguió recibir los hábitos.

    Está enterrada en el muro izquierdo del presbiterio del susodicho convento. En su sepulcro se leen los siguientes versos:

Este cielo animado en breve esfera, 
Depósito es de un sol que en él reposa
El Sol de la gran madre y generosa
Doña Inés de Muñoz y de Rivera.
Fué de Hanan Huanca encomendera, 
De Don Antonio de Rivera esposa,
De aquel que tremoló con mano airosa
De Alférez Real la Real Bandera.
Fundó este, a María, gran Convento…

   Cobo, en su Historia de Lima escribe sobre la intrépida extremeña:

«Debe Lima a esta gran matrona no sólo el 
beneficio de la fundación de este
monasterio, sino otros muchos que de ella,
como su fundadora y madre, tiene
recibidos, que tanta parte tuvo con su
industria y trabajo en la pacificación y
población de esta tierra. A ella se debe el
pan de trigo de que se mantienen, a su 
segundo marido la abundancia de olivares
de que goza, y a entrambos junto otras
muchas frutas y legumbres que con gran
diligencia hicieron traer de España y
pusieron en su huerto, que hoy posee este
monasterio, donde se ve el primer olivo que
hubo en el reino, traído de España, y lo que
no es de menos consideración, el primer
obraje de lana de Castilla que hubo en esta
tierra, lo fundaron estos caballeros en su
repartimiento de indios del valle de Jauja,
al cual pertenece hasta hoy en el pueblo
llamado Cepallanda»

Olivos centenarios en el Parque Olivar de San Isidro de  Lima, procedentes de los primeros que llegaron a aquellas tierras de manos de Inés Muñoz 

JESÚS SÁNCHEZ ADALID

22894321_1464763953618817_2010764460934034265_nJesús Sánchez Adalid (1962) nació en Villanueva de la Serena (Badajoz). Se licenció en Derecho por la Universidad de Extremadura y realizó los cursos de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Ejerció de juez durante dos años, tras los cuales estudió Filosofía y Teología. Además, es licenciado en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Salamanca. Es profesor de Ética en el Centro Universitario Santa Ana de Almendralejo.

Su amplia obra literaria ha conectado con multitud de lectores, gracias a la veracidad de sus argumentos y a la originalidad de sus descripciones, sustentadas en una profunda documentación. Sus novelas constituyen una permanente reflexión acerca de las relaciones humanas, la libertad individual, el amor, el poder y la búsqueda de la verdad.

La obra de Sánchez Adalid se ha convertido en un símbolo de acuerdo y armonía entre los pueblos, religiones y razas, algo especialmente necesario en un mundo desgarrado por la intolerancia y el fanatismo.

Ha publicado con gran éxito La luz del Oriente, El morázabe, Félix de Lusitania, La tierra sin mal, El cautivo, La Sublime Puerta, El caballero de Alcántara, Los milagros del vino, Galeón, El camino mozárabe, Treinta doblones de oro, Y de repente, TeresaLa mediadora y En tiempos del papa sirio.

Es también autor de Tras los pasos del abate viajero, una obra de encargo institucional que fue presentada en 2014.

En 2007 ganó el premio Fernando Lara por su novela El alma de la ciudad; en 2012 el premio Alfonso X el Sabio de Novela Histórica por Alcazaba; en 2013 el premio Internacional de Novela Histórica de Zaragoza por el conjunto de sus obra; el premio Diálogo de Culturas y el premio Hispanidad. En 2014 su novela Treinta doblones de oro recibió el premio Troa Libros con Valores.

En Extremadura ha sido distinguido con la Medalla de Extremadura y el premio Extremeños de Hoy. Además, es académico de número de la Real Academia de las Artes y las Letras de Extremadura, cuya biblioteca dirige. También es patrono de la prestigiosa Fundación Paradigma Córdoba, cuyo fin esencial es recordar los ejemplos positivos de convivencia entre las tres religiones abrahámicas: judía, cristiana y musulmana, que ocurrieron en Alándalus, buscando con ello los principios y fundamentos del ecumenismo y del diálogo.

Sánchez Adalid ha colaborado en Radio Nacional, en el diario Hoy y en revistas Historia National Geografic y Vida nueva. Actualmente colabora con Canal Historia (The History Channel), Volcán Producciones y Zebra Producciones.

“El médico rural”, de Felipe Trigo

«Estudió una carrera durante quince años, y encontrábase con que no servía para ejercerla. Libros, libros, teorías de libros, y a cada grave enfermo un problema pavoroso que iría resolviéndolo la muerte.»

El médico rural es, junto con En la carrera y Jarrapellejos, una de las mejores novelas de Felipe Trigo.

En la carrera (1909) y El médico rural (1912) son dos narraciones consecutivas en las que el escritor extremeño nos cuenta sus experiencias como estudiante de medicina en Madrid y sus primeros años de ejercicio profesional en tierras extremeñas.

El médico rural fue publicada por la Editorial Renacimiento, en mayo de 1912, con un notable éxito editorial. La novela contiene abundantes testimonios autobiográficos de sus experiencias profesionales en los dos pueblos pacenses, Trujillanos y Valverde de Mérida, donde Trigo ejerció la medicina, recién acabada la carrera.

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«Esteban, un joven médico sin experiencia, se traslada con su esposa y su hijo a un pequeño pueblo de Sierra Morena, donde ejercerá su profesión por primera vez. El joven tendrá que dominar sus inseguridades, a la vez que supera sus diferencias con los habitantes del pueblo y sus costumbres.

El médico rural, es una de las obras más relevantes de Felipe trigo, que junto a Jarrapellejos, se ha etiquetado de novela de crítica social. En este caso, el autor deja en segundo plano el erotismo, tema principal en otras novelas, para centrarse en analizar en profundidad la vida rural española de la época. Se considera una novela con rasgos autobiográficos que se completa con la historia que el autor inició en la obra En la carrera.»

Trigo retrata en su novela el caciquismo rampante en la Extremadura de los primeros años del siglo XX y critica duramente el atraso, la incultura, la miseria y la corrupción reinantes en el campo extremeño.

     «Pobre España, pobres aldeas españolas si aún quedasen muchos como éste!

     Triste, muy triste, Esteban íbase acercando al pueblo, especie de infierno en cuya árida fealdad se contenían toda la suciedad y toda la ignorancia. Cruzaban ya el cinturón de estercoleros, y desde una casabarraca le dijo una anémica mujer, lúgubre como el barro de las tapias rotas que en torno a ella parecían inmundas sepulturas.

    –Don Esteban, el ministro anda buscándole a usté de parte del alcalde.

     El ministro era el nombre que se daba al alguacil.

   –Pues ¿qué pasa?

   –No sé. Quizá alguna quimera.»

Pecellín Lancharro, en su obra titulada Literatura en Extremadura, señala que «El médico rural constituye un terrible retrato del caciquismo, la ignorancia, la apatía y la corrupción imperantes en el agro extremeño. Aunque las simpatías de Trigo estén con los más débiles, no se deja arrebatar por actitudes maniqueas. Nada de una fácil separación de ovejas y cabritos. Pocos son los personajes realmente nobles que el autor encuentra. Esta obra gustará a cuentos tuvieron que esforzarse por vencer ambientes hostiles y dificultades gigantescas, con la sensación de caer derrotados en cualquier momento, para terminar rehaciéndose después de cada batalla hasta conseguir finalmente una sencilla victoria. La sombra del suicidio vuelve a aletear sobre el joven médico. Sus dudas de fe, que curas poco hábiles no hacen sino embrollar; sus deseos de promocionarse y las vacilaciones de quien no acaba de encontrar el camino enriquecen la obra. Como también los esbozos políticos, cuando se hace eco de las rebeliones obreras que conmueven las zonas rurales, el nerviosismo atónito de los caciques ante las reivindicaciones campesinas y la defensa que Trigo hace paladinamente del credo socialista.»

En fin, una gran novela, quizás la mejor de uno de los más grandes novelistas que ha tenido Extremadura. Absolutamente recomendable.

La novela El médico rural se encuentra disponible para su lectura en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

SINOPSIS

Dentro de la dilatada obra narrativa de Felipe Trigo (1865-1916), El médico rural tiene un lugar destacado, tanto por ser una de sus mejores novelas largas cuanto por constituir un documento de memoria y reflexión individual y de crítica social de primer orden. Escrita y editada casi en el fila de su trayectoria –1912–, en ella Trigo rememora los difíciles años de experiencia como médico en tierras extremeñas –Trujillanos, Valverde de Mérida– las dificultades de todo orden que dicha profesión encontraba frente a una sociedad carente de medios, inculta, fanática, manejada por un abusivo caciquismo, en la que la falta de higiene, la sensualidad desvergonzada y la absoluta falta de fe en la ciencia eran los principales obstáculos que Esteban Sicilia tenía que vencer. Además de un texto narrativo veraz y valiente, El médico rural es uno de los mejores ejemplos del “regeneracionismo moral” que tanto preocupó al escritor extremeño durante toda su vida. Aquí se advierte ya el profundo pesimismo crítico que le impulsó al suicidio unos pocos años después.

FELIPE TRIGO

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Felipe Trigo nació en Villanueva de la Serena (Badajoz) en 1864. Estudió Medicina en el Hospital San Carlos de Madrid, dedicándose a ejercer como médico rural. Más tarde, ingresó en el Cuerpo de Sanidad Militar, siendo destinado a Sevilla y Trubia, y marchando posteriormente como voluntario a Filipinas. Herido gravemente, regresó a España con el grado de Coronel, retirándose en el año 1900 y asentándose en Mérida, residencia que compartió con Madrid, dedicándose de lleno al periodismo y la escritura, y obteniendo gran popularidad  y éxito.

Emparentado con los narradores regeneracionistas y noventayochistas. Felipe Trigo (1864) es autor de una notable obra literaria, tan intensa como corta en el tiempo, que alcanza sus mejores logros en las novelas de ambiente regional: En la carrera (1909). El médico rural (1912) y, especialmente, Jarrapellejos (1914). 

Trigo fue, en definitiva, un extremeño inquieto y de gran talento, que murió trágicamente en 1916, cuando se suicidó en pleno éxito literario

OTROS FRAGMENTOS DE LA NOVELA

     «–¡Mira, Jacinta, no sé nada! ¡Nada! –acababa por confesarla, en una explosión de llanto–. ¡Se muere esa mujer, y no puedo ni saber de qué se muere!

     Llorando ella a su vez, al verle en tan profundo desconsuelo, trataba de calmarle:

   –Pero, hombre, ¡de reúma al corazón! ¿No me lo has dicho?… ¡Además, de tantos años como tiene, que de algo la gente ha de morir!

   –¡No, Jacinta, no! ¡Un médico, un médico que lo fuese de verdad, quizá la salvaría… y yo la estoy matando!

   –¡Por Dios, Esteban, por Dios!

    Estrechaban el abrazo y seguían llorando largamente.»

          […]

     «¡Oh, en su hijo! ¡Tener que hundir el cuchillo ardiente en el cuello de su hijo!… Llorábale, sí, llorábale el corazón; pero aún comprobó que no temblaba. La feroz grandeza de su deber, de su dolor, le dejaba en total dominio de los nervios y en perfecta claridad de inteligencia. Al dirigirse al niño con aquel puñal de fuego llameante, que pudiera ser su muerte, que pudiera ser su vida, era un hombre de hierro que sabría no vacilar…

    Pero se contuvo.

   Fuera, en la ventana misma, sobre el estruendo del viento y de la lluvia, resonaban los cascos de una mula y grandes golpes.

   Se abalanzó a la puerta de la sala, abrió, y después la de la calle…, dejando entrar al valiente mozo, que volvía como una sopa. Le arrebató de entre la manta la caja que traía, la abrió convulso, desenvolvió los papeles…, y llorando, sí, llorando al cabo de alborozo, tomó una pinza, prendió una cánula…, introdujo el índice izquierdo en la inerte boca del pequeño, se guió por él…, y con una facilidad, con una diestra sencillez de encantamiento, dejó aquel tubo en la laringe.

    Miró ansioso, para ver si el niño respiraba… El niño respiró. Esteban lanzó un agudísimo grito de victoria que llenó toda la casa:

    -¡Ven, Jacinta, ven!… ¡¡Vive nuestro Luis!!»

     […]

    «La amargura le siguió en la soledad del encinar. Por propios egoísmos o por ridículos respetos a las gentes, su profesión llenábase de limitaciones que la convertían a menudo, de augusto ministerio de verdad que podría ser, en farsa. Hierro, recetó –con una harto consciente y casi vil contribución al crimen de lesa vida que iba a consumarse– . Si no tísica, actualmente, lo estaría pronto aquella Inés, cuya larga preparación en un colegio y en una capital, aprendiendo distinción, música y francés, teniendo amigas y novios, servía para traerla al desencanto de este pueblo. Ojos trágicos, los suyos, por debajo de todas las mártires obediencias infantiles habíanle revelado que ella conocía tal vez demás trances amorosos en las rejas, a la luna, con aquellos capitancitos artilleros de la fábrica de armas que también habríanla auscultado el corazón. Ahora desilusionada para siempre ante la ristra de sus primos botarates, consumida poco a poco al fuego de sus ansias de besar, ya empezaba en su pecho la seca tosecilla que no le había dado al doctor Peña más que un engaño de anticipo.»     

FUENTES

  • Pecellín Lancharro, M. Literatura en Extremadura, II. Badajoz, Universitas, 1981
  • Viola, M.S. Medio siglo de Literatura en Extremadura: 1900-1950. Badajoz, DPDB, 1994

“Lluvia fina”, de Luis Landero

Luis Landero acaba de publicar recientemente su última novela, Lluvia fina, en la que el escritor extremeño nos acerca a la historia de una familia que, tras muchos años de distanciamiento, deciden reunirse con el objeto de hacer las paces y curar las pequeñas heridas que les han distanciado durante tanto tiempo. Pero es más fuerte el memorial de agravios que cada uno guarda en su corazón que la posibilidad de una reconciliación.

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   «Porque ella era la única que conocía los secretos de todos y cada uno de ellos, y sabía que los pequeños y viejos rencores, por viejos y pequeños que fuesen, estaban latentes en la memoria, al acecho, esperando la ocasión de volver al presente, renovados y recrecidos, rescoldos aún tibios que el menor viento podía avivar en llama, o como esas historias en cuyo planteamiento, inocente o cómico en apariencia, está ya la semilla de un final desdichado. Y también sabía o intuía que, si los rencores y agravios habían permanecido aletargados hasta entonces, es porque apenas hablaban entre ellos, solo de tarde en tarde y por teléfono para felicitarse los aniversarios y las Pascuas, o contarse alguna novedad. Y estaba bien que fuese así, pensaba Aurora, para que el viento no desatase la furia de las brasas, para que la historia no se pusiera en marcha y se precipitase ciega hacia su desenlace.»

Landero admite que ha sido la novela que menos le ha costado escribir, y que tiene la sensación de que prácticamente se ha escrito sola.

La novela está basada en un hecho real, la historia le surgió tras leer un suceso en la prensa sobre una reunión familiar: «Yo estaba con otro proyecto literario y de pronto se me cruzó esta novela. Y todo por una noticia que leí en un periódico de una reunión familiar que había terminado con un muerto y tres heridos. Que no se habían reunido desde hacía mucho tiempo.

Y de pronto, no sé que ocurrió, fue como una intuición muy poderosa y fue como un rapto donde yo de pronto vi el libro escrito, incluso editado, y hasta el título, Lluvia fina», ha afirmado Landero.

Lluvia fina es una novela dura e intensa, con una importante carga psicológica, que ahonda en los sentimientos y en las relaciones familiares de los personajes de la historia. Una novela magistralmente escrita, con ese estilo inconfundible de Landero, pero sin artificios innecesarios. «Si me sale una frase demasiado bonita, la borro. Hace tiempo que renuncié a escribir la página perfecta», ha afirmado el escritor extremeño. En fin, otra gran novela de Landero, absolutamente recomendable.

Empezar a leer la novela

SINOPSIS

Tras mucho tiempo sin apenas verse ni tratarse, Gabriel decide llamar a sus hermanas y reunir a toda la familia para celebrar el 80 cumpleaños de la madre y tratar así de reparar los viejos rencores que cada cual guarda en su corazón, y que los han distanciado durante tantos años. Aurora, dulce y ecuánime, la confidente de todos y la única que sabe hasta qué punto los demonios del pasado siguen tan vivos como siempre, trata de disuadirlo, porque teme que el intento de reconciliación agrave fatalmente los conflictos hasta ahora reprimidos. Y, en efecto, la primera llamada de teléfono desata otras llamadas y conversaciones, inocentes al principio y cada vez más enconadas, y de ese modo iremos conociendo las vidas de Sonia, de Andrea, de Horacio, de Aurora, del propio Gabriel y de la madre, y con ellas la historia familiar, desde la infancia de los hijos hasta la actualidad. Tal como temía Aurora, las antiguas querellas van reapareciendo como una lluvia fina que amenaza con formar un poderoso cauce al límite del desbordamiento. Entre Agosto e Hijos de un dios salvaje, Lluvia fina es la novela más trepidante de Luis Landero.

OTRO FRAGMENTO DE LA NOVELA

     «Está cayendo una lluvia menuda y helada. Aurora se recoge en su abrigo y camina sin prisas hacia la parada del autobús. La calle está desierta. Solo algunas siluetas apresuradas que se desvanecen enseguida en las sombras. Alrededor, los reflejos de las farolas en el suelo mojado, las ráfagas ocasionales de los coches, la luz de las ventanas: la vaga irradiación nocturna de la ciudad. Al pasar bajo una marquesina se detiene, saca un pañuelo del bolso, se lo pone sobre la cabeza y se lo anuda bajo la barbilla. En ese instante suena el teléfono. Suena como indignado, y a Aurora le recuerda los pasos recios de la madre cuando se acercaba amenazante con su maletín. Años y años llevan sonando esos pasos en la memoria de toda la familia. Es Gabriel, que espera, quizá también indignado, al otro lado de la línea. Aurora no tiene ganas de volver a casa, de tener que contar, sonreír, explicar, escuchar, y luego leer y oír todos los mensajes, y contestar y devolver todas las llamadas, y escuchar una vez más las confidencias de cada uno de los personajes de esta historia que no acabará nunca, las distintas versiones de cada episodio, con todas sus bifurcaciones y detalles, además de tener que comentar, comprender, moderar, orientar, consolar, condolerse, alegrarse, negociar los silencios, ofrecer consejos y esperanzas…, solo de pensarlo se siente agotada de antemano, incapaz de tanto, y con mucho sueño atrasado, como si llevase años sin dormir. La lluvia es menuda pero persistente. Para hacer tiempo, y acaso también por curiosidad, porque los relatos nos atrapan de tal modo que a veces no podemos ya vivir sin ellos, y quizá también porque siente la llamada imperiosa de la fatalidad, decide escuchar los mensajes del móvil.»

LUIS LANDERO

Landero_bigLuis Landero nació en Alburquerque, Badajoz, un veinticinco de marzo de 1948, en el seno de una familia campesina extremeña, que emigró a Madrid a finales de la década de los cincuenta. A los quince años escribía poemas, al mismo tiempo que trabajaba como mecánico en un taller de coches y chico de recados en una tienda de ultramarinos. Inició y terminó sus estudios en Filología hispánica en la Universidad Complutense, ha enseñado literatura en la Escuela de Arte Dramático de Madrid y fue profesor invitado en la Universidad de Yale (Estados Unidos). Se dio a conocer con Juegos de la edad tardía en 1989 (Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa 1990), novela a la que siguieron Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz (1998), El guitarrista (2002), Hoy, Júpiter (2007, XV Premio Arzobispo Juan de San Clemente) y Retrato de un hombre inmaduro (2010), todas ellas publicadas por Tusquets Editores. Traducido a varias lenguas, Landero es ya uno los nombres esenciales de la narrativa española. Ha escrito además el emotivo ensayo literario Entre líneas: el cuento o la vida (2000), y ha agrupado sus piezas cortas en ¿Cómo le corto el pelo, caballero? (2004). Absolución, su novela más trepidante, es una delicada historia de amor, una cuenta atrás que no da tregua, y un inspirado relato de aprendizaje y sabiduría a través de un elenco de personajes inolvidables. El balcón en invierno (2014) está basada en hechos y vivencias reales, en la que su autor ha decidido revelarnos la verdadera historia de una parte muy importante de su vida: la de su infancia en una familia de labradores en su Alburquerque natal y la de su adolescencia en un barrio de Madrid. En 2017 publicó La vida negociable. LLuvia fina (2019) es su última novela

Su obra sigue entusiasmando a miles de lectores tanto en España como en el extranjero, donde ha sido traducido a numerosas lenguas. Extremadura reconoció su labor con el Premio a la Creación en el apartado de Literatura en el año 2000 y en 2005 se le concedió la medalla de Extremadura.