“Los humildes senderos”, de Antonio Reyes Huertas

«Con la zarcita del río
he comparao tu querer,
que en cuanti que más la corto
más brotes güelve a tener.»

Los humildes senderos es la primera novela del escritor extremeño Antonio Reyes Huertas. Publicada en 1920, la novela fue escrita en 1917, un año antes que La sangre de la raza, su obra más conocida y celebrada.

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La novela nos traslada a la típica aldea extremeña de vida sencilla y monótona donde parece que nunca pasa nada. Sin embargo, la tranquilidad de esta aldea, estancada en el tiempo, se ha visto finalmente alterada. Las dehesas del Concejo, donde los aldeanos encontraban trabajo y recursos, han sido adquiridas por un potentado absentista, don Juan Manuel Valdivieso, que ni labra las tierras ni consiente que se las labren. Éste sólo visita su hacienda una vez al año, pero desde lejos proyecta su siniestra sombra sobre la aldea, controlando la hacienda y la vida de los campesinos con procedimientos caciquiles.

    «Hoy los ancianos saben que hay una palabra llamada progreso y que éste apareció un día por la aldea en figura de agente desamortizador. Y aquellas dehesas del concejo donde tenían la mies, donde desplegaban el abanico de oro del trigo y hendían con el hacha el tronco de la encina, donde pacían el propio merino y la vaca familiar y un régimen comunal hacía de la aldea un símbolo des patriarcado, estas dehesas donde todos hallaban salud, abundancia, trabajo y bienestar, las arrancó el progreso de las manos de todos juntos y las depositó en las de uno solo que constriñó la austera e hidalga vida el recinto de las ya míseros hogares y a los límites de las heredades muradas con toscos cantos de granito…

    Vive así hoy la aldea la vida raquítica y pobre de su desgracia, de su abandono y de su vencimiento. Ni alientos tiene para llorar su incurable mal, su heroica esclavitud de trabajo rudo que labra paciente las tierras, implora los arrendamientos, paga los tributos al Fisco y mira al cielo, como esperando de arriba la redención.

    Nada turba el sosiego de muerte de la aldea… Sólo de vez en cuando pasa por allí una banda de titiriteros, que al día siguiente desaparecen, sin decir adónde van, o el aire triste de una leyenda sentimental, como esta que vamos a referir, y que queda en la memoria de los viejos y en el corazón desgarrado de alguna mujer…»

Como ocurre en la mayoría de sus obras, la trama de la novela es bastante elemental, con personajes corrientes y acción sencilla. El propio autor escribió en el prólogo de la primera edición de la obra: «Aquí está, pues, esta novelilla, o lo que sea, presentándose sin rubores por su sencilla acción, común, ingenua, poco nueva, pero humana. Sus personajes hablan y discurren como hombres. No tienen su caracteres resortes complicadísimos. Viven de un modo corriente, y si alguno sueña, sueña como se suele soñar en esta baja tierra, o groseramente o con el ideal: que a veces, entre la mezcla de apetitos, intereses y miserias nace una flor de poesía que lo espiritualiza y purifica todo. A algunos parecerá tal vez la novela demasiado sencilla; sentimental y romántica con exceso a otros.»

Como en casi todas sus creaciones, la auténtica protagonista de la historia es Extremadura, la tierra natal del escritor de Campanario, por la que éste siente un profundo amor. Lo que verdaderamente trata de mostrarnos Reyes Huertas en su novela es la dureza y la belleza del campo extremeño, y el modo de vida y los usos y costumbres de las gentes de esta tierra a principios del pasado siglo.

El considerado mejor escritor costumbrista de Extremadura demuestra un profundo conocimiento de la cultura rural, del folclore, de las costumbres, y del habla popular de esta tierra.

Reyes Huertas emplea un lenguaje muy rico y preciso, destacando sus extraordinarias estampas del campo extremeño, e introduce la variante del dialecto extremeño utilizada por el pueblo llano en sus conversaciones.

    «–El tiempo, que es el mejor remedio de esas picaduras.

   –¿El tiempo? Cate usté que no estoy conforme tampoco. Acaece con eso una cosa asina como con las zarzas. Nacen en su heredá, y como estorban tanto, las roza usté con el calajós. Pero al mes siguiente güelven a nacer. Y güelve usté a rozarlas, y hasta las prende yesca, y las machaca, y cree usté que ya está concluío; pero pasa el tiempo y nacen por otro lao con más retoños. Y una de dos: o tiene usté que ajoyar la heredá entera, porque las raíces están por toas partes, o tiene usté que dejar que las zarzas hagan lo suyo. ¿Usté no sabe la compla?

Con la zarcita del río
he comparao tu querer,
que en cuanti que más la corto
más brotes güelve a tener

    Pos lo mismo les ocurre a ustés: las zarcitas del buen querer están enraizás por too el cuerpo, y cuanti más tiempo pase, más se engarruñan. Y con nadie iba usté mejor que con la señorita. ¡Vale por un Potosín!»

De la obra se desprende una profunda añoranza por una forma de vida humilde y sencilla, apegada a la tierra y en trance de desaparición, empujada por el “progreso”. Y denuncia el abandono del mundo rural, la corrupción electoral, y las que considera «las dos plagas de Extremadura: el caciquismo y el absentismo.»

La novela Los humildes senderos se encuentra disponible para su lectura en el siguiente enlace:

Acceso a la edición de 1920 en formato digital

    «Hay entre las altas dotes de novelista de Reyes Huertas una cosa en que nadie le ha superado. Es el don de arregazar el alma del lector en el ambiente de los pueblos. Leer una novela de Reyes Huertas es pasar unos días -los que dure la acción- en el pueblo donde ésta se desarrolla, compartiendo sus emociones y viendo, con pena, llegado el momento de abandonar el pueblecito»

   López Prudencio

SINOPSIS

Estructurada al modo clásico, según la tríada de planteamiento, nudo y desenlace, Los humildes senderos repite las notas habituales en la novelística de su autor: trama elemental, personajes estereotipados, intencionalidad ideológica, preocupación social resuelta desde parámetros tradicionales, didactismo, riqueza lingüística, interese etnográficos y amor al paisaje extremeño.

La parte primera dibuja las dramatis personae. Ya las líneas iniciales del preliminar puesto por el autor ilustran bien sobre las concepciones ideológicas del mismo, que sin duda marcarán la obra. Reyes Huertas une como elementos connaturales la serenidad y la paz de los espíritus con el entorno aldeano, que preside el edificio de la iglesia. Allí se mantienen los antiguos valores, lejos de la turbación generada por la vida moderna, a saber, las fábricas, los ferrocarriles, las actividades mercantiles. Presidida por los viejos, la existencia discurre entre las costumbres y usos tradicionales, las labores agroganaderas, las prácticas religiosas, la evocación de las antiguas grandezas. “He ahí el castizo austero vivir español que tuvieron nuestros antepasados”, apunta el novelista, nostálgico, consciente de que es un mundo en trance de extinción. En este marco discurre la narración, que el propio Huertas califica como de “leyenda tradicional”.

Sus personajes responden a estereotipos fácilmente identificables. El párroco, un cura adepto ferviente al carlismo, socarrón y populista, de sólida cultura clásica (¡cómo le gusta usar el latín!), entusiasta del paisaje rural, enfurruñado con el progreso, no sin sentido de la justicia social, funciona como trasunto del propio autor. Es enemigo acérrimo del prócer que, aprovechándose de las desamortizaciones, compró la mayor parte del término local, empobreciendo a los campesinos. Aunque ausente (la plaga del absentismo es un azote del campo extremeño, permanentemente denunciada por el novelista), desde Madrid controla con métodos caciquiles (otra gran lacra de nuestras poblaciones), incluyendo la corrupción electoral, la aldea, que visita cada año. Así lo hace ahora, convertido en Ministro de Fomento. Le rinde homenaje el maestro local, hombre acomplejado, cuyo hijo, Enrique, es un mozo de grandes prendas, ambicioso, con facilidad para la pintura. Le da clases el párroco, que sueña para él un espléndido futuro. Don Francisco, el médico, pone la sensatez un escéptica (pero puede gastárselas muy fuertes: ganarán presencia según avance el relato). Marinela, sobrina del cura, es la novia de toda la vida, encarnación de las virtudes femeninas tradicionales. Constituye la antítesis de Amalia, la dominante esposa aún joven del ministro, con quien mantiene una pareja formada por puro interés y mal avenida. Adornada con la belleza diabólica del ángel caído, esta rica hembra seducirá a Enrique presentándole las ventajas de Madrid frente a las limitaciones del pueblecito. (En la comparación entre corte y aldea, tan cara a nuestro novelista, éste siempre rechaza la urbe, done ve el nido donde se incuban los males todos).

En la parte segunda, se desarrolla el drama. Mientras Enrique triunfa en Madrid, escandalizando con la publicación de sus desnudos a los habitantes de la aldea, aquí impone sus antojos el ministro liberal. Eso provoca las iras del cura, que se decide a ira pueblo por pueblo, “avivando el fuego sagrado de la Cruzada” a favor del carlismo. Llamo la atención sobre este término, que años después tendrá tanto éxito. Nuevas añagazas del cacique dan al traste con el éxito de los concejales de la Comunión carlista. (El amaño de las urnas por parte de los caciques es otra constante en el agro extremeño, denunciada por Reyes Huertas ya en La sangre de la Raza). Se hacen públicas las relaciones adúlteras entre el pintor y Amalia, lo que acarreará consecuencias trágicas para el joven. Incluso las langostas se suman al desastre, con una horrible plaga, que el novelista describe bien (como hiciese Felipe Trigo en las primeras páginas de Jarrapellejos). Es la ruina de la aldea.

La parte tercera y última, la de mayor longitud, narra el regreso de Enrique a la aldea, único lugar para su posible, al fin frustrada, salvación. Reyes Huertas intensifica aquí todo el aparataje etnográfico, sin duda para reforzar estilísticamente las tesis conservadoras. Hace su aparición el habla local, en boca de un humilde y recio paisano, Lino. La conversación ente él y el joven no tiene precio desde el punto de vista etnológico. (También Trigo, por no decir los escritores regionalistas del momento, usan el habla dialectal para sostener el aspecto rústico de ciertos personajes). Huertas, que como tantos extremeños hace transitivo el verbo “quedar”, en algunos pasajes glosa poemas de Gabriel y Galán, vertiéndolos a prosa. Se refuerzan así sus mensajes conservadores. Junto a magnífica descripciones del paisaje extremeño y de juegos rurales –excelente la del “juego de los membrillos”– se incluyen multitud de coplas, romances, tonadillas y otros poemas de la lírica popular.

Enrique ha vuelto tuberculoso, con “el mal largo” que entonces se le decía eufemísticamente. Sólo en la aldea podrá curar cuerpo y espíritu. Asunto difícil, en cuanto a la tisis, antes de la aparición de la penicilina, agravado espiritualmente por las lecturas de Nietzsche y Schopenhauer, a las que Enrique se dedica y el cura detesta como sus grandes enemigos ideológicos. Sin embargo, el buen clérigo será parte fundamental para conseguir la reconciliación de los dos jóvenes. Según él, los senderos humildes, reales y alegóricos, son siempre preferibles. No hay, sin embargo, solución para los que los olvidan. Se reanudan sus amores pasados, como signo de un futuro esperanzador. Pero vuelven también al distrito Valdivieso y Amalia, quien a la postre desencadenará el desenlace trágico. Todo terminará desoladamente. La conclusión didáctica no puede ser más pesimista: no existe remedio para quien se olvida de los principios tradicionales.

(Del estudio introductorio por Pecellín Lancharro)   

ANTONIO REYES HUERTAS

Antonio-Reyes-HuertasPoeta y novelista extremeño. Nace en Campanario el 7 de noviembre de 1887.

Cursa estudios durante nueve años en el Seminario Diocesano de Badajoz (Humanidades, Filosofía y Teología). Al dejar el Centro, con buen expediente académico, se matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, que abandona definitivamente sin alcanzar la licenciatura. Ejerce de educador en el Colegio de Santa Ana, de Mérida; en 1909, con apenas veinte años, funda la revista «Extremadura Cristiana»; en Cáceres dirige la que lleva por título «Acción Social», y en Badajoz que comienza colaborando en el «Noticiero Extremeño», sucede en la dirección a don José López Prudencio. Colabora en «Archivo Extremeño» y dirige la «Biblioteca de Autores Extremeños». En 1916, en Málaga, asume la dirección del periódico «La Defensa», y en 1920 se establece en Campanario, su pueblo de origen, como secretario del Juzgado Municipal. De nuevo en Cáceres, dirige el diario «Extremadura», y durante un año la corresponsalía del periódico HOY de Badajoz en aquella capital. Después de la guerra de 1936 colabora en la Historia de la Cruzada, en La Gaceta del Norte, en La Estafeta Literaria y siempre en el periódico HOY de Badajoz. Muere en su finca «Campos de Ortiga», cercana a Campanario, el 10 de agosto de 1952.
Nos legó Reyes Huertas una abundante producción literaria: a los catorce años había publicado su primer libro, Ratos de ocio (Badajoz, Uceda Hermanos, 1901). Le sigue un segundo que intituló Tristeza (Badajoz, Uceda Hermanos, 1908). En colaboración con el también poeta de Badajoz Manuel Monterrey (1887-1963) produce un nuevo libro, La nostalgia de los dos. Se decide por fin a dar a conocer sus novelas:

Los humildes senderos, Lo que está en el corazón, y una de sus obras maestras: La sangre de la raza (1920), de la que se dijo que es «modelo de inventiva de estilos, de españolismo y estudio exactísimo de las costumbres de la noble y simpática región extremeña» (Bermúdez Plata); por ella comenzó a ser considerado, junto a Felipe Trigo, el padre de la novela regional extremeña. Sigue ya una larga lista de títulos (La ciénaga, Blasón de almas, Aguas de turbión, Fuente Serena, La Colorida, La canción de la aldea, Luces de cristal, La llama colorada, Lo que la arena grabó, Viento en las campanas), que culminan en Mirta, la mejor de su época de madurez y plenitud, que reprodujo en versión dramática de la que siempre estuvo muy satisfecho y orgulloso. Como intermedios fueron apareciendo las Estampas campesinas, con su variopinta galería de personajes (desde el gobernador al zapatero, camarero, hidalgos, yunteros, sacerdotes, pastores, boticarios, alcaides, mochileros, secretarios, curanderos, cantantes, aceituneros, molineros, merchanes, médicos, loberos, taladores, campaneros, guardias, zagales, timadores, vaqueros, mayorales» en relación de Antonio Basante Reyes), nos brindan las mejores radioscopias de los pueblos y aldeas, del campo y la ciudad de Extremadura, en sus esencias y entornos. Con justicia le granjean la fama de cantor de nuestros campos en prosa lírica, con que ha pasado a la posteridad.
Es esa la nota dominante en Reyes Huertas: la de su extremeñismo total, sin que por ello se caiga en el equívoco de que tales valores relativos le sustraigan al mensaje universal que subyace en todas sus obras.

Cuando se publica La sangre de la raza, se topa con un despectivo silencio de los sectores culteranos que repudian entonces los tintes pintorescos de la literatura localista, pero tal silencio se vio compensado con el indiscutible éxito en los ambientes populares; éxito que se ha querido explicar tanto como secuela de la trama sencilla y asequible del relato, como de la encarnación de sus personajes en el terruño por el que tanto amor siente y transfunde el autor, sin soslayar los dictados moralizantes tan del gusto tradicional en las estructuras de ese tiempo. Hay que añadir la importancia lingüística de su léxico: no se olvide que Reyes Huertas tuvo propósitos fallidos de publicar un Vocabulario extremeño; el recurso constante a las tradiciones y el folklore; a la exaltación y exultación por cuanto viene a valorizar y vigorizar el esquema social que tan acertadamente nos presenta y defiende y al que por entero se debe.
De todo resultan esos tipos, con nombres corrientes en cualquier aldea, con gráficos motes, que se presentan como la más exacta encarnación antropológica de sus modelos vivientes. Se pueden estudiar en las narraciones de Reyes Huertas con la misma inmediatez que en la vida real, con la ventaja incluso de los matices que él sabe captar y descubrirnos; más que creaciones suyas personales son calcos de esos tipos simpáticos, a la vez alegres y dolientes, que el autor se topa, cargados con sus propias vidas, haciéndonos sentir en profundidad el calor de sus problemas o la placidez de sus conformidades en base a su recia filosofía cazurra, aprendida en el tajo, al calorcillo del fuego hogareño o en las conversaciones del corro o la tabernilla; con afirmaciones que bien pudieran figurar en las páginas de un florilegio.

Especialmente las Estampas campesinas sobresalen al ofrecernos así sus personajes. Lo decía el mismo Reyes Huertas: «En mis novelas el paisaje está subordinado a la acción En mis estampas campesinas es la acción la que está subordinada al paisaje.» A esos personajes termina entregándose el lector, porque fueron los que encandilaron al autor.

«Más que las almas tenebrosas y sombrías, me placen las vidas sencillas y transparentes» Todo pudo ser, en explicación de López Prudencio, porque «hay entre las altas dotes de novelista de Reyes Huertas una cosa en que nadie le ha superado.
Es el don de arregazar el alma del lector en el ambiente de los pueblos. Leer una novela de Reyes Huertas es pasar unos días -los que dure la acción- en el pueblo donde ésta se desarrolla, compartiendo sus emociones y viendo, con pena, llegado el momento de abandonar el pueblecito». Pudo ser, en definitiva, porque Antonio Reyes Huertas, hombre de bien, caballero cabal, fue extremeño hasta la, médula, sin otra pretensión al escribir que la de verter al papel las querencias de su tierra, con sus luces y sus sombras, sus dolores y gozos, frustraciones y esperanzas.
Dr. Aquilino Camacho Macías, C. de la Real Academia de la Historia, en la revista Alminar

OTROS FRAGMENTOS DEL LIBRO 

    «Y, en tanto, en sus propias dehesas unos puntitos negros y alados habían empezado a revolverse y a agruparse, formando cordones largos y obscuros como gigantescas serpientes. Un día avanzaron desplegados como un ejército. Otro día levantaron el vuelo y cayeron como una nube sobre la hoja.
    Todo el pueblo gimió lástimas para sus desventuras. Bregaron con ese afán, con esa desesperación de los que ven que de las manos se les arrebata la vida entera. Tomaron lindes y barrancas con ardor de locos, en ansias de ahuyentar la nube; pero eran miles, millones, los viscosos insectos, que, acosados, llenaban un instante el campo raso de las eras, y después volvían a caer sobre las hazas.
    Y era una bendición la hoja. Sana y lustrosa, la irisaba el sol, dorando las espigas lozanas de las cebadas y matizando de púrpura el verdor reluciente de los trigos. Una hermosura que amenazaba destruir el vientre insaciable de aquella nube. Y tras esta nube vino otra, y otra, y veinte más, de devoradores saltones, que, como acróbatas, como saltimbanquis, se colgaban de los tiernos tallos, unos sobre otros, en una cadena gris, sucia, repugnante, hasta escalar las espigas y doblarlas y abatirlas y hacerlas caer, en fin, roídas por la sierra de sus bocas.
    Tres días después, de lo que fue opulenta hoja, altos trigos, cebadas ondulantes, avenas que mostraban ya florecido el racimo de sus raquis, quedaba una extensión amarillenta y pajiza de altos tallos desmochados, inmóviles y rígidos, cual si una trágica segur hubiera segado todas las cabezas de aquellos cuerpos, y éstos quedasen en pie en el campo desolado, entre las amapolas flameantes, que parecía la sangre de la tragedia.»
[…]
    «Espíritu artista, sin embargo, el de Enrique, sintióse agradablemente impresionado por la variada perspectiva de aquellos campos y la exuberante belleza del conjunto. Las tardes claras del otoño extremeño son radiantes y solemnes en la aldea. Tiéndese la hoja en una lejanía sin fin, como un mar abierto y entrañable. La luz rebrilla en la punta de los tallos, y, cuando el aire corre, parece que una mano invisible se goza en ir alisando el verde terciopelo del prado y cambia su tonalidad en vivos colores, en bellos cambiantes, en relucientes iris, como si fuese dejando prendidos sobre la hierba jirones de púrpura y de oro. Lejos se elevan los montes azules, cubiertos de jara, de lentiscas, de charnescas y de madroños, y allá en la cumbre un rebaño de cabras pone unos puntos blancos en la calva terrosa del pizarral. En las dehesas calientan las encinas al sol sus copas venerables, mientras entre sus troncos triscan y balan los recentales recién nacidos y alarean los pastores entre la música de las esquilas. De vez en cuando suena una flauta, y es el zagal que duerme la tarde con una dulzaina triste y melodiosa… Los olivares muestran su redondo fruto, morado ya en cierne de la sazón, y entre los olivos, una copa más verde y más obscura indica un corpulento nogal, un membrillero antiguo, un granado pomposo, o un alto laurel, fuerte y erguido como un gigante… Desliza en tanto el río entre los chopos su cinta clara y bruñida, y al llegar el agua a la presa de algún molino, se detiene y se amansa, murmura luego, empuja los pretiles después y al fin salta espumosa con un ruido fresco de tempestad.
    Camino de los huertos iba y venía la multitud, en busca de los membrillos para la fiesta. Todo el camino era un cántico que apenas se percibía con el ruido de tantas músicas confundidas. Sones de tamboril y de flauta, y el ronco rumor de las vihuelas de cada grupo. Luego, al desembarcar con las frutas en el ejido, un mismo cantar vibraba en los corros que le llenaban:
¡Fiesta de los membrillos,
hoy hace un año
que los amores míos
se festejaron!
¡Fiesta de los membrillos,
hoy hace un año!»

FUENTES

  • Camacho Macías, A. Antonio Reyes Huertas, en Alminar. Revista de la Institución Pedro de Valencia
  • Pecellín Lancharro, M. Estudio introductorio a Los humildes senderos. Sevilla, Renacimiento, 2005

 

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